Cultura de los celtíberos: territorio, pueblos y vida cotidiana

Última actualización: febrero 18, 2026
  • La Celtiberia ocupó la Meseta oriental y la margen derecha del Ebro, con pueblos como arévacos, belos, titos, lusones y pelendones.
  • Su cultura se formó entre los siglos VIII y I a. C., pasando por fases protoceltibérica, antigua, plena y tardía, con fuerte continuidad de poblamiento.
  • La economía se basaba en agricultura de secano, ganadería, minería y una metalurgia del hierro muy avanzada, especialmente en armas.
  • Desarrollaron oppida fortificados, escritura propia, complejos ritos funerarios y un potente ejército mixto de infantería y caballería, hasta su integración en Roma.

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La cultura de los celtíberos es uno de los capítulos más fascinantes de la Protohistoria peninsular. En el corazón de la Meseta oriental, entre altas parameras, valles encajados y sierras duras, floreció un conjunto de pueblos que mezclaron tradiciones célticas e iberas y que acabaron convirtiéndose en protagonistas de algunos de los episodios bélicos más recordados de la Antigüedad, como la resistencia de Numancia frente a Roma.

Hoy podemos reconstruir con bastante detalle la vida cotidiana, la organización social, la religión, la economía, el urbanismo y la evolución histórica de estos pueblos gracias a una combinación de fuentes clásicas, epigrafía, lingüística y, sobre todo, arqueología. A lo largo de este artículo vamos a recorrer, con calma pero sin perdernos en tecnicismos innecesarios, todo lo que sabemos sobre la cultura celtibérica: desde sus orígenes y fases cronológicas hasta sus ciudades, sus dioses, sus ritos funerarios y su papel en la conquista romana.

¿Quiénes eran los celtíberos y dónde vivían?

El término “celtíbero” no es una palabra indígena, sino una etiqueta creada por los autores grecolatinos para describir a determinados pueblos del interior de la península que mostraban rasgos célticos muy marcados pero convivían y se mezclaban con poblaciones iberas. Diodoro, Apiano o Marcial defendían la idea de un grupo “mixto” (celtas + íberos), mientras que Estrabón subrayaba sobre todo el componente celta, algo que encaja bastante bien con la evidencia lingüística y arqueológica disponible.

Las principales fuentes antiguas coinciden en situar la Celtiberia en las tierras altas de la Meseta oriental y en la margen derecha del valle medio del Ebro. A grandes rasgos, hablamos de la actual provincia de Soria, buena parte de Guadalajara y Cuenca, el sector oriental de Segovia, el sur de Burgos y La Rioja y el oeste de Zaragoza y Teruel, alcanzando incluso el noroeste de Valencia. No era un territorio con fronteras rígidas; los límites se movieron con el tiempo según cambios políticos, militares y administrativos.

Entre las ciudades que los propios romanos consideraban hitos de frontera destacan Segobriga, en Cuenca, llamada caput Celtiberiae; Clunia, en Burgos, calificada como Celtiberiae finis; o Contrebia Leukade, en La Rioja, descrita como caput eius gentis. Estas denominaciones nos hablan tanto de la importancia de estos núcleos como del carácter flexible de los límites celtibéricos.

Las fuentes y la investigación moderna suelen considerar celtíberos “de pleno derecho” a arévacos, belos, titos, lusones y pelendones, mientras que otros pueblos como vacceos, carpetanos, olcades o incluso lobetanos se incluyen o se excluyen según los criterios de cada autor. No había, por tanto, una única “lista cerrada” de pueblos celtíberos, sino una realidad étnica y política bastante dinámica.

territorio celtibero

Formación histórica de la Cultura Celtibérica

La cuestión de cómo surge exactamente la Cultura Celtibérica ha generado debates intensos desde principios del siglo XX. Durante décadas fue muy popular la idea de sucesivas invasiones de celtas procedentes de Centroeuropa, identificadas con complejos como Campos de Urnas o Hallstatt, que se habrían impuesto sobre las poblaciones locales.

Pedro Bosch Gimpera fue uno de los grandes defensores de este enfoque “invasionista”, combinando textos clásicos, filología y arqueología para plantear varias oleadas migratorias. Con el tiempo, sin embargo, los datos arqueológicos han mostrado que ese modelo de invasiones masivas no encaja bien con lo encontrado en la Meseta oriental: no hay rupturas bruscas de poblamiento ni sustituciones totales de cultura material que lo respalden.

Los lingüistas mantuvieron durante bastante tiempo la idea de aportes célticos externos, distinguiendo una supuesta lengua precéltica (el lusitano, quizá dialecto celta para algunos) y, sobre todo, el celtibérico como lengua claramente céltica. Pero, de nuevo, la difícil correlación entre procesos lingüísticos y registros arqueológicos ha obligado a ser mucho más cautelosos.

Una alternativa muy influyente, defendida por Almagro-Gorbea y otros investigadores, propone que el origen de los celtas hispanos no se puede vincular únicamente a los Campos de Urnas del noreste —un área, por cierto, de lengua ibérica—, sino que habría que mirar hacia un substrato “protocelta” arraigado en regiones occidentales, que durante la transición del Bronce Final a la Edad del Hierro se iría proyectando hacia la Meseta. De ese trasfondo protocéltico surgiría la Cultura Celtibérica, que iría asimilando y reorganizando ese sustrato previo.

En este contexto, la llamada celtización de la Península Ibérica se entiende como un fenómeno complejo y de larga duración, donde influyen contactos, intercambios, pequeños movimientos de población y procesos internos de etnogénesis, más que una única invasión contundente. Los celtíberos serían el resultado más visible de ese proceso en el oriente meseteño.

Fases cronológicas: de lo protoceltibérico a lo celtibérico tardío

La arqueología ha permitido establecer una secuencia cultural bastante clara en el territorio celtibérico entre los siglos VIII/700 y el I a. C. Aproximadamente se distinguen cuatro grandes etapas, que no son compartimentos estancos, pero ayudan a ordenar la información:

  • Protoceltibérico (ca. siglos VIII/VI – mediados del VI a. C.)
  • Celtibérico Antiguo (mediados del VI – mediados del V a. C.)
  • Celtibérico Pleno (mediados del V – finales del III a. C.)
  • Celtibérico Tardío (finales del III – siglo I a. C.)

Durante todo este recorrido se aprecia una extraordinaria continuidad de poblamiento, de técnicas y de formas de vida, hasta el punto de que muchos investigadores no dudan en usar el término “celtibérico” para designar un sistema cultural bien definido entre el siglo VI a. C. y la plena romanización, aunque los textos grecolatinos solo empiecen a hablar explícitamente de “celtíberos” a finales del siglo III a. C.

Protoceltibérico: las “edades oscuras” del Hierro inicial

El inicio de la Edad del Hierro en la Meseta oriental, en torno a los siglos VIII-VII a. C., ha sido descrito como una auténtica “Edad Oscura” por la escasez de hallazgos y la dificultad para seguir el hilo de los cambios. Es, sin embargo, un momento clave, porque ahí se gesta el escenario sobre el que aparecerán después las comunidades celtibéricas plenamente identificables.

En este periodo se está produciendo la transición desde la cultura de Cogotas I, característica del Bronce Final meseteño, hacia nuevos horizontes vinculados a los Campos de Urnas del valle del Ebro. Se observa continuidad en ciertas tradiciones cerámicas y de poblamiento, pero también irrupción de formas nuevas: urnas bicónicas con acanalados, fíbulas de pivotes y, sobre todo, el ritual de la incineración, que acabará siendo distintivo del mundo celtibérico.

Yacimientos como Fuente Estaca (Embid, Guadalajara) o Los Quintanares (Escobosa de Calatañazor, Soria) muestran asentamientos relativamente modestos, con cabañas endebles y cerámicas que combinan rasgos de Campos de Urnas recientes con supervivencias de Cogotas I. Los fechados de radiocarbono alrededor del 800 a. C. y las similitudes con el Ebro medio indican contactos intensos entre Meseta y valle del Ebro ya en estos siglos tempranos.

En el Alto Duero y áreas cercanas se detectan cerámicas con claras afinidades ebrenses en niveles del siglo VII y VI a. C., así como primeras ocupaciones en lugares que serán clave después, como El Castillejo de Fuensaúco (Soria), con cabañas excavadas en la roca y vajilla sencilla. Todo esto apunta a una fase previa al surgimiento de los cementerios de incineración “clásicos” y de los castros bien fortificados del Celtibérico Antiguo.

Celtibérico Antiguo: el arranque de las necrópolis y los castros

En torno al siglo VI a. C. se produce un salto cualitativo: aparecen poblados de nueva planta en posiciones elevadas, muchas veces con fuertes defensas naturales y murallas, y, sobre todo, surgen los primeros cementerios de incineración de gran entidad en la Meseta oriental. Algunos de esos cementerios se utilizarán de forma continuada hasta el siglo II a. C. o incluso más tarde.

Las necrópolis muestran tumbas alineadas, marcadas con estelas, organizadas en calles o hileras. Los ajuares evidencian una sociedad fuertemente militarizada, donde las armas (sobre todo largas puntas de lanza y cuchillos curvos) actúan como símbolo de estatus. En este momento aún es llamativa la ausencia de espadas en muchas sepulturas, algo que cambiará durante la fase plena.

Se empieza a vislumbrar una jerarquización social basada en linajes guerreros, probablemente apoyada en estructuras gentilicias (clanes o gentilitates), donde el prestigio se transmite por herencia. Quienes controlan tierras de pasto, salinas —muy abundantes en la región y vitales para la ganadería— y los recursos de hierro del Sistema Ibérico concentran poder económico y militar.

En cuanto a influencias externas, los ajuares incluyen objetos con clara procedencia meridional y mediterránea (fíbulas de doble resorte, broches de cinturón de varios ganchos, primeros hierros, etc.), además de elementos que conectan directamente con los Campos de Urnas del noreste (urnas de perfiles característicos, cerámicas de determinados acabados). El ritual de incineración y ciertos tipos de poblado se pueden relacionar con ese mundo del Ebro, aunque adaptados a una realidad meseteña muy particular.

Celtibérico Pleno: aristocracias guerreras y expansión interna

A partir del siglo V a. C. entramos en la fase que suele llamarse Celtibérico Pleno. Es el momento en que se manifiestan con mayor claridad las diferencias regionales dentro de la Celtiberia, en muchos casos asociables a los populi que citan las fuentes clásicas (arévacos, belos, lusones, etc.).

Las necrópolis de esta etapa reflejan una sociedad ya fuertemente estratificada. Aparecen tumbas aristocráticas con panoplias completas (espadas de antenas y de frontón, puntas de lanza de gran tamaño con sus regatones, escudos con umbos metálicos, cascos y discos-coraza de bronce), arreos de caballo y cerámicas a torno, claramente importadas del área ibérica o producidas localmente imitando esos modelos.

El área del Alto Henares-Alto Tajuña y la zona sur de Soria se convierte en un foco temprano de riqueza gracias al control de rutas entre Ebro y Meseta, de salinas y de buenas áreas ganaderas. Necrópolis como Aguilar de Anguita (Guadalajara) o Alpanseque (Soria) son ejemplos clásicos: sus tumbas, organizadas en calles de estelas, muestran una diferencia brutal entre un pequeño grupo de sepulturas muy ricas (menos del 1 % del total) y un gran número de tumbas con ajuares modestos o inexistentes.

A partir de finales del siglo V y durante el IV a. C. se aprecia un desplazamiento del centro de gravedad hacia el Alto Duero, donde se consolida el grupo arévaco. Cementerios como La Mercadera o Ucero presentan porcentajes altísimos de tumbas con armas (hasta casi la mitad en algunos casos), en contraste con otras áreas donde el armamento desaparece prácticamente de los ajuares a partir del siglo IV a. C., como varias necrópolis de la cuenca del Tajuña o del área de Molina de Aragón.

En este periodo se produce también un fenómeno de “celtiberización” de zonas periféricas. Por ejemplo, la llamada “cultura castreña soriana” del norte de Soria, inicialmente relacionada con tradiciones de Campos de Urnas, va aproximando sus formas de vida y su material a los patrones celtibéricos del Alto Duero. Algo parecido ocurre en la margen derecha del valle medio del Ebro, que pasará poco a poco de un horizonte de Hierro antiguo tipo Campos de Urnas a un paisaje claramente celtibérico.

Celtibérico Tardío: oppida, escritura y choque con Roma

La última fase, entre finales del siglo III y el siglo I a. C., es una etapa de profundas transformaciones internas, marcada por el contacto —y el choque frontal— con el mundo romano. El rasgo quizá más visible es la tendencia hacia formas de vida claramente urbanas: se desarrollan grandes oppida fortificados que actúan como capitales de territorios más amplios.

Estos oppida celtibéricos (Numancia, Tiermes, Uxama, Clunia, Bilbilis, Contrebia Leukade, etc.) presentan trazados urbanos planificados, con calles organizadas, casas adosadas y, en muchos casos, edificios públicos de cierto empaque. Sus defensas son espectaculares: murallas con torreones, puertas acodadas y fosos monumentales como el de Contrebia Leukade, excavado en la roca con casi 700 metros de longitud, hasta 9 de anchura y unos 8 de profundidad, lo que implica decenas de miles de metros cúbicos de roca extraída mediante trabajo colectivo.

En esta etapa se generaliza el uso de la escritura en el ámbito celtibérico, aunque sabemos que se empezó antes de que aparecieran las primeras monedas. La lengua celtibérica se escribe utilizando adaptaciones del signario ibérico y, más adelante, del alfabeto latino. Contamos con inscripciones en bronce (como el Bronce de Luzaga), en cerámica, en piedra y sobre todo con leyendas monetales, donde los topónimos aparecen junto a sufijos característicos (-kom, -kos) que contrastan con los -sken del área ibérica.

Este periodo es también el de las Guerras Celtibéricas y la destrucción de Numancia en 133 a. C., un episodio que convirtió la ciudad arévaca en símbolo de resistencia frente a la expansión romana. Pese a la brutalidad de la conquista, la romanización fue relativamente gradual: muchos antiguos oppida se transformaron en ciudades romanas con rango de municipia, manteniendo memoria de su pasado indígena pero integrados ya en las estructuras del Imperio.

Pueblos celtíberos más destacados

Dentro de este mosaico celtibérico, varias etnias sobresalen tanto por su peso político como por la cantidad de información que conservamos sobre ellas. Aunque las fronteras precisas de cada pueblo son objeto de discusiones interminables, podemos trazar a grandes rasgos sus áreas y rasgos distintivos.

Arévacos

Los arévacos son probablemente el pueblo celtíbero mejor conocido, sobre todo por su papel en las Guerras Celtibéricas. Estrabón y otros autores clásicos los presentan como la tribu más poderosa de la Celtiberia, extendida por buena parte de la franja sur del Duero.

Sus poblados se levantaban en cerros elevados, fuertemente amurallados, a veces con uno, dos o incluso tres cinturones defensivos. Numancia, Uxama, Termes o Clunia son ejemplos paradigmáticos de su capacidad para combinar defensa y control visual del entorno.

Se dedicaban principalmente a la agricultura cerealista y a la ganadería, aunque siempre con un fuerte componente guerrero. Los textos resaltan la dureza de su vida, el clima áspero y su desprecio por la muerte en la cama: la verdadera gloria era caer en combate. Esa mentalidad se refleja tanto en sus ritos funerarios como en su fama de excelentes soldados, capaces de organizarse en formaciones características como la célebre “cuña” (cuneus), muy temida por los ejércitos enemigos.

En el plano religioso, los arévacos veneraban a divinidades de raíz céltica como Lug, asociado a la luz, el sol y las funciones soberanas, y rendían culto a sus antepasados en cuevas y peñascos abruptos donde depositaban exvotos e imágenes. Inscripciones posteriores mencionan también deidades como Endovéllico o “Elman”, integradas en un panteón complejo en el que la naturaleza (sol, luna, montes, ríos) jugaba un papel central.

Pelendones

Los pelendones ocupaban principalmente las tierras altas en torno a las fuentes del Duero: norte de Soria, sureste de Burgos y quizá parte de La Rioja. Por el sur limitaban con los arévacos; por el norte, con berones y autrigones. Algunas fuentes los llaman también cerindones, y se les suele considerar emparentados con arévacos y numantinos.

Su poblamiento se integra en lo que la arqueología denomina Cultura de los Castros sorianos: asentamientos en alto parcialmente protegidos por murallas adaptadas al relieve, reforzados con lienzos de piedra y a menudo con sistemas de “piedras hincadas”, auténticos campos de estacas pétreas que dificultaban la aproximación enemiga.

Las murallas podían alcanzar cuatro o cinco metros de altura, con paramentos de bloques más o menos regulares y un relleno interior de piedras pequeñas y tierra. A veces se añadían torreones y elementos de madera. En el interior, las casas combinaban plantas circulares y rectangulares, con muros bajos de piedra sobre los que se levantaban estructuras de adobe y madera, rematadas por cubiertas vegetales.

Los pelendones eran fundamentalmente ganaderos, con una metalurgia del bronce muy desarrollada y un hierro en expansión a partir del siglo IV a. C. Practicaban la incineración, con cenizas depositadas en urnas de arcilla, y compartían con otros pueblos célticos ritos muy llamativos como el culto a las “cabezas cortadas” o la exposición de guerreros muertos para que fuesen devorados por aves rapaces, en especial buitres, considerados intermediarios con el más allá.

Belos

Los belos ocuparon sobre todo el valle alto del Jalón y zonas limítrofes entre Soria y Zaragoza, posiblemente con extensión hacia el actual oeste de Teruel. Su territorio colindaba estrechamente con el de titos y lusones, lo que genera bastantes problemas a la hora de delimitar fronteras exactas.

Son conocidos principalmente por su papel en las Guerras Celtibéricas y por acuñaciones monetales de ciudades como Nertóbriga o, sobre todo, Segeda (Sekaisa), cuya expansión territorial y ampliación de murallas hacia 154 a. C. fue uno de los detonantes directos del conflicto con Roma.

En ocasiones se les presenta subordinados o estrechamente ligados a los titos, quizá en una relación de clientela. Su nombre se ha relacionado —no sin dudas— con bases célticas o con paralelos galos (belovacos), y en cualquier caso están fuertemente imbricados en las redes de alianzas celtibéricas que se enfrentaron a la República romana en el siglo II a. C.

Titos

Los titos son un pueblo peor documentado, que suele aparecer asociado a belos y lusones. Se les ubica de forma imprecisa en el valle medio del Jalón, alrededor de áreas como Alhama de Aragón y las parameras de Molina.

Sabemos que participaron junto con belos y arévacos en la segunda guerra celtibérica, y que firmaron pactos con Tiberio Sempronio Graco en 179 a. C., dentro de los intentos romanos de estabilizar la región mediante tratados. Tras la destrucción de Numancia, su rastro se pierde en las fuentes, lo que sugiere una rápida integración en nuevas estructuras político-administrativas.

Lusones

Los lusones se situaban principalmente en el alto Tajuña y áreas cercanas al nacimiento del Tajo y del Ebro, repartidos entre el noreste de Guadalajara y parte de Zaragoza. Autores como Estrabón los colocan precisamente en las cabeceras de estos ríos, reflejando su posición de bisagra entre Meseta y valle del Ebro.

Entre sus ciudades se citan Lutia (a menudo interpretada como capital), Bursau (a veces identificada con Borja), Turiasu (Tarazona) o Carabis. Su economía combinaba una agricultura cerealista en tierras fértiles con una ganadería potente, que alimentaba una interesante industria textil (el famoso sagum o sayo de lana, que servía incluso como tributo).

Su cerámica se caracteriza por motivos pintados en bandas, círculos y semicírculos, y disponían de recursos metálicos importantes: oro en el Jalón, hierro en el Moncayo, plomo y cobre en otras sierras cercanas. Plinio el Viejo elogia especialmente las armas de hierro fabricadas en esta región, lo que enlaza con la amplia fama de los talleres metalúrgicos celtibéricos.

Lengua, escritura y área céltica peninsular

La lingüística confirma una clara división de la Península Ibérica en dos grandes áreas: una ibérica (mediterránea) y otra céltica (interior y noroeste). La escritura indígena se empleó de forma intensiva solo en la franja ibérica y, dentro del dominio céltico, en el sector celtibérico y lusitano; otras zonas occidentales no adoptaron sistemas de escritura propios hasta la llegada del alfabeto latino.

Toponimia y antropónimos permiten identificar zonas de fuerte impronta indoeuropea (con abundantes nombres terminados en -briga, por ejemplo) frente a otras de perfil claramente ibérico (-iscer, -beles). La distribución de leyendas monetales con sufijos -kom y -kos para la zona celtibérica, frente al -sken ibérico, refuerza esa línea divisoria.

En el ámbito céltico peninsular se concentra la mayoría de los antropónimos del tipo Ambatus, relacionados etimológicamente con la clientela (sistema de dependencia personal muy típico de sociedades aristocráticas guerreras). Lo mismo ocurre con las tesserae de hospitalidad, pequeñas piezas de bronce con inscripciones que documentan pactos de ayuda mutua entre individuos, clanes o ciudades, abundantísimas en la Celtiberia nuclear y sus inmediaciones.

Asentamientos y arquitectura: castros, vici y oppida

Los celtíberos se organizaban en una red de asentamientos de distinto rango, que las fuentes antiguas denominan urbes o polis, civitates, vici y castella. La arqueología traduce esto en ciudades-estado, centros políticos de ámbito regional, poblados de menor tamaño y castros fortificados.

Las urbes eran núcleos urbanos con cierta complejidad interna y un territorio agrario dependiente. Las civitates funcionaban como unidades políticas indígenas, con o sin un centro urbano muy definido. Los vici y castella corresponderían a pequeños poblados de ladera o de altura, típicos del paisaje celtibérico.

En general, los asentamientos se emplazaban en puntos elevados y bien visibles, reforzados con murallas que se adaptan a las irregularidades del terreno. Con el tiempo se añaden torreones cuadrados o circulares, especialmente en las puertas, y en algunos casos fosos excavados delante de la muralla. En la Segunda Edad del Hierro se generaliza un urbanismo con calle central o plaza, casas adosadas hacia el exterior formando un cinturón continuo y sistemas complejos de defensa (murallas acodadas, campos de piedras hincadas, etc.).

Las casas celtibéricas presentan planta rectangular de unos 40-50 m². Los muros se levantan sobre un zócalo de piedra, con alzados de adobe o tapial y estructura interna de postes de madera que sostienen una cubierta vegetal a una o dos aguas. El interior se divide normalmente en tres espacios: un vestíbulo luminoso para tareas diarias (tejido, molienda), una sala mayor con hogar central y bancos corridos para comer y dormir, y una estancia trasera usada como despensa y almacén de aperos.

En algunos casos se documentan corrales adosados o bodegas excavadas bajo el suelo de las estancias delanteras, destinadas al almacenamiento de grano, vino u otros productos. Este tipo de arquitectura refleja un modo de vida agrícola-ganadero bastante estable, con fuertes lazos comunitarios y una clara preocupación por la defensa.

Economía y artesanado: del cereal al hierro del Moncayo

La base económica del mundo celtibérico se sustentaba en una combinación de agricultura, ganadería, minería, metalurgia, caza y recolección. No estamos ante una sociedad pobre y marginal, como caricaturizaron algunos autores romanos, sino frente a comunidades capaces de explotar de forma eficiente recursos nada fáciles.

La agricultura se centraba en cereales de secano, especialmente trigo y cebada, complementados con legumbres, frutales y viñas donde el clima lo permitía. Las labores se realizaban con arados de reja de hierro tirados por bueyes, hoces para la siega y horcas para la trilla, y se completaban con la recolección de frutos silvestres como bellotas y nueces.

La ganadería constituía el auténtico pilar de la riqueza celtibérica: ovejas y cabras (para lana y leche), vacas (tracción, leche, cuero) y, en menor proporción, cerdos. Bueyes, asnos, mulos y caballos se usaban para transporte, arado y guerra. La caza de ciervos, corzos, jabalíes, liebres, conejos, osos o lobos complementaba la dieta y proporcionaba pieles y símbolos de prestigio.

En el terreno minero, las sierras del Sistema Ibérico ofrecían plata, plomo, cobre y, sobre todo, hierro. Este último dio lugar a una metalurgia de altísimo nivel. Los talleres celtibéricos producían tijeras, azadas, hoces, cuchillos, puntas de lanza, espadas, puñales y escudos, además de ornamentos de bronce (fíbulas, broches, brazaletes, pectorales, placas decoradas). Autores como Marcial o Diodoro alabaron la calidad del hierro del Moncayo y el temple conseguido en ríos como el Jalón.

Según las fuentes, las espadas celtibéricas se forjaban combinando golpes en frío y calentado alterno, lo que generaba hojas con tres zonas: dos más duras y un núcleo algo más blando, garantizando flexibilidad y resistencia. Filón y Diodoro describen pruebas espectaculares de calidad: doblar la hoja hasta tocar los hombros del portador y dejarla volver a su posición sin deformarse.

Sociedad, poder y vínculos personales

La sociedad celtibérica pasó de una organización basada en clanes y tribus a estructuras más complejas, sobre todo con el desarrollo de las ciudades. En las etapas iniciales, los gentilitates (clanes) agrupaban a personas emparentadas que compartían territorios, derechos, deberes y prácticas rituales. Las gentes (tribus) serían unidades superiores que integraban varios clanes.

Los sectores privilegiados eran los guerreros, auténticas élites políticas encargadas de la defensa del grupo y del control de recursos estratégicos. Las relaciones entre individuos y entre clanes se regulaban mediante instituciones como el hospitium (pacto de hospitalidad) o la devotio (vínculo de fidelidad personal, por el que un guerrero se “entregaba” a un jefe, incluso hasta la muerte).

Con la consolidación de las ciudades, el poder político se articuló en torno a asambleas de ancianos (seniores), que representaban la autoridad tradicional, y asambleas de jóvenes (iuniores), más orientadas a la acción militar. Aparecen figuras como los magistrados, los heraldos o legados encargados de negociar la paz, y jefes militares elegidos en situaciones de guerra.

En lo personal, los celtíberos eran monógamos y, según algunos textos, eran las mujeres quienes elegían al esposo, dando preferencia a los más valientes. Ellas tenían un papel relevante: heredaban, trabajaban la cerámica y el tejido, participaban en las labores ganaderas e incluso podían intervenir en el combate cuando la situación lo exigía.

Religión y ritos funerarios

La religiosidad celtibérica se articulaba en torno a deidades vinculadas a la naturaleza, al ciclo vital y a la guerra. Además de Lug, ya citado, encontramos referencias a Belenos, Cernunnos, Epona, Ayron o las Matres, entre otras divinidades de resonancias célticas occidentales, así como divinidades locales asociadas a montes, manantiales o bosques.

Estrabón menciona una “divinidad innombrada” a la que rendían culto bailando ante sus casas en noches de luna llena, probablemente una manifestación lunar o cósmica. Los lugares de culto eran ante todo parajes naturales: cuevas, rocas singulares, fuentes, bosques sagrados. No se conocen templos monumentales indígenas para esta época; la arquitectura religiosa llega con fuerza ya en época romana.

En cuanto a los ritos de muerte, las fuentes antiguas describen un doble ritual funerario entre los pueblos celtibéricos. Por un lado, la incineración de los fallecidos por enfermedad o causas naturales; por otro, la exposición de los guerreros caídos en combate para que sus cuerpos fueran devorados por buitres.

La exposición de cadáveres tenía un fuerte componente religioso: el buitre, animal sagrado, actuaba como psicopompo, llevando el alma del héroe directamente a los dioses celestes. Este rito se consideraba más puro que la incineración, porque evitaba el contacto con la tierra. Silius Italicus y Eliano recogen testimonios de estas prácticas entre celtíberos y vacceos.

La incineración era, sin embargo, el ritual mayoritario. El cadáver se colocaba sobre una pira (ustrinum) junto a su ajuar; tras la cremación se recogían cuidadosamente cenizas y restos óseos seleccionados, que se depositaban en una fosa o urna cerámica. Junto a ella se disponían armas, objetos de adorno, utensilios y, en ocasiones, restos de animales jóvenes que representarían la porción del difunto en el banquete funerario.

Es muy característico en las tumbas celtibéricas la inutilización intencionada de las armas y objetos del ajuar: espadas dobladas, puntas torsionadas, fíbulas partidas. Con esta “muerte ritual” del objeto se pretendía que siguiera acompañando espiritualmente al difunto en el más allá, marcando su identidad y rango. También se conocen cenotafios, tumbas simbólicas donde un animal sustituye al cuerpo cuando este no ha podido recuperarse.

Ejército, caballería y armamento

Los celtíberos desarrollaron una capacidad militar notable, tanto en infantería como en caballería. La caballería podía suponer entre un 20 y un 25 % de las fuerzas, porcentaje muy superior al romano. Los jinetes gozaban de gran prestigio y eran famosos por su rapidez y agilidad, así como por la bravura de sus caballos, adiestrados para subir laderas empinadas, detenerse en seco o incluso hincarse cuando era necesario.

En combate combinaban caballería e infantería de manera flexible, utilizando tácticas como el concursare: aparentar una retirada para atraer al enemigo a una emboscada y girar bruscamente para cargar cuando el adversario se desorganizaba. Desde la óptica romana, acostumbrada a formaciones más rígidas, estas tácticas se interpretaban como “indisciplina”, pero eran altamente eficaces en terrenos abruptos.

Las armas ofensivas variaron con el tiempo. En los primeros momentos predominan lanzas y jabalinas, junto al soliferrum (arma de hierro macizo) y espadas rectas de antenas. Más tarde llegan influencias ibéricas, como la falcata, y se generalizan espadas tipo La Tène de hoja larga, muchas veces importadas o adaptadas localmente. A partir del siglo III a. C. son muy frecuentes los puñales biglobulares, genuinamente celtibéricos, con empuñadura rematada en disco y engrosamiento central.

Entre las armas arrojadizas destaca la falarica, descrita por Livio: una especie de jabalina pesada con asta de abeto y un largo hierro cuadrangular recubierto de estopa untada en pez, que se lanzaba encendida. Si no atravesaba el cuerpo del enemigo al menos obligaba a soltar el escudo devorado por las llamas. Este tipo de armamento se usó con especial intensidad en defensas de ciudades como Sagunto.

En cuanto a la protección, la infantería ligera portaba escudos redondos (<em>caetra</em>) de unos 50 cm de diámetro, de madera o cuero, mientras que la infantería pesada usaba escudos ovales de inspiración ibérica (escutarii). Los cascos solían ser de cuero reforzado, reservándose los de bronce ricamente adornados para jefes. Las corazas textiles (de lino o tejidos acolchados) eran comunes, mientras que las cotas de malla o de escamas, más costosas, se documentan sobre todo en contextos de élite. Los discos pectorales de bronce eran una protección típica, muy representada en necrópolis celtibéricas.

Este conjunto de rasgos —lengua céltica, escritura propia, urbanismo fortificado, aristocracias guerreras, metalurgia de alto nivel y fuerte personalidad religiosa— convierte a la cultura celtibérica en uno de los mejores laboratorios para entender cómo se cruzan y se transforman las tradiciones célticas e iberas en el interior peninsular. Su posición periférica respecto a las grandes corrientes centroeuropeas de Hallstatt y La Tène, y el intenso influjo del mundo ibérico mediterráneo, explican que su rostro se parezca solo en parte al de los celtas continentales, manteniendo un carácter propio que la arqueología y la historiografía siguen afinando año tras año.

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