- El exorcismo tiene raíces antiguas en Mesopotamia, Egipto, Grecia y múltiples religiones, y siempre se ha entendido como un recurso contra fuerzas espirituales dañinas.
- En el cristianismo, especialmente en la Iglesia católica y ortodoxa, el exorcismo es un rito reglado, reservado a ministros autorizados y claramente diferenciado de enfermedades físicas y psíquicas.
- Otras tradiciones como el islam, el hinduismo, el budismo o el mormonismo mantienen también ritos propios de expulsión o apaciguamiento de espíritus.
- La cultura popular y el cine han distorsionado la realidad del exorcismo, que en la práctica suele ser discreto, prudente y sometido a normas canónicas y civiles.
El exorcismo es una de esas palabras que, en cuanto la oímos, nos lleva directos a escenas de películas, habitaciones en penumbra y voces guturales. Sin embargo, detrás de esa imagen cinematográfica hay una tradición religiosa antiquísima, presente en culturas de todo el mundo, que intenta dar respuesta a lo que se percibe como presencia o agresión de fuerzas espirituales malignas.
A lo largo de los siglos, distintos pueblos han desarrollado ritos, fórmulas, plegarias y gestos para expulsar demonios, espíritus o influencias negativas. Lo que hoy la Iglesia católica denomina «gran exorcismo» es solo una pieza de un mosaico mucho más amplio, que incluye prácticas mesopotámicas, zoroástricas, egipcias, judías, budistas, hindúes, islámicas, cristianas de varias confesiones y hasta tradiciones populares contemporáneas.
Origen y etimología de la palabra exorcismo
El término moderno «exorcismo» procede del griego antiguo ἐξορκισμός (exorkismós). Esta palabra se forma a partir del prefijo ἐξ- (ex-, ‘fuera’) y de ὅρκος (horkos, ‘juramento’), más el sufijo -ισμός (-ismós, ‘acción, cualidad’). Literalmente alude a la acción de obligar a algo o alguien mediante un juramento solemne, es decir, conjurar.
Los filólogos han relacionado ὅρκος con la idea de «lo que encierra» o «lo que cercena», como una especie de valla o bastón simbólico que se levantaba al jurar. En la mitología griega, Horkos es incluso una figura divina asociada al castigo de los perjuros, hijo de Eris, la Discordia, mencionado por Hesíodo en la «Teogonía».
En paralelo, en la cultura romana aparece Orcus, divinidad del inframundo encargada de vigilar a las almas y castigar a los que intentaban escapar. Algunos estudiosos han sugerido que pudiera existir una conexión etimológica o cultural entre ὅρκος y Orcus. De ese Orcus latino deriva el «orco» de las lenguas romances, que en castellano acabó transformándose en el término coloquial «ogro». A partir de ahí, «exorcizar» pasó a entenderse como el acto de expulsar a un demonio de una persona o de un lugar.
Primeras prácticas de exorcismo en las civilizaciones antiguas
Las evidencias más antiguas de exorcismos organizados provienen de Mesopotamia antigua. Allí, sacerdotes especializados llamados mašmāšu o āšīpu actuaban como delegados de los dioses para enfrentarse a espíritus que se consideraban causantes de enfermedades y desgracias.
Estos especialistas utilizaban diálogos rituales, palabras fijadas, gestos simbólicos, amuletos y consejos protectores y recurrían a técnicas de adivinación en Mesopotamia. Lo habitual era realizar las ceremonias al aire libre, porque los templos se reservaban estrictamente al culto divino. El exorcismo tenía, además, una dimensión social: un exorcista podía intervenir en procesos judiciales si los testigos temían estar bajo el efecto de hechizos.
Un ejemplo muy claro es la llamada «Casa del Exorcista» en Aššur, en la Asiria antigua, activa aproximadamente entre 713 y 612 a. C. En ella se encontraron más de 800 tablillas cuneiformes, incluyendo series como «Cuando el exorcista va a la casa de un enfermo» o la «profecía de Uruk», con instrucciones y textos para estos ritos. La biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, también conservaba numerosos textos exorcísticos.
Entre los sacerdotes mesopotámicos conocidos figuran mašmāšu como Anu-ikṣur, hijo de Šamaš-iddin, y Iqiša, hijo de Ištar-šum-ereš. El dios sumerio Anu era considerado patrón de los exorcistas, con epítetos que lo describen como aquel que da poder para neutralizar malos presagios y sueños impíos. En Babilonia, otro dios invocado en exorcismos era Asalluhi, ligado a Marduk.
En el Imperio sasánida, dentro del zoroastrismo, se pensaba que muchas enfermedades procedían de Arimán y de los espíritus malignos a su servicio. Por eso, además de remedios físicos, los sanadores recitaban conjuros y fórmulas rituales para cortar la influencia demoníaca.
En el Antiguo Egipto también se atribuían ciertas dolencias a la presencia de un espíritu hostil en el interior de la persona. Un sacerdote instruido realizaba el ritual de expulsión, a menudo invocando a un dios de rango superior cuya autoridad el espíritu debía obedecer. Un ejemplo clásico es la estela de Bentresch, donde se narra el exorcismo practicado a la hermana menor de la reina Ra-neferu por el sacerdote Tehuti-em-heb, con la intervención del dios Jonsu.
La Antigua Grecia también conoció exorcistas. Uno de los más famosos fue Apolonio de Tiana, a quien la tradición atribuye diversos casos de expulsión de demonios. Además, en los papiros mágicos griegos aparecen conjuros y fórmulas para alejar espíritus. Entre los mandeos, pueblo de tradición gnóstica, los sacerdotes practicaban exorcismos y los laicos utilizaban ritos y fórmulas protectoras frente a seres malignos.
Exorcismo y tradiciones asiáticas: budismo y mundo tibetano
En el budismo temprano, especialmente en la tradición pali, surge la práctica de la Paritta (‘protección’ o ‘salvaguarda’). Consiste en recitar ciertos suttas del Canon Pali para alejar desgracias, peligros y malas influencias. Se basa en la creencia en la eficacia espiritual de la Sacca-kiriyā, la afirmación solemne de una verdad profunda que se considera capaz de curar o proteger.
Escrituras como el Metta Sutta, el Dhajagga Sutta o el Ratana Sutta se utilizan con fines de protección e incluso de exorcismo, y el Āṭānāṭiya Sutta se tiene por especialmente potente contra seres hostiles. En Sri Lanka, los budistas cingaleses realizan el ritual conocido como yaktovil, en el que se invoca la protección de Buda y de la deidad Suniyam para controlar y dispersar fuerzas sobrenaturales peligrosas.
En la tradición del Tíbet, el ciclo épico del rey Gesar de Ling narra cómo los dioses, preocupados por el dominio de los demonios en la tierra, envían a Gesar para quebrar ese poder. Se interpreta que ese trasfondo mítico refleja el choque entre el budismo y las creencias locales en los siglos VII y VIII.
Una de las ceremonias religiosas tibetanas más llamativas es el Gutor, la «ofrenda del día 29» del duodécimo mes tibetano. Su finalidad es expulsar toda la negatividad, incluyendo malos espíritus y desgracias del año anterior, para iniciar el nuevo año de forma más pacífica. En esa jornada se celebran grandes danza-ritos en monasterios, especialmente en el Palacio de Potala de Lhasa; las familias limpian la casa, la decoran y cenan la sopa «Guthuk». Por la noche, la gente sale con antorchas mientras pronuncia fórmulas de exorcismo.
El exorcismo en el judaísmo bíblico y postbíblico
Las tradiciones judías contienen numerosos relatos que hoy se catalogarían como exorcismos o liberaciones. Según el Libro de los Jubileos, Dios ordenó que solo una décima parte de los demonios permaneciera en la tierra, subordinada a Mastema, mientras el resto era enviado al «lugar de suplicio». Los ángeles habrían revelado a Noé los medios para combatir esos demonios terrestres.
En el Génesis apócrifo, se presenta a Abraham imponiendo las manos sobre una persona y suplicando para expulsar un demonio. En el primer libro de Samuel, el joven David toca la cítara para aliviar a Saúl de un espíritu maligno; en el texto pseudepigráfico conocido como «Antigüedades bíblicas» de Pseudo-Filón, se narra un episodio en el que la música no basta y David compone un salmo que finalmente expulsa al espíritu.
El Testamento de Salomón es prácticamente un manual antiguo de demonología y exorcismos. El Talmud babilónico cuenta que el rey Salomón sometió al demonio Asmodeo con un anillo mágico, y se sabe, por un amuleto galileo del siglo III y por papiros mágicos griegos, que el llamado sello de Salomón era usado como protección contra demonios.
El historiador judío Flavio Josefo, en «Antigüedades judías», relata cómo un judío llamado Eleazar expulsó un demonio ante el emperador Vespasiano: acercó a la nariz del poseído un anillo con el sello de Salomón y una raíz mencionada por el rey bíblico, logrando la liberación. Entre los manuscritos de Qumrán se menciona a un «gazer» de la tribu de Judá que habría curado una úlcera maligna del rey babilonio Nabonido; algunos autores lo identifican con Daniel y entienden «gazer» como «exorcista».
En el Libro de Tobit, el demonio Asmodeo mata sucesivamente a los maridos de Sara. El arcángel Rafael indica a Tobías que queme el corazón y el hígado de un pez: el humo hace huir al demonio hasta Egipto, donde Rafael lo ata de manos y pies. También el primer libro de Enoc contiene pasajes de exorcismo y control de espíritus.
Figuras rabínicas posteriores, como Hanina ben Dosa, al que se atribuía una protección especial frente a los demonios, o Simón bar Yojai, protagonizan historias de liberaciones. En una de ellas, bar Yojai viaja a Roma y, según el Talmud, un espíritu se introduce en la hija del emperador Antonino Pío. Al escuchar a la joven gritar que llamen al rabino, este murmura unas palabras en su oído, el espíritu sale y todos los recipientes de cristal del palacio se rompen como señal. En agradecimiento, el emperador habría retirado decretos hostiles al judaísmo.
En una crónica familiar de Ahimaaz ben Paltiel se cuenta que el rabino Shephatiah exorcizó a la hija del emperador bizantino Basilio I, lo que habría contribuido a suspender un decreto forzando la conversión de los judíos al cristianismo en la ciudad de Oria. Autores cristianos antiguos como Orígenes, Justino Mártir o Luciano de Samosata también mencionan la existencia de exorcistas judíos.
Jesús, los Evangelios y el poder de expulsar demonios
En los Evangelios canónicos, el exorcismo ocupa un lugar destacado. De los veinticuatro milagros de Jesús que narran los cuatro evangelios, siete son explícitamente exorcismos: el endemoniado de Gerasa, el mudo endemoniado, el poseído ciego y mudo, la hija de la sirofenicia, el niño poseído, el endemoniado en la sinagoga de Cafarnaún y la liberación de María Magdalena y otras mujeres.
En varios pasajes (Mateo 12, Marcos 3, Lucas 11), se acusa a Jesús de expulsar demonios por el poder de Belcebú. Él responde que un reino dividido contra sí mismo no puede mantenerse en pie, argumento que muchos exegetas atribuyen a la antigua fuente Q de dichos de Jesús. En Mateo 17, Jesús menciona un tipo de demonios que solo salen con ayuno y oración, subrayando la dimensión espiritual del combate.
Los evangelios apócrifos amplían aún más este aspecto. El Evangelio árabe de la infancia describe a un niño Jesús que cura a una mujer muda y sorda supuestamente por obra de Satanás y la hechicería. También narra el caso de una mujer que, al lavarse en el río, es atacada sexualmente por Satanás en forma de serpiente; desde entonces, la serpiente la visitaba cada noche hasta que un encuentro con el niño Jesús rompe definitivamente esa esclavitud.
El Evangelio de Nicodemo, por su parte, relata el descenso de Cristo a los infiernos, donde libera las almas sujetas al poder de Satanás. Esta escena se interpreta a menudo como una gran acción exorcística a escala escatológica, equiparando la resurrección con la liberación definitiva del dominio del Maligno.
En el plano práctico, el poder de expulsar demonios es el primer encargo específico que Jesús concede a los apóstoles. En Marcos 3 y Mateo 10, los envía a predicar y a expulsar demonios; en Marcos 6, se insiste en que los manda de dos en dos con autoridad sobre los espíritus impuros. Lucas 10 cuenta cómo los discípulos regresan alegres porque «hasta los demonios se les someten» en nombre de Jesús.
Desarrollo del exorcismo en la Iglesia antigua y medieval
Entre los siglos II y III, autores como Tertuliano, Cipriano de Cartago, Ireneo de Lyon o el papa Cornelio ya testimonian la existencia de exorcistas dentro de sus comunidades. En el desierto egipcio, la figura de Antonio Abad (siglos III-IV) se hace célebre por sus luchas espirituales contra demonios y por numerosos exorcismos atribuidos a su intercesión.
En los primeros siglos no había todavía fórmulas fijas para el rito; se hablaba más bien de un carisma de expulsar demonios, muy usado por los apologistas para demostrar el poder del cristianismo frente a paganos y herejes. Tertuliano, Minucio Félix o Justino Mártir aluden a exorcismos como prueba de que Cristo actúa en la Iglesia.
Con el tiempo, el exorcismo se institucionaliza. Los Statuta Ecclesiae Antiqua, redactados en el sur de la Galia en el siglo V, muestran ya la existencia de exorcistas ordenados por los obispos, con normas escritas sobre cómo proceder. La literatura especializada crece: obras como el Malleus Maleficarum (atribuido a J. Sprenger, 1494), el Flagellum Dæmonum (V. Polidorus, 1606) o el Manuale Exorcistarum (C. Brognolus, 1720) recogen teoría y práctica exorcista.
Tradicionalmente, en la disciplina católica latina se distinguían las órdenes menores (ostiariado, lectorado, exorcistado y acolitado) de las órdenes mayores (subdiaconado, diaconado y presbiterado). El exorcista era, por tanto, un grado clerical concreto. En 1972, el papa Pablo VI suprime las órdenes menores y el subdiaconado, manteniendo los ministerios de lector y acólito, abiertos a laicos; el exorcistado deja de existir como orden, y el encargo de exorcista pasa a ser un oficio específico confiado por el obispo.
Marco canónico y ritual del exorcismo católico actual
En la legislación actual, el canon 1172 del Código de Derecho Canónico de 1983 establece que para realizar un exorcismo se requiere licencia expresa del ordinario del lugar (normalmente el obispo diocesano). El obispo solo puede confiar este ministerio a un «presbítero piadoso, docto, prudente y de vida íntegra».
En 1985, la entonces Congregación para la Doctrina de la Fe envió una carta a los obispos recordando que solo los sacerdotes autorizados pueden pronunciar exorcismos. Se prohibía explícitamente que los fieles laicos utilizaran, para estos fines, la famosa oración a san Miguel arcángel de León XIII como si fuera un exorcismo formal, y se desaconsejaba que quienes no tuvieran licencia dirigieran reuniones en las que se invocase directamente a los demonios o se realizasen oraciones de liberación con forma de exorcismo.
En 1998 se publica el nuevo Ritual de Exorcismos, «De exorcismis et supplicationibus quibusdam», que actualiza el texto de 1614 a la luz del Concilio Vaticano II y de los avances científicos. En sus Praenotanda (introducción general) se fijan normas muy precisas: el punto 17 insiste en la necesidad de consultar, si hace falta, a médicos y psiquiatras con sentido de lo espiritual; el punto 19 prohíbe hablar del exorcismo en medios de comunicación y exige discreción a los presentes; otros números permiten a las conferencias episcopales adaptar gestos y añadir un directorio pastoral para el uso del exorcismo mayor.
El Catecismo de la Iglesia Católica, en su número 1673, explica que el exorcismo es un sacramental y destaca la importancia de distinguir posesión de enfermedad, algo que corresponde a la medicina y a la psiquiatría. Señala también que en la vida de la Iglesia hay exorcismos «menores», como las fórmulas contra Satanás en el bautismo, y el llamado «exorcismo mayor» cuando se trata de expulsar a un demonio de una persona claramente afectada.
El rito del exorcismo mayor, recogido en la sección XI del Ritual Romano, prevé varios signos: señal de la cruz, imposición de manos, soplo, aspersión con agua bendita, letanía de los santos, salmos, lectura del Evangelio, recitación del Credo y del Padre Nuestro, y presentación de un crucifijo ante el poseído. Se recomienda celebrar en un oratorio o lugar adecuado, lejos del público, con una imagen de la Virgen María. Las oraciones pueden ser deprecativas (dirigidas a Dios) o imperativas (dirigidas al demonio en nombre de Cristo para que se marche).
Qué es un exorcismo según la Iglesia católica contemporánea
Desde el punto de vista teológico, la Iglesia define el exorcismo como un sacramental de protección y liberación. No confiere la gracia de la misma manera que un sacramento, pero, a través de la oración de la Iglesia, dispone y prepara a la persona para recibir la gracia y cooperar con ella.
Cuando la comunidad creyente pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona u objeto quede protegido de las asechanzas del Maligno y sustraído a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús practicó exorcismos y de Él recibe la Iglesia ese poder y encargo. En forma simple, ese exorcismo está presente en el rito del bautismo; en su forma solemne, el «gran exorcismo» solo puede ser celebrado por un sacerdote con permiso episcopal.
En la presentación del nuevo ritual en 1999, el cardenal Medina Estévez subrayó que el exorcismo parte de la fe en la existencia de Satanás y otros espíritus malignos, cuya actividad principal consiste en apartar a las personas de la salvación. Su influencia más habitual se ejerce mediante engaño, mentira y confusión, no tanto a través de espectáculos extraordinarios. Jesús es la Verdad, mientras que el diablo es definido como «padre de la mentira».
En la práctica exorcista, la persona afectada no se considera intrínsecamente mala ni plenamente responsable de todo lo que hace durante la posesión. La posesión se percibe como una manipulación involuntaria, y el exorcismo se concibe más como una cura espiritual que como un castigo. Por eso, las normas del ritual insisten en evitar cualquier violencia, limitarse a sujetar a la persona solo si hay riesgo de agresión y respetar siempre su dignidad.
Cómo se discierne un caso de posesión y qué requisitos se exigen
Antes de recurrir al gran exorcismo, la Iglesia pide una prudencia extrema. Hay que descartar, con ayuda de especialistas, que los fenómenos se deban a enfermedades físicas, psíquicas o psiquiátricas. Solo cuando se han agotado estas explicaciones y persisten signos muy concretos se valora la posibilidad de una posesión diabólica.
Entre los indicios que el ritual menciona como más significativos están: hablar o entender lenguas desconocidas para la persona; revelar cosas ocultas o distantes; manifestar una fuerza física desproporcionada a su constitución; y, unido a esto, mostrar una aversión intensa y violenta hacia Dios, la Virgen, los santos, la cruz y las imágenes sagradas. Estos signos, presentes conjuntamente y sin otra explicación, refuerzan el diagnóstico.
En la práctica pastoral, exorcistas consultados suelen mencionar también una tendencia injustificada hacia el mal, una repulsión a lo sagrado que se dispara ante la oración, los sacramentos o los objetos bendecidos, y fenómenos extraños alrededor de la persona (olores, ruidos, movimientos de objetos) difíciles de atribuir a causas naturales.
La decisión de exorcizar requiere, además, el consentimiento de la persona (o de su familia, cuando ella no puede expresarse). Si alguien rechaza ser ayudado y no desea ser liberado, el exorcista no debe forzar el rito: se entiende que la libertad humana juega un papel clave y que Dios no actúa contra la voluntad del sujeto.
Para saber si un demonio ha salido, no suele bastar un único rito. Hay que repetir la oración hasta comprobar un cambio estable: paz interior, desaparición de los síntomas, reacción normal y positiva ante lo sagrado, atracción hacia la vida de fe. A veces se realizan varios exorcismos semanales durante años para expulsar un espíritu profundamente arraigado.
Formación y perfil del sacerdote exorcista
El sacerdote designado como exorcista debe cumplir condiciones muy concretas. El Derecho Canónico pide que sea piadoso, docto, prudente y de vida íntegra. En la práctica, los obispos buscan a un presbítero con una profunda vida interior, fidelidad doctrinal y una estabilidad humana y emocional que le permita discernir con calma.
La formación incluye una parte teórica (teología del diablo y de los ángeles, historia de la demonología, psicología y psiquiatría básica, normas canónicas) y otra práctica, acompañando a un exorcista experimentado. Debe aprender a distinguir entre obsesiones, problemas psicológicos, enfermedades mentales y manifestaciones preternaturales.
La actitud espiritual que se espera de él es la de alguien que se sabe instrumento humilde en manos de Dios, apoyado en la oración, el ayuno, la Eucaristía y la confesión frecuente. No se trata de un «cazador de demonios», sino de un pastor que ayuda a liberar a quienes sufren.
Desde 1994 existe la Asociación Internacional de Exorcistas, fundada en Roma por Gabriele Amorth y René Chenesseau. Esta asociación, aprobada por la Santa Sede en 2014, agrupa en torno a centenares de exorcistas de todo el mundo (más de 900 en 2025), ofreciendo formación, intercambio de experiencias y apoyo mutuo.
Las formas de acción del demonio según Gabriele Amorth
El conocido exorcista italiano Gabriele Amorth distinguía entre la acción ordinaria del demonio, que serían las tentaciones habituales, y su acción extraordinaria, mucho menos frecuente, pero más llamativa. Dentro de esta acción extraordinaria describía seis modalidades principales.
La primera es la posesión en sentido estricto: el demonio actúa desde el interior de la persona y puede usar su cuerpo, como en el relato de Lucas 8 sobre el endemoniado geraseno. La segunda es la vejación, donde el demonio no controla al sujeto, pero provoca ataques externos intensos a sus afectos, bienes o salud, como en el libro de Job.
La tercera es la obsesión, caracterizada por pensamientos intrusivos, persistentes y desesperantes de los que la persona no puede liberarse, a menudo ligados a ideas blasfemas, de desesperación o de suicidio. La cuarta es la infestación, en la que el demonio actúa sobre lugares, objetos o animales; ya Orígenes hablaba de liberaciones de este tipo, y la entrada de demonios en los cerdos en Lucas 8 suele citarse como ejemplo bíblico.
La quinta forma son las perturbaciones físicas inexplicables, dolores y padecimientos que no responden a causas médicas y que, en algunos casos, se permiten misteriosamente para la purificación y santificación de la persona, como sugiere Pablo en 2 Corintios 12 con su «aguijón en la carne». Finalmente, está la dependencia demoníaca, cuando alguien se somete de forma voluntaria al demonio mediante un pacto a cambio de éxito, poder u otros bienes.
Respecto a las causas de estas acciones extraordinarias, Amorth enumeraba tres: en primer lugar, el pacto con el demonio, que se vincula a la dependencia demoníaca. El exorcista José Antonio Fortea recuerda que el demonio no es Dios, y por tanto no puede conceder todo lo que promete, y que basta un auténtico acto de arrepentimiento para invalidar ese pacto.
La segunda causa sería la permisión divina sin mediación humana, como en los casos de Job, Pablo de Tarso o la mística Mariam Baouardy, que habrían sufrido ataques permitidos por Dios para un bien mayor. La tercera es el maleficio, es decir, un daño realizado mediante magia o brujería contra otra persona. Según esta perspectiva, quien vive «en gracia de Dios» estaría protegido de manera especial frente a esos ataques.
Los exorcistas católicos suelen advertir contra prácticas ocultistas como la ouija, consideradas «puertas de entrada» para influencias demoníacas. Uno de los casos más conocidos es el del joven apodado «Roland Doe», sometido a un exorcismo católico en Estados Unidos en 1949, tras el uso de un tablero de ouija, caso que inspiró en parte la novela y película «El exorcista».
El exorcismo en la Iglesia ortodoxa y en otras confesiones cristianas
La Iglesia Ortodoxa conserva una tradición de exorcismo muy viva, que remonta directamente a los tiempos de Jesús. Considera la posesión demoníaca como uno de los principales medios por los que el diablo intenta esclavizar a la humanidad y rebelarse contra Dios. En su visión, tanto personas como objetos pueden ser afectados.
A diferencia de la Iglesia católica, que reserva el exorcismo mayor a sacerdotes mandatados de forma especial, en la Ortodoxia todos los presbíteros están capacitados para realizar exorcismos, sobre todo en el contexto del bautismo, donde son habituales las oraciones contra el demonio. Los sacerdotes aprenden a diferenciar posesión y enfermedad mental observando, entre otras cosas, la reacción del sujeto ante reliquias, iconos y lugares sagrados.
Los libros litúrgicos ortodoxos incluyen desde antiguo las oraciones de san Basilio y san Juan Crisóstomo, utilizadas como fórmulas de exorcismo. Teológicamente, se adopta una visión muy amplia: de algún modo, todo cristiano realiza un exorcismo cotidiano cuando lucha contra el pecado, la injusticia y el mal mediante la oración y la vida virtuosa.
En el mundo ortodoxo también pervive la creencia popular en la Vaskania o «mal de ojo», donde los celos y la envidia intensos se ven como una especie de fuerza maligna que puede dañar a otros. Aunque la Iglesia no acepta que el «mal de ojo» tenga poder autónomo comparable al demonio, sí lo considera un fenómeno moral y espiritualmente negativo y objeto legítimo de oración de protección.
En la tradición luterana, desde el siglo XVI los manuales pastorales describen tres grandes signos de posesión: conocimiento de secretos ajenos, conocimiento de lenguas nunca aprendidas y fuerza sobrenatural. Antes de cualquier exorcismo, se pide la intervención de un médico para descartar patologías. El rito se centra en expulsar al demonio con oraciones, proclamación del Credo y del Padre Nuestro, subrayando la autoridad de Cristo. Además, muchos ritos bautismales luteranos conservan un exorcismo menor al comienzo de la celebración.
Exorcismo y mormonismo: la visión de los Santos de los Últimos Días
En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), el exorcismo no es frecuente, pero está previsto. Solo puede realizarlo quien posea el sacerdocio de Melquisedec, el más alto dentro de la organización mormona, y suele ser practicado por obispos, misioneros, presidentes de misión o de estaca.
Existen dos formas principales. La primera combina la unción con aceite consagrado y la imposición de manos, seguida de una bendición específica en la que se ordena al espíritu que se vaya en nombre de Jesucristo. La segunda, más habitual, consiste en levantar la mano al cielo y ordenar al espíritu que abandone a la persona invocando el nombre de Cristo y la autoridad del sacerdocio de Melquisedec.
En los registros mormones apenas se habla de posesión demoníaca; hay, sin embargo, dos referencias importantes de su fundador, Joseph Smith. En su relato de la Primera Visión, describe cómo un poder oscuro le inmoviliza la lengua y le sumerge en una profunda angustia justo antes de ver una columna de luz más brillante que el sol. En otra entrada de su diario menciona un exorcismo practicado a un amigo, con lenguaje muy directo sobre el poder de un «ser real del mundo invisible» que le oprimía.
Exorcismos en contextos cristianos populares y riesgos sanitarios
En algunos entornos rurales de tradición cristiana, especialmente en países en desarrollo, no es raro que, ante una enfermedad, la familia llame a pastores o curanderos con fama de saber expulsar espíritus. A menudo, un grupo de creyentes se reúne en la casa del enfermo para rezar, cantar y aplicar gestos rituales, sin recurrir a la medicina.
El problema aparece cuando estos grupos se enfrentan a las autoridades sanitarias o impiden que el enfermo reciba un tratamiento adecuado. En ocasiones ni siquiera se ha pedido el consentimiento informado del enfermo -que puede ser un niño o un adulto inconsciente-, lo que ha dado lugar a casos de muertes evitables. Científicos, profesionales de la salud y parte de la opinión pública han reclamado que este tipo de prácticas, cuando sustituyen a la atención médica, sean firmemente controladas o prohibidas.
Exorcismos en el hinduismo: bhuts, mantras y deidades protectoras
En muchas tradiciones hindúes, se cree que las personas pueden ser perturbadas o poseídas por bhuts o prets, espíritus inquietos y a menudo dañinos, análogos a fantasmas o, en menor medida, a demonios. Su origen suele atribuirse a muertes violentas o a rituales funerarios mal realizados, que dejan al difunto en estado de desasosiego.
De los cuatro Vedas, el Atharva Veda es el más asociado a conocimientos sobre magia, alquimia y exorcismo. El principal medio para combatir estos seres es el mantra, es decir, la recitación de fórmulas sagradas ligadas a una deidad concreta, junto con el yajña, sacrificio u ofrenda realizada ante un fuego sagrado. Además de la tradición védica, el Tantra aporta un cuerpo esotérico de prácticas destinadas a dominar energías y entidades.
En la corriente vaishnava, que tiene a Vishnu como deidad suprema, se recurre en exorcismos a los nombres de Narasiṁha, el avatar leonino de Vishnu encargado de destruir el mal y restaurar el Dharma. También se considera eficaz la lectura del Bhagavata Purana, obra que exalta la victoria del bien sobre las fuerzas demoníacas, y el uso del Garuda Purana, centrado en temas de muerte, enfermedad y purificación espiritual.
Otro recurso popular es el himno Hanuman Chalisa, dedicado al dios mono Hánuman, paradigma de la devoción a Rama. Muchos creyentes sostienen que la sola invocación del nombre de Hánuman basta para espantar a espíritus malignos. En templos como el de Mehandipur Balaji, en Rajastán, se celebran rituales intensivos de exorcismo donde se invocan diferentes formas de Hánuman para liberar a los afectados.
El exorcismo en el islam: ruqya, Corán y curación coránica
En el islam, el concepto de exorcismo se expresa con varios términos: ṭard o dafʿ al-shayṭān/al-jinn (expulsión del demonio/genio), ʿilāj (tratamiento), ibrāʾ al-maṣrūʿ (curar al poseído) y, de manera muy frecuente, ruqya, que designa encantamientos o recitaciones con fines protectores y terapéuticos.
La ruqya consiste en recitar versos específicos del Corán que alaban y glorifican a Dios, como el Ayat al-Kursi (verso del Trono), e implorar su auxilio. También se pueden recitar las tres últimas suras: al-Ijlas (La fidelidad), al-Falaq (El amanecer) y an-Nas (La humanidad). Además, la recitación del adhán, llamada a la oración, se considera eficaz para ahuyentar jinn y otros seres no angélicos.
Los hadices que describen exorcismos realizados por el profeta Mahoma -y también algunos atribuidos a Jesús en la tradición islámica- sirven como modelo y validación de estas prácticas. En la ruqya, el sanador suele pedir al paciente que se tumbe, coloca una mano sobre su cabeza y recita los versos, aunque la postura no es estrictamente obligatoria.
Otros elementos habituales son el uso de agua de Zamzam, considerada bendita, que se puede beber o esparcir sobre la persona, y la aplicación de perfumes limpios sin alcohol, llamados ittar. Un estudio de Alean Al-Krenawi y John Graham describe la «curación coránica» en tres etapas: primero se eliminan distracciones y se advierte contra la brujería; después se determina, mediante preguntas, la posible naturaleza del espíritu (jinn, shayṭān, etc.) y el tipo de sueños o síntomas; finalmente se realiza el exorcismo propiamente dicho, con recitación de Al-Fatiha, Al-Baqara, Al-Jinn y las tres Qul, complementado a veces con agua y miel como símbolos de purificación.
Exorcismo, cultura popular y casos célebres
En las últimas décadas, buena parte de lo que la gente cree saber sobre exorcismos proviene del cine y la literatura más que de las fuentes religiosas. Libros como «El exorcista», de William Peter Blatty, y su adaptación cinematográfica, han creado un imaginario muy potente: posesiones con insultos blasfemos, levitaciones, telequinesis, fuerza sobrehumana y rechazo violento a símbolos sagrados.
La película presenta, curiosamente, a un sacerdote que también es psiquiatra y que se muestra muy escéptico durante gran parte de la historia, reflejando el debate contemporáneo entre fe y ciencia. Otro film conocido, «El exorcismo de Emily Rose», se inspira en el caso real de Anneliese Michel, joven alemana que murió en 1976 tras varios exorcismos, por desnutrición y deshidratación. Sus padres y los sacerdotes implicados fueron condenados por negligencia médica, convirtiéndose el caso en un referente sobre los límites legales y éticos de estas prácticas.
Además de la ficción, existe una bibliografía bastante amplia: desde manuales de exorcistas históricos hasta obras modernas como «Cómo enfrentar el demonio y cómo vencerlo», del arzobispo colombiano Andrés Tirado Pérez, o tratados sistemáticos de demonología cristiana publicados en los últimos años. También abundan páginas web y asociaciones privadas que ofrecen información, formación e incluso servicios a sacerdotes exorcistas.
Mirando todo este panorama, lo que se llama exorcismo resulta ser una constelación compleja de creencias, ritos y experiencias que atraviesa culturas, épocas y religiones. Desde tablillas cuneiformes hasta rituales católicos contemporáneos revisados por Roma, pasando por mantras védicos, ruqyas islámicas, suttas budistas o relatos rabínicos, la humanidad ha intentado siempre poner palabras, gestos y oraciones allí donde percibe un mal que va más allá de lo visible; y, aunque el cine haya deformado muchas veces esta realidad, en la vida diaria de las comunidades religiosas el exorcismo suele vivirse como una oración discreta de protección y sanación interior, sometida -al menos en las grandes confesiones- a normas estrictas y a un diálogo cada vez más serio con la medicina y la psicología.

