- La epopeya de los Diez Mil nace del fracaso del golpe de Ciro el Joven contra su hermano Artajerjes II, que deja a miles de mercenarios griegos aislados en el corazón del Imperio persa.
- La batalla de Cunaxa demuestra la superioridad táctica de la falange hoplita frente a la masa imperial, pero la muerte de Ciro convierte la victoria táctica en un callejón sin salida estratégico.
- La retirada hacia el Mar Negro, narrada por Jenofonte en la Anábasis, combina decisiones tácticas brillantes, durísimas penurias materiales y una organización interna ejemplar.
- El relato de Jenofonte reveló la vulnerabilidad persa, influyó en estrategias posteriores como las de Alejandro Magno y se consolidó como un clásico de la literatura militar y de viajes.
La epopeya de los Diez Mil es una de esas historias que parecen sacadas de una novela, pero que ocurrieron de verdad: miles de mercenarios griegos perdidos en el corazón del Imperio persa, sin jefe, sin patrocinador y rodeados de enemigos, tratando desesperadamente de volver a casa. De aquella odisea terrestre nos ha quedado un testimonio privilegiado, la Anábasis de Jenofonte, un relato vibrante escrito por alguien que no sólo lo vio todo, sino que además mandó a esos hombres durante buena parte del viaje.
Detrás del célebre grito «¡Thalassa! ¡Thalassa!» (¡El mar, el mar!), con el que los griegos estallaron de emoción al ver por fin el Mar Negro desde las montañas de Trebisonda, hay un contexto político, militar y humano riquísimo: luchas por el trono persa, mercenarios sin escrúpulos pero muy disciplinados, traiciones cortesanas, campañas invernales espantosas y una demostración brutal de que la infantería hoplita griega podía poner en jaque al mayor imperio de su época.
El conflicto dinástico en Persia: Darío II, Artajerjes II y Ciro el Joven
Para entender la marcha de los Diez Mil hay que empezar en la corte persa. El rey Darío II, hijo ilegítimo de Artajerjes I, había llegado al trono tras una cadena de intrigas y asesinatos entre hermanos, algo bastante habitual en la casa aqueménida. De su matrimonio con Parisátide nacieron dos hijos importantes para nuestra historia: el mayor, Arsicas, y el menor, Ciro, al que la tradición conocería como Ciro el Joven.
Cuando Darío II murió en el 404 a. C., Arsicas fue designado heredero legítimo y coronado con el nombre de Artajerjes II. Ciro, que ya había mostrado un carácter vehemente y ambicioso, no encajó nada bien el papel de segundón. El sátrapa Tisafernes lo acusó ante el rey de conspirar para asesinarlo, y Ciro se salvó de la ejecución sólo gracias a la intercesión de su madre Parisátide, que, según Jenofonte, le tenía más cariño a él que al propio Artajerjes.
Como solución salomónica, Ciro fue enviado lejos del centro del poder, a Sardes, en Asia Menor, como sátrapa de Lidia, Frigia y Capadocia. Aparentemente era un castigo camuflado, pero en la práctica fue un regalo: Sardes se encontraba en una región llena de ciudades griegas bajo dominio persa, lo que le dio acceso directo al mundo heleno y, sobre todo, a sus soldados profesionales.
En Sardes Ciro retomó una vieja amistad con Lisandro, el duro general espartano que acababa de aplastar a la flota ateniense en Egospótamos y poner fin a la Guerra del Peloponeso. Lisandro, agradecido a Ciro por la ayuda económica prestada a Esparta durante el conflicto, estaba en posición de devolver favores. Oficialmente Esparta no podía declararse contra el Gran Rey, pero sí podía «mirar hacia otro lado» mientras centenares de veteranos se alistaban como voluntarios al servicio de Ciro.
El reclutamiento de los Diez Mil y el engaño inicial

La crisis económica y política que dejó tras de sí la Guerra del Peloponeso convirtió a Grecia en un caldo de cultivo perfecto para el reclutamiento. Muchos hoplitas se encontraron de la noche a la mañana sin trabajo ni paga, pero con mucha experiencia de combate. Para ellos, enrolarse con Ciro y cruzar Asia prometía sueldos regulares y la posibilidad de un botín suculento.
Así nació el famoso contingente de mercenarios conocido tradicionalmente como los Diez Mil, aunque realmente superarían los once o doce mil combatientes. Procedían de un buen puñado de polis y regiones: espartanos, atenienses, arcadios, beocios, aqueos, tracios, tesalios, cretenses, siracusanos… Se trataba, en esencia, de una selección de infantería pesada helena con refuerzos de infantería ligera y arqueros.
El núcleo del ejército lo formaban los hoplitas, soldados de infantería pesada equipados con panoplia completa, organizados en falange. A su lado marchaban unos 2500 peltastas (infantería ligera) y alrededor de 200 arqueros cretenses, famosos por su puntería. Cada contingente mantenía a su propio estratego, pero el mando global recayó en Clearco, un espartano con experiencia, antiguo gobernador de Bizancio, que había caído en desgracia y vivía prácticamente del oficio de las armas.
Cuando los griegos comenzaron a concentrarse en Sardes, a nadie se le dijo abiertamente que iban a participar en una guerra civil persa. La excusa oficial era una campaña contra pueblos rebeldes de Pisidia, cuestión interna del imperio que no levantaba sospechas. Sólo más tarde, al llegar a Tarso y ver que avanzaban hacia el interior de Mesopotamia, empezaron a sospechar que había gato encerrado.
Confirmado el verdadero objetivo: ayudar a Ciro a derrocar a Artajerjes II, muchos soldados se sintieron engañados y hubo amagos de motín. Sin embargo, las promesas de una paga excelente y del saqueo de las inmensas riquezas del Gran Rey terminaron convenciéndolos. Además, la figura de Ciro, al que Jenofonte retrata como un líder generoso, serio con los pactos y atento con sus amigos y subordinados, despertaba auténtica admiración en el campamento.
Jenofonte entra en escena
En medio de este embrollo político y militar aparece Jenofonte, un joven ateniense de familia acomodada, perteneciente a la clase ecuestre. Había vivido de cerca los vaivenes de su ciudad: el regreso de Alcibíades, la tiranía de los Treinta, la restauración democrática… y estaba bastante harto del ambiente envenenado de la Atenas de posguerra.
Su contacto con la expedición fue Próxeno de Beocia, uno de los capitanes griegos al servicio de Ciro y amigo personal suyo. Próxeno le invitó a unirse a la campaña, propuesta que Jenofonte llevó antes a su maestro Sócrates. Este, prudente, le recomendó consultar al oráculo de Delfos. Curiosamente, Jenofonte no preguntó si debía ir o no, sino qué dioses debía honrar para regresar sano y salvo, detalle que luego le reprocharía el propio Sócrates por considerarlo una trampa al oráculo.
Fuera como fuese, Jenofonte se alistó y a los veinticinco años se vio marchando hacia el interior del imperio más vasto de su tiempo. No era todavía el jefe de nada; era uno más en un ejército heterogéneo, pero con una capacidad de observación y de análisis que luego dará a la Anábasis su enorme valor literario e histórico.
El Imperio persa se prepara: Tisafernes y Artajerjes II
Mientras Ciro avanzaba desde Asia Menor hacia el corazón del imperio, su rival Tisafernes no se quedó de brazos cruzados. Perteneciente a una familia de alta nobleza persa (nieto de Hidarnes, uno de los nobles que había aupado a Darío I), Tisafernes había colaborado en el pasado tanto con Ciro como con otros sátrapas, y también con los espartanos durante la Guerra del Peloponeso.
Su enemistad con Ciro venía de la distribución de cargos: Ciro se quedó con las ricas satrapías de Lidia, Frigia y Capadocia, mientras a Tisafernes le quedaba un papel más limitado sobre las ciudades jónicas. En cuanto supo que Ciro estaba reuniendo un gran ejército de griegos y se dirigía hacia el interior, corrió a avisar a Artajerjes II del inminente golpe de Estado.
El rey, sorprendido por la velocidad de los acontecimientos, tuvo que improvisar la convocatoria de un enorme ejército imperial, reclutado a toda prisa en los cuatro puntos cardinales del dominio aqueménida. Las cifras que da Jenofonte hablan de hasta un millón y cuarto de soldados, aunque la historiografía moderna rebaja mucho ese número, situándolo quizá en el entorno de los 120.000 o 130.000.
Esa masa multicolor de tropas incluía infantería ligera, carros de guerra, caballería pesada y contingentes de distintas naciones sometidas al rey de reyes. Los relieves de Persépolis, con guerreros de múltiples procedencias llevando tributos y armas, dan una idea gráfica de esa diversidad de fuerzas que, sin embargo, en el cuerpo a cuerpo no solían rivalizar con la compacta falange hoplita.
La marcha hacia Cunaxa y el choque definitivo
En el año 401 a. C., la expedición de Ciro se adentró ya sin disimulo en Mesopotamia camino de Babilonia. El punto decisivo de este avance fue Cunaxa, una localidad cercana al Éufrates situada a unos sesenta kilómetros de la gran metrópolis babilónica. Allí se encontraron al fin los dos ejércitos: el de Ciro, con unos 10.000-12.000 griegos y unos 40.000 persas, frente a la maquinaria bélica de Artajerjes II.
La disposición persa en el campo de batalla se organizó en tres grandes cuerpos. El rey se situó en el centro con su prestigiosa caballería; en un ala dispuso a tropas ligeras, y en la otra, al mando de Tisafernes, agrupó a lo más potente: infantería meda, carros y caballería pesada. Enfrente, Ciro colocó a los griegos en un extremo de la línea, pegados al cauce del Éufrates, con la idea de que fuesen ellos quienes quebraran la resistencia enemiga.
Aquí se produjo el primer choque de criterios entre Ciro y Clearco. El príncipe quería que la falange griega se desplazase hacia el centro para atacar directamente al rey y decidir el combate de un golpe. Clearco, conocedor de la táctica hoplita, se negó: dejar el río a su espalda exponía su flanco derecho, desprotegido de escudos, a la caballería persa. Prefirió mantener su posición y atacar al enemigo que tenía justo enfrente.
El impacto de la falange fue devastador. Los hoplitas arrollaron a las fuerzas persas situadas frente a ellos, que se deshicieron en una huida desordenada. Sin embargo, mientras los griegos aniquilaban a ese sector del ejército imperial, el combate evolucionaba de otra manera en el resto del frente, donde la masa de tropas de Artajerjes logró mantener el tipo y maniobrar con su caballería.
La muerte de Ciro y el desenlace de Cunaxa
Al ver que la batalla seguía indecisa, Ciro decidió jugarse el todo por el todo y cargó personalmente contra el centro, al frente de unos seiscientos jinetes, con la intención clara de abatir a su hermano. Llegó a herirlo ligeramente, según cuenta la tradición, pero la marea de cuerpos y lanzas del entorno real acabó engulléndolo.
El golpe mortal se lo asestó un guardaespaldas del rey llamado Mitrídates, antepasado de la dinastía póntica que siglos después haría sudar a Roma. Paradójicamente, el propio Artajerjes II mandaría ejecutar más tarde a este soldado mediante el bárbaro suplicio del escafismo, porque al rematar a Ciro «le había robado» al rey la gloria de matar de su propia mano al usurpador.
La muerte de Ciro lo cambió todo. Entre sus tropas persas cundió el pánico ritual que solía desatarse cuando el señor caía en combate. Aireo, el principal general de Ciro, se vio obligado a ordenar una retirada general para evitar un colapso completo. El ejército se desintegró, salvo por un bloque: la disciplinada falange griega, que seguía manteniendo su posición en el ala como si nada.
Los mercenarios griegos resistieron rodeados por la caballería de Tisafernes, que se apoderó de su campamento y trató de cortarles el acceso a los víveres. Los hoplitas consiguieron abrirse paso de nuevo hasta la zona de tiendas, reorganizar la formación y lanzar un contraataque tan duro que sembró el pánico entre las fuerzas persas. El propio Artajerjes, visto el cariz de la situación, optó por retirarse precipitadamente antes de ser arrollado él también.
El resultado final fue tan paradójico como dramático: tácticamente, los griegos habían ganado; apenas sufrieron bajas según la versión de Jenofonte, mientras que el ejército imperial encajó un destrozo considerable. Estratégicamente, en cambio, habían perdido cualquier razón de estar allí. Ciro estaba muerto, su causa se había desvanecido y los mercenarios quedaban aislados, metidos de lleno en territorio enemigo y sin empleador que les pagase.
Sin señor y rodeados: comienzan las intrigas
Tras el combate, los griegos intentaron buscar una salida política. Ofrecieron la corona a Aireo, el general de Ciro, pero éste se negó alegando que no era de sangre real y que no podría hacerse reconocer como Gran Rey. Tampoco Tisafernes aceptó contratar a tan temible fuerza mercenaria: tener a una falange invencible dentro de su jurisdicción era más un problema que una ventaja.
Artajerjes II, por su parte, veía con enorme preocupación la presencia de esos diez mil y pico griegos en medio de su imperio. Derrotarlos en campo abierto se había demostrado casi imposible, así que lo más prudente era ganarlos con promesas para luego deshacerse de sus jefes. Se acordó que Tisafernes les proporcionaría víveres y los acompañaría hasta un campamento junto al Tigris, donde supuestamente negociarían en paz.
Aquello fue una trampa de manual. Los principales estrategos griegos —Clearco, Próxeno, Menón, Agías, Sócrates (no el filósofo) y otros— acudieron a una reunión con Tisafernes confiados en que se trataba de un banquete protocolario. Fueron detenidos y enviados ante el rey, que ordenó su ejecución sumaria. De golpe, el contingente heleno se quedó sin su cúpula de mando.
Lejos de desmoronarse, el ejército reaccionó. En asamblea, los soldados eligieron nuevos jefes: Xanticles, Filesio, Cleanor, Timasión… y, como figura clave, el espartano Quirósofo. Junto a él emergió Jenofonte, que, pese a no ser lacedemonio, se ganó rápidamente autoridad por su capacidad organizativa y su habilidad para hablar a las tropas.
La gran retirada hacia el norte: táctica, hambre y nieve
Sin posibilidad de llegar a un acuerdo con el rey y con todo el imperio en contra, los Diez Mil tomaron la única decisión razonable: abrirse camino hacia el norte, buscando las costas del Mar Negro y las colonias griegas que allí se repartían desde hacía siglos. Ese itinerario implicaba atravesar Siria, Babilonia, Armenia y regiones montañosas llenas de pueblos poco amistosos.
Quirósofo asumió el mando de la vanguardia, mientras Jenofonte se hizo cargo de la retaguardia, el lugar más expuesto cuando el enemigo hostiga constantemente una columna en marcha. Ambos demostraron una coordinación notable, hasta el punto de que, según Diodoro de Sicilia, apenas tuvieron un choque serio entre ellos, motivado porque el espartano, en un arrebato, golpeó a un guía armenio que acabó abandonándolos.
En la retirada hubo de todo: improvisación de caballería y arqueros para contrarrestar a las fuerzas móviles persas; pasos de ríos resueltos con soluciones inverosímiles, como puentes flotantes hechos con pieles infladas y cosidas de animales; saqueo sistemático de pueblos y cosechas para dejar al enemigo sin aprovisionamiento; ataques guerrilleros constantes de tribus montañesas como los carducos, antecesores de los kurdos modernos.
El invierno armenio fue especialmente duro. Los griegos, mal equipados para el frío extremo, sufrieron nevadas que les cubrían las rodillas y heladas que reventaban el calzado y dejaban pies gangrenados. Aun así, siguieron adelante, guiándose muchas veces por sacrificios religiosos, augurios y sueños que, en la mentalidad de la época, marcaban decisiones clave de la marcha.
Jenofonte relata también episodios de pura astucia táctica: asaltos a pequeñas fortalezas de madera mediante ardides, maniobras de engaño aprovechando trompetas y señales para empujar a los enemigos hacia desfiladeros, e incluso lo que muchos consideran uno de los primeros ejemplos documentados de «ataque en profundidad» en un frente, en el cruce del río Centrites, donde la falange rompió de forma concentrada un punto crítico de la línea contraria.
«¡Thalassa! ¡Thalassa!»: el mar como salvación
Tras superar el Centrites y alcanzar la Cólquide, los Diez Mil tuvieron que seguir lidiando con poblaciones hostiles, pero poco a poco el paisaje comenzó a cambiar. Finalmente, en las inmediaciones de Trebisonda, en la costa sur del Mar Negro, los exploradores subieron al monte Teques, divisaron el mar y estalló el célebre clamor: «¡Thalassa! ¡Thalassa!».
Para cualquier griego de la época, el mar era algo más que una vía de transporte: era casi una patria extendida. La Grecia clásica de entonces no era un Estado unificado, sino una red de polis y colonias unidas, en gran medida, por su dominio del mar (de ahí el término «talasocracia»). Ver la masa azul del Ponto Euxino significaba que la salvación ya no era sólo un deseo, sino una posibilidad real.
Sin embargo, el camino de vuelta aún estaba lejos de completarse. Hacían falta barcos, dinero y acuerdos políticos. Quirósofo viajó a Bizancio para negociar naves con el navarca espartano Anaxibio, pero las conversaciones no cuajaron. El ejército, convertido ya en una especie de banda errante, tuvo que seguir marchando a pie y alquilando su espada al mejor postor.
Mercenarios otra vez: Farnabazo, Anaxibio, Seutes y Tibrón
En la región de la Frigia helespóntica, el sátrapa Farnabazo veía con enorme inquietud a esos miles de veteranos atravesando sus dominios. Para quitárselos de encima, presionó a Anaxibio para que los contratase a sueldo espartano, bajo la condición de sacarlos de allí. Prometió pagar bien por sus servicios, pero luego se mostró mucho menos generoso con el propio Anaxibio, lo que hizo tambalear el pacto.
Los mercenarios, por su lado, pasaron por Bizancio, donde inicialmente no se les permitió la entrada en la ciudad y se les obligó a acampar fuera. Cuando sospecharon que se les estaba escamoteando parte del salario prometido, entraron por la fuerza y comenzaron a saquear. Jenofonte tuvo que intervenir enérgicamente para calmar los ánimos y restaurar cierto orden antes de que la situación se les fuera completamente de las manos.
El ejército empezó a resquebrajarse. Jenofonte había renunciado formalmente al mando por no ser espartano, y Quirósofo, sin su carisma y capacidad de persuasión, no logró mantener la unidad. Los contingentes aqueos y arcadios se separaron y actuaron por su cuenta en Paflagonia, saqueando a todo el mundo, lo que les ganó una fama tan mala que incluso ciudades griegas se negaban a dejarlos entrar.
Con el paso del tiempo, los supervivientes de la expedición ofrecieron sus servicios primero al rey tracio Seutes II y después al general espartano Tibrón, que necesitaba tropas para proteger las ciudades jónicas frente a las ofensivas renovadas de Tisafernes y Farnabazo en el marco de la nueva guerra entre Persia y Esparta. Para entonces, de los Diez Mil originales quedaba aproximadamente la mitad.
Fue en Pérgamo, en el 399 a. C., donde Jenofonte cedió definitivamente el mando a Tibrón, una vez más por la cuestión de su ciudadanía no espartana. Es también el punto en el que decide cerrar el relato de la Anábasis, aunque él mismo seguiría combatiendo aún varios años, integrado en las fuerzas del rey espartano Agesilao.
Jenofonte, escritor, soldado y algo «autohomenajeado»
La vida de Jenofonte no se limita a esta expedición. Tras la campaña persa y su servicio con Agesilao, se vio envuelto en los conflictos internos del mundo griego. Luchó al lado de Esparta en la batalla de Coronea, hecho que le valió el destierro de su Atenas natal. Los espartanos, en cambio, lo premiaron con una finca en territorio eleo, cerca de Olimpia, donde pasó muchos años escribiendo.
En sus obras demuestra ser un autor polifacético: además de la Anábasis, redactó las Helénicas (continuación de la historia de Tucídides), la Ciropedia (biografía idealizada de Ciro el Grande, el fundador del imperio persa), diálogos socráticos como los Recuerdos de Sócrates y tratados sobre economía, caballería, caza o táctica militar. Era, en muchos sentidos, el prototipo del intelectual ateniense clásico.
Su manera de contar la epopeya de los Diez Mil es sorprendentemente ágil y directa para un texto del siglo IV a. C. Narra en tercera persona, refiriéndose a sí mismo como «Jenofonte» como si fuera un personaje más. Esto le permite elogiar su propia actuación con cierta soltura: siempre aparece dando el consejo sensato, calmando asambleas, repartiendo generosamente el botín adecuado, proponiendo las maniobras más lógicas… leyendo entre líneas, uno intuye que se tenía buena opinión de sí mismo.
Ese tono no le resta interés al documento, pero conviene tomarlo, como suele decirse, «con un granito de sal». Aun así, el valor histórico de la Anábasis es inmenso: ofrece datos minuciosos sobre itinerarios, distancias (registradas en parasangas, medida persa que uno acaba aprendiendo a la fuerza), relaciones internas del ejército, rituales religiosos, consejos tácticos y, en general, la vida cotidiana de una gran fuerza mercenaria en marcha.
Impacto histórico y legado de la epopeya de los Diez Mil
La retirada de los Diez Mil tuvo consecuencias profundas en la percepción que el mundo griego tenía del Imperio persa. Puso de manifiesto que un grupo relativamente reducido de infantería pesada bien entrenada podía abrirse paso por el corazón del imperio casi a placer, siempre que supiera organizarse y no se dejara arrastrar por las promesas vacías de la corte.
Esta experiencia fue observada con lupa por generaciones posteriores de estrategas, entre ellos un tal Alejandro de Macedonia, que décadas más tarde se lanzaría a su propia campaña contra Persia. La idea de que el «coloso oriental» tenía pies de barro, y que las falanges helenas podían imponerse aun en clara inferioridad numérica, ya no era una abstracción: estaba escrita, con todo detalle, en la Anábasis.
Desde el punto de vista literario, el texto de Jenofonte se convirtió en uno de los clásicos de la prosa griega. No es un tratado teórico de filosofía ni una historiografía fría: es una mezcla de crónica militar, libro de viajes y manual práctico de liderazgo en situaciones límite. Sus discursos a las tropas, las asambleas tumultuosas, las negociaciones con pueblos bárbaros o con sátrapas persas dan una imagen muy viva de cómo funcionaba en la práctica un ejército de ciudadanos-soldados en tierra extraña.
En el plano humano, la epopeya de los Diez Mil es también la historia de miles de hombres que, lejos de sus polis, se mueven entre la fidelidad al contrato, la búsqueda de riqueza y la necesidad pura y dura de sobrevivir. No son héroes ideales como en Homero, sino mercenarios con sus egoísmos, sus pequeñas intrigas y sus momentos de grandeza. Precisamente esa mezcla de miseria y épica es lo que hace que su marcha siga resultando tan cercana más de dos milenios después.
Vista en conjunto, la expedición y retirada de los Diez Mil resume como pocas historias la combinación de ambición política, profesionalización militar, fragilidad de los grandes imperios y capacidad de resistencia de grupos humanos bien organizados; gracias a la pluma, algo egocéntrica pero brillante, de Jenofonte, podemos seguir casi día a día esa marcha de más de 200 jornadas y más de mil cien parasangas que, desde el fallido sueño de Ciro, transformó para siempre la forma de entender la guerra entre griegos y persas.
