Generación del 27: origen, contexto, autores y características

Última actualización: marzo 21, 2026
  • La Generación del 27 fue un grupo de poetas españoles que renovó la poesía uniendo tradición clásica y vanguardias europeas.
  • Compartieron edad, formación, amistad, espacios comunes como la Residencia de Estudiantes y un homenaje conjunto a Góngora en 1927.
  • Su poesía evolucionó desde la "poesía pura" a una fuerte rehumanización marcada por el surrealismo, la guerra y el exilio.
  • Su influencia alcanza a toda la poesía española posterior y se amplía hoy incluyendo a las creadoras conocidas como Las Sinsombrero.

Generación del 27

La llamada Generación del 27 es uno de esos grupos literarios que parecen tocados por una especie de estrella: en apenas unos años se juntaron poetas y artistas capaces de darle la vuelta a la poesía española sin romper con sus raíces. Eran jóvenes cultos, inquietos, con ganas de experimentar, que miraban a Góngora y a Garcilaso con el mismo interés con el que seguían el surrealismo, el futurismo o las vanguardias más atrevidas que llegaban de Europa.

Bajo esa etiqueta se agrupa a un conjunto de poetas españoles que comenzaron a publicar en la década de 1920 y que, en 1927, se reunieron para rendir homenaje a Luis de Góngora en el tricentenario de su muerte. A partir de ese acto simbólico, la crítica fijó el nombre de «Generación del 27», aunque alrededor de ese núcleo de autores se movieron también prosistas, pintores, músicos, cineastas y pensadoras que completan un momento cultural realmente espectacular.

Qué es la Generación del 27 y por qué se llama así

Cuando hablamos de Generación del 27 nos referimos, sobre todo, a un grupo de poetas de altísimo nivel que renovaron la lírica española del siglo XX. Supieron combinar el amor por la tradición -desde el Romancero hasta el Barroco- con las corrientes de vanguardia europeas, como el simbolismo, el futurismo, el creacionismo o el surrealismo, y lo hicieron sin convertirse en un movimiento político organizado ni en una escuela cerrada.

El nombre procede de un acto muy concreto: el homenaje a Luis de Góngora celebrado en Sevilla en diciembre de 1927, cuando se cumplían 300 años de la muerte del poeta cordobés. Allí se reunieron nombres como Pedro Salinas, Rafael Alberti o Gerardo Diego, entre otros, para reivindicar a un Góngora que en ese momento era casi un «poeta maldito» del Siglo de Oro, poco leído y muy mal entendido. A partir de ese encuentro, la crítica empezó a hablar de «generación».

Fue, además, Gerardo Diego quien fijó el canon del grupo con su antología «Poesía española. Antología 1915-1931», publicada en 1932. En ella reunió a autores como Salinas, Guillén, Dámaso Alonso, el propio Diego, García Lorca, Alberti, Prados, Cernuda, Altolaguirre, Aleixandre o Larrea, colocando alrededor a sus «tutores» (Unamuno, los Machado, Juan Ramón Jiménez, etc.) y consolidando así la imagen de bloque generacional.

Contexto histórico y vital de la Generación del 27

La Generación del 27 se forma y madura en un período de cambios acelerados para España y para Europa. A nivel político, los poetas pasan en pocos años por la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), la proclamación de la Segunda República (1931) y, finalmente, el estallido de la Guerra Civil en 1936, que rompe de manera brutal la trayectoria del grupo.

En el plano cultural, España se abre a las vanguardias internacionales y a nuevas formas de entender el arte, pero sin dejar del todo atrás el peso de la tradición. Madrid actúa como centro neurálgico: la Residencia de Estudiantes se convierte en una auténtica «torre de control» intelectual donde conviven o coinciden Lorca, Dalí, Buñuel, Salinas, Alberti y tantos otros, en un ambiente de tertulias, lecturas, bromas, cine, música y creación compartida.

El grupo comparte también una serie de rasgos biográficos: edades cercanas y origen social parecido. La mayoría de estos autores nacen entre 1892 y 1905, provienen de familias burguesas acomodadas y reciben una sólida formación universitaria. Esa combinación de comodidad material relativa y apertura cultural facilita que puedan dedicarse a leer, escribir, viajar y experimentar.

En política, sin ser un bloque homogéneo, predominan las posturas liberales y republicanas. Muchos apoyan con entusiasmo la II República, participan en proyectos educativos, se acercan al compromiso social y, con la Guerra Civil, sufren de lleno las consecuencias: el asesinato de García Lorca, el exilio de Alberti, Cernuda, Salinas, Prados, Altolaguirre, etc., y el llamado «exilio interior» de otros como Vicente Aleixandre o Dámaso Alonso.

Rasgos generacionales: lo que comparten como grupo

Más allá de las diferencias de estilo, los integrantes del 27 comparten una serie de notas generacionales que permiten agruparlos como movimiento: edad semejante, formación parecida, redes de amistad y proyectos editoriales y culturales comunes.

Su vida intelectual gira sobre todo alrededor de Madrid y la Residencia de Estudiantes, pero también de instituciones y revistas como la Revista de Occidente (dirigida por Ortega y Gasset), La Gaceta Literaria (de Giménez Caballero), Litoral (de Prados y Altolaguirre en Málaga), Carmen (de Gerardo Diego en Santander) o Verso y Prosa (suplemento murciano dirigido por Juan Guerrero Ruiz). Estas publicaciones funcionan como altavoces y espacios de reconocimiento mutuo.

Otro elemento clave es la conciencia de grupo y la amistad personal. Se leen, se comentan, se critican, se apoyan, discuten y se rinden homenaje unos a otros. Muchos colaboran juntos en proyectos, antologías y actos literarios, como el famoso homenaje sevillano a Góngora que los «bautiza» como generación.

Además, comparten maestros muy concretos. Reconocen en Juan Ramón Jiménez al modelo de la llamada poesía pura, depurada y exigente, mientras que de Ortega y Gasset toman ideas sobre el arte deshumanizado y la función de la estética. Miran también hacia atrás, a los clásicos españoles: Berceo, Manrique, el Romancero, Garcilaso, fray Luis, san Juan de la Cruz, Lope de Vega y, por supuesto, Góngora.

Características literarias de la Generación del 27

El sello fundamental de la Generación del 27 es la síntesis de tradición y vanguardia. Los poetas no rompen con el legado clásico, sino que lo abrazan, lo estudian con rigor filológico (sobre todo mediante los trabajos de Dámaso Alonso sobre Góngora) y lo combinan con las novedades más rompedoras del momento: ultraísmo, creacionismo, futurismo, surrealismo…

En cuanto a influencias, Rubén Darío y el modernismo dejan una huella visible en los primeros libros, tanto en el ritmo como en la musicalidad. De Juan Ramón Jiménez toman la búsqueda de una poesía pura, esencial, que elimine lo anecdótico para quedarse solo con lo estrictamente poético. Al mismo tiempo, se dejan seducir por la libertad imaginativa del surrealismo, que penetra especialmente a partir de finales de los años 20.

Desde el punto de vista formal, la poesía del 27 destaca por el uso intensivo de la metáfora y la imagen. La metáfora se convierte en el recurso rey: arriesgada, sorprendente, a veces de difícil interpretación, cercana en ocasiones a las asociaciones oníricas de los sueños. Junto a ella abundan la sinestesia, los símbolos personales y un lenguaje que oscila entre lo culto y lo coloquial.

En métrica, estos poetas se mueven con soltura entre lo clásico y lo innovador. Utilizan con naturalidad sonetos, romances, villancicos y canciones, pero también incorporan el verso libre, el verso blanco (medido pero sin rima) y el versículo de extensión variable que recuerda a ciertos pasajes bíblicos. Se aprecia una reducción del énfasis en las formas modernistas y un interés por crear ritmo a través de repeticiones, paralelismos y estructuras sintácticas.

Su estética pasa, de manera general, por distintas fases: de una primera etapa de poesía muy formalista y «pura», centrada en la belleza del lenguaje, se evoluciona hacia una rehumanización progresiva, especialmente bajo la influencia del surrealismo y de la situación política, hasta desembocar en una poesía mucho más existencial, social y desgarrada tras la Guerra Civil.

Temas y motivos centrales en su poesía

En el conjunto de la Generación del 27 se pueden rastrear algunos temas recurrentes que aparecen una y otra vez, aunque cada autor los aborda a su manera. Una clasificación muy útil es la propuesta por Rocío Lineros Quinteros, que destaca cuatro grandes ejes: la ciudad, la naturaleza, el amor y el compromiso social.

La ciudad moderna se presenta al principio como espacio de progreso y modernidad, escenario de la vida contemporánea y de sus novedades tecnológicas. Sin embargo, a finales de los años 20 y comienzos de los 30, la mirada se vuelve cada vez más crítica: la urbe aparece como un entorno hostil, deshumanizado, que aplasta al individuo, algo muy visible en «Poeta en Nueva York» de Lorca.

La naturaleza es otro motivo insistente: el mar, los jardines, la luna, los paisajes andaluces, castellanos o gallegos, las playas de la infancia, los cielos nocturnos… En muchos casos la naturaleza se carga de simbolismo: puede ser refugio, espejo del yo, espacio mítico perdido o fuerza impersonal que devora al hombre, como ocurre a veces en Aleixandre.

El amor ocupa un lugar central, ya sea como experiencia que da plenitud y sentido o como fuente de sufrimiento, frustración y conflicto. En algunos poetas, como Salinas, se convierte en el eje absoluto de la obra, mientras que en otros, como Cernuda, aparece marcado por la imposibilidad, la soledad y la censura social ligada a la homosexualidad.

El compromiso social y político se hace más notorio a partir de 1930 y, sobre todo, con la Guerra Civil. Varios miembros del grupo se lanzan abiertamente a la poesía de denuncia, al canto al pueblo, al testimonio del dolor colectivo. En los exiliados, además, el tema del destierro, la nostalgia de España y el recuerdo de los amigos muertos se convierten en obsesión literaria.

Etapas de la Generación del 27

Si se mira el recorrido del grupo en conjunto, pueden distinguirse tres grandes etapas cronológicas, aunque cada poeta tenga su evolución particular. Estas fases sirven para ordenar un poco la enorme diversidad interna del movimiento.

La primera es la etapa inicial, hasta 1927. Aquí dominan la influencia de Bécquer, de los modernistas y, sobre todo, de la poesía pura de Juan Ramón Jiménez. Se persigue una belleza casi abstracta: poemas muy cuidados, a menudo deshumanizados, donde la anécdota sentimental queda reducida al mínimo. Es el momento de libros como «Poemas puros, poemillas de la ciudad» de Dámaso Alonso, «Presagios» de Salinas, «Marinero en tierra» de Alberti o «Manual de espumas» de Gerardo Diego.

La segunda etapa, que va de 1928 al inicio de la Guerra Civil, está marcada por la irrupción del surrealismo y por una clara rehumanización. Salvo excepciones como Salinas y en parte Guillén, casi todos incorporan imágenes oníricas, asociaciones libres, temática más angustiada y una creciente atención a los problemas humanos y sociales. En estos años se publican obras clave como «Romancero gitano» y «Poeta en Nueva York» de Lorca, «Sobre los ángeles» de Alberti, «La destrucción o el amor» de Aleixandre o «Donde habite el olvido» de Cernuda.

La tercera fase corresponde al período posterior a la Guerra Civil, cuando el grupo como tal se ha deshecho. Lorca ha sido asesinado en 1936 y buena parte de los poetas vive en el exilio. La poesía se tiñe entonces de dolor existencial, memoria, denuncia del fascismo, reflexión sobre la muerte y el paso del tiempo. En España, los que permanecen (Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego) abordan el llamado exilio interior, con libros tan contundentes como «Hijos de la ira».

Principales autores de la Generación del 27

Aunque el listado puede ampliarse según el criterio que se adopte, suele considerarse núcleo del 27 a nombres como Salinas, Guillén, Diego, Lorca, Alberti, Aleixandre, Prados, Cernuda y Altolaguirre, a los que se suman con frecuencia otros como Adriano del Valle, Melchor Fernández Almagro o Juan José Domenchina. Veamos de forma sintética las aportaciones de los más representativos.

Pedro Salinas (1892-1951)

Pedro Salinas, madrileño, es a menudo recordado como «el poeta del amor», aunque su obra es bastante más compleja. Su producción suele dividirse en tres grandes etapas: una inicial, influida por Juan Ramón Jiménez y por la poesía pura, donde se combinan depuración formal y cierto gusto por las vanguardias («Presagios», «Seguro azar», «Fábula y signo»); una segunda, en los años 30, centrada en la experiencia amorosa con libros fundamentales como «La voz a ti debida», «Razón de amor» y «Largo lamento»; y una tercera, ya en el exilio, donde aumenta el tono reflexivo y cívico en obras como «El contemplado» o «Todo más claro».

En los poemas amorosos de la segunda fase, el amor se concibe como fuerza que da sentido al mundo y que permite al yo poético construirse de verdad. Su lenguaje es aparentemente sencillo, pero muy trabajado, con un tono conversacional que lo hace cercano y, a la vez, sofisticado. En la última etapa, marcada por la experiencia del exilio y por el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Salinas incorpora una mirada crítica hacia la realidad, como se aprecia en textos donde denuncia, por ejemplo, la amenaza de la bomba atómica.

Jorge Guillén (1893-1984)

Jorge Guillén, vallisoletano, representa como pocos la vertiente más optimista y luminosa de la Generación del 27, al menos en su primera época. Su obra se articula en torno a grandes ciclos poéticos, sobre todo «Cántico» y «Clamor». «Cántico» fue creciendo a través de varias ediciones y recoge su visión afirmativa de la realidad: el mundo como algo bien hecho, digno de ser celebrado, con un lenguaje concentrado, abstracto y de gran musicalidad.

Tras la Guerra Civil y el exilio, Guillén da paso a una mirada mucho más sombría y crítica, cristalizada en el ciclo «Clamor» («Maremagnum», «Que van a dar en la mar», «A la altura de las circunstancias»). Aquí el poeta ya no canta solo la plenitud del ser, sino el dolor histórico, la destrucción bélica, la injusticia y el absurdo, aunque aún mantiene un alto grado de elaboración formal. El contraste entre la fe inicial en el mundo y la constatación posterior del horror es uno de los rasgos más llamativos de su evolución.

Gerardo Diego (1896-1987)

Gerardo Diego, cántabro, destaca por ser uno de los poetas del 27 más versátiles y técnicamente virtuosos. Su obra se mueve en dos grandes direcciones: una vanguardista, donde asimila el ultraísmo y el creacionismo («Imagen», «Manual de espumas»), y otra tradicionalista, en la que recupera con maestría formas clásicas como el romance, la décima o el soneto («Soria», «Versos humanos», «Alondra de verdad»).

Él mismo definió la poesía creacionista como «crear lo que nunca veremos«, subrayando esa voluntad de levantar mundos autónomos mediante la palabra, sin partir necesariamente de la realidad observable. Temáticamente, su lírica abarca desde el paisaje y la música hasta la tauromaquia y la religión, con muy escasas incursiones en lo político o social, salvo en obras como «Odas morales». Además, fue una figura clave como antólogo y teórico del grupo.

Dámaso Alonso (1898-1990)

Dámaso Alonso, también madrileño, combinó una intensa labor como investigador y crítico literario con una obra poética que atraviesa dos grandes fases. En la primera, se adscribe a la poesía pura, con influencias claras de Machado y de Juan Ramón, como se aprecia en «Poemas puros, poemillas de la ciudad», donde predominan composiciones breves, limpias, muy controladas, con un lenguaje sencillo pero pulido.

Tras la Guerra Civil, Alonso publica en 1944 «Hijos de la ira«, libro decisivo para la poesía de posguerra en España. En él aparece una voz desgarra-da, angustiada, que cuestiona a Dios, la injusticia y el sufrimiento humano con una intensidad poco habitual hasta entonces. Esta línea se conoce como «poesía desarraigada» y marca un punto de inflexión: su estilo se vuelve directo, violento, casi prosaico en ocasiones, pero de gran fuerza expresiva, y ejercerá una poderosa influencia en los poetas posteriores.

Federico García Lorca (1898-1936)

Federico García Lorca, granadino, es probablemente el nombre más popular de la Generación del 27, tanto por la calidad de su obra poética y teatral como por las circunstancias trágicas de su asesinato en 1936. Su poesía suele dividirse en dos grandes etapas: una primera en la que se fusionan tradición y elementos populares con influencias cultas (Juan Ramón, Rubén Darío, Góngora), y una segunda marcada por el surrealismo.

En la primera fase destacan libros como «Canciones» y «Romancero gitano», donde se mezclan la imaginería andaluza, los gitanos, la noche, la luna, el agua, el erotismo y la muerte, con una musicalidad extraordinaria. El amor aparece casi siempre teñido de fatalidad y frustración, y se da voz a personajes marginados o reprimidos, algo que también encontraremos en su teatro.

En la segunda etapa, Lorca se sumerge en el surrealismo y en una escritura más oscura y hermética, sin abandonar del todo su compromiso con los oprimidos. La obra clave aquí es «Poeta en Nueva York«, libro nacido de una profunda crisis personal durante su estancia en Estados Unidos. En él arremete contra la ciudad capitalista, deshumanizada y mecanizada, a través de un torrente de metáforas, imágenes insólitas y versículos que retratan una urbe infernal donde el ser humano se ve atrapado y anulado.

Vicente Aleixandre (1898-1984)

Vicente Aleixandre, sevillano afincado en Madrid, es uno de los grandes renovadores de la lírica española del siglo XX y Premio Nobel de Literatura en 1977. Para él, la poesía es ante todo comunicación, un intento de establecer un vínculo profundo entre el yo y el tú, entre el individuo y el universo. Su trayectoria se suele dividir en tres momentos bien marcados.

En la primera etapa domina un tono pesimista y cósmico: el ser humano aparece como criatura dolorida que ansía fundirse con la tierra y la naturaleza, en un universo violento y erótico a la vez. Obras como «Pasión de la tierra», «Espadas como labios» o «La destrucción o el amor» muestran una clara influencia surrealista y un uso muy libre del verso, con imágenes de gran potencia en torno al deseo, la muerte y la fusión amorosa.

En el segundo periodo, con libros como «Historia del corazón«, Aleixandre abandona en parte el surrealismo para centrarse más en el hombre concreto y en sus relaciones, situando el corazón humano -sus afectos, miedos y esperanzas- en el centro del poema. El pesimismo se atenúa y se abre paso una solidaridad más explícita con los otros.

Su tercera etapa, representada por «Poemas de la consumación» o «Diálogos del conocimiento», se caracteriza por una mirada meditativa sobre la vejez, el paso del tiempo y la condición humana. El tono se vuelve más sereno, pero no menos profundo, y el poeta reflexiona desde una cierta distancia melancólica sobre lo vivido.

Emilio Prados (1899-1962)

Emilio Prados, malagueño, es uno de los grandes olvidados del 27, pese a que su obra es amplia y muy valiosa. Su poesía suele organizarse en tres etapas. En la primera, con libros como «Tiempo», «Canciones del farero», «Vuelta», «Misterio del agua» o «Cuerpo perseguido», se aprecia la huella de Juan Ramón Jiménez y del neopopularismo andaluz, con una voz contemplativa que busca disolverse en la naturaleza.

En el segundo periodo, Prados da un giro hacia la poesía social y política, incorporando recursos del surrealismo al servicio de un compromiso claro con la causa republicana y con los oprimidos. Obras como «El llanto subterráneo», «Llanto en la sangre» o «Cancionero menor para combatientes» son un buen ejemplo de cómo el lenguaje vanguardista puede ponerse al servicio de la denuncia.

La tercera etapa coincide con su exilio en México y se caracteriza por una intensidad emotiva muy marcada, ligada a una crisis existencial profunda. Libros como «Jardín cerrado», «Memoria del olvido», «Antología» o «Río natural» giran en torno al recuerdo, la pérdida, la identidad rota y el intento de recomponer un yo herido por la historia y la distancia.

Rafael Alberti (1902-1999)

Rafael Alberti, gaditano, fue además de poeta un excelente pintor, y quizá sea, junto a Lorca, la figura más emblemática de la lírica andaluza del siglo XX. Su producción se suele dividir en tres grandes bloques. En el primero domina el neopopularismo y la nostalgia marinera de su tierra natal, como se ve en «Marinero en tierra», «La amante» o «El alba del alhelí», donde destacan las formas tradicionales, el ritmo sencillo y un tono entrañable.

En la segunda etapa, a raíz de una crisis espiritual y existencial, Alberti se orienta hacia el surrealismo con libros como «Cal y canto» y, sobre todo, «Sobre los ángeles», una de las cumbres de la poesía española del siglo XX. Aquí afloran los ángeles como figuras simbólicas de la angustia, la culpa, la pérdida de la fe y el derrumbe interior, expresados mediante imágenes libres, versículos y un lenguaje visionario.

La tercera fase está marcada por la República, la Guerra Civil y el largo exilio. En esta época se acentúa la poesía política y la añoranza de España, con títulos como «Sermones y moradas», «Entre el clavel y la espada» o «Coplas de Juan Panadero». Alberti se convierte en un poeta-militante, sin renunciar a la calidad estética, que canta tanto la esperanza revolucionaria como la tristeza del destierro.

Luis Cernuda (1902-1963)

Luis Cernuda, sevillano, es uno de los poetas del 27 con universo más íntimo y dolorido. Toda su obra está atravesada por un pesimismo existencial muy marcado, por el conflicto entre deseo y realidad, por la soledad y por la imposibilidad de armonizar la vida con los ideales. Su producción suele dividirse en dos grandes etapas: antes y después del exilio.

En la primera, hasta la Guerra Civil, destacan libros como «Los placeres prohibidos» y «Donde habite el olvido», muy influidos por el surrealismo en el plano formal, pero ya cargados de esa melancolía tan característica. El amor, en muchos casos homosexual, aparece chocado contra una sociedad represiva, y el sujeto poético se siente extranjero en su propio mundo.

En la segunda etapa, ya fuera de España, Cernuda desarrolla en obras como «Las nubes» o «Desolación de la quimera» una poesía del destierro y la memoria, donde se mezclan la evocación de la infancia, la reflexión sobre el tiempo, el resentimiento hacia el país que lo expulsó y la conciencia de ser, casi siempre, un solitario. Rechaza cada vez más la rima y los ritmos marcados, y se acerca a un verso libre coloquial, muy cercano a la sensibilidad de los poetas de la segunda mitad del siglo XX.

Manuel Altolaguirre (1905-1959)

Manuel Altolaguirre, malagueño, fue además de poeta un importante impresor y editor, responsable de revistas clave como «Litoral». Su obra poética suele dividirse en una etapa anterior a la Guerra Civil y otra posterior. En la primera destacan libros como «Las islas invitadas», «Ejemplo», «Poesía» y «Soledades juntas», donde se aprecia la huella de Garcilaso, Juan Ramón o Salinas, con una gran musicalidad, versos breves y formas clásicas.

Durante el exilio se consolida una segunda etapa, con títulos como «Nube temporal», «Fin de un amor» o «Poemas de América», en la que predominan un tono espiritual y casi místico, y temas como la soledad, la memoria, la pérdida y la búsqueda de sentido. Sus versos, a menudo breves y depurados, logran una intensidad emocional muy alta con recursos mínimos.

Otros autores relacionados y figuras cercanas

Junto al núcleo más citado, se suelen incluir o vincular a la Generación del 27 otros poetas y prosistas como Adriano del Valle, Melchor Fernández Almagro, Juan José Domenchina, José Bergamín, o incluso el «epígono» Miguel Hernández, cuya poesía, aunque ya de la generación siguiente, bebe claramente de Góngora, del 27 y del compromiso político de los años 30.

En torno al grupo gravitó también una constelación de artistas de otras disciplinas: pintores como Dalí, Maruja Mallo, Francisco Bores, Manuel Ángeles Ortiz, Pancho Cossío o Gregorio Prieto; músicos como Falla, los Halffter o Pittaluga; cineastas como Luis Buñuel o Val del Omar; narradores como Max Aub, Rosa Chacel, Benjamín Jarnés o Antonio Espina. Todo ello refuerza la idea de que el 27 no fue solo una generación poética, sino un auténtico terremoto cultural.

Las Sinsombrero: las mujeres de la Generación del 27

Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de la Generación del 27 se pensaba casi exclusivamente en un grupo de hombres. Sin embargo, hubo un conjunto de creadoras -pintoras, escritoras, filósofas, poetas- que compartieron espacios, inquietudes y proyectos con ellos y que también formaron parte de ese impulso renovador. Hoy se las conoce como Las Sinsombrero, en alusión a un gesto simbólico: pasear sin sombrero por la Puerta del Sol como acto de rebeldía contra las normas sociales de la época.

Entre estas figuras destacan Maruja Mallo (pintora), Margarita Manso (pintora), Ángeles Santos (pintora), Margarita Gil Roësset (escultora, ilustradora y poeta), María Zambrano (filósofa y ensayista), María Teresa León (escritora), Rosa Chacel (narradora), Ernestina de Champourcin (poeta) o Concha Méndez (poeta, guionista y escritora). Todas ellas contribuyeron a la modernización cultural y social del país, aunque durante décadas quedaron relegadas en los manuales.

Recuperar sus nombres y sus obras permite tener una visión mucho más completa y justa de lo que fue realmente la Generación del 27, mostrando que aquel estallido creativo fue también protagonizado por mujeres que rompieron moldes, se exiliaron, escribieron, pintaron y pensaron al mismo nivel que sus colegas varones.

La Generación del 27, con sus poetas, prosistas, artistas y pensadoras, sigue funcionando hoy como un auténtico volcán de referencia en la cultura española: de ellos heredan algo todas las promociones posteriores, desde los poetas del 50 hasta los autores actuales, y su mezcla de rigor clásico, atrevimiento formal y compromiso humano continúa siendo un modelo difícil de igualar.

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