- El praemium militar romano se financió con el aerarium militare y nuevos impuestos, asegurando pensiones y tierras a veteranos.
- Emérita Augusta, León y Barcino ilustran cómo veteranos fundaron o consolidaron ciudades en Hispania tras 25 años de servicio.
- Leyes como la Lex cionaria y los collegia completaron la red de protección social, luego regulada por la Lex Iulia de collegiis.
La idea de acoger a retirados en nuestras tierras viene de muy lejos. Mucho antes de que hablásemos de jubilación como tal, Hispania ya fue el destino elegido para miles de veteranos del ejército romano. Entre ríos, calzadas y teatros, hay lugares, como Mérida, donde hoy puedes caminar por calles modernas mientras los ecos de Roma siguen marcando el paso.
En ese contexto, los legionarios que completaban décadas de servicio recibían un premio de retiro y, a menudo, un lugar donde asentarse. De aquella política nacieron colonias de veteranos como Emérita Augusta, y muchos campamentos se convirtieron en ciudades prósperas. A su alrededor florecieron mitos, monumentos y una memoria social que nos permite reconstruir cómo se entendía entonces el derecho a descansar tras servir al Estado.
¿Cómo funcionaba la “jubilación” militar en Roma?
Antes de que existiesen sistemas pensionales universales, Roma articuló una protección de los mayores en el ámbito civil y militar. En el plano familiar, la llamada Lex cionaria o «ley de la cigüeña» imponía a los hijos la obligación de cuidar a sus ascendientes, inspirándose en el comportamiento de esas aves que protegen y alimentan a sus progenitores cuando estos envejecen. Esta mentalidad de deber recíproco permeó también la manera de tratar a los veteranos.
En el ejército, el retiro se materializaba en un praemium, un pago único o prestación al finalizar el servicio activo. En tiempos de Augusto, ese premio equivalía a unos doce años de salario, con cuantías de referencia bien conocidas: 20.000 sestercios para los pretorianos y 12.000 para los legionarios. La cifra se mantuvo estable hasta la época de Caracalla, ya entrado el siglo III.
Las exigencias de servicio variaban según el cuerpo. La guardia pretoriana requería dieciséis años (había sido menor con anterioridad), las legiones exigían veinte, los auxilia veinticinco y la flota veintiséis. Con Augusto llegó el gran cambio: la obligación de los legionarios pasó de veinte a veinticinco años. No era una carrera para cualquiera; hablamos de largas campañas, formaciones extenuantes y destinos lejos de casa.
La realidad demográfica pesaba lo suyo. Un recluta que entraba en torno a los 18-20 años podía alcanzar la licencia honorable, la honesta missio, alrededor de los 43-45 años. Sin embargo, no todos llegaban: los estudios epigráficos muestran una mortalidad elevada entre los 27 y 35 años, justo entre el séptimo y el decimoquinto año de servicio, cuando la dureza de la vida castrense y las guerras pasaban su factura más alta.
Las licencias no eran automáticas: se tramitaban tras una verificación administrativa y una suerte de “encuesta” entre compañeros de armas sobre la conducta del veterano. Hubo épocas en las que, por falta de caja, se estiró el servicio para retrasar pagos. De hecho, fuentes antiguas aluden a que ciertos emperadores otorgaban muy pocas licencias esperando que la vejez hiciera su trabajo, una táctica dura que evidencia hasta qué punto la financiación condicionaba el retiro.

Emérita Augusta: colonia de veteranos en Hispania
Mérida, la Emérita Augusta romana, fue fundada en el 25 a. C. por Augusto para asentar a soldados licenciados de las legiones V y X tras las guerras cántabras. La ubicación no fue casual: el enclave quedaba protegido por los ríos Guadiana y Albarregas, que actuaban como barreras naturales, y pronto se amuralló para adaptarse a las necesidades de sus habitantes. Nació así una colonia modélica, con todas las dotaciones propias de una ciudad romana que se preciara de tal.
El gran emblema emeritense es su teatro. Reconstruido en el siglo XX bajo la dirección de Menéndez Pidal, fue considerado «príncipe» de los monumentos locales. La escena luce sillares marmóreos, columnas corintias, capiteles, arquitrabes, friso y cornisa, y en su día albergó esculturas de Proserpina, Plutón y Ceres (hoy las que vemos son réplicas; los originales se custodian en el Museo Nacional de Arte Romano, obra de Rafael Moneo). Con capacidad para unas seis mil personas, el graderío se dividía por clases sociales. Lo mejor: ha recuperado su función original y hoy vuelve a llenarse de vida.
Junto a él se alza el anfiteatro, el espacio predilecto de la plebe para ver combates de gladiadores y fieras. Se ha planteado que una de sus estancias estuvo dedicada a Némesis, divinidad a la que se encomendaban quienes iban a la arena. En la Mérida actual, la devoción popular se inclina más bien por Santa Eulalia, cuya huella religiosa y festiva vertebra buena parte de la identidad local.
Santa Eulalia cuenta con su basílica, cripta y romería, y da nombre a la principal calle de la ciudad, que sigue el trazado del decumanus. En la sala Decumanus se conservan restos de la calzada y de antiguas tabernae. La iniciativa Mecenas, que implicó a la ciudadanía en la conservación del patrimonio mediante aportaciones a cambio de entradas y descuentos, dio un empujón a la puesta en valor de estos espacios. Y la tradición cuenta que una niebla espesa cubre Mérida en diciembre por uno de los martirios de la santa, cuando el cielo, para preservar su pudor, la veló con un manto que aún hoy recuerdan los emeritenses.
El circo romano de la ciudad impresiona por su planta completa. Su aforo quintuplicaba el del teatro y los espectáculos eran financiados a menudo por políticos que aprovechaban los intermedios de carreras de cuadrigas para lanzar mensajes al electorado. Merece la pena visitar, además, el mosaico de las Medusas en la Asamblea de Extremadura y la llamada casa del Mitreo, con su célebre mosaico cosmológico.
La ingeniería hidráulica también dejó huella. Los pantanos de Proserpina y Cornalvo, todavía operativos, abastecían a Mérida a través del acueducto de los Milagros. Y cuando el viajero busca cambiar de registro, puede asomarse a lo que dejaron visigodos y árabes: el Museo de Arte Visigodo (instalado en el antiguo convento de Santa Clara) y la Alcazaba, desde cuya muralla se dominan el puente romano y, a lo lejos, el puente Lusitania, obra contemporánea de Calatrava. No hay que olvidar que la Vía de la Plata partía de aquí para conectar Emerita Augusta con Asturica Augusta (Astorga), revalidando el papel de Mérida como nodo de comunicaciones.

Otras ciudades y asentamientos de veteranos
La política de asentar eméritos fue amplia. En muchos casos, los campamentos permanentes acabaron originando núcleos urbanos estables. Un ejemplo paradigmático es León, levantada sobre el castra de la Legión VII, que fue ganando población civil y veterana alrededor del corazón militar.
También hubo destinos muy cotizados en zonas prósperas y bien comunicadas. Barcino, la Barcelona romana, aparece en la tradición como uno de esos lugares donde a más de un veterano le tentaba quedarse a vivir: clima amable, comercio pujante y un entorno urbano que ofrecía oportunidades a quien había colgado el escudo y el pilum.
No todos, sin embargo, querían parcelas en regiones remotas. Las fuentes reflejan recelos a recibir lotes en tierras pantanosas o montañosas de difícil explotación. De hecho, muchos veteranos preferían establecerse cerca de su antiguo campamento, en un “país de adopción” ya conocido, con vínculos sociales creados durante el servicio. Hay estudios que señalan que las desmovilizaciones se agruparon periódicamente y que el Estado, pese a las promesas de tierra, no dejó un rastro documental claro de compras masivas para deducciones coloniales por parte del aerarium militare. La aspiración más común era asegurar una vejez tranquila, con un capital ahorrado (se mencionan topes de ahorro de 250 denarios) y ventajas propias de su estatus de veterano.
En la práctica, el itinerario ideal era sobrevivir a la mitad de compañeros, terminar 25 o 26 estipendios, recibir el premio prometido —doce años de salario para un legionario en época flavia, diez en ciertos periodos posteriores— y elegir entre instalarse en una colonia de veteranos o volver a la órbita del campamento, con un prestigio social acumulado que valía tanto como el capital económico.

Protección social más allá del ejército: de la Lex cionaria a los collegia
El ecosistema romano de cuidados no se limitaba al ejército. La ya citada Lex cionaria imponía el deber de asistir a los mayores, trasladando al ámbito legal un principio moral básico en la sociedad romana: la familia como primera red de apoyo. Esta norma, recordada por su metáfora de las cigüeñas, explica por qué la vejez digna era entendida en clave de obligación familiar.
Junto a ello funcionaban los collegia, asociaciones privadas con fines religiosos y sociales, vinculadas a barrios, profesiones o cultos concretos. Sus miembros, de muy diversos estratos, se dotaban de normas internas y fondos comunes. Con esas aportaciones, los más acomodados sufragaban necesidades de los menos favorecidos: desde alimentos hasta un entierro digno, pasando por redes de apoyo mutuo que hoy llamaríamos solidarias.
El problema llegó cuando algunos poderosos instrumentalizaron los collegia para controlar precios, saltar a la política o ejercer dominación en los barrios mediante presiones e impuestos oficiosos. Para atajar esas derivas, Augusto impulsó la Lex Iulia de collegiis, que disolvió buena parte de las asociaciones, salvo las de mayor antigüedad y reconocimiento, y sometió la creación de nuevas a autorización caso por caso del Senado. Fue una manera de preservar el lado social de estas entidades sin permitir que se convirtieran en redes de clientelas peligrosas.
Tensiones financieras y el aerarium militare: impuestos para pagar pensiones
La gran innovación fiscal de Augusto para asegurar el pago a los veteranos fue la creación, en el año 6 d. C., del aerarium militare, un tesoro militar específico. Para llenarlo, se activaron tributos como el impuesto del 5% a herencias y legados (vicesima hereditatium, conocido también como vicesima populi Romani) y el 1% a las ventas (centesima rerum venalium). Estos ingresos estaban explícitamente ligados al fondo de pensiones castrense, hasta el punto de que, cuando se pidió su abolición, se recordó por edicto que era el único sostén del erario militar y que la República sucumbiría si el veterano no posponía su retiro hasta cumplir el vigésimo año de servicio. El mensaje era claro: el compromiso con los eméritos exigía una fiscalidad estable y suficiente.
Incluso así, no faltaron crisis. Tras las guerras, los picos de licenciamientos ponían contra las cuerdas a la tesorería. En ese contexto se explica que, en ocasiones, se alargase de facto el servicio o se dosificasen licencias. La promesa de tierras y dinero siguió funcionando como herramienta de reclutamiento y retención: emperadores como Vitelio apelaron a esos premios para llamar a filas a veteranos en situaciones desesperadas, sabiendo que el praemium tenía un poder de atracción probado.
Al final, el Estado romano combinó varios recursos: premios en metálico, dotaciones de tierras (a menudo en zonas conquistadas para afianzar fronteras), colonias de veteranos y, sobre todo, una narrativa de honor y estatus. Convertirse en veteranus significaba ascender en la escala social desde una posición humilde y asegurarse una vejez más digna que la de muchos contemporáneos. La milicia, vista así, funcionaba como un plan de ahorro a largo plazo con aportaciones periódicas (estipendios) y un capital final en forma de dinero, tierras y prestigio cívico.
De Roma a hoy: ecos en el sistema español de pensiones
Aunque la jubilación romana estaba centrada en los militares, la idea de garantizar ingresos al término de la vida activa ha viajado hasta nuestros días. En España, el germen del sistema moderno comenzó en 1908 con el Instituto Nacional de Previsión, orientado a financiar el retiro de trabajadores, y dio un salto clave en 1919 con el Retiro Obrero, primer sistema público y obligatorio. Con la Constitución de 1978 se asienta el actual modelo de Seguridad Social, que fue afinado con el Pacto de Toledo de 1995 para reforzar su sostenibilidad, modulando edad de retiro y revalorizaciones conforme a la inflación, un debate que, al igual que en Roma, depende siempre de la salud de las cuentas.
Si uno compara, el paralelismo es sugestivo: ya entonces se requerían fuentes de financiación estables, reglas claras sobre cuándo y cómo se accedía al retiro, y un equilibrio entre promesas políticas y posibilidades reales. No deja de resultar irónico que Roma, con su potente ingeniería institucional, también sufriera tensiones para costear pensiones justo cuando más veteranos decidían colgar el casco.
Mirar a Hispania y a Roma a través de la jubilación de sus soldados permite entender ciudades como Mérida o León, la logística fiscal del aerarium militare, la función de las leyes familiares y los collegia, y el papel de los veteranos como colonizadores y vecinos. A ras de suelo, los eméritos buscaban lo mismo que cualquiera hoy: seguridad, arraigo y tiempo para vivir sin sobresaltos. Entre ríos y calzadas, teatros y acueductos, esos hombres que sobrevivieron a la milicia nos legaron ciudades y relatos que todavía hoy sostienen, en buena medida, lo que creemos sobre el trabajo, el retiro y la memoria de un país.



