- Los etruscos fueron un pueblo autóctono de Italia central que, desde la cultura de Villanova, crearon una red de ciudades-estado influyentes entre los siglos IX y I a. C.
- Su poder se basó en la fertilidad agrícola, la minería del hierro y un comercio mediterráneo intenso, articulado a través de puertos como Pirgi y ciudades como Tarquinia o Populonia.
- Desarrollaron una religión revelada muy ritualista, una lengua no indoeuropea y un arte funerario de gran riqueza, con templos de terracota y necrópolis monumentales.
- Aunque fueron absorbidos por Roma, legaron a la civilización romana prácticas religiosas, elementos arquitectónicos y símbolos tan icónicos como la toga o el triunfo.
La civilización de los etruscos fue una de las culturas más poderosas, sofisticadas y, a la vez, más enigmáticas del Mediterráneo antiguo. Floreció en el centro de Italia desde la primera Edad del Hierro hasta la plena época romana, pero gran parte de lo que sabían, escribían y creían se perdió cuando Roma absorbió su mundo. Gracias a la arqueología, a las necrópolis y a unos pocos textos conservados, hoy podemos reconstruir, con bastante detalle, cómo vivían estos rasna, como se llamaban a sí mismos.
Lejos de ser un simple prólogo de Roma, los etruscos fueron una gran potencia regional: dominaron rutas comerciales, explotaron minas riquísimas en hierro, desarrollaron un arte funerario espectacular y crearon una organización política original basada en ciudades-estado aliadas por lazos religiosos. Moldearon la cultura romana hasta un punto que muchas veces se pasa por alto: desde la toga y el circo hasta la adivinación oficial del Estado romano hunden sus raíces en Etruria.
¿Quiénes fueron los etruscos y dónde se asentaron?
Los etruscos, conocidos por los griegos como tirrenos (Τυρσηνοί, Τυρρηνοί) y por los romanos como Etrusci o Tusci, habitaron principalmente el territorio de la actual Toscana, el norte del Lacio y parte de Umbría. A ese conjunto se le llamó en la Antigüedad Etruria, y se consideraba una de las grandes áreas culturales de la Italia prerromana.
Ellos mismos se autodenominaban rasna o rasenna, término de etimología aún discutida, que conocemos gracias a inscripciones etruscas y a autores antiguos como Dionisio de Halicarnaso. A partir de un pequeño núcleo original en la Toscana meridional y el Lacio septentrional, se expandieron hacia el norte, llegando a la llanura padana (Emilia-Romaña, sur de Lombardía y parte del Véneto) y hacia el sur, ocupando zonas de Campania e incluso proyectándose sobre Córcega y Cerdeña.
La expansión etrusca se explica por una combinación de fertilidad agrícola, dominio de la metalurgia y control de rutas marítimas y terrestres. Desde sus ciudades costeras controlaban el tráfico por el mar Tirreno, mientras que por el interior enlazaban con pueblos alpinos y centroeuropeos a través de los pasos de los Apeninos y del valle del Po.
Con el tiempo, la influencia etrusca resultó tan intensa que historiadores como Tito Livio o Catón recuerdan que, antes de Roma, gran parte de Italia estuvo bajo dominio o influencia tirrena, con posesiones entre los mares Tirreno y Adriático.
Origen de los etruscos: teorías y genética

El origen del pueblo etrusco fue, durante siglos, uno de los grandes enigmas históricos. Las fuentes antiguas y la investigación moderna han propuesto varias hipótesis, algunas ya descartadas, otras hoy mejor matizadas.
Una de las propuestas clásicas es la teoría orientalista, defendida por Heródoto. Según él, los etruscos procederían de Lidia (Anatolia occidental) y habrían llegado a Italia en una migración masiva alrededor del siglo XIII a. C., empujados por hambrunas. Este relato se apoyaba en los evidentes rasgos “orientales” de su arte y religión.
Frente a ella, la teoría autóctona, articulada por Dionisio de Halicarnaso, sostiene que los etruscos eran originarios de la propia península itálica. Sus argumentos: continuidad arqueológica entre las culturas del Bronce final y la Edad del Hierro, ausencia de estratos de destrucción que sugieran una invasión y un sustrato lingüístico claramente mediterráneo, no oriental.
A finales del siglo XIX y principios del XX se llegó incluso a proponer un origen “nórdico”, basado en la semejanza fonética entre rasena y el nombre de los réticos alpinos, pero esta idea se ha ido abandonando por su falta de base arqueológica y lingüística.
Las investigaciones genéticas recientes, en particular los estudios de ADN mitocondrial dirigidos por Guido Barbujani, apuntan a que la población etrusca se formó mayoritariamente a partir de poblaciones indígenas de Italia. Al comparar muestras actuales de descendientes toscanos de áreas etruscas con muestras de Anatolia, se obtienen fechas de separación superiores a los 5000 años, demasiado antiguas para sustentar la migración lidia de Heródoto. La conclusión principal es que el pueblo etrusco fue autóctono, aunque fuertemente influido por corrientes culturales orientalizantes procedentes del Egeo y del Próximo Oriente.
De la cultura de Villanova a la civilización etrusca
Los primeros indicios de una cultura identificable como etrusca se remontan hacia el 900 a. C., en lo que la arqueología denomina cultura villanovense. No se trata de un pueblo distinto, sino de la fase más antigua de la propia civilización etrusca, que a su vez deriva de la cultura protovillanoviana del Bronce final en la misma región.
La cultura de Villanova se desarrolló en la Edad del Hierro en el centro de Italia, aproximadamente a partir del 1100 a. C. Sus comunidades vivían en aldeas de casas circulares, con muros de adobe y techos de paja reforzados con elementos de madera y terracota. Algunos de estos modelos de casas se conocen por pequeñas urnas cerámicas que reproducen las viviendas y servían para contener cenizas de difuntos.
Los cementerios villanovenses, con abundancia de urnas de incineración y ricas piezas de bronce para atalajar caballos, muestran la importancia de la equitación y de la metalurgia. En torno al 750 a. C. esta cultura se transforma progresivamente en lo que ya reconocemos como etrusco pleno: los mismos asentamientos se convierten en grandes ciudades-estado, y aparecen rasgos orientalizantes en el arte, la escritura y la religión.
Entre los siglos VIII y VI a. C., Etruria se consolida como una potencia regional: sus ciudades controlan rutas comerciales clave, sus artesanos imitan y reelaboran modelos griegos y orientales, y su organización política confederal se estabiliza en torno a la famosa dodecápolis.
Etruria histórica: geografía y ciudades
Las fuentes antiguas y los hallazgos arqueológicos permiten dividir el territorio etrusco en varias grandes zonas, cada una con rasgos y centros urbanos bien definidos pero unidas por lengua, religión y cultura comunes.
La llamada Etruria meridional se extendía por el sur de la actual Toscana y el norte del Lacio. Limitaba al norte con el río Fiora, al sur con el Tíber (frontera con latinos, sabinos y otros pueblos itálicos), al este con la Umbría meridional y al oeste con el mar Tirreno. Entre sus principales ciudades estaban Cerveteri (Caere), Tarquinia (Tarchuna), Veio, Vulci, Tuscania o Norchia, además del puerto sagrado de Pyrgi y enclaves como Gravisca.
La Etruria septentrional ocupaba la Toscana del norte y áreas limítrofes. Llegaba más allá de la cuenca del Arno hasta los Apeninos septentrionales, lindando con territorios ligures; al sur se aproximaba al valle del Albenga, al este tocaba las estribaciones toscano-emilianas y al oeste se abría al Tirreno. Sus centros urbanos clave incluían Roselle, Vetulonia, Populonia, Volterra, Pisa, Fiesole, Artimino o Murlo.
La zona conocida como Etruria tiberina interna se articulaba en torno al curso medio del Tíber. Conectaba al norte con tierras de Etruria septentrional y al sur con las áreas latinas y sabinas; al este se adentraba en el actual interior de Umbría y el sudeste toscano. Sus principales ciudades fueron Orvieto, Chiusi, Perugia, Cortona, Arezzo o Sarteano.
Más al norte, la Etruria padana representaba la expansión etrusca en la llanura del Po. Se extendía hasta el curso inferior del río, en contacto con celtas y vénetos; al sur la cerraban los Apeninos septentrionales, al este el Adriático y al oeste el río Taro. Entre sus núcleos más relevantes destacan Verucchio, Bologna (Felsina), Marzabotto, Spina, Adria, Parma o Mantua.
Finalmente, la Etruria campana era la franja del sur de Italia (actual Campania) colonizada por los etruscos. Entre el Volturno al norte y el Sele al sur, e incluso enclaves interiores como Sala Consilina, encontramos ciudades como Capua, Nola, Pompeya, Nocera, Fratte o Pontecagnano, donde la cultura etrusca se mezcló con influjos griegos e itálicos locales.
Recursos naturales, agricultura y minería
El éxito etrusco se apoyó en una combinación muy ventajosa de recursos naturales: agua abundante, suelos fértiles, bosques densos y, sobre todo, ricos yacimientos metalíferos. Etruria estaba surcada por ríos y arroyos, salpicada de lagos de origen volcánico como Bolsena o Bracciano, y contaba con numerosas fuentes, lo que garantizaba el riego y el transporte interior.
Las tierras etruscas eran famosas ya en la Antigüedad por su fertilidad. Autores como Tito Livio mencionan la riqueza agrícola de los campos entre Fiesole y Arezzo. Se cultivaba cereal, vid y olivo, lo que permitió un notable excedente de vino y aceite, muy apreciados como productos de exportación, además de legumbres y otros cultivos mediterráneos.
Los bosques de las colinas y de los Apeninos proporcionaban madera de gran calidad (castaño, pino, abeto) para construcción de viviendas, naves y obras públicas. Sabemos, por ejemplo, que ciudades etruscas como Perugia, Volterra o Roselle suministraron madera para la flota de Escipión durante su campaña africana contra Aníbal en el 205 a. C.
La ganadería, sobre todo la cría de cerdos, también desempeñó un papel destacado, con productos cárnicos reputados como los jamones de Caere o la panceta de Falerii. La caza de jabalíes en Etruria y Umbría era proverbial, y la costa tirrena ofrecía una pesca rica en especies como el atún.
Con todo, el recurso estrella fue la minería. Etruria central y septentrional concentraba grandes depósitos de hierro, cobre, plomo y plata, especialmente en las Colinas Metalíferas, la zona de Accesa, Campigliese, Monte Valerio y la isla de Elba, llamada Aithalía (“la humeante”) por los griegos debido al humo de los hornos metalúrgicos. Populonia se convirtió en uno de los grandes centros de transformación del hierro mediterráneo.
Comercio y red de contactos mediterráneos
Gracias a sus recursos y posición geográfica, los etruscos desarrollaron una red comercial muy extensa que conectaba sus ciudades entre sí, con tribus alpinas y centroeuropeas, y con los grandes agentes marítimos del Mediterráneo: fenicios, griegos y cartagineses.
Exportaban hierro y otros metales, cerámica propia (especialmente el bucchero), vino, aceite de oliva, cereales y productos forestales. A cambio, importaban cerámica griega de lujo, objetos de prestigio orientalizantes, materias primas exóticas y, por supuesto, esclavos. Este intercambio generó una élite mercantil poderosa y cosmopolita.
Desde el siglo VII a. C., los contactos con el mundo griego y oriental se intensifican. Artesanos de Grecia y del Levante se establecen en puertos etruscos como Pirgi, vinculados a ciudades como Cerveteri. Este flujo humano y material desencadena el llamado período orientalizante, visible en la iconografía, en el lujo funerario y en la adopción del alfabeto griego eubeo como base del sistema de escritura etrusco.
Las relaciones no fueron siempre pacíficas. En el mar, los etruscos fueron acusados por los griegos de practicar la piratería, a pesar de que en realidad competían por el control de las rutas y mercados. En tierra, Etruria se vio sometida a la presión de pueblos vecinos como samnitas, ligures y galos cisalpinos, con los que alternó alianzas y guerras.
La culminación de su poder naval se suele situar en la batalla de Alalia (c. 540 a. C.), cuando una flota etrusco-cartaginesa derrotó a los griegos en aguas cercanas a Córcega, consolidando su dominio sobre el Tirreno. Sin embargo, este predominio se erosionó tras la derrota ante Siracusa y Cumas en la batalla de Cumas (474 a. C.) y los ataques de Dionisio I de Siracusa en el siglo IV a. C., que destruyeron varios puertos etruscos.
Gobierno, dodecápolis y estructura social
Las ciudades etruscas funcionaban como ciudades-estado independientes, con instituciones propias, pero unidas por lazos religiosos y culturales. En lugar de un Estado unificado, existía una confederación flexible conocida como la dodecápolis, integrada por unas doce grandes ciudades de la Etruria histórica, a las que se añadirían, en ocasiones, centros de la Etruria padana y campana.
Estas ciudades se reunían anualmente en un santuario común llamado Fanum Voltumnae, probablemente cerca de Orvieto, para celebrar asambleas de carácter principalmente religioso y festivo. Políticamente, la liga no actuaba de forma cohesionada: cada ciudad defendía sus intereses y, de hecho, no eran raras las guerras entre ellas por el control de recursos y rutas.
En sus orígenes, muchas ciudades estuvieron gobernadas por una monarquía. El rey o lucumo concentraba funciones de juez supremo, sacerdote principal y comandante militar. Figuras como Lars Porsena de Clusium, Mezentius de Caere o los Tarquinios en Roma pertenecen a este horizonte monárquico, a caballo entre la historia y la leyenda.
A partir del siglo IV a. C., muchas ciudades evolucionan hacia formas de gobierno oligárquico-republicanas. El poder pasa a manos de una aristocracia de terratenientes que ocupa magistraturas colegiadas, apoyadas por un senado fuerte y por asambleas populares de ciudadanos varones. El cargo principal solía estar en manos del miembro más anciano de la familia más rica, lo que refuerza el peso del linaje.
La sociedad etrusca se organizaba en una clara pirámide social: en la cúspide, los grandes propietarios aristocráticos; en un segundo nivel, la plebe libre, a menudo vinculada por lazos de clientela a los nobles; en tercer lugar, los extranjeros (incluidos numerosos griegos), que actuaban como artesanos especializados y comerciantes; y, en la base, un amplio estrato de esclavos empleados tanto en el servicio doméstico como en la agricultura y en trabajos mineros.
El papel singular de la mujer etrusca
Uno de los rasgos que más llamaron la atención a griegos y romanos fue la posición relativamente elevada de la mujer etrusca. Autores clásicos consideraban “licenciosas” sus costumbres, pero en realidad lo que les chocaba era ver a mujeres participando activamente en banquetes, juegos, bailes y ceremonias públicas.
Las mujeres de las élites etruscas podían aparecer nombradas en inscripciones funerarias, a veces incluso por delante del marido, y poseer propiedades propias. En caso de viudedad, se esperaba de ellas que gestionaran bienes y garantizaran la continuidad del linaje, lo que implicaba una capacidad de decisión económica poco habitual en el Mediterráneo clásico.
En la iconografía, las vemos recostadas junto a sus maridos en los triclinia de los banquetes, conversando, bebiendo y participando del ocio. Este protagonismo contrastaba fuertemente con el modelo griego, donde la esposa respetable quedaba recluida en el gineceo, y con el romano, que limitaba su presencia pública.
Esta mayor visibilidad no significa que existiera una plena igualdad jurídica, pero sí indica un estatus social más equilibrado en las altas capas, probablemente favorecido por la frecuente ausencia de varones en campañas militares y por la importancia de la gestión patrimonial.
Religión, adivinación y doctrina etrusca
La religión etrusca era profundamente ritualista y revelada. Los etruscos creían que los dioses habían establecido de antemano el destino del mundo y de las ciudades, pero que habían entregado a los hombres un conjunto de instrucciones precisas para interpretar sus señales y comportarse en consecuencia: la llamada Doctrina Etrusca o Disciplina Etrusca.
Esta disciplina sagrada se recogía en una serie de libros hoy perdidos que trataban temas como la interpretación de los rayos, la adivinación a través de las vísceras de animales sacrificados, la regulación del orden del Estado y de la conducta individual, e incluso textos análogos a un “libro de los muertos” para el paso al más allá.
Los especialistas en estas materias eran los arúspices y los augures. Los primeros examinaban hígados y otras entrañas para deducir la voluntad divina; los segundos observaban el vuelo de las aves, la disposición de las nubes o la caída de los rayos. Los rituales eran minuciosos, con un nivel de formalismo que llevó a autores romanos a considerarlos casi una ciencia.
El panteón etrusco, aunque con raíces propias, estuvo muy influido por la mitología griega. Su tríada principal estaba formada por Tinia (equivalente a Zeus), Uni (Hera) y Menrfa (Atenea, equivalente a Minerva), venerados en templos tripartitos. Junto a ellos, una multitud de deidades menores y demonios, como las Vanth aladas, actuaban como mensajeros de la muerte o guardianes de ciertos ámbitos.
La obsesión por las señales divinas y por la preparación para la vida de ultratumba se refleja en la riqueza de las tumbas y en la continuidad de banquetes, juegos y música representada en sus pinturas murales. Para los etruscos, la muerte no cortaba bruscamente la vida social, sino que la prolongaba en otro plano, siempre bajo la atenta mirada de los dioses.
Lengua y escritura etruscas
El etrusco es una lengua de origen no indoeuropeo, emparentada con el lemnio y el rético, que forma parte de un probable grupo tirsénico hoy casi desaparecido. Su fonética difiere sensiblemente del latín y del griego, aunque influyó en este último en algunos aspectos léxicos y fonéticos.
Se caracteriza por un sistema vocálico de cuatro fonemas principales (/a/, /e/, /i/, /o/), reducción de diptongos y un sistema consonántico sin oposición entre sordas y sonoras, pero con contraste entre oclusivas aspiradas y no aspiradas. Esta particularidad explica algunas adaptaciones en el alfabeto etrusco.
Los etruscos adoptaron el alfabeto eubeo-calcídico de las colonias griegas de Pitecusas y Cumas en el siglo VIII a. C., pero lo modificaron: descartaron letras innecesarias para su fonología (como las oclusivas sonoras), incorporaron un signo específico para /f/ y reutilizaron la digamma griega para representar /v/.
Hoy conocemos alrededor de 10.000 inscripciones etruscas, la mayoría epitafios breves, fórmulas votivas o marcas de propiedad. Sin embargo, se conservan algunos textos más extensos y valiosos: el Liber Linteus o texto de Agram (un rollo de lino reutilizado para envolver una momia egipcia), una tablilla de arcilla de Capua, el disco de Magliano, el cipo de Perugia o el modelo de hígado de bronce de Piacenza.
De especial relevancia son las láminas de oro de Pyrgi, con un texto bilingüe etrusco-fenicio que ha permitido avanzar en la interpretación de la lengua. También es clave la inscripción hallada en la isla de Lemnos, de un idioma muy próximo al etrusco, que sugiere la existencia de una familia lingüística más amplia en el Mediterráneo preindoeuropeo.
Arquitectura y urbanismo en Etruria
En arquitectura, los etruscos desarrollaron soluciones muy originales, especialmente en el ámbito religioso y funerario. Sus templos, aunque inspirados en modelos griegos, presentan rasgos propios: planta generalmente cuadrangular, podio alto accesible por una escalinata frontal, columnas solo en la fachada (orden toscano, sin acanaladuras), interior con tres cellae y tejados ricamente decorados con terracotas policromas.
Uno de los ejemplos más conocidos es el templo de Portonaccio en Veio, cuyo tejado estaba adornado con esculturas de tamaño casi natural, como el famoso Apolo de Veyes. Estos edificios se levantaban sobre recintos sagrados donde se desarrollaban sacrificios, procesiones y banquetes rituales.
Las casas privadas de época clásica etrusca muestran una organización espacial que influirá directamente en la domus romana: un atrio central abierto al cielo, con un impluvio para recoger el agua de lluvia, alrededor del cual se distribuyen estancias, incluyendo habitaciones para sirvientes y espacios de almacenaje. Los techos a dos aguas, soportados por vigas de madera, descansaban sobre muros de adobe o piedra.
En obras de ingeniería, los etruscos manejaron con soltura el arco de medio punto, la bóveda de cañón y la cúpula, aplicándolos a puentes, sistemas de drenaje y obras defensivas. Levantaron murallas monumentales con puertas monumentales, algunas de las cuales se conservan en ciudades como Volterra o Perugia.
Su mayor legado arquitectónico, sin embargo, se encuentra en las necrópolis. Tumbas de cámara excavadas en la roca, túmulos circulares de hasta 40 metros de diámetro y pequeñas construcciones cúbicas se organizan en verdaderos “barrios de los muertos” que reproducen la trama urbana, como se aprecia en la necrópolis de Banditaccia (Cerveteri) o en Tarquinia.
Arte etrusco: pintura, escultura y bronce
El arte etrusco es eminentemente figurativo y narrativo, muy ligado al ritual funerario. La mayoría de las obras conservadas proceden de tumbas y necrópolis, donde se reproducían espacios domésticos llenos de mobiliario, objetos cotidianos y escenas pintadas.
Las pinturas murales de las tumbas, aunque solo aparecen en un pequeño porcentaje de ellas, son espectaculares. Aplicadas sobre roca o sobre una fina capa de enlucido, muestran colores vivos, con preferencia por rojos, verdes y azules, que tenían connotaciones religiosas. Los temas más habituales son banquetes, bailes, música, caza, deportes y procesiones, a veces también escenas bélicas o mitológicas.
Estas escenas nos permiten vislumbrar la vida cotidiana de las élites: indumentaria, peinados, instrumentos musicales, relación entre amos y esclavos, y, muy particularmente, el papel activo de la mujer en banquetes y celebraciones. La Tumba François de Vulci, por ejemplo, ofrece complejas escenas históricas y mitológicas entrelazadas.
En escultura, los etruscos se especializaron en la terracota y el bronce. Los sarcófagos de matrimonio, como el célebre “Sarcófago de los esposos” de Cerveteri, muestran parejas recostadas, sonrientes y muy expresivas. Las urnas cinerarias de época helenística incluyen retratos individualizados en sus tapas, a menudo sorprendentemente realistas.
El bronce etrusco, muy valorado en todo el Mediterráneo, se empleó tanto en pequeños objetos (espejos grabados, estatuillas, trípodes, utensilios) como en grandes esculturas, de las cuales han llegado pocas pero extraordinarias: la Quimera de Arezzo, la Loba Capitolina (probablemente etrusca en su parte animal) o el Arringatore (Aule Meteli), un orador de finales de la época etrusca ya romanizado.
Economía, guerra y relaciones con Roma
Desde sus inicios hasta su decadencia, los etruscos fueron un pueblo eminentemente comerciante, tanto por mar como por tierra. Su posición en el centro de la península itálica les permitió actuar como intermediarios entre el norte alpino y el Mediterráneo central y occidental.
En el terreno militar, al principio adoptaron tácticas de falange hoplítica, similar a la griega: infantería pesada con coraza de bronce, casco corintio, grebas y gran escudo redondo. A partir del siglo VI a. C., la aparición de cascos más reducidos y ligeros sugiere una evolución hacia formas de combate más móviles. Los carros, hallados en tumbas, parecen haber tenido un cariz más ceremonial que táctico.
Con la progresiva expansión romana, las ciudades etruscas se vieron atrapadas en una larga serie de conflictos. Algunos de los primeros reyes de Roma, como Tarquinio Prisco o Tarquinio el Soberbio, eran de origen etrusco, lo que indica una intensa interacción política y cultural ya en el periodo monárquico romano.
Desde finales del siglo V a. C., la República romana emprendió una paulatina conquista de Etruria. Episodios clave son el asedio de diez años a Veio (406-396 a. C.), el enfrentamiento de Sentino (295 a. C.), o la caída de ciudades como Tarquinia, Orvieto y Vulci en torno al 280 a. C. Cerveteri resistió hasta el 273 a. C., pero acabó sucumbiendo también.
La falta de unidad política entre las ciudades, ocupadas a menudo en disputas internas o alianzas inestables con galos y otros pueblos, facilitó el avance romano, que contaba además con un ejército profesional muy organizado y con recursos humanos crecientes.
Declive, romanización y legado etrusco
La decadencia etrusca fue un proceso largo, en el que confluyeron factores económicos, militares y políticos. La pérdida del control sobre el comercio marítimo tras las derrotas frente a Siracusa y Cumas, la presión de los galos en el norte, y sobre todo el avance constante de Roma, fueron minando tanto su autonomía como su prosperidad.
A finales del siglo II y comienzos del I a. C., muchas ciudades etruscas se vieron implicadas en las guerras civiles romanas, apoyando a menudo a figuras como Cayo Mario. La victoria de Sila y sus campañas punitivas en 83-82 a. C. supusieron nuevas destrucciones y confiscaciones de tierras.
La concesión de la ciudadanía romana en el 90 a. C. aceleró el proceso de integración. Administrativamente, el territorio etrusco quedó plenamente incorporado al sistema romano en el 27 a. C., con la formación del Imperio bajo Augusto. Desde entonces, la lengua etrusca dejó de utilizarse progresivamente y la élite adoptó el latín y los modelos romanos.
Paradójicamente, aunque Roma borró buena parte de la historia escrita etrusca, también conservó y adaptó muchos de sus elementos culturales: la práctica oficial de la adivinación (arúspices en el Senado y en los ejércitos), los rituales para fundar ciudades y trazar límites territoriales, la columna toscana, la puerta arqueada, la domus con atrio, las tumbas colectivas con nichos, la procesión triunfal, e incluso la toga, derivada de vestimentas etruscas.
Hoy, el redescubrimiento de necrópolis intactas, la decodificación parcial de su lengua y el estudio de sus restos materiales han permitido reconocer a los etruscos como los grandes predecesores de Roma en Italia: un pueblo autóctono, sofisticado y profundamente original, que supo integrar influencias orientales y griegas en una síntesis propia y cuya huella, a pesar de la romanización, sigue latiendo bajo muchos de los rasgos clásicos que asociamos al mundo romano.
