- Derinkuyu es la mayor ciudad subterránea conocida de Capadocia, con hasta 18 niveles y más de 80 metros de profundidad excavados en roca volcánica blanda.
- Su origen se remonta probablemente a hititas y frigios, y fue usada durante milenios como refugio defensivo por distintas civilizaciones, especialmente en época bizantina.
- La ciudad era prácticamente autosuficiente, con viviendas, bodegas, establos, escuelas, capillas, pozos de agua y un sofisticado sistema de ventilación con más de 50 chimeneas.
- Hoy solo se puede visitar una parte de Derinkuyu, pero sigue conectada a otras ciudades subterráneas de Capadocia, formando una enorme red oculta bajo Anatolia Central.

En pleno corazón de Anatolia Central, bajo los paisajes de chimeneas de hadas y valles de colores de Capadocia, se esconde una de las obras más sorprendentes creadas por el ser humano: la ciudad subterránea de Derinkuyu en Turquía, un auténtico laberinto excavado en la roca capaz de albergar a miles de personas durante meses. Lo que hoy es un atractivo turístico de primera fila, durante siglos fue un refugio secreto del que apenas quedaba memoria.
El hallazgo moderno de este lugar parece sacado de una novela: un vecino que pierde sus gallinas en los años 60, una pared derribada y un pasadizo oscuro que conduce a niveles y niveles de túneles y estancias. Detrás de esa grieta en una casa corriente de Capadocia apareció Elengubu, el antiguo nombre de Derinkuyu, una metrópolis subterránea cuya historia se entrelaza con hititas, frigios, persas, bizantinos y las continuas invasiones que marcaron Anatolia.
Dónde está Derinkuyu y cómo es la ciudad actual
Derinkuyu es hoy una localidad y distrito de la provincia de Nevşehir, en la región de Anatolia Central, Turquía. Se encuentra a unos 29 kilómetros al sur de la ciudad de Nevşehir, en plena Capadocia, y su nombre actual significa literalmente “pozo profundo”, un guiño clarísimo a lo que esconde bajo sus casas.
Administrativamente, Derinkuyu forma parte de Turquía, dentro de la región de Anatolia Central y la provincia de Nevşehir. El distrito tiene una superficie aproximada de 445 km² y una altitud media de unos 1.300 metros sobre el nivel del mar, con el monte Ertaş alcanzando casi los 2.000 metros. En torno a 2010 la población del distrito rondaba los 22.000 habitantes, mientras que en el censo de 2000 se registraban algo más de 24.000, de los que cerca de 11.000 vivían en la propia ciudad.
El término Derinkuyu tiene raíces relativamente modernas; en la Antigüedad la zona fue conocida como Melengübü y en griego como Malakopí. A nivel práctico, para el visitante actual es una base perfecta para explorar Capadocia, con su propio código postal (50000), prefijo telefónico 0384 y ayuntamiento encabezado por su alcalde local. Pero el verdadero tesoro no está en la superficie, sino bajo el suelo volcánico que la sustenta.
Capadocia cuenta con al menos 37 ciudades subterráneas abandonadas conocidas, pero Derinkuyu es la más extensa y la que se ha convertido en la gran atracción de la zona. Su fama ha llevado a que desde 1985 figure, junto a la cercana ciudad subterránea de Kaymaklı, dentro de los bienes inscritos como Patrimonio Mundial de la UNESCO, como parte del conjunto de Capadocia.
Un descubrimiento por pura casualidad en 1963
Derinkuyu permaneció oculta durante décadas, incluso siglos, hasta que en 1963 un vecino se encontró con algo que no esperaba: sus gallinas desaparecían una y otra vez por una rendija abierta en la pared durante una reforma. Al seguir el rastro de las aves, descubrió un pequeño pasaje; ese pasadizo llevaba a otro, y este a un corredor aún mayor. Al final de ese encadenado de túneles apareció toda una ciudad bajo tierra.
La historia de este descubrimiento fortuito aún la repiten los guías locales a los viajeros que visitan Capadocia. A raíz de aquella grieta en una “casa-cueva”, las autoridades comenzaron excavaciones sistemáticas que no tardaron en revelar el enorme entramado subterráneo, con múltiples accesos. Más de 600 entradas a la ciudad subterránea han sido detectadas en viviendas particulares de la zona.
Los trabajos arqueológicos modernos arrancaron oficialmente en 1963 y, con el tiempo, se llegó a documentar una profundidad de más de 40 metros excavados y hasta 18-20 niveles distintos. No todos son accesibles: al público solo se abren los ocho niveles superiores, mientras que los inferiores permanecen en parte colapsados o reservados a la investigación científica.
La ciudad subterránea se abrió a las visitas turísticas a finales de los años 60 del siglo XX. A día de hoy, se calcula que solo alrededor de un 10 % de todo el complejo es visitable, lo que da una idea de la magnitud total del sistema de túneles y cámaras que aún siguen ocultos o sin acondicionar.
Origen de Derinkuyu: de hititas y frigios a bizantinos
Determinar exactamente quién comenzó a excavar Derinkuyu y en qué fecha no es sencillo, pero las fuentes históricas y los hallazgos arqueológicos permiten trazar una cronología aproximada. El primer testimonio escrito que alude a viviendas bajo tierra en la región se encuentra en la obra Anábasis, de Jenofonte de Atenas, fechada alrededor del 370 a. C.
En ese relato sobre la famosa expedición de los Diez Mil, Jenofonte explica que los habitantes de Anatolia habían excavado sus casas bajo la tierra, con estancias lo bastante amplias como para alojar a una familia completa, a su ganado y a las provisiones necesarias. No menciona a Derinkuyu por su nombre, pero la descripción encaja muy bien con el tipo de asentamientos excavados de Capadocia.
Los primeros niveles de la ciudad subterránea suelen atribuirse a los hititas, una de las potencias clave del Próximo Oriente antiguo. Algunos expertos, como A. Bertini, sostienen que pudieron ser ellos quienes comenzaron a excavar las primeras plantas de Derinkuyu hacia el 1.200 a. C., cuando se vieron presionados por los ataques de los frigios. El hallazgo de objetos hititas dentro de la ciudad refuerza esta hipótesis.
Con el paso del tiempo, los frigios —un pueblo de la Edad del Hierro muy hábil en arquitectura rupestre— habrían ampliado de forma decisiva la red. Se sabe que los frigios tenían predilección por monumentalizar formaciones rocosas y tallar fachadas, y su reino llegó a abarcar buena parte del centro y oeste de Anatolia, incluida la zona de Derinkuyu, lo que cuadra con la posible autoría de buena parte de la obra subterránea.
Más adelante, durante la época romana y bizantina, las cuevas siguieron modificándose. Cuando el griego sustituyó al frigio como lengua dominante y el cristianismo se expandió, se añadieron elementos religiosos como capillas, cruces e inscripciones en griego. Derinkuyu, como otras ciudades subterráneas de la región, siguió en uso intermitente hasta al menos el siglo XIV, cuando sirvió de refugio frente a las incursiones mongolas y, posteriormente, ante amenazas durante la era otomana.
Capadocia y la red de ciudades subterráneas
La ciudad de Derinkuyu no está sola bajo el suelo de Capadocia. La región cuenta con más de un centenar de ciudades subterráneas conocidas, muchas de ellas talladas desde aproximadamente el año 1200 a. C. hasta bien entrado el siglo XII d. C. Durante este larguísimo periodo, distintas comunidades —hititas, frigios, romanos, griegos y pueblos anatolios cristianizados— fueron ampliando y refinando las cavidades para adaptarlas a sus necesidades.
Entre las ciudades subterráneas más famosas se encuentran Derinkuyu, Kaymaklı, Tatlarin, Özkonak, Mazı y Özlüce. Derinkuyu y Kaymaklı son las más conocidas y visitadas, y forman parte del núcleo del Patrimonio Mundial de la UNESCO en Capadocia. Algunas de estas ciudades alcanzan tres o más niveles de profundidad, y buena parte de ellas parecen estar interconectadas.
Se calcula que al menos 200 pequeños núcleos subterráneos repartidos por Capadocia podrían estar conectados entre sí, formando una red colosal de túneles que se extiende varios kilómetros bajo el paisaje de toba volcánica. En el caso concreto de Derinkuyu, se ha identificado un túnel de casi 8-9 kilómetros que la habría enlazado directamente con Kaymaklı.
La función de estas ciudades cambió con los siglos. En un primer momento servían sobre todo como bodegas, lagares, almacenes de grano y refugios para animales, aprovechando la estabilidad térmica de la roca volcánica, perfecta para conservar vino y alimentos. Más tarde, cuando las amenazas militares se intensificaron, su uso se orientó claramente a la defensa y el ocultamiento de población.
Con la llegada de los turcos y la disminución de guerras e invasiones en la región a partir del siglo XIII, la excavación de nuevos niveles profundos prácticamente se detuvo. La gente siguió usando las cuevas superficiales como bodegas y establos, pero poco a poco las galerías más profundas cayeron en el olvido. Tras el intercambio de población entre Grecia y Turquía en 1923, los últimos habitantes griegos de Capadocia abandonaron la zona y la memoria de estas ciudades subterráneas se desdibujó casi por completo.
Arquitectura subterránea: niveles, estancias y defensas
Lo que más impresiona al recorrer Derinkuyu es la magnitud y la lógica de su diseño. La ciudad desciende hasta más de 85 metros bajo tierra, repartidos en unos 18 niveles, de los que solo la parte superior está habilitada para las visitas. Aunque no hay unanimidad absoluta en las cifras, se calcula que en su momento de máximo uso podía albergar cómodamente entre 10.000 y 20.000 personas, incluidos sus animales y provisiones.
La roca en la que se excava la ciudad es una toba volcánica blanda, muy fácil de trabajar con herramientas relativamente simples como picos y palas. Esta geología particular de Capadocia favoreció el surgimiento de arquitectura rupestre y subterránea, tanto en forma de iglesias excavadas en los acantilados como de verdaderas urbes bajo tierra como Derinkuyu.
Dentro de la ciudad subterránea se distinguen claramente áreas domésticas y funcionales: hay viviendas familiares, cocinas (todavía se aprecian paredes ennegrecidas por el humo), comedores y espacios comunes, lagaretas y prensas para elaborar vino, bodegas, almacenes de comida, establos para el ganado, cisternas de agua, aulas y espacios de culto cristiano.
Uno de los elementos más llamativos son las enormes puertas de piedra circulares, auténticas “piedras de molino” de hasta media tonelada de peso, que se podían deslizar para bloquear los pasillos. Estas puertas solo se abrían desde el interior y contaban con un orificio central, lo bastante pequeño como para observar o atacar a un intruso con una lanza sin exponerse demasiado. Los corredores, además, son estrechos y bajos, lo que obligaría a los invasores a avanzar en fila india y agachados, una posición muy desventajosa.
La distribución vertical también responde a criterios muy prácticos. Los establos se situaban en los niveles más cercanos a la superficie, de modo que los animales pudieran entrar y salir con relativa facilidad y los olores y gases se quedaran lo más lejos posible de las zonas de vivienda. Al mismo tiempo, el propio ganado actuaba como una especie de “capa” aislante y generadora de calor durante los duros inviernos.
En las zonas más internas se organizaban las áreas residenciales, las bodegas, los almacenes y las estancias de reunión. Es especialmente conocida una escuela misionera de época bizantina, situada en el segundo piso, reconocible por su techo abovedado en forma de cañón y las salas adyacentes de estudio. Las capillas excavadas, discretas y protegidas, hablan del uso de la ciudad como refugio para cristianos perseguidos en distintos momentos de la historia.
Un sistema de ventilación y agua pensado para sobrevivir meses
Si algo demuestra el ingenio de los constructores de Derinkuyu es su sofisticado sistema de ventilación y abastecimiento de agua. Se han identificado alrededor de 50-52 pozos de ventilación distribuidos por toda la ciudad, muchos de ellos con más de 50 metros de profundidad. Su función era asegurar un flujo de aire constante incluso en los niveles más profundos.
Estos pozos se diseñaron para que fuera muy difícil para un enemigo bloquear de golpe todo el suministro de aire. En lugar de un único conducto vulnerable, la ciudad contaba con múltiples aperturas y chimeneas de ventilación disimuladas entre edificaciones de la superficie. Así, aunque se cerraran algunos puntos, el conjunto podía seguir respirando.
En cuanto al agua, Derinkuyu dispone de un pozo profundo que supera los 55 metros. Parte de ese pozo podía comunicarse con zonas superiores, pero se cree que ciertas aberturas hacia la superficie podían cerrarse en caso de emergencia, de manera que solo se pudiera acceder desde el interior de la ciudad. Eso permitía proteger el suministro de agua frente a posibles intentos de envenenamiento o sabotaje desde fuera.
La combinación de ventilación y agua propia, sumada al espacio disponible para graneros y bodegas, hacía posible que miles de personas pasaran semanas o incluso meses bajo tierra sin necesidad de salir al exterior. Por supuesto, las condiciones de vida eran duras: los habitantes vivían a la luz de antorchas, hacían sus necesidades en recipientes de barro bien cerrados y disponían de zonas específicas para depositar los cadáveres durante las estancias prolongadas.
Todo este sistema responde al objetivo principal que tuvo Derinkuyu durante buena parte de su historia: funcionar como refugio temporal durante periodos de peligro. Las fuentes indican que su uso se intensificó especialmente entre los siglos VII y IX, en plena época bizantina, cuando las incursiones islámicas hacían muy inseguro permanecer a la intemperie en los asentamientos de superficie.
Derinkuyu como refugio a lo largo de los siglos
Aunque su origen estuvo ligado probablemente al almacenamiento y a la conservación de alimentos y vino, Derinkuyu se fue transformando poco a poco en una ciudad fortificada bajo tierra. Cada nueva amenaza que llegaba a Anatolia —ya fueran enemigos procedentes de Oriente Próximo, de Europa del Este o de las estepas— reforzaba la necesidad de contar con refugios seguros, y la ciudad subterránea se adaptó a esa demanda.
Durante el periodo romano y, sobre todo, la era bizantina, los cristianos de Capadocia aprovecharon estas ciudades para protegerse de la persecución. Las capillas, las cruces grabadas y las inscripciones griegas que han llegado hasta nosotros se relacionan con comunidades que se escondían durante campañas militares, razias o conflictos religiosos.
En el siglo VII, con las incursiones islámicas que azotaron las fronteras del Imperio bizantino, Derinkuyu y otras ciudades subterráneas vivieron uno de sus momentos de máximo uso. Su capacidad para acoger a miles de personas, con sus animales y reservas de alimento, la convertía en una suerte de “búnker” antiguo donde era posible esperar a que el peligro pasara.
Tiempo después, en los siglos XIII y XIV, el avance de los mongoles y las campañas de Timur volvieron a hacer útiles estos refugios. Incluso bajo el Imperio otomano, ya en la Edad Moderna, hay constancia de que las cuevas sirvieron ocasionalmente para esconder a grupos perseguidos. En el siglo XX, durante los episodios de violencia y persecuciones previos al intercambio de población de 1923, también se emplearon como refugio puntual.
Finalmente, en 1923, los últimos griegos de Capadocia abandonaron Derinkuyu y la ciudad subterránea quedó definitivamente deshabitada. Más de dos mil años después del inicio de su excavación, las galerías quedaron selladas por el polvo y el olvido, hasta que aquellos pollos curiosos devolvieron la historia al primer plano.
Qué se ve hoy al visitar la ciudad subterránea de Derinkuyu
Para el viajero que se acerca hoy a Capadocia, la visita a Derinkuyu es una experiencia tan fascinante como intensa. La entrada se realiza por una de las bocas acondicionadas en el centro del pueblo, y a partir de ahí se desciende por túneles angostos en pendiente, donde es habitual tener que agacharse y avanzar casi en fila india.
Las paredes de los pasadizos muestran todavía marcas de herramientas, zonas ennegrecidas por siglos de humo de antorchas y nichos que pudieron servir para lámparas o pequeños altares. Cada pocos metros aparecen cámaras laterales, estancias más amplias y, de vez en cuando, las impresionantes puertas circulares de piedra, algunas aún insertas en su posición original.
A lo largo del recorrido se identifican las diferentes áreas funcionales que componían la ciudad: los antiguos establos en las plantas superiores, los almacenes de alimentos secos, las bodegas donde se prensaban uvas y se guardaba el vino, las cocinas con sus chimeneas talladas y los comedores comunes. No faltan espacios religiosos excavados a modo de pequeñas iglesias o capillas, discretas pero claramente reconocibles.
Uno de los puntos que más llaman la atención es la ya mencionada escuela misionera bizantina del segundo nivel, con su sala principal de techo abovedado y dependencias laterales. Desde allí se intuye cómo la ciudad no era solo un escondite improvisado, sino un lugar preparado para mantener durante bastante tiempo una vida comunitaria compleja, con enseñanza, culto y organización interna.
La sensación de claustrofobia es real para muchos visitantes: los túneles son estrechos, la altura es limitada y las salidas no se ven a simple vista. Sin embargo, esa misma incomodidad permite apreciar mejor el enorme esfuerzo y la capacidad técnica de las gentes que vivieron aquí, capaces de transformar un subsuelo de toba volcánica en una auténtica urbe invisible desde la superficie.
Derinkuyu en el contexto turístico de Capadocia
Derinkuyu es hoy una de las paradas clave de los circuitos turísticos por Capadocia, especialmente en el llamado “tour verde” o green tour, que suele incluir también el valle de Ihlara, el monasterio de Selime y varios miradores panorámicos. En estas excursiones de día completo se combinan rutas a pie, vistas de los valles y la visita guiada a la ciudad subterránea.
Además de Derinkuyu, la región ofrece un repertorio casi inagotable de paisajes singulares: las chimeneas de hadas del valle de Göreme, las tonalidades rosadas y rojizas del Valle Rojo y el Valle Rosa, y las formaciones rocosas con formas animales en el valle de Devrent, por mencionar solo algunos. Muchos viajeros aprovechan para alojarse en hoteles cueva, excavados en la roca, y para sobrevolar la zona en globo aerostático al amanecer.
Hay que tener en cuenta que, aunque Derinkuyu es la ciudad subterránea más grande abierta al público, no es la única que se puede visitar. Kaymaklı, por ejemplo, ofrece una experiencia similar pero con un trazado algo diferente; Özkonak, más pequeña y situada al norte de Uchisar, Göreme y Avanos, también está acondicionada para visitas y se encuentra a poca distancia de los aeropuertos de Kayseri y Nevşehir.
En los últimos años, las autoridades turcas han continuado investigando el subsuelo de la región. En 2014 se anunció el descubrimiento de otra gran ciudad subterránea bajo la zona de Nevşehir, que podría incluso superar en extensión a Derinkuyu, con estimaciones iniciales que hablaban de unos 450.000 metros cuadrados. Aún quedan, por tanto, muchos secretos por salir a la luz bajo el paisaje de Capadocia.
Hoy, recorrer Derinkuyu supone asomarse a más de dos mil años de historia condensados en túneles, cámaras y escaleras excavadas en la roca. Desde las primeras bodegas hititas hasta los refugios cristianos bizantinos, pasando por las defensas frente a mongoles y otomanos, todo ese pasado sigue inscrito en las paredes de toba blanda. Es difícil no imaginar, mientras se avanza encorvado por los pasillos, el murmullo de miles de personas refugiadas bajo tierra, esperando a que la guerra o la amenaza en la superficie pasaran para poder volver a ver la luz del sol.


