El mito de las generaciones y la falsa guerra entre jóvenes y mayores

Última actualización: abril 3, 2026
  • Las etiquetas generacionales simplifican en exceso realidades muy diversas y fomentan estereotipos sobre baby boomers, milenials o Generación Z.
  • La investigación de Bobby Duffy, basada en millones de encuestas, muestra que edad, contexto histórico y políticas públicas pesan tanto o más que la cohorte de nacimiento.
  • La identidad generacional es cambiante y se reconfigura con la edad, las crisis económicas, los avances tecnológicos y los giros culturales.
  • La supuesta guerra generacional es en buena parte exagerada y oculta la necesidad de cooperación entre edades para afrontar retos sociales compartidos.

mito de las generaciones

La idea de que cada generación piensa y actúa de forma homogénea se ha colado en titulares, redes sociales y conversaciones de sobremesa. Milenials, baby boomers, Generación Z… hemos normalizado encasillar a la gente según el año en que nació, como si eso bastara para explicar su carácter, sus valores o sus decisiones vitales. Y lo cierto es que esta forma de ver el mundo, aunque muy popular, tiene bastantes grietas.

En los últimos años, diversas investigaciones sociales han puesto en duda el supuesto choque generacional que se repite una y otra vez en medios y debates públicos. Uno de los trabajos más influyentes es el del investigador británico Bobby Duffy, que plantea que el famoso “mito de las generaciones” simplifica en exceso la realidad y alimenta una especie de guerra simbólica entre jóvenes y mayores que, en buena parte, no se sostiene con los datos en la mano.

¿Qué es exactamente el llamado mito de las generaciones?

Cuando hablamos del “mito de las generaciones” nos referimos a la creencia de que el año de nacimiento determina casi por completo quién eres. Bajo esta lógica, los baby boomers (nacidos aproximadamente entre mediados de los 40 y mediados de los 60) serían personas narcisistas y acomodadas; los milenials, jóvenes (o ya no tan jóvenes) mimados e hiperexigentes; y la Generación Z, chicos y chicas vagos, dispersos y pegados a la pantalla. Este tipo de etiquetas, muy fáciles de recordar, son oro puro para los titulares.

Sin embargo, la pregunta clave es si esas etiquetas responden a algo real o si son más bien caricaturas alimentadas por tópicos y por una lectura superficial de los datos. Los medios tienden a destacar historias que enfrentan a padres e hijos, a jóvenes y mayores, porque generan polémica y clics. Pero eso no significa que representen fielmente lo que pasa en el conjunto de la sociedad.

Bobby Duffy plantea que nuestra identidad generacional no es fija ni inmutable, sino que se va remodelando a medida que envejecemos y a medida que cambian las circunstancias sociales, económicas y políticas. Es decir, no es lo mismo ser milenial con 20 años en plena crisis económica que serlo con 40 en un contexto distinto; del mismo modo que no es igual haber sido un joven baby boomer en la posguerra que un baby boomer ya jubilado en una economía consolidada.

A partir de ahí, el mito de las generaciones surge cuando confundimos correlación con causa: observamos que personas nacidas en un periodo concreto comparten ciertos comportamientos y damos por hecho que es “por su generación”, sin tener en cuenta otros factores como la edad, la etapa vital en la que se encuentran, el país en el que viven o los grandes acontecimientos que han marcado su biografía (crisis económicas, cambios tecnológicos, guerras, reformas sociales, etc.).

En resumen, la crítica al mito generacional no niega que existan diferencias entre grupos de edad; lo que discute es que esas diferencias sean tan rígidas, tan profundas y tan inevitables como a menudo se nos vende, y cuestiona que tenga sentido hablar de “generaciones” como si fueran bloques monolíticos con una personalidad propia.

Los estereotipos sobre baby boomers, milenials y Generación Z

Una de las piezas centrales de este debate son los estereotipos que se han popularizado sobre cada cohorte generacional. En muchos artículos y discursos encontramos descripciones casi de caricatura: los baby boomers serían narcisistas y egoístas, los milenials resultarían caprichosos y frágiles, y los integrantes de la Generación Z aparecerían como perezosos y poco comprometidos con el esfuerzo.

Si rascamos un poco, vemos que esas etiquetas dicen más de las preocupaciones y prejuicios de quien las usa que de la realidad de los propios grupos. A lo largo de la historia, cada generación ha tendido a mirar con recelo a la siguiente: los mayores consideran que “los jóvenes de ahora” no se esfuerzan lo suficiente, y los jóvenes ven a los mayores como anticuados y poco adaptables. Cambian las épocas, pero estas quejas recurrentes se mantienen casi intactas.

El problema no es solo que estos estereotipos sean inexactos, sino que acaban influyendo en cómo se perciben las personas a sí mismas y a las demás. Si te repiten constantemente que, por ser milenial, eres frágil o poco comprometido, es fácil que interiorices parte de ese relato o que lo rechaces frontalmente, generando más polarización. Lo mismo ocurre cuando se culpa a los baby boomers de todos los males económicos o cuando se atribuye a la Generación Z una supuesta apatía generalizada.

Además, estas etiquetas invisibilizan la enorme diversidad interna y la memoria cultural que existe dentro de cada cohorte. No todos los baby boomers disfrutan de una pensión holgada ni todos los milenials tienen estudios universitarios o trabajan en sectores creativos. Hay diferencias de clase social, de género, de país de origen, de nivel educativo y de muchas otras variables que pesan tanto o más que el año de nacimiento a la hora de entender las oportunidades y decisiones de cada persona.

El enfoque de Bobby Duffy: datos frente a tópicos

Bobby Duffy es uno de los investigadores sociales más destacados del Reino Unido, y su trabajo se ha centrado en separar los mitos de la realidad utilizando grandes bases de datos y encuestas internacionales. Catedrático de políticas públicas y director del Instituto de Políticas del King’s College de Londres, ha desarrollado buena parte de su carrera en el ámbito de la investigación social aplicada a la opinión pública y las políticas públicas.

Antes de su etapa en el King’s College, Duffy dirigió el área de asuntos públicos y la investigación global en Ipsos MORI, así como el Instituto de Investigación Social de Ipsos. Desde esas posiciones participó en el que se considera el estudio más extenso del mundo sobre la percepción pública, analizando cómo la gente entiende y malinterpreta la realidad en temas clave como inmigración, criminalidad, economía o cambios sociales.

Su interés por cómo percibimos la sociedad y cómo nos equivocamos al interpretarla se refleja también en sus obras previas, como “The Perils of Perception”, un libro que tuvo un éxito notable en el Reino Unido con más de 30.000 ejemplares vendidos. En él abordaba las distorsiones entre lo que la gente cree que está pasando y lo que realmente muestran los datos, un enfoque que luego trasladaría al análisis de las generaciones.

En su trabajo sobre el mito generacional, Duffy no se limita a opiniones o intuiciones, sino que se apoya en análisis cuantitativos de gran alcance. Concretamente, revisa lo que más de tres millones de personas han respondido en encuestas sobre asuntos tan variados como la vivienda en propiedad, el sexo, el bienestar, las expectativas económicas y sociales o la confianza en las instituciones.

Gracias a ese volumen de información, puede distinguir mejor qué diferencias se deben a la edad, cuáles a la época histórica y cuáles a verdaderos efectos de cohorte generacional. Por ejemplo, el hecho de que las personas más jóvenes tengan menos probabilidades de ser propietarias de una vivienda puede explicarse en buena parte por las condiciones del mercado inmobiliario contemporáneo, y no tanto por una supuesta “falta de compromiso” o por su pertenencia a una generación concreta.

Cómo se forman las generaciones y qué impacto real tienen

Una de las aportaciones más interesantes del enfoque de Duffy es su modelo para entender cómo se crean y evolucionan las generaciones. En lugar de partir de etiquetas prefabricadas (baby boomers, Generación X, milenials, Generación Z) y buscar después rasgos que las definan, propone mirar primero a los contextos históricos y las trayectorias vitales concretas.

En este sentido, las generaciones se moldean por una combinación de factores: las circunstancias en las que se nace (posguerra, bonanza económica, crisis), los cambios tecnológicos que se viven durante la infancia y juventud, las transformaciones en valores sociales (mayor igualdad de género, apertura en temas de sexualidad, avances en derechos civiles) y los eventos traumáticos o decisivos (pandemias, guerra, grandes recesiones, etc.).

Así, alguien que crece en un entorno donde poseer una vivienda en propiedad es lo habitual y relativamente accesible se socializa con un marco de expectativas muy distinto al de quien se encuentra con precios disparados, precariedad laboral y alquileres desorbitados. Lo mismo ocurre con temas como el sexo, la familia o el bienestar: los mensajes recibidos, las normas sociales y las oportunidades disponibles cambian de una época a otra.

Ahora bien, que existan estas diferencias de contexto no significa que todos los miembros de una cohorte los vivan igual ni que respondan de la misma forma. Dentro de una misma generación hay personas que se adaptan mejor a ciertos cambios y otras que lo hacen peor; hay quien se beneficia de las nuevas oportunidades y quien queda rezagado. Por eso, hablar de “la mentalidad milenial” o del “carácter de la Generación Z” suele ser una simplificación excesiva.

El modelo de Duffy también subraya que las generaciones no están aisladas unas de otras. Padres, madres, hijos, abuelos y nietos conviven al mismo tiempo, se influyen mutuamente y comparten instituciones y recursos. La supuesta guerra generacional, en la que cada grupo lucha por sus intereses contra los demás, no encaja demasiado bien con la realidad cotidiana, donde abundan las alianzas intergeneracionales: familias que se apoyan económicamente, jóvenes que cuidan de mayores, mayores que cuidan de nietos, movimientos sociales que integran a personas de distintas edades, etc.

Identidad generacional cambiante: no somos los mismos a los 20 que a los 60

Una de las tesis centrales del llamado mito de las generaciones es la idea de que nuestra identidad generacional sería algo fijo, como una especie de sello que nos acompaña intacto desde que nacemos hasta que envejecemos. Esta visión está detrás de comentarios del tipo “los milenials siempre serán así” o “los baby boomers nunca cambiarán”.

El análisis de Duffy desmonta esta imagen estática mostrando que las actitudes y comportamientos cambian con la edad y con las circunstancias. Lo que una persona pensaba a los 20 años sobre el trabajo, el sexo, la política o la propiedad de la vivienda puede variar bastante cuando llega a los 40 o los 60, porque su situación vital también se ha transformado: responsabilidades familiares, estabilidad laboral (o su ausencia), problemas de salud, nuevas experiencias, etc.

Del mismo modo, las generaciones no viven en un vacío histórico. A lo largo de su vida se enfrentan a crisis económicas, cambios tecnológicos y giros culturales que pueden hacerles revisar sus creencias. Lo que hoy consideramos típico de una cohorte quizá no lo sea dentro de 20 años; y no porque “cambie la generación”, sino porque cambian las condiciones externas y las personas se adaptan como pueden.

Este enfoque dinámico ayuda a entender por qué no tiene sentido hacer afirmaciones tajantes del tipo “los jóvenes de ahora no quieren trabajar”. Tal vez lo que ocurre es que se enfrentan a un mercado laboral inestable, con salarios reducidos y mayor competencia, que les obliga a alternar etapas de trabajo precario con periodos de formación o de búsqueda de empleo. Cuando esas mismas personas envejezcan, probablemente su relación con el trabajo será distinta.

En definitiva, la identidad generacional es solo una de las muchas capas que conforman quiénes somos, y una de las más móviles. Reducir a alguien a su cohorte de nacimiento pasa por alto que los individuos cambian, aprenden, se equivocan y se reinventan a lo largo del tiempo, a la vez que la sociedad también evoluciona.

Vivienda, sexo, bienestar y otros grandes temas sociales

Para analizar con rigor las diferencias generacionales, Duffy se fija en ámbitos muy concretos de la vida social en lugar de quedarse en eslóganes abstractos. Tres de los temas más recurrentes en sus estudios son el acceso a la vivienda, las actitudes hacia el sexo y las percepciones sobre el bienestar y la calidad de vida.

En el caso de la vivienda, los datos muestran claros contrastes entre generaciones en cuanto a propiedad y alquiler, pero esos contrastes están estrechamente vinculados a la evolución de los precios, a las políticas de crédito y a la estabilidad (o inestabilidad) del empleo. No es que una generación “prefiera” no ser propietaria por capricho, sino que muchas veces se encuentra con barreras económicas mucho mayores que las que enfrentaron sus padres o abuelos.

Respecto al sexo y las relaciones, los cambios de normas y valores que pueden dar la impresión de un abismo generacional. Las generaciones más jóvenes tienden a tener una visión más abierta sobre diversidad sexual, igualdad de género o modelos de pareja, pero eso no se debe solo a que “sean más modernos”, sino a décadas de luchas sociales, cambios legales y transformaciones culturales que han reconfigurado el terreno de juego.

En cuanto al bienestar, las percepciones sobre calidad de vida, felicidad o seguridad también varían según la edad y la generación, pero aquí entran en juego factores como la salud, el apoyo social, la estabilidad económica y las expectativas. Hay jóvenes que viven con mayor incertidumbre económica que generaciones anteriores, pero también con más acceso a información, redes de apoyo en línea y nuevas formas de ocio y socialización.

Al juntar todas estas piezas, lo que emerge no es un relato de guerra frontal entre generaciones, sino un mapa complejo en el que cada cohorte se enfrenta a desafíos y oportunidades específicos, condicionados por el contexto histórico y por la interacción con el resto de la sociedad.

Una réplica al alarmismo sobre la “guerra generacional”

Uno de los aspectos más llamativos del debate público actual es la insistencia en que estamos viviendo una guerra generacional, una especie de conflicto abierto entre jóvenes y mayores por recursos escasos, reconocimiento social e influencia política. Este relato se alimenta de titulares dramáticos y de ejemplos extremos que, aunque llamativos, no representan necesariamente la tendencia general.

La obra de Duffy se presenta precisamente como una réplica necesaria a esas visiones catastrofistas que hablan del declive social, de la supuesta fragilidad de los jóvenes o del egoísmo de los mayores. Sus análisis sugieren que, en términos generales, “los chicos están bien… y sus padres también”, es decir, que la convivencia intergeneracional es mucho menos conflictiva de lo que a menudo se cuenta.

Esto no significa negar que existan tensiones, por ejemplo, en torno a las pensiones, el empleo o el acceso a la vivienda. Lo que se cuestiona es la idea de que esas tensiones se deban a una especie de choque inevitable basado en la edad, en lugar de a decisiones políticas, desigualdades económicas y modelos de desarrollo que podrían redefinirse para repartir mejor los costes y beneficios entre todas las edades.

Al mismo tiempo, el discurso alarmista sobre la guerra generacional puede generar un efecto de profecía autocumplida: si se repite continuamente que jóvenes y mayores son enemigos, aumenta la desconfianza mutua y se dificulta la construcción de soluciones compartidas. Frente a eso, la evidencia empírica muestra muchos ejemplos de cooperación y solidaridad intergeneracional, especialmente en contextos de crisis.

En lugar de alimentar un relato de bandos irreconciliables, el enfoque basado en datos invita a pensar en cómo las diferentes generaciones pueden colaborar para afrontar retos comunes como el envejecimiento poblacional, la transición ecológica, las transformaciones tecnológicas o la reformulación del Estado del bienestar.

Ver las generaciones como bloques homogéneos y enfrentados es, en última instancia, una forma de simplificar en exceso fenómenos sociales muy complejos, y de desviar la atención de las verdaderas fuentes de desigualdad y conflicto, que suelen tener más que ver con la clase social, el género, el territorio o el acceso a la educación que con el año exacto de nacimiento.

Cuestionar el mito de las generaciones no implica negar que existan cambios entre cohortes ni ignorar las tensiones reales que atraviesan nuestras sociedades; se trata más bien de poner en su sitio la idea de generación, como una pieza más del puzle y no como la explicación total de quiénes somos, qué pensamos y cómo nos relacionamos. Al desactivar los estereotipos más simplistas, se abre la puerta a un diálogo más constructivo entre edades distintas, que permita aprovechar mejor la experiencia de los mayores y la energía de los más jóvenes en lugar de enfrentarlos por sistema.

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