Fundación de Roma: de la leyenda a la historia

Última actualización: mayo 15, 2026
  • La fundación de Roma combina mitos como el de Rómulo y Remo con evidencias arqueológicas del siglo VIII a. C. en el Palatino.
  • Roma pasó de monarquía a república y luego a imperio, transformando sus instituciones para gobernar un territorio mediterráneo cada vez más amplio.
  • Las tensiones entre patricios y plebeyos y la expansión territorial remodelaron la sociedad romana, su sistema jurídico y el valor de la ciudadanía.
  • El colapso del Imperio occidental en 476 no puso fin a la herencia romana, continuada por el Imperio de Oriente y por el derecho y la política occidentales.

Fundación de Roma

Hablar de la fundación de Roma es meterse en uno de esos temas donde se mezclan mito, arqueología, política y hasta propaganda. Los propios romanos no se ponían de acuerdo del todo: por un lado tenían sus leyendas de dioses, lobas y héroes troyanos; por otro, una realidad histórica mucho más gris de aldeas, pastores y luchas entre pueblos vecinos.

Hoy en día sabemos que la Roma más antigua no surgió de la nada un día concreto, sino que fue el resultado de la unión gradual de varias comunidades del Lacio, como las comunidades sabinas y comunidades etruscas, asentadas en las famosas siete colinas junto al río Tíber. Aun así, la fecha tradicional del 21 de abril del 753 a. C. y las historias de Rómulo y Remo siguen siendo el punto de partida obligado para entender cómo los romanos explicaban su propio origen.

Marco histórico, geográfico y cultural de la Roma primitiva

La civilización romana se encuadra dentro de la Antigüedad clásica, un largo periodo que se suele situar entre el 753 a. C., año tradicional de fundación de la ciudad, y el 476 d. C., caída del Imperio romano de Occidente. A lo largo de estos más de doce siglos, Roma pasó por monarquía, república y finalmente imperio autocrático, dejando un legado que ha marcado a fuego la cultura occidental.

Desde el punto de vista geográfico, el mundo romano se articuló alrededor del mar Mediterráneo, que se convirtió prácticamente en un “lago romano”. La ciudad de Roma se levantó en la Italia central, a unos 28 km del mar Tirreno, sobre varias colinas en una zona estratégica donde el río Tíber se podía vadear gracias a una pequeña isla.

En su origen, Roma era una mezcla de pueblos latinos, sabinos y etruscos, con el latín como lengua principal, aunque pronto convivió con otras lenguas itálicas y, más tarde, con el griego. En lo religioso, el sistema romano arrancó del paganismo tradicional, con influencias griegas y etruscas, hasta que, a partir del siglo IV d. C., el cristianismo acabó convertido en religión oficial del Estado.

Conviene tener presente que la historia romana no fue una línea recta de progreso: hubo periodos de expansión rápida, otros de estancamiento y momentos de crisis severas, sobre todo a partir del siglo III d. C. Aun así, durante un tiempo Roma llegó a dominar toda la cuenca mediterránea y buena parte de Europa, empujando a un segundo plano a otras potencias de la Antigüedad.

A nivel cultural, la civilización romana se estudia normalmente junto a la Grecia antigua, con la que compartió y reelaboró mitos, modelos políticos, formas artísticas y literarias. De Roma heredamos, entre otras cosas, conceptos de derecho, instituciones políticas, tipos de arquitectura, una parte decisiva del vocabulario de las lenguas romances y una idea concreta de lo que es una ciudad.

La leyenda de Rómulo y Remo y los orígenes míticos

Mito de Rómulo y Remo

Según la tradición más conocida, la historia de Roma arranca en realidad muy lejos de Italia, durante la guerra de Troya. El héroe troyano Eneas, hijo de la diosa Venus, habría escapado de la destrucción de la ciudad y, tras un largo viaje por el Mediterráneo, se instaló en el Lacio. Allí se casó con Lavinia, hija del rey latino, y sus descendientes acabarían dando lugar a la estirpe de los reyes de Alba Longa.

Entre estos reyes legendarios aparece Ascanio, supuesto fundador de Alba Longa, y, varias generaciones después, los hermanos Numitor y Amulio. Este último destronó a Numitor y, para evitar problemas sucesorios, obligó a su sobrina Rea Silvia a hacerse sacerdotisa de Vesta, lo que implicaba un voto de castidad y, en teoría, que no pudiera tener hijos.

El mito da un giro cuando el dios Marte, prendado de Rea Silvia, la deja embarazada de dos gemelos, Rómulo y Remo. Amulio, temeroso de perder el trono, ordena que los recién nacidos sean arrojados al Tíber dentro de una cesta. La cesta encalla en una zona baja cercana a las colinas del futuro emplazamiento de Roma, y allí los pequeños son amamantados por una loba, Luperca, en una cueva del monte Palatino.

Más tarde, un pastor llamado Fáustulo y su esposa Aca Larentia recogen a los niños y los crían como propios. Rómulo y Remo crecen como jóvenes fuertes y valientes, hasta que descubren su origen real. Entonces regresan a Alba Longa, derrocan a Amulio, restituyen a Numitor en el trono y reciben de su abuelo tierras en la zona noroeste del Lacio.

En el año 753 a. C., de acuerdo con el cómputo tradicional, los gemelos deciden fundar una ciudad en el lugar donde la cesta embarrancó en el Tíber. Siguiendo un ritual de origen etrusco, marcan con un arado el pomoerium, la línea sagrada que delimitará la naciente Roma en el monte Palatino, la llamada Roma quadrata. Una disputa por la elección de la colina y por el respeto de los límites acaba mal: Remo cruza el surco sagrado y Rómulo lo mata, quedando como único fundador y primer rey.

De la leyenda a la arqueología: lo que sabemos del origen real

Durante mucho tiempo los historiadores modernos consideraron que el período monárquico y los primeros reyes, empezando por Rómulo, eran pura fábula. En los siglos XIX y buena parte del XX, se daba por hecho que la fecha de 753 a. C. no era más que un invento erudito posterior, y que la Roma arcaica era imposible de reconstruir.

Sin embargo, a partir de mediados del siglo XX la arqueología empezó a cambiar el panorama. En el Palatino se encontraron restos de chozas y enterramientos del siglo VIII a. C., precisamente la época que la tradición asignaba a la fundación de Roma. Parece claro que existía ya entonces un pequeño poblado que fue creciendo y extendiéndose por las laderas de otras colinas y por los valles intermedios.

También se ha podido comprobar que la zona estaba ocupada por comunidades diversas, de origen latino, sabino y etrusco, que gradualmente se fusionaron. La famosa Roma Quadrata del Palatino y otro núcleo en el Quirinal habrían acabado formando una única civitas, un verdadero núcleo urbano con espacios comunes como el futuro foro Romano.

La tradición que vincula el origen de Roma con Troya y el mundo griego responde en parte a un intento de integrar a Roma en la prestigiosa genealogía de las ciudades helénicas. Varios autores griegos defendieron ese parentesco troyano, mientras que otras tradiciones apuntaban a orígenes arcadios o aqueos. Sin embargo, las fechas de la caída de Troya (en torno al 1200 a. C.) y las evidencias arqueológicas del Lacio no encajan bien con un vínculo directo.

En paralelo a la leyenda heroica, muchos especialistas sostienen una explicación más sobria: Roma habría surgido a partir del forum Romanum, el valle entre colinas donde se celebraban mercados, reuniones y rituales comunes, y que se convirtió en el centro político y religioso de la futura ciudad. Desde ese foco se habría ido articulando la comunidad, primero bajo reyes y más tarde bajo instituciones republicanas.

La monarquía romana y las primeras instituciones

La tradición romana atribuye a la ciudad un periodo monárquico regido por siete reyes, algunos claramente legendarios y otros quizá con base histórica: Rómulo, Numa Pompilio, Tulo Hostilio, Anco Marcio, Lucio Tarquinio Prisco, Servio Tulio y Tarquinio el Soberbio. Bajo los cuatro primeros, de origen latino y sabino, la economía habría sido sobre todo agrícola y pastoril; con los Tarquinios, de raíz etrusca, Roma se habría vuelto más comercial y expansiva.

El rey (rex) concentraba el imperium, es decir, la máxima autoridad militar, política y judicial. Era elegido por el pueblo y, en cierto modo, actuaba como cabeza de una gran familia política (magister populi). Lo asistían funcionarios como los lictores, que lo precedían portando haces de varas y un hacha, símbolo de su poder coercitivo, y el praefectus urbis, encargado de la ciudad en ausencia del monarca.

En caso de que el rey muriera sin designar sucesor, se abría un periodo de interregno. Durante este intervalo, la ciudadanía escogía a un interrex por un plazo de cinco días, que podía renovarse hasta que se eligiera un nuevo rey. Es una fórmula curiosa que muestra cómo desde muy pronto los romanos desconfiaban de las vacantes prolongadas en el poder.

Frente a la figura del monarca se alzaba el senatus, el Consejo de Ancianos, formado en origen por los jefes de las distintas gens. Este senado tenía carácter vitalicio y empezó como órgano consultivo, aunque su influencia fue creciendo. Las reuniones se celebraban en el comitium, en una sala conocida como bule, y, con el tiempo, el control sobre el propio nombramiento de senadores fue pasando del linaje al rey.

La población se organizaba siguiendo un sistema de base decimal y de parentesco. Varias familias con un mismo antepasado formaban una gens; diez gens constituían una curia, diez curias una tribu y diez tribus, en teoría, una civitas. Aunque esta estructura pronto dejó de corresponderse exactamente con la realidad, se mantuvo como modelo ideal y sirvió para repartir cargas militares y representación política.

Patricios, plebeyos, clientes y el peso de la familia

En los primeros tiempos, el núcleo de la sociedad romana lo formaban los patricios, descendientes de las familias fundadoras y organizados en gens. Cada gens compartía un antepasado mítico, un apellido común (nomen gentilicium) y unos cultos privados (sacra gentilicia). Desde el principio, monopolizaron los cargos públicos, el poder religioso y el control sobre la tierra.

Al lado de estos patricios estaban los clientes, personas libres pero dependientes, muchas veces antiguos esclavos manumitidos, refugiados o extranjeros que se ponían bajo la protección de un patrón patricio. A cambio de protección, ayuda económica y defensa legal, el cliente debía lealtad, apoyo político y, en su caso, servicio militar. Tener una clientela numerosa era símbolo de prestigio.

La mayoría de la población la formaban los plebeyos, la plebs, un grupo heterogéneo de hombres libres sin privilegios políticos ni religiosos en los orígenes. Entre ellos había campesinos, artesanos y habitantes de ciudades anexionadas a Roma. No podían acceder a las magistraturas ni al sacerdocio tradicional, y su participación en la vida pública era muy limitada.

Completaban el cuadro los esclavos (servi), considerados legalmente como instrumentum vocale, herramientas que hablan. Muchos eran prisioneros de guerra y realizaban los trabajos más duros, desde labores agrícolas hasta tareas domésticas o de explotación en minas. Su número creció enormemente con la expansión militar, aunque su situación jurídica y el trato que recibían fueron evolucionando con el tiempo.

La unidad básica de la sociedad era la familia, dominada por el pater familias, que tenía amplia potestad sobre esposa, hijos, nueras, nietos y esclavos. Con la expansión de Roma y las tensiones sociales, este esquema inicial empezó a resquebrajarse, dando paso a una sociedad más compleja donde la riqueza empezó a pesar tanto o más que el origen.

Del dominio de los patricios a la República y la lucha de órdenes

El último rey, Tarquinio el Soberbio, fue derrocado en el 509 a. C. tras un levantamiento encabezado por figuras como Lucio Junio Bruto. A partir de entonces se instauró la República, un sistema que buscaba evitar la concentración de poder en una sola persona mediante una compleja red de magistraturas colegiadas y temporales, controles mutuos y asambleas populares.

En lugar del rey, el poder ejecutivo pasó a manos de dos cónsules anuales, al principio siempre patricios. El Senado, que ya existía en época monárquica, reforzó su papel como órgano de orientación política, control de las finanzas y la política exterior. Paralelamente funcionaban distintos comicios (curiales, centuriados, tribales) en los que los ciudadanos votaban leyes, elegían magistrados y decidían sobre la guerra y la paz.

La plebe, sin embargo, no estaba dispuesta a seguir siendo un convidado de piedra. En el 494 a. C., cansados de abusos, impagos y deudas, los plebeyos protagonizaron una secesión al Monte Sacro, una especie de huelga general en la que abandonaron la ciudad. Roma quedó paralizada y los patricios tuvieron que ceder, aceptando la creación de los tribunos de la plebe y la asamblea plebeya (concilium plebis).

Los tribunos de la plebe se convirtieron en una figura clave: eran magistrados sacrosantos con poder de veto (intercessio) frente a decisiones del Senado o de otros magistrados que perjudicaran a los plebeyos, y podían acudir en defensa de cualquier ciudadano plebeyo en apuros. A lo largo de los siglos, esta magistratura sería el principal instrumento de presión de la plebe.

Entre los hitos de esta larga “lucha de órdenes” destacan la redacción de la Ley de las Doce Tablas (451-449 a. C.), primer código jurídico escrito que limitó la arbitrariedad patricia; la lex Canuleia, que permitió el matrimonio entre patricios y plebeyos; el acceso progresivo de los plebeyos a magistraturas como la cuestura, el consulado o la pretura; y el reconocimiento, en el 287 a. C., de que las decisiones de la asamblea plebeya tuviesen fuerza de ley para todos.

Ciudadanía, clases sociales y órdenes en la Roma republicana

Con el tiempo, la ciudadanía romana, la civitas, se convirtió en uno de los estatus más codiciados del Mediterráneo. Ser civis implicaba una serie de derechos públicos (participar en comicios, ser elegible para cargos, apelar en casos criminales) y privados (propiedad, matrimonio válido, acceso a los tribunales), pero también obligaciones como el servicio militar, el censo periódico y el pago de impuestos, al menos hasta el 167 a. C.

La ciudadanía se adquiría por nacimiento, si al menos uno de los progenitores era ciudadano y el matrimonio era legítimo, o por concesión, tanto individual (como recompensa por servicios al Estado) como colectiva (a ciudades o pueblos aliados). También se podía perder por condenas graves, por desertar, por negarse al censo o por adoptar la ciudadanía de otra ciudad.

En la época republicana madura, la sociedad se estratificó según una mezcla de origen y riqueza. Entre los ciudadanos libres se distinguía a los honestiores (los ricos) de los humiliores (los pobres). En la cúspide estaban los miembros del ordo senatorius, una aristocracia política de familias que habían ocupado magistraturas superiores, y el ordo equester, un grupo acomodado de hombres dedicados sobre todo a los negocios y a la gestión financiera.

Mientras tanto, la distinción estricta entre patricios y plebeyos se fue diluyendo: muchas familias plebeyas ricas alcanzaron puestos de poder y se integraron en la nobilitas senatorial, mientras que patricios empobrecidos podían perder influencia. El conflicto social se desplazó, en buena medida, hacia la brecha entre ricos y pobres, especialmente después de las grandes conquistas.

Junto a los ciudadanos había libertos (esclavos manumitidos) y esclavos. Los libertos podían alcanzar una posición económica relevante y sus hijos ya nacían libres y ciudadanos, pero conservaban ciertos vínculos con su antiguo amo, ahora patrón. La esclavitud siguió siendo fundamental para la economía, aunque el pensamiento estoico y, más tarde, el cristianismo suavizaron algunas prácticas y motivaron leyes contra los malos tratos.

Expansión, provincias y reorganización del Imperio

Desde la República media, Roma empezó a expandirse fuera de la península itálica. Las guerras púnicas contra Cartago fueron decisivas: a partir del 264 a. C. y tras durísimos enfrentamientos, Roma se hizo con el control de Sicilia, Córcega, Cerdeña e Hispania. Después llegaron la conquista de Macedonia, el enfrentamiento con el Imperio seléucida y la penetración en Grecia, Asia Menor y el norte de África.

Cada nuevo territorio conquistado se transformaba en provincia, administrada por un pretor o un promagistrado (procónsul o propretor) enviado desde Roma. Así nacieron provincias como Sicilia, Hispania Citerior y Ulterior, Macedonia, África Proconsular, Asia, Siria, Galia Narbonense o Britania, entre muchas otras. Estas regiones aportaban tributos, soldados auxiliares y, en ocasiones, la caballería de las legiones romanas, además de recursos de todo tipo.

Las ciudades sometidas a Roma podían tener diferentes estatutos jurídicos: algunas gozaban de derecho romano pleno (civitas optimo iure), otras de derecho latino, otras eran civitates sine suffragio (con ciudadanía sin derecho de voto) y otras eran ciudades confederadas mediante tratados específicos. Este mosaico legal permitía a Roma controlar un territorio enorme sin uniformizarlo por completo.

La expansión trajo riqueza, pero también tensiones internas: grandes latifundios en manos de una minoría, llegada masiva de esclavos, ruina de pequeños campesinos y conflictos entre facciones aristocráticas. Las reformas frustradas de los Graco, las guerras civiles del siglo I a. C. y el ascenso de figuras como Sila, Pompeyo o Julio César son hijos de este desequilibrio.

El vencedor definitivo de las guerras civiles, Octavio (luego Augusto), transformó la República en un régimen personal, el Principado, sin abolir formalmente las instituciones republicanas, pero vaciándolas de poder real. Más adelante, las reformas de Diocleciano y Constantino reorganizaron el Imperio, introduciendo la Tetrarquía, una nueva burocracia y la fundación de Constantinopla como capital oriental.

Del esplendor imperial al colapso de Occidente y pervivencia de Oriente

Bajo Augusto y sus sucesores inmediatos, especialmente los llamados “cinco emperadores buenos” (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio), el Imperio alcanzó su máxima extensión y un notable grado de estabilidad. La pax romana favoreció el comercio, la urbanización, la difusión del derecho y una intensa actividad constructiva en todo el territorio.

No obstante, a partir del siglo III d. C. el Imperio entró en una crisis profunda: presiones en las fronteras por pueblos germánicos y orientales, inflación, inestabilidad política con emperadores efímeros nombrados por las legiones y luchas constantes por el trono. Diocleciano intentó responder con una reforma radical, creando la Tetrarquía y reforzando la estructura militar y fiscal.

El Occidente romano, lastrado por crisis internas y presiones externas, fue perdiendo territorio frente a visigodos, vándalos, hunos y otros pueblos germánicos. En el 476, el general hérulo Odoacro depuso al joven Rómulo Augústulo y envió las insignias imperiales a Constantinopla, poniendo fin simbólico al Imperio romano de Occidente.

En cambio, el Imperio romano de Oriente, al que la historiografía moderna suele llamar Imperio bizantino, sobrevivió casi mil años más, hasta 1453. Sus habitantes se consideraban romanos y mantuvieron estructuras administrativas, jurídicas y culturales heredadas de Roma, aunque profundamente transformadas por el cristianismo y las influencias orientales.

Con el paso del tiempo, la ciudadanía romana se universalizó: tras la concesión a todos los itálicos en el 89 a. C., el emperador Caracalla extendió en el 212 d. C. la civitas romana a todos los hombres libres del Imperio. Ser ciudadano dejó de ser un privilegio de unos pocos para convertirse en una condición general que, paradójicamente, restó relieve a la propia ciudad de Roma frente a otras capitales imperiales.

Mirando todo este recorrido, desde las chozas del Palatino hasta la compleja burocracia tardía, se entiende por qué la fundación de Roma no es solo una anécdota remota: en esa mezcla de mito heroico, aldeas que se unen, luchas sociales, expansión y crisis se gestó una forma de organizar la política, el derecho y la vida urbana que sigue resonando hoy, cuando hablamos de repúblicas, senados, ciudadanía o imperios con una naturalidad que, en el fondo, le debemos a la vieja Roma.

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