Curaban las estrellas a los enfermos en Mesopotamia

Última actualización: abril 28, 2026
  • En Mesopotamia la enfermedad se interpretaba como resultado de espíritus, dioses y desórdenes morales, integrando siempre magia y religión en el proceso curativo.
  • Figuras como Gula, Damu, Ninazu, Pazuzu, junto a médicos asu, exorcistas asipu y adivinos baru, articulaban un sistema médico complejo y socialmente prestigioso.
  • El Código de Hammurabi reguló la práctica médica con honorarios y duras penas por negligencia, mientras los recetarios de Nippur muestran una farmacopea variada y experimental.
  • La medicina mesopotámica combinó diagnósticos sintomáticos, rituales de exorcismo y remedios naturales, sentando bases importantes para tradiciones médicas posteriores.

Medicina y creencias en la antigua Mesopotamia

Imaginar un paseo por las calles de Ur, Babilonia o Nínive es asomarse a un mundo donde la enfermedad, la magia y la ciencia se mezclaban sin fronteras claras. En aquel paisaje de barro, ladrillo y zigurats, la salud se jugaba entre el favor de los dioses, la pericia de los médicos y la atenta observación de la naturaleza. Para los pueblos de Mesopotamia, ponerse enfermo no era solo tener fiebre o dolor; era, ante todo, verse atrapado en una red de voluntades divinas, demonios caprichosos y espíritus ofendidos.

La medicina mesopotámica nació y se desarrolló entre los ríos Tigris y Éufrates, en una tierra fértil pero peligrosa, donde las crecidas imprevisibles, los vientos abrasadores y las plagas podían arruinar la vida de toda una comunidad. Desde muy pronto, sumerios, acadios, asirios y babilonios intentaron entender por qué enfermaban, cómo aliviar el sufrimiento y qué papel jugaban las fuerzas sobrenaturales en todo ello. De ese esfuerzo surgió una tradición médico-mágica riquísima, pilar esencial de la historia de la medicina del Próximo Oriente.

El entorno mesopotámico y el origen de la enfermedad

La Mesopotamia antigua se extendía entre el Tigris y el Éufrates, un espacio de enormes posibilidades agrícolas pero sometido a fenómenos extremos: inundaciones destructivas, lluvias torrenciales que convertían el terreno en puro barro, vientos sofocantes que arrasaban cosechas y diques. En ese contexto, el ser humano se veía diminuto ante una naturaleza imprevisible, y esa sensación de fragilidad impregnaba también su manera de entender la salud y la enfermedad.

Para los mesopotámicos, el cosmos estaba gobernado por una red de voluntades divinas. Cada fenómeno natural era la manifestación de una fuerza viva: el viento, la tormenta, las estrellas o el curso de los ríos se interpretaban como acciones de dioses concretos. El sufrimiento —incluida la enfermedad— se aceptaba como una desgracia con sentido, parte de una especie de “lógica de la desdicha” que encajaba en el orden del universo, aunque ese orden no siempre fuera comprensible para los humanos.

La enfermedad se veía, ante todo, como la entrada de un espíritu o demonio en el cuerpo. Según la zona afectada (cabeza, pecho, vientre, extremidades…), se atribuía la dolencia a un espíritu distinto, casi como si hubiera una “especialización demoníaca”. De ahí que muchas terapias buscasen expulsar al intruso mediante exorcismos, purificaciones, sacrificios y penitencias, combinados en muchos casos con remedios físicos.

Con el tiempo, la explicación se sofisticó: el demonio o el espíritu no actuaba del todo al azar, sino que se aprovechaba de una falta cometida por el enfermo. Si había enfermedad, debía haber habido un error, un pecado o una impureza: blasfemar, pisar aguas sucias, descuidar un ritual… La labor del médico-exorcista incluía, por tanto, descubrir esa falta para poder enmendarla mediante ritos y ofrendas, un planteamiento que aparece de forma muy clara en el célebre tratado acadio de diagnósticos y pronósticos médicos.

Dioses sanadores, demonios y estrellas

El panteón mesopotámico estaba lleno de divinidades y espíritus vinculados a la salud, la enfermedad y la curación. La medicina era inconcebible sin la religión y la cosmología, y cada patología se insertaba en una relación concreta con uno o varios dioses, como deidades sanadoras como Sekhmet.

En lo alto de esta jerarquía se encontraba Gula, también conocida como Ninkarrak, Ninisinna, Nintinugga o Nimdindug según la ciudad y el periodo. Su nombre se suele traducir como “la grande” o “la gran sanadora”. Era la señora de la salud (belet balati), la gran curandera (Azugallatu) y la patrona de los médicos. Se la representaba habitualmente acompañada de perros, un animal clave en su culto, y rodeada de estrellas, subrayando así su dimensión cósmica y protectora.

Gula no siempre fue una única figura: en sus orígenes aparece como Bau o Baba, diosa de los perros en Lagash. La observación cotidiana de que los perros lamen sus heridas y estas terminan por cicatrizar vinculó al animal con la curación. Conforme el culto de Bau se trasladó y mezcló con el de otras ciudades (Isin, Nippur), la diosa fue asimilando nombres y funciones, convirtiéndose en Gula, señora de la medicina en buena parte de Mesopotamia.

La familia de Gula también estaba impregnada de simbolismo médico. Sus hijos Damu y Ninazu, junto a su hija Gunurra, eran deidades sanadoras. Damu, estrechamente ligado a la muerte y renacimiento (como el dios Tammuz/Dumuzi), encarnaba la transición entre enfermedad y salud, vida y muerte. Ninazu, asociado a las serpientes, el inframundo y la transformación, portaba un bastón con dos serpientes entrelazadas, un motivo que viajaría a Egipto y Grecia y acabaría relacionado con el caduceo, símbolo que hoy identificamos con la medicina.

El mundo demoníaco también tenía sus grandes protagonistas. Uno de los más llamativos era Pazuzu, criatura híbrida con rostro de león, garras de águila y cola de escorpión. Aunque se le temía como portador de enfermedades y plagas, podía ser invocado para proteger a las personas frente a demonios aún más terribles, especialmente en el ámbito de la maternidad y la infancia. Amuletos y figurillas de Pazuzu se empleaban para alejar a la demonia Lamashtu, conocida por atacar a embarazadas y recién nacidos.

Los mesopotámicos miraban además al cielo para entender la enfermedad. Las estrellas y los astros formaban parte del sistema de diagnóstico y pronóstico: la posición de la luna (Sin), el sol (Samas) y las constelaciones se interpretaba a través de complejos sistemas de adivinación. Determinados rituales sanadores se realizaban en fechas concretas del calendario lunar, y algunas prescripciones indicaban dejar macerar plantas “bajo las estrellas” para reforzar su efecto simbólico y mágico.

Magia, religión y medicina: una alianza inseparable

En Mesopotamia no había una frontera nítida entre magia y medicina. Ambos enfoques se consideraban válidos y, a menudo, se usaban de forma paralela. Los textos médicos recogen fórmulas como “si ni la medicina ni la magia traen la cura”, lo que deja claro que los dos caminos se veían complementarios, no excluyentes.

Por un lado existía la llamada “medicina de los médicos”, basada en la observación empírica y en el uso de remedios naturales. Por otro, la “medicina de los magos”, apoyada en encantamientos, exorcismos y rituales destinados a negociar con dioses, demonios y espectros. Los mitos funcionaban como un marco explicativo de la enfermedad, pero también como herramienta terapéutica. Cantar un encantamiento que narraba cómo un dios vencía a un demonio era, a la vez, narración y acto curativo.

Un ejemplo célebre es el encantamiento contra el dolor de muelas, donde un gusano pide alimento a los dioses y reclama vivir entre los dientes y las encías para alimentarse de su sangre. El conjuro concluye ordenando al gusano que abandone la boca del paciente, reforzado por la invocación al poder mágico de Ea. Aquí se aprecia bien el cruce entre metáfora mitológica y tratamiento ritual.

El exorcismo ocupaba un lugar central en el tratamiento de muchas enfermedades. Se recurría a fórmulas orales, plegarias y litanías, a menudo acompañadas de objetos simbólicos: estatuillas de monstruos colocadas en la habitación del enfermo para asustar al espíritu invasor, figurillas del difunto o del demonio quemadas en el fuego o colocadas en barquitas sobre el agua para que se llevaran la dolencia con ellas. El fuego y el agua actuaban como fuerzas purificadoras y de tránsito.

Otro procedimiento frecuente consistía en elaborar figurillas o representaciones del espectro o del demonio causante del mal, para después enterrarlas en tumbas familiares o en estructuras orientadas al Oeste, lugar por donde se ponía el sol y al que se asociaba el reino de los muertos. Con estos ritos se pretendía “devolver” al espíritu a su lugar natural y cerrar el ciclo de la enfermedad.

Quién curaba en Mesopotamia: asu, asipu, baru y comadronas

El ejercicio de la medicina recaía en varios perfiles especializados. El asu era el médico práctico, encargado de examinar el cuerpo del paciente, reconocer los síntomas y aplicar remedios físicos: emplastos, pociones, ungüentos, vendajes o intervenciones quirúrgicas sencillas. Su trabajo se apoyaba en recetarios escritos y catálogos de drogas, heredados de una larga tradición de observación.

Junto al asu encontramos al asipu, el exorcista-curandero. Este profesional se centraba en la dimensión mágica de la enfermedad: interpretaba presagios, llevaba a cabo rituales de expulsión de espíritus, recitaba encantamientos y utilizaba amuletos para prevenir nuevas agresiones demoníacas. Aunque desde nuestra perspectiva moderna podríamos encasillarlo en lo “mágico”, en la mentalidad mesopotámica su autoridad era tan legítima como la del asu.

Un tercer tipo de especialista era el baru, adivino-sacerdote experto en leer signos y presagios. Su campo iba más allá de la medicina, pero tenía un papel clave cuando se sospechaba que una enfermedad era un aviso o un castigo divino. El baru interpretaba sueños, analizaba el vuelo de las aves, practicaba la hepatoscopia (lectura del hígado de animales sacrificados) y recurría a la astrología para determinar la voluntad de los dioses respecto al enfermo.

El estatus social de estos profesionales era elevado. Para ejercer como médico o exorcista había que dominar la escritura cuneiforme, estudiar en escuelas ligadas a templos y palacios y memorizar una enorme cantidad de textos: diagnósticos, pronósticos, recetarios, listas de plantas y minerales. El templo de Marduk en Babilonia y el centro de culto de Gula en Isin fueron importantes focos de formación médica.

Las mujeres también participaron en la práctica sanitaria, especialmente como comadronas (sabsutu). Eran figuras de gran prestigio, encargadas de asistir en los partos, aplicar rituales de protección frente a demonios como Lamashtu y, según algunos indicios, incluso llevar a cabo intervenciones que recordarían a formas tempranas de cesárea. Aunque el número de mujeres con formación de escriba o exorcista era reducido, Sumer se distingue por ofrecer más espacio a las profesionales femeninas que otras culturas coetáneas.

Código de Hammurabi: leyes, cirugía y responsabilidad médica

Uno de los documentos más reveladores para entender la práctica médica mesopotámica es el Código de Hammurabi (aprox. 1750 a. C.). Esta recopilación legal recoge varios artículos dedicados a los médicos, fijando tanto sus honorarios como las penas por negligencia. De este modo, la medicina quedaba integrada en el marco jurídico y económico del reino.

El Código distinguía claramente entre el tratamiento de personas libres, nobles y esclavos. Si un médico realizaba con éxito una intervención quirúrgica compleja —como una operación ocular o una fractura grave— podía recibir una recompensa importante, sobre todo si el paciente pertenecía a la élite. En cambio, si el enfermo moría o sufría una lesión grave (por ejemplo, ceguera) a causa de la intervención, el cirujano podía ser castigado severamente, llegando a la amputación de las manos o incluso la pena de muerte.

Estos artículos demuestran que existía una cirugía rudimentaria pero real: amputaciones, trepanaciones, extracciones de cataratas, tratamiento de fracturas y curación de heridas. Los instrumentos mencionados en los textos —espátulas, tubos metálicos, cuchillos, probablemente lancetas— permiten imaginar un instrumental básico pero funcional. Es probable que el mismo especialista que cortaba el pelo o marcaba esclavos hiciera, en casos extremos, de “cirujano menor”, lo que indica una estratificación del prestigio dentro del oficio médico.

El Código también menciona la figura del veterinario y regula la venta de esclavos enfermos, obligando al vendedor a asumir la devolución si el comprador descubría patologías graves como la epilepsia. Esto revela una cierta conciencia del “defecto oculto” y de la necesidad de proteger el interés del comprador, además de mostrar qué dolencias se consideraban especialmente graves.

Farmacopea y recetarios: plantas, minerales y cervezas curativas

La antigua Mesopotamia nos ha legado algunos de los primeros recetarios médicos escritos de la historia. Una tablilla procedente de Nippur, de más de 4000 años de antigüedad, recoge las recetas favoritas de un médico sumerio anónimo. Este “manual de medicina” emplea sustancias vegetales, animales y minerales para componer los remedios.

Entre los ingredientes habituales encontramos raíces y hojas de múltiples plantas (como el regaliz), resinas, aceites, sal común, salitre (nitrato de potasio), cerveza, leche, grasas y hasta elementos de origen animal como piel de serpiente o caparazón de tortuga. Estos elementos se pulverizaban y se mezclaban con agua, aceite o cerveza para obtener jarabes, ungüentos, cataplasmas o polvos. La cerveza tenía una doble función: servía de vehículo para las sustancias activas y, a la vez, se consideraba un producto con propiedades propias, tanto curativas como rituales.

Los textos de farmacopea rara vez indican de forma precisa la dosificación y la frecuencia de administración, lo que sugiere que esa información se transmitía de maestro a discípulo de manera oral y se mantenía en parte en secreto. Además, muchas tablillas no especifican para qué enfermedad exacta se destinaba cada preparación, algo que dificulta reconstruir con exactitud su eficacia desde una perspectiva moderna.

Pese a ello, el abanico de sustancias utilizadas es sorprendentemente amplio, e incluye, por ejemplo, el empleo de opio y arsénico combinados con hierbas como el orégano, aceites aromáticos o sal marina. También se observa un interés por la higiene ambiental y por la prevención: se aislaba a los enfermos de lepra no solo por razones religiosas (alejar la impureza y los malos espíritus), sino también por una intuición clara de que el contacto con ellos resultaba peligroso.

Un detalle interesante es la insistencia en la dimensión simbólica de la preparación: indicaciones como “dejar en remojo la raíz en leche bajo las estrellas” integran en la propia receta la referencia al cielo y los astros, reforzando el vínculo entre remedio físico y contexto cósmico. De nuevo, vemos que los mesopotámicos nunca separaban del todo la técnica médica de la magia y la religión.

Diagnóstico, patologías y visión del cuerpo

El diagnóstico en Mesopotamia combinaba la observación clínica con técnicas adivinatorias. El médico interrogaba al paciente (y, si era necesario, a su familia), examinaba el aspecto general, la piel, los ojos, el pulso aparente, la respiración y otros signos externos. A esto se sumaban pruebas simbólicas como la empiromancia (adivinación a través del fuego), la lecanomancia (interpretación de signos en el agua contenida en vasos), la astrología y la lectura de sueños.

Las enfermedades descritas en los textos se organizan muchas veces por órganos o zonas afectadas. En la cabeza aparecen problemas como la caída del cabello, la sarna o los intensos dolores de cabeza. En los ojos se mencionan inflamaciones, infecciones y ceguera. También se documentan dolores de oído, afecciones dentales, dificultades respiratorias, opresiones en el pecho, dolencias digestivas descritas como “fuego en el estómago” o cólicos, y patologías de los órganos sexuales y urinarios.

Otro grupo importante de textos alude a parálisis, fracturas, amputaciones y dolencias reumáticas, además de problemas relacionados con la conducta, la ebriedad o la sexualidad. Destaca el interés por la “Mano del Espectro” (SU.GIDIM.MA), una categoría diagnóstica que remitía más al agente sobrenatural causante que a una enfermedad concreta en sentido moderno. Se ha propuesto que, por sus síntomas, podría corresponder a cuadros de ictericia o epilepsia, pero en el marco mesopotámico lo central era la acción del espíritu Gidim.

La concepción del cuerpo se articulaba en torno a ciertos órganos clave. El corazón se consideraba el centro de la mente y de los movimientos del alma, asiento de la inteligencia y de las decisiones morales. El hígado, además de ser esencial en la adivinación, se asociaba a las emociones intensas, como la ira. Riñones y vientre compartían junto al corazón el papel de sede de los sentimientos, mientras que en las entrañas se situaban la compasión y la piedad. El cerebro, en cambio, se vinculaba sobre todo a lo sensitivo y afectivo, sin el protagonismo racional que le otorgará más tarde la medicina griega.

Todo este sistema muestra una comprensión de la enfermedad donde lo anatómico, lo emocional y lo simbólico están totalmente entretejidos. La causa última suele ser sobrenatural, pero la descripción de los síntomas y la atención a los detalles físicos revelan una capacidad de observación notable, aunque falte el método experimental sistemático que caracterizará a la ciencia posterior.

Relación médico-paciente y práctica cotidiana

Las cartas y tablillas médicas conservadas permiten asomarse a la relación entre médico y paciente. Los especialistas podían visitar al enfermo en su casa, especialmente si se trataba de personajes de alto rango, o recibirlo en dependencias del templo. No existen pruebas claras de “consultas privadas” al estilo moderno, pero sí de médicos adscritos a palacios y a grandes familias.

Se han identificado dos grandes tradiciones en la forma de entender el vínculo con el enfermo: una vertiente más “científica”, en la que los síntomas se leen como signos que permiten predecir la evolución de la dolencia y elegir tanto el remedio físico como el ritual apropiado; y otra vertiente más “práctica”, donde el médico se apoya en largas listas de síntomas ya clasificadas, buscando la mejor correspondencia para aplicar el tratamiento establecido.

En cualquier caso, la figura del médico era la de un sabio con formación extensa: conocía las leyes, la religión, la literatura y la escritura, y guardaba con celo los secretos de su arte. Los conocimientos se transmitían dentro del ámbito templario y palaciego, muchas veces de padres a hijos o de maestro a discípulo. Los nombres de los médicos podían aparecer grabados en cilindros-sello colgados al cuello, que servían de firma en las tablillas de arcilla.

La retribución del médico estaba regulada legalmente, como se ve en el Código de Hammurabi, y variaba según el estatus del paciente y la dificultad del caso. A la vez, los especialistas estaban expuestos a fuertes sanciones en caso de causar daños graves, lo que introducía cierto control social sobre la práctica médica, aunque desde parámetros muy distintos a los actuales.

En el día a día, la medicina mesopotámica tenía que lidiar con problemas muy concretos: epidemias, heridas de guerra, lesiones laborales, enfermedades ligadas al consumo excesivo de cerveza, complicaciones del parto… El tratamiento podía incluir desde un enema o un vendaje hasta una larga serie de encantamientos acompañados de sacrificios y ofrendas, pasando por baños rituales, dietas específicas y restricciones de contacto para evitar contagios.

Vistos en conjunto, los textos y restos arqueológicos muestran una cultura que, con sus limitaciones, se tomó muy en serio la lucha contra el dolor y la enfermedad. Sus médicos y magos no solo buscaban prolongar la vida, sino también dotar al sufrimiento de un sentido dentro de un universo regido por dioses, estrellas y espíritus, en el que cada síntoma era una pista para comprender la compleja relación entre los humanos y lo divino.

Todo este entramado de dioses como Gula, demonios ambivalentes como Pazuzu, médicos asu y asipu, recetarios repletos de plantas, minerales y cerveza, y leyes que premiaban o castigaban la pericia del sanador revela una tradición médico-religiosa enormemente rica. Lejos de ser una simple curiosidad antigua, la medicina mesopotámica anticipó ideas sobre la responsabilidad profesional, la observación clínica, la prevención y la dimensión emocional del cuidado que aún resuenan hoy cuando, miles de años después, seguimos intentando entender y aliviar la enfermedad sin olvidar la fragilidad y la humanidad de quien la padece.

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