Galateo italiano: origen, normas y vigencia actual

Última actualización: enero 19, 2026
  • El galateo italiano nace con Giovanni Della Casa en el Renacimiento como tratado de buenas maneras centrado en la vida cotidiana.
  • Sus normas regulan apariencia, conversación y comportamiento en la mesa para evitar incomodar y ganar estima social.
  • El galateo influyó en Europa, generó versiones como el Galateo español y sigue inspirando manuales modernos de etiqueta.

galateo italiano

El galateo italiano nació en pleno Renacimiento, pero sigue influyendo hoy en cómo nos sentamos a la mesa, cómo hablamos con los demás y hasta cómo nos mostramos en público. Aunque pueda sonar a algo antiguo o estirado, detrás de estas normas hay un objetivo muy actual: convivir mejor, evitar situaciones desagradables y proyectar una imagen cuidada sin caer en la ostentación.

En el centro de todo está la idea de que un verdadero gentilhombre (y, por extensión, cualquier persona) debe ser en todo momento correcto, agradable y de buenos modales. Y, sobre todo, que no debe decir, hacer ni siquiera evocar cosas que despierten en quien escucha imágenes desagradables, indecorosas o repulsivas. Ese equilibrio entre urbanidad, humor y sentido práctico es lo que ha hecho del galateo un texto clave en la historia de la cortesía.

Qué es el galateo italiano y quién fue Giovanni Della Casa

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El término “galateo” se ha convertido en italiano en sinónimo de etiqueta, buenas maneras y reglas de convivencia, y procede de un librito muy concreto: el “Galateo overo de’ costumi”. Este breve tratado de comportamiento se redactó hacia la década de 1550 y vio la luz de forma póstuma en 1558, en Venecia, en plena efervescencia humanista.

Su autor, Giovanni Della Casa (nacido en Borgo San Lorenzo en 1503 y fallecido en Roma en 1556), fue un destacado literato, escritor y arzobispo católico. Además de su carrera eclesiástica, se distinguió como gran latinista y orador, y pasó a la posteridad precisamente por este manual de buenas costumbres que, desde el principio, cosechó un éxito enorme entre las élites cultas italianas.

Della Casa no inventó el género: ya existían libros de cortesía y manuales de conducta muy difundidos, como “El cortesano” de Baldassare Castiglione, o los textos de Alessandro Piccolomini, Luigi Cornaro o Stefano Guazzo. Pero el tono vivo, la ironía sutil y la atención a las pequeñas miserias de la vida diaria hicieron que el “Galateo” destacase entre todos ellos.

La obra se dirige sobre todo a ciudadanos acomodados que quieren causar buena impresión, no solo a cortesanos perfectos de palacio. Frente al ideal elevado y casi inalcanzable de otros tratados, aquí encontramos instrucciones sobre cosas tan prosaicas como no cortarse las uñas en público, no hurgarse los dientes o no hablar de sueños absurdos que solo interesan a quien los ha tenido.

Con el tiempo, la palabra galateo acabó designando en Italia cualquier manual de protocolo o de buenas maneras, mientras que en otros países los tratados inspirados en Della Casa tomaron nombres propios, sin que el término se generalizara tanto como neologismo.

tratado de buenas maneras

Contexto histórico y evolución de las normas de urbanidad

Para entender el impacto del galateo hay que situarlo en un proceso larguísimo de refinamiento de costumbres que, según autores como Norbert Elias, forma parte de la “civilización” de Europa. Desde la caída del Imperio Romano hasta la Edad Media avanzada, las comidas colectivas eran bastante caóticas y los límites entre lo público y lo privado, muy difusos.

Durante siglos, incluso en mesas nobles, era habitual compartir platos, vasos y utensilios por pura necesidad material: no había servicios individuales como hoy. Se comía con los dedos, se bebía del mismo recipiente y se sorbía directamente de la fuente común. En un contexto así, en el que la boca y las manos de todos pasaban por los mismos alimentos, tenía aún más sentido fijar reglas para no resultar repugnante o invasivo.

Ya desde la época de Carlomagno hubo intentos de poner orden en la mesa y en el ceremonial, como reacción a prácticas consideradas bárbaras tras la fragmentación del mundo romano. Más tarde, autores medievales como Pedro Alfonso (siglo XII) daban consejos tan concretos como que, si uno tenía que escupir durante la comida, lo hiciera discreta y estratégicamente, sin ensuciar bancos ni zonas comunes.

En el siglo XIII, las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio incluían pasajes muy detallados sobre educación en la mesa: no hablar mientras se mastica, no llenar la boca tanto que parezca que uno se va a ahogar, evitar tomar el bocado con toda la mano para no parecer glotón, comer despacio para no enfermar por mala digestión, lavarse las manos antes y después de comer, no limpiarse en la ropa, no cantar mientras se come porque parece alegría de borracho, o no abalanzarse sobre la escudilla común como si uno quisiera toda la comida para sí.

Este espíritu normativo continuó con Brunetto Latini, Bonvesin da la Riva, Francesc Eiximenis y muchos otros, que en los siglos XIV y XV siguieron afinando las pautas de decoro. El XVI, sin embargo, fue especialmente fértil en este tipo de tratados, con obras como el ya mencionado “De civilitate morum puerilium” de Erasmo de Rotterdam (1530), centrado en la formación de los jóvenes en buenos modales, especialmente en la mesa.

En ese caldo de cultivo aparece el “Galateo” de Della Casa, que se convierte en un hito italiano y fija, con mucho sentido común y un punto de humor, buena parte de lo que entendemos por educación en sociedad.

Galateo, política y prestigio cultural en la Europa del Renacimiento

Los historiadores subrayan que el “Galateo” no es solo un manual de urbanidad simpático, sino también un producto de un momento político delicado. Entre 1494 y 1559, la península italiana fue escenario de guerras continuas y ocupaciones por ejércitos franceses, españoles y germanos. Las clases dirigentes italianas, humilladas y sacudidas por las injerencias extranjeras, se volcaron en definir ideales culturales que marcaran distancias respecto de esos “bárbaros” del norte.

En este contexto, la reflexión sobre la lengua ideal (el proyecto toscano de Pietro Bembo), la figura del cardenal perfecto, los modelos arquitectónicos o el general ideal se suma a los tratados sobre el caballero bien educado y de impecables modales. Al delimitar con tanta precisión cómo debe vestir, hablar, sentarse o bromear un “hombre de bien”, los autores italianos estaban enviando un mensaje implícito: “somos quienes mejor sabemos comportarnos en Europa”.

El “Galateo” se apoya, además, en una moral armoniosa y sencilla heredada de Aristóteles, en particular de la “Ética a Nicómaco” y su teoría del justo medio. Della Casa, como Erasmo, busca evitar los extremos: ni grosería ni afectación ridícula, ni frialdad distante ni familiaridad invasiva; se trata de ajustarse al entorno con gracia y mesura.

De hecho, el propio Della Casa llega a afirmar que el ser humano no debe limitarse a hacer cosas buenas, sino ejecutarlas con gracia. Esa gracia sería la especie de brillo que nace de la adecuada proporción y armonía entre todos los elementos de una acción: tono de voz, gestos, palabras, postura, momento elegido, etcétera.

Críticos como Giulio Ferroni han visto en el “Galateo” una norma muy restrictiva, casi asfixiante, basada en la cautela, la autocensura y un punto de hipocresía, hostil a la originalidad y a las salidas de tono. Otros estudiosos, en cambio, señalan que el texto refleja una forma moderna de entender al individuo dentro de una red de relaciones en la que la cortesía, el autocontrol y la competencia intercultural resultan fundamentales.

Estructura del “Galateo” y recepción a lo largo de los siglos

Aunque se nos ha transmitido como un librito compacto, el “Galateo” no nació con la división en capítulos que conocemos hoy. El manuscrito latino conservado en el Vaticano (antes Parraciani Ricci), con correcciones autógrafas de Della Casa, carece de título y de secciones numeradas; fueron editores posteriores, como Erasmus Gemini en la edición veneciana de 1558, quienes fijaron muchos pasajes y variantes.

La obra fue precedida por un breve tratado en latín, “De officiis inter tenuiores et potentiores amicos” (1546), donde Della Casa reflexionaba ya sobre las obligaciones entre amigos de distinto rango social. En su época, el latín seguía siendo el idioma de las élites intelectuales, y el autor era reputado como uno de los mejores prosistas y oradores en esa lengua.

Paradójicamente, el “Galateo” ganó una cierta fama de texto pedante y recargado por culpa de su solemne inicio con la palabra arcaizante “conciossiacosaché”. Sin embargo, críticos como Giuseppe Baretti y poetas de la talla de Giacomo Leopardi lo situaron casi a la altura de Maquiavelo como modelo de prosa italiana del siglo XVI, calificándolo como una de las más elegantes y “áticas” de su tiempo.

Versiones modernas cuidaron ese legado: ediciones al cuidado de Emanuela Scarpa o Gennaro Barbarisi en Italia, y traducciones al inglés como las de R. S. Pine-Coffin, Konrad Eisenbichler y Kenneth R. Bartlett, o la muy citada de M. F. Rusnak. Todas ellas han contribuido a que el “Galateo” siga siendo estudiado como un texto clave en la cultura renacentista.

Además, el libro ha sido leído en relación con autores como Dante y Boccaccio, a quienes Della Casa cita o imita con frecuencia, especialmente al recrear un estilo vivo, narrativo y cercano al de las novelas del “Decamerón”. Sus comentarios sobre la lengua, por otra parte, conectan con el ideal toscano propuesto por su amigo Pietro Bembo en esos mismos años.

Normas de conducta: de la apariencia a la conversación

En los primeros capítulos, Della Casa expone la idea central: un caballero ha de ser siempre cortés, agradable y de buenas maneras. Puede parecer que la modestia en el vestir o en el hablar pesa menos que la magnanimidad o la constancia, pero esas pequeñas virtudes son decisivas para ganarse el aprecio de quienes nos rodean.

Una de las reglas básicas es no provocar imágenes indecorosas en la mente ajena. Esto se traduce en evitar referencias escatológicas, no aludir de forma explícita a necesidades fisiológicas y no subrayar, con gestos o comentarios, asuntos que el pudor social prefiere ocultar. Por ejemplo, no conviene que se note que uno acaba de salir del baño, ni es correcto sonarse y acto seguido ponerse a examinar el pañuelo.

Del mismo modo, el galateo insiste en que hay que contener el impulso de escupir, bostezar o hurgarse los dientes en público. No se trata solo de no hacerlo, sino de evitar cualquier gesto que recuerde a quienes nos acompañan funciones corporales que se consideran privadas y potencialmente desagradables.

La apariencia exterior importa: la ropa ha de ser adecuada al rango social y a las costumbres vigentes, bien cuidada y sin extravagancias que llamen la atención en exceso. El objetivo es integrarse con naturalidad en el entorno, no convertirse en el centro de todas las miradas por desaliño o por exceso de lujo.

Un capítulo clave es el dedicado a la conversación. Della Casa recomienda tratar asuntos que interesen a la mayoría de los presentes, respetar a todos en el modo de dirigirse a ellos y huir de las discusiones mezquinas o vulgares. No conviene interrumpir ni ayudar apresuradamente al interlocutor a encontrar las palabras, porque eso puede interpretarse como una falta de paciencia o de respeto.

También desaconseja alargar relatos sobre sueños o anécdotas sin sustancia: la mayoría de los sueños, dice con cierta mala leche, son bastante idiotas y solo entretienen a quien los ha tenido. En general, el criterio es no aburrir ni incomodar con temas que no aportan nada a la buena armonía del grupo.

El arte de estar en sociedad: ceremonias, halagos y movimientos

El galateo dedica parte de su contenido a la presencia en actos públicos y ceremonias. Habla de cómo comportarse cuando se reciben honores o se participa en ritos sociales que implican saludos formales, cortesías o gestos de respeto. Si se nos hacen honores, no es buena idea rechazarlos de plano, porque podría interpretarse como soberbia o desdén hacia quien los ofrece.

Al mismo tiempo, Della Casa desconfía de la adulación excesiva y del servilismo. El buen tono exige una cortesía sincera, no una cadena de lisonjas vacías dirigidas a quien ostenta poder o riqueza. La frontera es fina: se trata de reconocer méritos sin caer en la humillación propia ni en la falsedad.

En cuanto al modo de moverse, el autor recomienda evitar tanto la precipitación como la desgana. Un caballero no debe echar a correr como si estuviera escapando de algo, pero tampoco caminar arrastrando los pies. La moderación y la firmeza en el paso forman parte de ese “buen porte” que inspira confianza y respeto en los demás.

En los últimos capítulos se subraya que todas las acciones deben hacerse con propiedad y gracia. No basta con cumplir la letra de la norma; hay que hacerlo de manera que resulte agradable a quienes nos rodean y coherente con el propio carácter. La rigidez artificiosa es tan inoportuna como la dejadez total.

El galateo en la mesa: de lo asqueroso a lo refinado

Donde el “Galateo” se vuelve más gráfico es en sus reglas sobre conducta en la mesa, muchas de ellas de una claridad meridiana. Varios pasajes se dedican a describir comportamientos que generan asco o incomodidad, precisamente para advertir contra ellos. El lector moderno puede sonreír, pero la lógica de fondo sigue teniendo sentido.

Por ejemplo, se critica al que, al servir vino o comida que otros van a tomar, introduce la nariz en la vasija para oler o “catar” y luego opinar. Aunque no caiga nada de la nariz, la mera idea ya resulta desagradable. Mejor que cada cual pruebe solo aquello que va a beber o comer él mismo, sin contaminar los alimentos de los demás.

No es correcto ofrecer de beber en el mismo vaso en el que uno ya ha bebido, salvo quizás con personas muy allegadas o criados de absoluta confianza. Y tampoco se ve con buenos ojos pasar a otro una pera o manzana después de haberle metido un bocado: compartir sí, pero no a través de lo que uno ya ha masticado.

Della Casa se burla de quienes comen “como puercos con el hocico metido en el plato”, sin levantar la cabeza ni mover las manos, con los carrillos hinchados como si soplasen en una hoguera. Para él, eso no es comer, sino engullir. La buena educación implica tomarse la comida con calma, masticar con discreción y no convertir el acto de alimentarse en un espectáculo grotesco.

Otra manía que condena es la de aquellos que, en reuniones festivas, se distinguen por ser especialmente escatológicos: revolver platos y bebidas, hacer chascarrillos desagradables sobre la digestión de los demás o alardear de suciedad como si fuera un chiste simpático. Aunque el grupo se ría, al final se les acaba considerando groseros y sucios, algo que en círculos refinados deja muy mala imagen.

Los criados que sirven en la mesa tampoco se libran: no deben rascarse la cabeza ni ninguna otra parte del cuerpo delante de sus señores, especialmente mientras estos comen; tienen que llevar las manos visibles, sin esconderlas en el regazo o bajo la ropa, y mantenerlas tan limpias que no se aprecie rastro de mugre. Su comportamiento forma parte del espectáculo de la comida y contribuye a la sensación de orden y limpieza.

Cuando se asan frutas o se tuesta pan sobre brasas, Della Casa desaconseja soplar para quitar la ceniza. Mejor sacudir suavemente en el plato o apartar con cuidado la suciedad. Lo mismo al servir caldo demasiado caliente: soplar la sopa de los amos es una imprudencia, sobre todo si quien lo hace no es una persona tan cercana como para que no se le tenga asco. Soplar sobre la comida ajena, dice, es poco considerado.

En la mesa, tampoco conviene rascarse a placer. Si es ineludible escupir, debe hacerse discretamente y con buena forma, recordando que hay pueblos donde apenas se escupe nunca y, en cualquier caso, uno puede aguantarse un poco. La idea es no poner en primer plano actos fisiológicos que perturban el ambiente de la comida.

Se recomienda evitar comer con tanta ansia que provoquemos hipo o jadeos, algo que incomoda a quienes están alrededor. Refregarse los dientes con la servilleta o con el dedo, enjuagarse la boca y escupir el agua de manera visible son actos que van contra el decoro. Y, por supuesto, no se debería abandonar la mesa con el palillo en la boca o detrás de la oreja, como si uno fuera un pájaro que lleva pajas al nido o un barbero.

Reclinarse sobre la mesa, hincharse de comida hasta deformar las mejillas o hacer aspavientos para mostrar lo mucho que ha gustado el plato o el vino son costumbres más propias de taberneros y bebedores charlatanes que de personas bien educadas. El elogio de la comida se hace con mesura, sin convertirlo en espectáculo.

Otra cuestión sutil es la de invitar de forma insistente a quien ya está sentado a la mesa: frases como “no has comido nada esta mañana” o “come de esto, que si no, parece que no te gusta nada” pueden hacer que el invitado se sienta cohibido o sometido a lástima. Presentar comida de nuestro plato directamente al de otro solo se justifica cuando hay una clara diferencia de rango que convierte el gesto en un honor; entre iguales, puede parecer un intento de situarse por encima.

Al mismo tiempo, no está bien rechazar con brusquedad lo que otro nos ofrece en señal de cortesía, porque se interpretaría como desprecio o reprimenda. El punto medio, como casi siempre en el galateo, es la clave.

Del “Galateo español” a otros manuales modernos

El impacto del galateo trascendió pronto las fronteras italianas. En España se publicó en 1584 una adaptación, el “Galateo español”, traducido por Domingo de Becerra. Este texto, dentro de la tradición de tratados de cortesanía de la época, se diferencia del original en que se dirige no solo al cortesano de palacio, sino a cualquier persona que quiera seguir normas de buena conducta cotidiana.

La obra se organiza en quince capítulos de extensión variada y se presenta como un manual para educar a un hermano del propio autor en el arte de ser apreciado y querido por la gente. A los fragmentos traducidos casi literalmente del texto de Della Casa se suman chistes, acertijos y hasta cuatro capítulos completos añadidos por el adaptador para acercar aún más el contenido a un público más amplio.

Es llamativa la incorporación de la novelita “Historia del gran Soldán”, utilizada como ejemplo práctico de cómo narrar bien. Esta historia alcanzó gran popularidad en su momento, y muestra hasta qué punto el galateo, en versión española, aspiraba a ser algo más que una lista de normas: quería entretener y enseñar a la vez.

Durante el siglo XVII, el galateo español de Lucas Gracián Dantisco tuvo mucha repercusión, influenciando la literatura de conducta y cortesía. Más adelante, ya en la Ilustración, las cartas de Lord Chesterfield recogieron muchos de estos principios de urbanidad, y hasta existe un manuscrito de autoayuda de George Washington donde se aprecia la huella del galateo.

En el ámbito anglosajón, el “Galateo” se tradujo al inglés ya en 1575 (versión de Robert Peterson), por lo que pudo encontrarse en los puestos de libros de la Londres de Shakespeare. Críticos modernos han señalado que el humor y la teatralidad del texto ayudan a entender ciertos recursos cómicos del propio Shakespeare, siempre atento a las formas sociales, a la ironía y al contraste entre cortesía y grosería.

En Estados Unidos, la primera edición americana del “Galateo” apareció en Baltimore en 1811, con un curioso apéndice sobre cómo cortar y servir carnes, lo que demuestra hasta qué punto la etiqueta en la mesa seguía siendo un asunto práctico de primera categoría.

Del Renacimiento a hoy: buenas maneras, feminidad y vida cotidiana

Con el paso del tiempo, el concepto de galateo se ha ido actualizando y reinterpretando. Hubo épocas en las que se consideró que las normas de buenas maneras servían sobre todo para confinar a las mujeres en un papel ornamental, ocultando su inteligencia y su capacidad tras una fachada de delicadeza, linaje y comportamiento impecable.

Ese modelo fue muy criticado en el siglo XX, cuando muchas autoras y autores recordaban que las señoras no estaban obligadas a esconder su “cerebro” detrás del galateo ni de un buen apellido. En español se llegó a decir claramente que ese esquema pudo valer en otras épocas, cuando las mujeres tenían que ocultar su inteligencia detrás de las buenas maneras y las costumbres, pero que ya no era aceptable en sociedades que aspiraban a la igualdad.

Al mismo tiempo, han proliferado manuales modernos que recuperan el término galateo para explicar cómo comportarse en la vida diaria: desde cómo presentarse en una reunión de trabajo hasta qué decir (y qué callar) en un encuentro de negocios, pasando por las buenas maneras en redes sociales o la forma adecuada de elegir palabras según el contexto.

Estos libros contemporáneos proponen un recorrido por temas como la historia del galateo, las reglas para ser un comensal educado, las normas básicas en la mesa, los secretos para ser un caballero que resulte agradable a las mujeres, o las pautas para ser una “señorita” bien considerada en la sociedad actual. El tono suele ser práctico, prometiendo convertir al lector en una persona “de nivel” y “ammodo”, capaz de moverse sin desentonar en cualquier entorno.

También se abordan cuestiones curiosas, como normas extravagantes en distintos países o las sorprendentes reglas que debe seguir la familia real británica. No faltan capítulos dedicados a cómo ser un buen ciudadano, un estudiante respetable o un profesional correcto, ni reflexiones sobre la comunicación en la era digital, donde el bon ton se extiende a correos, mensajes y publicaciones en redes.

Todo ello demuestra que, aunque el contexto social haya cambiado por completo desde el siglo XVI, la preocupación de fondo sigue siendo la misma: evitar incomodar a los demás, mostrar respeto y proyectar una imagen coherente con el entorno. La forma concreta de hacerlo se adapta, pero la lógica del galateo continúa muy viva.

La trayectoria del galateo, desde los consejos sobre no escupir en la mesa hasta los manuales que enseñan a comportarse en reuniones de trabajo o en redes sociales, revela una constante histórica: las sociedades necesitan códigos, más o menos explícitos, que permitan compartir espacios sin sobresaltos, equilibrando la libertad individual con la comodidad de quienes nos rodean; entender ese hilo conductor ayuda a ver el galateo italiano no como una reliquia polvorienta, sino como una pieza clave de la historia de la convivencia y de la imagen personal.