Adivinación en Mesopotamia: de la hepatoscopia a los oráculos del cielo

Última actualización: octubre 19, 2025
  • La adivinación mesopotámica combinó magia protectora, exorcismos y lectura de presagios en una red de especialistas y tratados.
  • La aruspicina y la astrología caldea fueron pilares de Estado: se preguntaba al hígado y al cielo por el destino del rey y del país.
  • Compendios monumentales ordenaron signos espontáneos (teratoscopia, fisionomía, sueños y días fastos) para decidir acciones clave.

Adivinación en Mesopotamia

En la antigua Mesopotamia, el mundo estaba lleno de señales. Para sus habitantes, la magia, la adivinación y los rituales eran herramientas prácticas para entender y, en lo posible, influir en la voluntad divina. Desde un eclipse hasta el vuelo de un ave, desde un sueño inquietante hasta una malformación al nacer, cualquier suceso podía revelar lo que los dioses planeaban para la persona, la ciudad o el reino entero.

Más que superstición, aquello era un sistema de conocimiento con reglas, especialistas y bibliotecas llenas de tablillas cuneiformes. A la sombra de los templos y en las cortes reales, exorcistas, arúspices, escribas y astrónomos trabajaban codo con codo para diagnosticar males, descifrar presagios y proponer remedios rituales. Esta es la panorámica detallada de ese universo, desde los demonios que acechaban a los vivos hasta la hepatoscopia, la astrología caldea y la interpretación de los sueños.

Magia omnipresente y el pavoroso catálogo de demonios

La vida cotidiana mesopotámica convivía con la idea de que la magia podía obrar efectos inmediatos, tanto benéficos como dañinos. Se hablaba, con naturalidad, de magia «blanca» protectora y magia «negra» dañina, dos caras de una misma realidad ritual. En este escenario prosperaba un poblado panteón de entes malignos, cercanos a los dioses por su naturaleza, pero interesados en perjudicar a humanos y animales.

La iconografía los mostraba como figuras híbridas, mezcla de rasgos humanos y animales, reservándose las formas plenamente humanas para los dioses mayores. Bajo múltiples nombres y atributos, los demonios representaban miedos muy concretos: enfermedad, muerte, infertilidad o ruina. Entre los más temidos destacaban los llamados udug/utukku, famosa cuadrilla de «siete malignos», de origen infernal, asociados a tumbas y lugares desolados como encarnaciones colectivas de la Muerte.

Otros espíritus servían para explicar sucesos específicos. El gidim/eṭemmu, por ejemplo, se concebía como el espíritu sin reposo del difunto mal enterrado o sin descendencia; el asakku, literalmente «el que golpea los costados», se vinculaba a dolencias mortales con ese síntoma; el namtar/namtaru, ministro del inframundo bajo Nergal y Ereškigal, atacaba tanto a vivos como a muertos. A su lado actuaban el maškim/rābiṣu, el «espía» infernal; el genérico ilu lemnu, el “dios malo”; y entes como alû y gallû, ligados al ámbito funerario.

La malevolencia no terminaba ahí. Se temía especialmente a una familia de espectros aéreos: Lilû (Señor Aire), Lilītu (Señora Aire) y Lilî (Muchacha Aire), esta última conocida por hostigar a varones jóvenes. Por encima de todos, la terrorífica Lamaštu, hija de Anu, irrumpía por rendijas, ventanas o desagües y se cebaba en embarazadas, parturientas y recién nacidos, provocando abortos, fiebre y muertes neonatales. Contra ella se prescribían amuletos con reglas estrictas y, en las casas, figurillas apotropaicas —a veces siete perritos— para cerrar el paso a la intrusa.

Rituales y demonología mesopotámica

Exorcismos, brujería y la lógica del mal

Las pesadillas y visiones nocturnas, lejos de verse como caprichos del cerebro, se interpretaban como señales de hechicería. Soñar mal era síntoma de embrujo, y el exorcismo servía para expulsar a la bruja o al brujo del entorno del paciente, enviándolos simbólicamente al desierto. Así, los espíritus del mal acababan concentrados en regiones áridas, convertidos en vientos líl («aire» en sumerio).

La bibliografía ritual era inmensa: conjuros, ruegos, oraciones preventivas, fórmulas para revertir daños o evitarlos. Este corpus se sustentaba en una idea sencilla: no hay casualidades; a cada efecto le corresponde una causa intencional, fuese un dios airado, una deidad secundaria, un demonio o un hechicero. Por eso los expertos registraban meticulosamente anomalías y respuestas rituales, generando repertorios que guiaban la práctica diaria.

Al lado de la terapia mágica, también se practicaba la magia agresiva y, como contrapeso, las contramedidas rituales. Se quemaban efigies para neutralizar brujos, se ofrecían sustitutos (un chivo expiatorio, por ejemplo) para transferir el mal y se recurría a ensalmos, fumigaciones y libaciones con fórmulas fijadas. Todo ello convivía con liturgias templarias y con la autoridad de dioses especialmente asociados a la curación y la protección.

Exorcismos y prácticas mágicas

Aruspicina y extispicina: preguntar a los dioses con un hígado

Entre las técnicas de adivinación inducida, la aruspicina —extispicina en sentido más amplio— era la reina. El procedimiento seguía un protocolo preciso: se consagraba y sacrificaba un cordero o cabrito, se planteaba una pregunta concreta a los dioses solares y de la tormenta (Shamash y Adad), y se examinaban las vísceras, sobre todo el hígado, en busca de marcas, relieves o irregularidades.

Se conservan informes con jerga técnica muy refinada: “estación”, “camino”, “puerta del palacio”, “saludo”, “dedo”… Términos que hoy traducimos literalmente, pero de identificación anatómica incierta. Aun así, el arúspice de entonces sabía leer esas claves y emitir un veredicto. Un informe de época de Hammurabi, por ejemplo, describía un hígado con “estación” y “camino”, vesícula y “dedo” en orden, y concluía: “El presagio es favorable; no te preocupes”.

Los manuales cuneiformes de aruspicina eran vastos: casi un centenar de capítulos en diez volúmenes, seis dedicados en exclusiva a partes y rasgos del hígado. Algunas fórmulas concretaban, por ejemplo, que si había «dos caminos» bifurcándose a la derecha, el enemigo reclamaría el territorio del príncipe, mientras que si se desviaban a la izquierda, sería el príncipe quien exigiera recuperar tierras al adversario. Este lenguaje técnico convivía con una cultura material impresionante, incluida la producción de maquetas de hígado en arcilla para la enseñanza.

La lógica subyacente era cristalina: si toda desgracia o éxito respondía a la voluntad divina, era posible leer esa voluntad en un soporte físico que los dioses “imprimían” con señales. La extispicina se practicó desde época sumeria y se consolidó con un nivel casi “forense” en ciudades como Mari durante los siglos XIX–XVIII a. C., donde la documentación muestra un pulso clínico sorprendente.

Signos espontáneos: teratoscopia, fisionomía, sueños y días fastos

La adivinación no siempre se provocaba; con frecuencia se observaban signos espontáneos. El gran compendio de augurios “Si una ciudad se encuentra situada en un alto…” reunía cientos de capítulos con interpretaciones de todo tipo de fenómenos: animales, plantas, clima, conducta humana, ruidos, voces y más. Un ejemplo clásico: si una serpiente cruza el camino de derecha a izquierda, buena reputación; si lo hace al revés, mala reputación.

La teratoscopia —o teratomancia— clasificaba nacimientos anómalos en humanos y animales (con especial atención a las ovejas) a lo largo de 24 capítulos. Los vaticinios solían impactar al rey o al país: una oveja que pare un ternero presagiaba la muerte del monarca y un ataque enemigo; dos cabezas con una por encima del hombro derecho anunciaban peste y rebelión. Para el ojo moderno, es un catálogo de improbables; para el escriba mesopotámico, un mapa de riesgos políticos y sociales.

De los rasgos físicos humanos también se extraían presagios, compilados en 27 capítulos bajo el nombre babilonio alamdimmû (fisionomía). Ejemplos: si una mujer tiene la cabeza grande, riqueza; si un hombre luce cejas muy pobladas, pobreza; si el muslo izquierdo está cubierto de pecas, pérdida de propiedades. Este afán clasificatorio hacía del cuerpo un tablero de presagios.

El sueño, por su parte, se consideraba un estado adivinatorio en sí mismo. Existió un libro entero con alrededor de 3.000 sueños tipificados y sus interpretaciones. Además, los presagios hemerológicos —relativos a los días— ayudaban a elegir fechas propicias para construir, casarse o iniciar labores agrícolas, organizados mes a mes y con datos astronómicos. Cuando fuera oportuno, el calendario decidía el mejor momento para actuar o abstenerse.

Astrología caldea: leer el cielo para salvar al rey

En el primer milenio a. C., la observación del firmamento evolucionó hacia una auténtica ciencia de Estado. El gran tratado astrológico conocido por sus primeras palabras, “Cuando los dioses Anu y Enlil”, se dividía en 70 capítulos y cuatro tomos: Luna (con foco en eclipses), Sol, fenómenos atmosféricos y planetas/constelaciones. No es casual que “AN” (el signo cuneiforme para “cielo”) encabece este universo simbólico.

Los astrónomos reales medían con rigor el novilunio (el primer filo de luna nueva que marcaba el inicio del mes), la oposición Sol-Luna, eclipses, lluvias o truenos. De sus informes dependía la interpretación del destino del monarca y del país: paz o guerra, cosechas o hambrunas, inundaciones o sequías. Algunas fórmulas recogían presagios muy concretos: si al anochecer Venus aparece delante del Sol, habrá rebelión o gran hambre; si la Luna luce un halo y dos estrellas se posan en él, el reinado será muy largo.

¿Y qué pasaba si el cielo traía un augurio letal para el rey? Existían rituales para neutralizarlo. Los tratadistas compilaron procedimientos en obras del tipo “Librarse del mal augurio” (hoy los conocedores los vinculan a series de namburbi). En uno de esos remedios, para silenciar el mal presagio de los aullidos persistentes de un perro en casa, se fabricaba una figurilla de barro del animal, forrada en cuero y con crin atada a la cola; se preparaba un pequeño altar junto al río con pan, dátiles, mantequilla, cerveza e incienso de enebro; y, tras recitar conjuros a Shamash y al río, se arrojaba la figurilla al agua para transferir y lavar la amenaza. La clave era transformar el signo adverso en un relato ritual que terminara bien para el consultante.

Mancias asequibles y práctica cotidiana

No cualquiera podía costear un sacrificio. Por eso existían técnicas más baratas, muy difundidas entre la población. La lecanomancia usaba un cuenco con agua y unas gotas de aceite para leer remolinos y figuras; la aleuromancia interpretaba los patrones de la harina esparcida; y la libanomancia, el comportamiento del humo del incienso. Estas mancias convivían con la “alta” adivinación de palacio y templo, pero atendían preguntas inmediatas: viajes, negocios, bodas o compras.

La frontera entre magia y religión nunca fue rígida. Brujos y hechiceros de mala reputación podían ser perseguidos por dañar el orden social, pero sacerdotes y adivinos empleaban también repertorios mágicos en clave protectora. Enki y su hijo Asalluhi (o Asariluhi) presidían los encantamientos, mientras que Nininsina y Gula, diosas de la salud, combatían la enfermedad mediante exorcismos. No faltaban prácticas como quemar efigies para cortar maleficios o sacrificar un animal sustituto para desviar el daño.

Los especialistas se organizaban en corporaciones vinculadas a templos. Entre sus tareas habituales figuraban la hepatoscopia, la interpretación de sueños y la lectura de los astros. Igualmente, se vigilaban fenómenos celestes —con eclipses lunares como mal augurio por antonomasia— y se analizaban movimientos animales (aves, serpientes, ganado), así como nacimientos anómalos. En cada ámbito, los augurios “accidentales” coexistían con los provocados, como la ya mencionada libanomancia o el aceite sobre agua.

Profecía extática y el poder de los sueños en la literatura

Junto a la adivinación técnica prosperó la profecía extática: personas en trance que transmitían mensajes en primera persona de una deidad. En el mundo asirio, los términos majju («arrebatado»), eshshebu («el que salta») o zabbu («en trance») se aplicaban a estos intermediarios, y las profetisas raggimtu, “gritadoras”, actuaban como portavoces, notablemente en el templo de Ishtar en Arbela. Un oráculo dirigido a Esarhadón prometía, con voz de la diosa, derrotar y entregar a sus enemigos bajo sus pies.

En Mari, a orillas del Éufrates, se documentan los apilum/apiltum (“los que responden”), y cartas reales refieren consultas urbanas —como la viabilidad de levantar una puerta— con dictámenes extáticos negativos: “no habrá éxito”. Estos trances podían estimularse con música o con inciensos de enebro y enebro rojo, cuyos aceites esenciales se han relacionado con estados alterados de conciencia, según algunos estudios modernos.

La oniromancia fue, asimismo, un eje cultural y literario. Gudea, gobernante de Lagash hacia 2140 a. C., afirma haber recibido en sueños la orden de restaurar templos y hasta un plano divino para construir el santuario de Ningirsu. De tiempos muy remotos procede la tradición de Enmeduranki (identificado como rey antiguo y sabio primordial) vinculada a los orígenes de la adivinación real. En los mitos y epopeyas abundan sueños premonitorios: el rey pastor Etana vuela en águila en busca de la planta del rejuvenecimiento; Dumuzi presiente, en un sueño, su destino subterráneo al estilo de Perséfone; y en la Epopeya de Gilgamesh, los héroes anticipan encuentros y peligros —desde el compañero salvaje Enkidu hasta el temible Humbaba— a través de visiones oníricas.

Por su alcance social, los sueños requerían especialistas y bibliotecas dedicadas. Se redactaron catálogos con miles de casos, y los sacerdotes que “sabían soñar” gozaron de gran prestigio. De igual modo, los días fastos y nefastos pautaron calendarios de obras y rituales. Los presagios, correctamente encajados en el calendario, convertían la vida en una negociación atenta con los dioses.

Como suele ocurrir en compilaciones extensas y textos modernos que divulgan estos temas, aparecen a veces notas o elementos ajenos al asunto —por ejemplo, avisos administrativos contemporáneos sobre devoluciones comerciales o enlaces de descarga—; conviene distinguir esas inserciones editoriales del núcleo histórico, centrado en tablillas, rituales, informes de arúspices y tratados astrológicos como “Cuando los dioses Anu y Enlil” o las series para neutralizar presagios adversos.

Aunque Mesopotamia es el foco, prácticas afines coexistieron en zonas vecinas: hititas y hurritas compartieron muchas técnicas, aportando variantes como observar serpientes o peces en tinajas; en Canaán, la adivinación se integró en el culto oficial con modelos de hígado y consultas en situaciones críticas; y en el ámbito iránico, las reformas de Zaratustra proscribieron la magia ritual, si bien perduraron la adivinación por sueños, por astros y la ordalía por fuego. Estas comparaciones ayudan a entender por contraste el carácter sistemático mesopotámico y su énfasis en compendios y protocolos.

Mirado en conjunto, el mosaico mesopotámico de presagios, demonios, exorcismos y técnicas adivinatorias compone un arte de vivir bajo el ojo de los dioses. Desde la hepatoscopia hasta la astrología palatina, pasando por la humilde lecanomancia doméstica, todo formaba parte de una misma gramática: leer señales, actuar en consecuencia y, cuando el signo era malo, buscar el ritual capaz de torcerlo. Pocas culturas dejaron tan bien documentada esa negociación constante con lo divino.