- La peseta fue la unidad monetaria oficial de España y sus territorios desde 1868 hasta la llegada del euro en 2002.
- Su evolución refleja los cambios políticos del país, pasando por la monarquía, la República, la dictadura franquista y la democracia.
- El sistema monetario incluyó una rica variedad de monedas y billetes con apodos populares como la rubia, el duro o el talego.
Hablar de la peseta es hacer un viaje directo a las entrañas de la identidad española. No fue solo una herramienta para comprar el pan o pagar el alquiler, sino que se convirtió en un símbolo nacional que convivió con nosotros durante más de un siglo, reflejando en sus metales y papeles cada bache y cada acierto de nuestra historia moderna.
Desde aquel decreto que la impuso como moneda única hasta que el euro acabó por desplazarla, la peseta tuvo una vida agitada. Pasó por manos de reyes, presidentes y dictadores, y aunque hoy ya no tenga valor legal, sigue viva en la memoria colectiva y en el lenguaje cotidiano de millones de personas que aún calculan mentalmente cuánto cuestan las cosas en «pelas».
Los cimientos y el nacimiento oficial

Aunque la peseta se oficializó en el siglo XIX, sus raíces son más antiguas y tienen un aroma muy catalán. La palabra proviene de peceta, que es el diminutivo de peça (pieza), refiriéndose a pequeñas monedas de plata. Ya en 1706, durante la Guerra de Sucesión, se acuñaron piezas de dos reales en Barcelona que la gente ya llamaba así. Más tarde, en 1808, bajo la dominación napoleónica de José I Bonaparte, empezaron a acuñarse monedas con el nombre oficial de peseta en tierras catalanas.
Sin embargo, el momento clave llegó el 19 de octubre de 1868. El ministro de Hacienda, Laureano Figuerola, firmó el decreto que instauró la peseta como unidad monetaria nacional. El objetivo era doble: por un lado, borrar los rastros de la monarquía borbónica tras el triunfo de la Gloriosa y, por otro, adaptar España al sistema métrico decimal y a la Unión Monetaria Latina, liderada por Francia. Así, la peseta sustituyó al antiguo escudo, aunque en la calle se siguió hablando de reales durante mucho tiempo.
La moneda como espejo de la política

El diseño de las monedas siempre fue un termómetro del poder. En los inicios, se mantuvo el escudo nacional y la efigie real. Pero con la llegada de la Segunda República, se produjo una ruptura tipológica total, introduciendo motivos republicanos. Fue en esta época, concretamente en 1937, cuando apareció la famosa «rubia», una moneda de latón con el rostro de una mujer que representaba a la República.
Tras la Guerra Civil, el régimen de Franco dio un giro radical. Se retiraron los metales preciosos y se impuso el retrato del general, primero en una versión joven y luego en una de madurez. Durante décadas, los españoles llevamos la cara de Franco en el bolsillo, hasta que la llegada de la democracia trajo la imagen de don Juan Carlos I y el Escudo Real. Curiosamente, a partir de 1990, la tradición monárquica se abrió para dar paso a motivos culturales y artísticos, con monedas dedicadas a comunidades autónomas y personajes históricos.
Billetes, metales y el lenguaje de la calle

La peseta no solo eran monedas; los billetes también contaron una historia. Los primeros aparecieron en 1874, destinados principalmente a entidades financieras por su alto valor. Con el tiempo, la devaluación obligó a emitir billetes de valores menores. En los años 70 y 80, vimos la llegada de billetes de 5.000 y 10.000 pesetas para facilitar los pagos grandes, culminando en la serie de 1992 que rendía homenaje al descubrimiento de América.
Lo más castizo de la peseta era, sin duda, el lenguaje. No todo era nominal. La moneda de 5 céntimos era la perra chica y la de 10 la perra gorda, debido a que el león grabado parecía más un perro. La moneda de 5 pesetas era el duro, término que se convirtió en la unidad de medida real para mucha gente. Los billetes también tenían sus motes: el de 1.000 pesetas era el talego o napo, y el de 5.000 el boniato, por su color marrón.
El ocaso y la transición al euro
A finales de los 90, la peseta empezó a perder fuerza frente a la realidad europea. El 31 de diciembre de 1998 dejó de cotizar oficialmente, aunque seguimos usándola en el día a día hasta enero de 2002. Durante dos meses, el euro y la peseta convivieron en los bolsillos, hasta que el 1 de marzo de 2002 el euro se quedó solo como moneda legal. El tipo de cambio se fijó en 166,386 pesetas por euro, una cifra que muchos redondeamos a 166,67 para facilitar las cuentas.
El proceso de canje fue largo. Primero se pudieron cambiar en bancos y luego únicamente en el Banco de España. El plazo final para retornar las pesetas terminó el 30 de junio de 2021, cerrando así un ciclo de 133 años de vigencia. Como curiosidad, miles de toneladas de metal de las antiguas monedas acabaron recicladas para fabricar desde barriles de cerveza hasta hélices de barco y tuberías de refrigeración.
Presencia internacional y curiosidades
La peseta no solo fue española. Guinea Ecuatorial utilizó la peseta ecuatoguineana hasta 1975 y hoy en día la peseta saharaui existe como moneda conmemorativa. Incluso en Perú se acuñaron algunas piezas con este nombre en 1880. En Puerto Rico, todavía hay quien llama «peseta» a la moneda de 25 centavos de dólar, manteniendo vivo el término a través de las generaciones.
Para los que sienten nostalgia, existen diversos monumentos a la peseta en ciudades como Fuengirola, Estepona o Tres Cantos, donde se han erigido esculturas gigantes de las monedas de aluminio. Estas obras recuerdan que, más allá del valor económico, la peseta fue la compañera de camino de millones de personas, un pedazo de metal que ayudó a construir la España contemporánea.
Esta moneda recorrió un camino larguísimo, desde sus humildes inicios como una piececita de plata en Barcelona hasta convertirse en el motor económico de un país que pasó por monarquías, repúblicas y dictaduras. Su legado no reside ya en el valor de cambio, sino en la cultura popular, los apodos curiosos y esa capacidad de los españoles para seguir haciendo cuentas en duros y kilos incluso décadas después de que el euro tomara el relevo.




