- Evolución desde los mutiladores castigos corporales de las dinastías Xia y Zhou hasta los sistemas más estructurados de la era imperial.
- Implementación de penas severas como el tatuaje facial, la amputación de extremidades y la ejecución mediante mil cortes.
- Transición hacia métodos penales menos agresivos, como los trabajos forzados y el exilio, durante la dinastía Han y posteriores.
Si echamos la vista atrás, nos damos cuenta de que la justicia en la antigua China no tenía nada que ver con la clemencia. Hablamos de un sistema donde el dolor físico y la marca indeleble eran las herramientas principales para mantener el orden social, dejando huellas que el tiempo no podía borrar.
Desde las leyendas sobre Chi You hasta la sofisticación administrativa de la dinastía Qing, el camino del castigo ha sido largo y tormentoso. No se trataba solo de castigar el delito, sino de avergonzar al criminal permanentemente ante toda la comunidad, convirtiendo el cuerpo del reo en un libro abierto de sus faltas.
Los orígenes y los primeros Cinco Castigos
Existen diversas teorías sobre quién empezó con todo este asunto. Algunos apuntan al clan Sanmiao, mientras que otros creen que la chispa la encendió Chi You, aquel mítico personaje vinculado a la forja de armas y metales y líder de los Li. Fue durante la dinastía Xia posterior donde Qi, hijo de Yu el Grande, implementó prácticas brutales como el cincelado o la amputación de la nariz y los pies.
Con el tiempo, se consolidó un sistema conocido como los cinco castigos principales que perduró desde la dinastía Xia hasta la Zhou. Estos incluían la extirpación de órganos reproductores, el tatuado facial, la amputación de nariz o pies y, por supuesto, la pena capital. Lo más fuerte es que cualquier ciudadano corriente podía verse atrapado en este engranaje de crueldad.

Detalles de las penas más atroces
Para que nos entendamos, los castigos no eran aleatorios, cada uno tenía su nombre y su propósito. El Mò o qíng consistía en tatuar la cara con tinta que no se borraba, poniendo el nombre del delito para que todo el mundo supiera que eras un criminal. Luego estaba el Yì, que básicamente era cortarle la nariz al condenado.
El Yuè era especialmente temido, ya que implicaba quitar el pie izquierdo, el derecho o ambos. Se dice que incluso el famoso estratega Sun Bin fue víctima de este castigo, donde probablemente le arrancaron las rótulas. Por otro lado, el Gōng era la emasculación total, obligando al hombre a servir como eunuco en la corte imperial, una pena reservada usualmente para casos de adulterio o promiscuidad.
Y si el delito era imperdonable, llegaba el Dà Pì, la muerte. Aquí es donde la cosa se ponía realmente macabra, con métodos como ser hervido vivo o el descuartizamiento. También existía el Lingchi, la famosa muerte por mil cortes, donde el cuerpo era rebanado lentamente, o la decapitación pública para dejar el cuerpo abandonado en el mercado.
La transición hacia la dinastía Han y Sui
Afortunadamente, las cosas empezaron a cambiar un poco durante la dinastía Han Occidental. Gracias a la petición de una mujer llamada Chunyu Tiying, el emperador Wen decidió que el tatuado y las amputaciones eran demasiado bestias y las abolió, sustituyéndolas por penas para siervos que, aunque seguían siendo duras, buscaban un matiz distinto.
Para cuando llegamos a la dinastía Sui, el sistema había madurado y alcanzó la forma que mantendría hasta el final del imperio. Ya no se trataba solo de mutilar por mutilar, sino que se establecieron grados de severidad y multas que permitían, en algunos casos, evitar los golpes mediante el pago de monedas de cobre (wén) o guàn.
El sistema penal en la época de la dinastía Qing
En la dinastía Qing, los castigos estaban muy bien organizados. El Chī eran azotes con cañas de bambú, divididos en cinco niveles. Si el delito era más serio, pasaban al Zhàng, que eran golpes con un palo grueso en la espalda o piernas, llegando hasta los cien impactos si el juez así lo decidía.
También estaba el Tú, que no era más que trabajos forzados combinados con azotes, con duraciones que iban desde un año hasta tres. Para los delitos que requerían alejar al criminal de la sociedad, se usaba el Liú, que consistía en el exilio a lugares remotos como Hainan, con prohibición total de volver a casa y un camino de hasta 3.000 lǐ.
La pena de muerte (Sĭ) seguía existiendo, principalmente mediante el ahorcamiento o la decapitación. Lo curioso es que podía revocarse pagando una suma de 42 guàn de cobre. Esto demuestra que, incluso en la muerte, el dinero tenía un peso fundamental en la balanza de la justicia imperial.
Justicia diferenciada para mujeres y élites
Las mujeres no se libraban de la justicia, aunque sus castigos eran distintos. Se les obligaba a moler grano forzosamente (Xíngchōng) o se utilizaba el Zǎnxíng, que consistía en apretar sus dedos entre palos hasta descoyuntarlos, algo que también se usaba para extraer confesiones bajo tortura.
Un dato fascinante es que, a pesar de la brutalidad, existía una coordinación entre el sistema penal y los médicos. Análisis arqueológicos en Sanmenxia han revelado esqueletos de la aristocracia que sobrevivieron a amputaciones. Esto indica que las clases altas tenían acceso a analgésicos y cuidados postoperatorios que permitieron que sus huesos sanaran, aunque sufrieran atrofia por desuso.
El sistema judicial era administrado por magistrados que, teóricamente, tenían prohibido aceptar regalos. En el tribunal Yas-Men, los jueces debían estar en ayunas y sin alcohol para asegurar la imparcialidad. El proceso era rápido: se escuchaban las partes, se presentaban escritos y se fallaba por pluralidad de votos sin necesidad de abogados.
La historia de la justicia china nos deja una estela de crueldad y rigor, donde la mutilación corporal fue la norma durante siglos antes de dar paso a penas más administrativas. Desde los tatuajes que marcaban el destino de un hombre hasta las sofisticadas estructuras de exilio y trabajos forzados, el cuerpo humano fue el lienzo donde el Estado imprimió su poder y su voluntad de control absoluto sobre la población.