Asiria: historia, cultura y poder de un imperio mesopotámico

Última actualización: mayo 3, 2026
  • Asiria pasó de ciudad-estado comercial a gran imperio militar que dominó buena parte del Próximo Oriente.
  • El rey asirio, vicario del dios Assur, encabezaba una administración centralizada y un ejército altamente profesional.
  • Las deportaciones masivas y un sistema de provincias y reinos vasallos sostuvieron la explotación de recursos del imperio.
  • Palacios, relieves, bibliotecas y la difusión del arameo convirtieron a Asiria en núcleo cultural de la Mesopotamia tardía.

Mapa y representación de la civilización asiria

Cuando pensamos en Mesopotamia solemos irnos directos a Babilonia y Sumeria, pero durante siglos el auténtico «peso pesado» de la región fue Asiria. Un pueblo de origen semita que pasó de ser una discreta ciudad comercial a orillas del Tigris a levantar un imperio militar temido desde Egipto hasta Anatolia, y que aun así nos ha dejado palacios monumentales, bibliotecas y un arte deslumbrante.

En estas líneas vas a encontrar una panorámica muy completa de la cultura asiria: su evolución histórica, su organización política, cómo funcionaba su ejército, qué creían, cómo eran sus ciudades y palacios, de qué vivían y qué papel jugó Asiria en el nacimiento de la Historia y la arqueología moderna. Todo explicado de forma clara y cercana, pero sin dejarse en el tintero los detalles importantes.

¿Dónde estaba Asiria y cómo empezó todo?

Asiria ocupaba el norte de Mesopotamia, sobre todo el valle medio del río Tigris. Sus límites cambiaron con el tiempo, pero a grandes rasgos tenía al norte las montañas de Armenia, al sur Caldea y Babilonia, al este los montes Zagros y la Media, y al oeste Siria y la llanura mesopotámica hacia el Éufrates. El corazón del país era una llanura ligeramente ondulada, interrumpida aquí y allá por afloramientos rocosos grises y por los valles de los ríos y arroyos que bajaban de las montañas.

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El clima en la parte baja de la región era caluroso y seco, con inviernos relativamente fríos y tres meses de lluvias intensas que, en las montañas, podían convertirse en nieve. Las riberas del Tigris y sus afluentes ofrecían unas tierras muy fértiles, pero los asirios no se conformaron con esto: construyeron canales de riego que derivaban el agua hacia huertos y campos de cereal, sobre todo trigo. En los valles altos crecían bosques de nogal, plátano oriental, encinas y sicomoros, y las montañas guardaban ricas canteras de arenisca, alabastro y mármol, además de minas de hierro, cobre, plomo y plata.

La fauna salvaje también era abundante: en las llanuras semidesérticas había leones, leopardos, avestruces y gacelas, mientras que las zonas montañosas albergaban osos, gamos y rebecos. Todo este entorno natural, unido a su situación en las rutas entre Anatolia, Irán y Siria, convirtió muy pronto a Asiria en un lugar estratégico.

El nombre de Asiria procede de la ciudad de Aššur (Assur), y a la vez del dios nacional del mismo nombre. Esta ciudad, fundada en la orilla derecha del Tigris, existe al menos desde comienzos del III milenio a. C., aunque su pasado más antiguo se nos escapa bastante. Durante mucho tiempo fue una más entre las ciudades acadias del norte, sometida sucesivamente al Imperio acadio de Sargón y a la Tercera Dinastía de Ur. Precisamente esa posición algo excéntrica, lejos del gran foco del sur, permitió que recuperara su independencia cuando esos imperios colapsaron.

Las tres grandes etapas históricas de Asiria

Mapa del imperio asirio y sus capitales

La asiriología suele dividir la historia del país en tres grandes periodos, sabiendo que antes del siglo VII a. C. las fechas son aproximadas y muchas cosas todavía están cogidas con pinzas:

  • Periodo paleoasirio (siglos XX-XIV a. C.): Asiria es básicamente la ciudad-estado de Aššur y su entorno inmediato.
  • Periodo medioasirio (c. 1360-1000 a. C.): se forma un estado territorial fuerte que empieza a expandirse por el norte de Mesopotamia.
  • Periodo neoasirio (911-609 a. C.): Asiria se convierte en un gran imperio militar que domina casi todo el Próximo Oriente.

Del pequeño reino comerciante al primer imperio

En la fase paleoasiria, Aššur funcionaba como una ciudad-estado oligárquica. El título de «rey» pertenecía en exclusiva al dios Assur; el gobernante humano se llamaba «vicario del dios» (išši’ak Aššur) y compartía el poder con la asamblea de la ciudad (ālum) y su edificio de reuniones, el «ayuntamiento» (bēt ālim). El cargo anual de limum o epónimo, sorteado entre los notables, daba nombre a cada año y era clave para la datación de documentos.

Lo verdaderamente distintivo de esta etapa es el dynamismo comercial de los mercaderes de Aššur. Sabemos muchísimo de ellos gracias a más de 20 000 tablillas encontradas en Kültepe (la antigua Kanesh) en Capadocia. Allí, en el karum o barrio comercial, tenían casas y oficinas desde donde gestionaban redes de comercio de larga distancia: llevaban estaño (desde Irán y más allá) y tejidos finos producidos en Assur o en el sur mesopotámico, y los cambiaban por plata y oro en Anatolia. Organizaban caravanas varias veces al año, montaban asociaciones mercantiles complejas y recurrían a préstamos comerciales a la gruesa ventura.

Entre 1814 y 1781 a. C., el amorreo Shamshi-Adad I consiguió crear un primer «imperio» asirio, controlando un amplio territorio desde los montes Zagros hasta Siria, con capital en Shubat-Enlil, en el valle del Jabur. Pero la cosa duró poco: en 1760 a. C. Hammurabi de Babilonia derrota a su hijo Ishme-Dagan, e incorpora Asiria al imperio babilonio. A partir de entonces la región sufre oleadas de invasiones (guti, elamitas, amorreos) y nuevos poderes como el reino hurrita de Mitanni controlan buena parte del norte mesopotámico.

Periodo medioasirio: Asiria despega

El gran giro llega con Ashur-uballit I (1364-1328 a. C.), que se sacude la tutela de Mitanni, amplía fronteras y se presenta como «gran rey» a la altura de los de Babilonia o Hatti. Sus sucesores, como Salmanasar I o Tukulti-Ninurta I, ampliarán todavía más el dominio asirio hacia el norte (Urartu), el oeste (Siria), el este (Zagros) y el sur (Babilonia y Elam).

En este tiempo se consolida un estado territorial bien organizado, con provincias (pāhutu) dirigidas por gobernadores (bēl pāhāti / šaknu) y un aparato administrativo y militar cada vez más complejo. Tukulti-Ninurta I llega a fundar una ciudad nueva, Kar-Tukulti-Ninurta, frente a Aššur, como capital alternativa, adelantando una práctica que veremos explotada a lo grande en época imperial.

Al final del II milenio a. C., sin embargo, el conjunto del Próximo Oriente entra en crisis: irrupción de los llamados pueblos del mar, colapso del imperio hitita, debilitamiento de Egipto… Asiria aguanta mejor que otros, pero también sufre embates de mushki, arameos y otros grupos seminómadas. De estas décadas de turbulencias saldrá con un ejército endurecido y una gran experiencia en guerra de asedio.

Periodo neoasirio: nacimiento de una superpotencia

A partir del 911 a. C., con Adad-nirari II, comienza la fase propiamente imperial. Poco a poco se anexionan estados arameos, se somete la Media Luna Fértil y se avanza hacia Anatolia, Babilonia y el Levante. Un factor clave es la plena explotación del hierro, que permite multiplicar las armas disponibles y dotar mejor a las tropas.

Reyes como Asurnasirpal II (883-859 a. C.) perfeccionan las tácticas de asedio: torres móviles, arietes blindados, minado de murallas, uso masivo de arqueros y zapadores. Sus campañas, durísimas, dejan tras de sí ciudades arrasadas, masacres ejemplares y deportaciones masivas. El terror no era un exceso aislado sino una herramienta política deliberada para desanimar cualquier resistencia.

Salmanasar III (858-824 a. C.) libra decenas de campañas, somete coaliciones como la de Siria e Israel, y deja testimonio visual en piezas como el famoso Obelisco Negro, donde vemos a Jehú de Israel postrado ante el rey asirio. Tras un período de guerras civiles y epidemias en el siglo VIII a. C., un caudillo de origen oscuro se hace con el poder: Tiglatpileser III (744-727 a. C.).

Este rey reorganiza a fondo el ejército, introduciendo tropas profesionales y mercenarias en lugar de depender solo de levas campesinas, y reforma la administración, multiplicando y subdividiendo provincias para controlar mejor el territorio. Con él y sus sucesores (Salmanasar V, Sargón II, Senaquerib, Asarhaddón y Asurbanipal) Asiria llega a dominar, en su máxima extensión, territorios que abarcan total o parcialmente los actuales Irak, Siria, Israel y Palestina, Jordania, Líbano, Turquía, Irán, Arabia Saudita, Egipto, Kuwait, Chipre, Armenia, Azerbaiyán y Georgia.

Reyes, poder y administración asiria

En la ideología mesopotámica, el rey es siempre más que un simple gobernante, pero en Asiria este aspecto se lleva al extremo. El soberano es el «vicario» y sumo sacerdote del dios Assur, «rey del país de Assur», y en los textos rituales se insiste en que, en realidad, «Assur es el rey» y el monarca humano su delegado en la tierra.

Esto significa que el rey debe sobresalir como guerrero, juez y devoto. Dirige (o al menos simboliza) las campañas, preside juicios, restaura templos, consulta oráculos e interpreta presagios. Su vida está fuertemente ritualizada: baños de purificación (bīt rimkī), banquetes rituales (tākultu), fiestas de Año Nuevo (akītu)… Si los adivinos detectan un mal presagio (por ejemplo, un eclipse que anuncia la muerte del rey), se puede recurrir al curioso ritual del «rey sustituto»: se entroniza a un personaje de reemplazo, sobre el que se transfiere el mal augurio, mientras el rey «real» pasa unos días como simple labrador; cuando el sustituto muere, el monarca recupera su lugar.

Con el paso de los siglos, la figura del rey se carga de títulos pomposos como «gran rey», «rey poderoso», «rey del universo» o «rey de las cuatro partes del mundo», que reflejan la ambición universalista del imperio. En época neoasiria, el monarca es un auténtico soberano absoluto: todos dependen de sus favores, se organizan juramentos colectivos de fidelidad (adê) y la traición se paga con la vida.

La sucesión, como en casi todas partes, es el talón de Aquiles del sistema. Aunque en teoría la primogenitura pesa, en la práctica el rey nombra a un heredero (que se forma en la «Casa de sucesión», con palacios y administración propia) y esto a menudo desemboca en disputas fratricidas. Tiglatpileser III y Sargón II son probablemente usurpadores de su propia familia; bajo los sargónidas los problemas sucesorios se multiplican y contribuyen al derrumbe final del estado.

Alrededor del rey se despliega una nutrida nobleza de cargo, cuya riqueza proviene sobre todo de las tierras y prebendas otorgadas por el monarca. Cargos como el visir (šukkallu), el gran copero, el mayordomo del palacio (ša pān ekalli), el jefe de los eunucos o el gran general (turtanu) concentran poder y responsabilidades. Para evitar que alguno se haga demasiado fuerte, los reyes tienden a dividir funciones, rotar gobernadores y supervisarles de cerca mediante inspectores (qēpu) y una red de correspondencia muy bien conocida gracias a los archivos de Nínive.

El harén real, por su parte, no era solo un espacio doméstico: las grandes esposas y, sobre todo, las reinas madre podían desempeñar un papel político relevante. Personajes como Sammuramat (Semíramis) o Zakutu (Naqi’a), madre de Asarhaddón, son claves en la legitimación de herederos y en maniobras cortesanas. El harén se regía por estrictos edictos que regulaban jerarquías, salidas al exterior y relaciones con otros miembros de la corte.

Ejército asirio: maquinaria de guerra del Próximo Oriente

Si algo ha pasado a la memoria colectiva sobre Asiria es su potencia militar. Y no es casual: fueron pioneros en muchas cosas que, vistas desde hoy, suenan muy modernas. Su ejército combinaba infantería pesada y ligera, caballería, carros de guerra, unidades de zapadores, artilleros con máquinas de asedio y contingentes de pueblos aliados o sometidos, integrados de forma bastante sistemática.

Desde muy pronto adoptan el hierro para las armas, que es más resistente y barato de producir en masa que el bronce. En los arsenales se han encontrado literalmente toneladas de puntas de lanza, flechas, espadas y cascos apilados para campañas futuras. El soldado de infantería típica lleva coraza de cuero reforzado, casco metálico con cimera, escudo redondo, lanza, espada corta y, en el caso de los arqueros, un arco poderoso y un buen carcaj.

Un gran cambio respecto a otras potencias fue el desarrollo de la caballería como arma independiente. Los hititas y otros pueblos usaban carros de guerra, pero los asirios, desde Asurnasirpal II, empiezan a sustituir progresivamente el carro por jinetes montados, más flexibles y baratos. Al principio van en parejas (uno maneja las riendas, el otro combate), pero con el tiempo veremos unidades de caballería mucho mejor adaptadas.

En la guerra de asedio, los asirios despliegan una panoplia impresionante: arietes con cabezas de bronce en forma de monstruos, montados sobre grandes carros cubiertos; torres de asedio de varios pisos, movidas sobre ruedas, que permiten dominar la línea de muralla; galerías subterráneas para minar las bases de las fortificaciones, y trincheras y terraplenes para aproximarse protegidos. Una vez abierta brecha, el asalto es brutal, y las represalias contra una ciudad que se resiste suelen quedar bien documentadas en los propios textos e imágenes oficiales.

La logística también estaba muy trabajada: los campamentos se protegían con terraplenes de tierra, las tiendas se organizaban por unidades y rangos, y, como muestran los bajorrelieves, se registran escenas de vida cotidiana en campaña: preparación de la cama, cocinas improvisadas, curas a heridos. Todo esto nos habla de un ejército profesionalizado, capaz de hacer campaña prácticamente todos los años en primavera, siguiendo la idea de que el rey debía «ensanchar el país de Assur» de forma casi ritual.

Imperio, provincias y deportaciones

Políticamente, el imperio neoasirio combina provincias administradas directamente por gobernadores con una constelación de reinos vasallos que pagan tributo y juran fidelidad mediante tratados (māmītu, adê). Con el tiempo, la tendencia es a transformar cada vez más estados vasallos en provincias, para someterlos a un control más directo.

Las provincias se dividen en distritos (halṣu) con sus propios administradores, y a nivel local encontramos alcaldes (hāzānu) e inspectores de pueblo (rab ālāni) encargados de recaudar impuestos, organizar trabajos obligatorios y mantener el orden. Algunas ciudades clave disfrutan de exenciones y privilegios (zakūtu), a menudo como premio por su lealtad en tiempos de crisis: es el caso de Assur, Babilonia o Nippur en determinados momentos.

La cara más dura del sistema es la política de deportaciones masivas. Tras una conquista, una parte importante de la población, sobre todo élites, artesanos cualificados y mano de obra útil, es desplazada a otros puntos del imperio. A veces se hacen deportaciones cruzadas: gente de un país es llevada a otro mientras sus antiguos vecinos ocupan sus tierras. El objetivo es múltiple: castigar y desraizar focos de rebeldía, repoblar zonas poco explotadas, poner en valor tierras y, de paso, disponer de especialistas para proyectos concretos.

Se calcula que, solo en época neoasiria, pudieron ser deportadas más de un millón de personas, con picos de casi 400 000 bajo Tiglatpileser III y unos 470 000 bajo Senaquerib. Obviamente el coste humano es enorme, y muchos no sobrevivirían a trayectos tan largos, pero a la vez esto genera una mezcla étnica y lingüística enorme en el corazón del imperio.

Visto desde el centro, Asiria funciona como una especie de «empresa» de explotación de recursos periféricos: tributos en metales, caballos, maderas, marfil, productos de lujo, mano de obra… Todo fluye hacia las grandes capitales, donde se gastan cantidades ingentes en palacios, templos, jardines y obras hidráulicas. Visto desde muchas periferias, la dominación asiria tiene un componente muy depredador, reforzado por la fama de brutalidad que transmite también la Biblia hebrea.

Ahora bien, las cosas no son blanco o negro. En varias regiones (por ejemplo, el sudeste de Anatolia o el país de los medos) la demanda asiria de productos como caballos o madera estimuló la formación de élites locales fuertes y estructuras políticas nuevas, que luego jugarían su propio papel en la historia. Las ciudades fenicias, especialistas en marfil y tejidos teñidos de púrpura, se enriquecieron vendiendo a los asirios. El arte y la arquitectura provinciales se influyen mutuamente con el estilo imperial, generando un caldo de cultivo multicultural muy interesante.

Ciudades, palacios y urbanismo asirio

El paisaje urbano asirio combina ciudades antiguas como Aššur, Nínive o Harrán con fundaciones más recientes, tanto en periodo medioasirio (Kar-Tukulti-Ninurta) como, sobre todo, en el periodo neoasirio, cuando algunos reyes se lanzan a crear auténticas «ciudades-palacio» desde cero.

El modelo clásico mesopotámico es el de una «ciudad alta» sobre un tell, donde se concentran los templos y la sede del poder, y una «ciudad baja» más extensa y residencial alrededor. Aššur responde muy bien a este esquema: la ciudadela sobre el promontorio rocoso, el templo de Assur y el palacio, y al sur barrios de casas organizados en torno a calles estrechas.

En época nueva, Asurnasirpal II traslada la capital a Kalkhu (Nimrud), una ciudad antigua pero totalmente rediseñada, rodeada por murallas de unos 350 hectáreas que podían albergar más de 60 000 habitantes. Sargón II repite la jugada con Dur-Sharrukin (Jorsabad), una fundación ex novo de planta casi cuadrada (unos 1,7 km de lado), con ocho puertas, 150 torres y una gran ciudadela con zigurat, templo múltiple y su enorme palacio.

Sin embargo, Dur-Sharrukin apenas llega a consolidarse porque su sucesor, Senaquerib, decide abandonar el proyecto y centrarse en la vieja Nínive. Amplía la ciudad a unas 750 hectáreas, la rodea de una nueva muralla, excava canales monumentales para traer agua desde decenas de kilómetros y levanta el gran «Palacio del Nordeste», probablemente el mayor palacio asirio conocido. No contento con eso, desarrolla extensos jardines regados por complejos sistemas hidráulicos que algunos investigadores han identificado como los auténticos «jardines colgantes» de la tradición clásica.

Los palacios neoasirios siguen un esquema relativamente fijo: se entra por una puerta monumental, flanqueada por colosos alados, que da acceso a un gran patio público (babānu) en torno al cual se distribuyen almacenes, oficinas y talleres. Más adentro se abre la sala del trono, decorada con largas series de bajorrelieves, que actúa de charnela hacia la zona privada (bītānu), con los apartamentos del rey, el harén y patios interiores. En ocasiones, en el complejo también hay templos, bibliotecas, arsenales (ekal mašarti) y jardines amurallados.

En cuanto a la vivienda común, las excavaciones en Aššur han sacado a la luz unas ochenta casas neoasirias. Hay básicamente dos tipos: casas lineales, pequeñas, con cuatro a seis estancias en fila, y casas con patio, más amplias, con una decena o más de habitaciones organizadas alrededor de un patio central. Los contratos de compraventa hablan de tiendas, cuartos de recepción, talleres, zonas de agua y almacenes, y es probable que las habitaciones de dormir estuvieran a menudo en una planta superior.

Sociedad, familia y condición de la mujer

La documentación legal asiria distingue entre hombres libres (a’īlu), esclavos (ardu) y una categoría intermedia de «asirios» (aššurāiu) en sentido jurídico, probablemente dependientes con menos grado de libertad. Ya en época neoasiria, el término «asirio» se usa más en sentido político (súbdito de Asiria) y se hablan de «pueblo» (nišê), «individuos» (napšāti) o «tropas» (ṣābê) sin precisión de estatus legal, lo que refleja hasta qué punto la clave para situarse en la escala social es la relación con la administración real.

En el campo, la mayoría vivía de una agricultura bastante frágil, en una franja de lluvias limitadas, y bajo el peso de las obligaciones fiscales, reclutamientos y trabajos forzosos. Muchos campesinos y dependientes estaban ligados a grandes dominios del palacio, de templos o de altos dignatarios. En las ciudades, en cambio, proliferan funcionarios, escribas, artesanos especializados y comerciantes ligados de una forma u otra a las «grandes organizaciones» estatales.

La familia es la célula básica y el cabeza de familia masculino ejerce una autoridad muy amplia, como muestran las severas Leyes asirias del siglo XII a. C. Puede, en situaciones límite, empeñar temporalmente a esposa, hijos o esclavos para cubrir deudas, e incluso vender a los hijos en tiempos de hambruna. En delitos cometidos por o contra miembros de la familia, el jefe tiene un papel central en la ejecución de la pena.

La condición de la mujer, según estas leyes, es clara: está subordinada. Si una mujer roba, la sanción puede ser el corte de nariz u orejas, decidido por el esposo o por el perjudicado. Si se atreve a levantar la mano contra un hombre, la pena incluye multas y golpes con vara. El aborto provocado voluntariamente se castiga con el empalamiento y la prohibición de entierro. En cambio, al jefe de familia se le permite pegar a su esposa o hija dentro de los límites marcados por la ley.

El matrimonio es un contrato entre familias, con dote y contradote, y el levirato (obligación de casarse con el cuñado viudo) está atestiguado. El marido puede repudiar a la esposa, dándole o no compensación según lo estipulado. En época neoasiria aparecen contratos donde también se contempla la posibilidad de que la mujer inicie la ruptura. La poligamia existe, pero fuera de las élites no parece muy frecuente; aún así se establecen jerarquías claras entre la primera y la segunda esposa.

Economía, comercio y artesanado

Desde los tiempos paleoasirios, el comercio ha sido una seña de identidad de Asiria. Pero en la época imperial, el peso de la economía palacial es todavía mayor. Palacios y templos poseen vastas tierras, rebaños, talleres y almacenes; organizan expediciones comerciales, controlan productos estratégicos (hierro, caballos, madera de cedro) y emplean a miles de personas retribuidas en especie (raciones) o con tierras en usufructo.

Los intercambios con el exterior se articulan en gran parte a través de tributos impuestos a reinos y ciudades vasallas. Estos tributos no se calculan al azar: se adaptan a las especialidades de cada región. Del Líbano y Siria llegan troncos de cedro y ciprés; de Anatolia y el Cáucaso, metales; de Elam, Media y Urartu, caballos; del Golfo, piedras semipreciosas; de Fenicia, marfil y objetos de lujo; de Egipto, oro y lino fino.

Junto a estos flujos obligatorios hay un comercio más o menos libre, aunque a menudo controlado por el estado. Los «mercaderes» (tamkāru) pueden operar por cuenta propia, pero frecuentemente trabajan bajo mandato del palacio o los templos, que les proporcionan capital y mercancía. El estado asirio busca, en cualquier caso, captar y redistribuir una buena parte de los productos de alto valor que circulan.

En las ciudades, los artesanos se agrupan en torno a talleres palaciegos o templarios. Se documenta muy bien, por ejemplo, el sistema iškāru: la institución entrega materia prima a un artesano (bronze, hierro, lana, marfil) y este devuelve piezas acabadas según un plan. Se trabaja la cerámica, la metalurgia, la orfebrería, la talla de piedra y marfil, los tejidos… Algunos grupos, como los orfebres del templo de Assur, muestran signos de organización casi «corporativa».

Religión, escritura y cultura letrada

Religiosamente, Asiria forma parte del mundo mesopotámico: politeísmo, templos urbanos, sacrificios, adivinación, magia y una visión bastante pesimista del más allá, concebido como una región oscura y polvorienta donde los muertos llevan una existencia apagada. Lo que sí cambia es el papel central del dios nacional Assur.

Assur comienza siendo un dios ligado a la ciudad homónima y probablemente al «árbol de la vida» (un motivo que veremos una y otra vez en el arte asirio). Con la militarización del estado, se convierte en una deidad guerrera identificada en parte con el Sol, y su símbolo pasa a ser un disco alado muy similar al que usan hititas y egipcios. La gran diosa del panteón asirio es Ishtar, diosa del amor, la guerra y la fecundidad, llamada «Primera entre los dioses» o «Reina del cielo y la tierra».

En las listas de dioses encontradas en Nínive se registran hasta 2 500 nombres divinos, incluyendo muchas deidades locales menores. Entre los «grandes» figuran Anu (cielo), Enlil (vientos y tormentas), Ea (aguas subterráneas y sabiduría), Shamash (Sol y justicia), Sin (Luna), Marduk (dios principal de Babilonia, adoptado como gran dios en todo el sur), así como genios y demonios como Pazuzu o Lamashtu, que pueden ser protectores o extremadamente dañinos.

En cuanto a la escritura, los asirios utilizan la cuneiforme sobre tablillas de arcilla, en lengua acadia (dialecto asirio) para usos administrativos, jurídicos o privados. Esta escritura combina signos fonéticos (sílabas) y logogramas heredados del sumerio. El corpus de signos evoluciona: en época paleoasiria se usa un repertorio más reducido y muy fonético, mientras que en época neoasiria reaparecen muchos logogramas y el ductus es más regular.

Paralelamente, desde finales del II milenio a. C. se difunde cada vez más el arameo y su escritura alfabética. Los arameos, originalmente un conjunto de tribus semitas occidentales, se han ido instalando en Siria y el norte de Mesopotamia, y muchos son deportados al corazón de Asiria. A partir del siglo VIII a. C., el arameo se convierte en la lingua franca del imperio, usada en la administración junto al cuneiforme. Lo vemos en las representaciones de escribas dobles: uno escribiendo en tablilla de arcilla, otro en rollos de pergamino o papiro.

La cultura letrada asiria está fuertemente ligada a los templos y al palacio. Sacerdotes-barû (hepatoscopos), āšipu (exorcistas), kalû (lamentadores), astrólogos, médicos… todos ellos reciben formación de escriba y manejan un vasto corpus de textos: listas léxicas bilingües, colecciones de presagios (sobre hígados, estrellas, sueños), manuales de exorcismo y rituales, tratados médicos, problemas matemáticos, himnos y mitos.

El ejemplo más famoso es la llamada «Biblioteca de Asurbanipal» en Nínive, que en realidad agrupa varios fondos distintos: dos palaciegos y, al menos, uno templario del dios Nabu. Se han identificado unas 22 000 tablillas, que incluyen copias de obras clásicas mesopotámicas como la Epopeya de Gilgamesh, el mito de la Creación (Enuma Elish), leyes, crónicas y textos eruditos de todo tipo. Muchas fueron confiscadas o copiadas ad hoc en otros centros como Babilonia, Nippur o Ur, siguiendo órdenes directas de Asurbanipal.

Arte asirio: poder, piedra y narrativa en relieve

El arte asirio que mejor conocemos es el de época neoasiria, gracias sobre todo a las excavaciones del siglo XIX y XX en Nimrud, Jorsabad y Nínive. Hay algo casi cinematográfico en los largos frisos de ortostatos de piedra caliza o yesífera que recorrían las salas principales de los palacios, cubriendo las paredes desde el zócalo hasta cierta altura.

Los temas se pueden dividir en dos grandes bloques. Por un lado, las escenas «históricas»: campañas militares, asedios, batallas navales, recepciones de tributo, desfiles de prisioneros, la construcción de palacios y canales… Cada rey suele elegir que una sala entera represente una campaña concreta, como el asedio de Laquis por Senaquerib o la devastación de Elam por Asurbanipal.

Por otro lado, las escenas de caza real y las composiciones de carácter simbólico: el rey cazando leones desde su carro o a pie, en escenarios muy teatrales; genios alados regando un árbol sagrado; procesiones de dioses sobre animales o apoyados en montañas. Aquí es donde mejor se aprecia la capacidad de los artistas asirios para dotar de movimiento y expresividad tanto a cuerpos humanos como animales: los leones heridos de los relieves de Nínive son un ejemplo soberbio de observación y estilización.

Estas superficies estaban originalmente pintadas con vivos colores, aunque hoy la policromía casi ha desaparecido. En algunos palacios provinciales, como Til Barsip (Tell Ahmar), en vez de ortostatos esculpidos se utilizaron grandes pinturas murales con los mismos temas, quizá como alternativa más barata.

Las puertas monumentales se flanquean con los célebres toros alados androcéfalos (lamassu o šēdu), colosos de varias toneladas con cuerpo de toro o león, alas de águila y cabeza humana barbada. Sus cinco patas permiten que, vistos de frente, parezcan inmóviles, y de perfil, en marcha. Su función es doble: religiosa (genios protectores) y arquitectónica (sostienen el arranque de los arcos).

Fuera de los palacios, los reyes encargan también estelas y relieves rupestres: en Bavian o Máltai vemos procesiones de dioses y escenas que conmemoran obras hidráulicas; en Nahr el-Kelb, cerca del actual Beirut, se conservan inscripciones y figuras de Asarhaddón junto a otras posteriores. Estatuas exentas de reyes como Asurnasirpal II o Salmanasar III, de tamaño casi natural, refuerzan la imagen de monarcas solemnes, con túnicas y chales decorados con flecos y signos divinos.

A todo esto hay que añadir la glíptica (sellos cilíndricos), los objetos de marfil finamente tallados (muchos en estilo sirio-fenicio, hallados en Nimrud y Arslan Tash), joyas y adornos personales recuperados de tumbas de élite (como las espectaculares joyas de las reinas de Nimrud), y los muebles de madera con incrustaciones de metal y marfil. Aunque la mayoría de los metales preciosos se reciclaron ya en la Antigüedad, lo que ha sobrevivido basta para darnos una idea del nivel alcanzado.

Con todo este recorrido, se entiende mejor por qué Asiria es pieza clave para comprender la historia del Próximo Oriente y, por extensión, buena parte de la tradición cultural que heredaron persas, griegos, romanos y, en último término, nosotros mismos. De la invención de métodos de asedio y administración imperial a la conservación de mitos como el de Gilgamesh, pasando por la difusión del arameo y la configuración de una iconografía del poder que se repetirá durante siglos, el legado asirio va mucho más allá de su fama de pueblo belicoso.