- El hallazgo de la KV62 en 1922 desató la fiebre por la egiptología y un relato paralelo sobre una supuesta maldición.
- La prensa y figuras populares amplificaron muertes y accidentes, pese a que los datos muestran solo 8 fallecidos de 58 presentes en 12 años.
- Las hipótesis científicas apuntan a posibles hongos (Aspergillus) y factores de salud, sin pruebas concluyentes de una causa única.

Hay descubrimientos que cambian la historia y otros que, además, encienden la imaginación colectiva; el de la tumba de Tutankamón logró ambas cosas y añadió un ingrediente irresistible: la famosa maldición del faraón. Un siglo después, sigue habiendo preguntas: ¿hubo realmente una cadena de muertes extrañas o hablamos de un mito amplificado por la prensa y las casualidades?
Para entender por qué este relato caló tan hondo, conviene recorrer el hallazgo, los supuestos infortunios que lo siguieron y las explicaciones que la ciencia ha propuesto. La mezcla de tragedias cercanas a la excavación, titulares sensacionalistas y la fascinación por lo oculto dieron forma a una leyenda que no se apaga, pero los datos pintan un cuadro mucho más matizado.
El descubrimiento que lo cambió todo

Tras siete años removiendo arena en el Valle de los Reyes sin resultados, la paciencia del mecenas George Herbert, lord Carnarvon, flaqueaba. Entonces, el 4 de noviembre de 1922, el equipo de Howard Carter dio con lo que parecía imposible: los primeros peldaños de una escalera que conducía a una puerta sellada. La tumba KV62 acababa de entrar en escena y con ella el hallazgo arqueológico mejor preservado de Egipto; aquella jornada activó la fiebre por la egiptología a escala mundial.
El inicio, sin embargo, tuvo un punto de azar. El aguador de la expedición, un chaval llamado Husein, se topó literalmente con el primer escalón al abrir un hueco para colocar unas vasijas. Fue la señal que Carter llevaba décadas esperando: a sus 47 años, y tras casi 30 de trabajo tenaz, al fin podría mirar al interior de un sepulcro real intacto, algo inédito en aquel valle de reyes.
Las puertas de las capillas exteriores habían sufrido incursiones en la Antigüedad, pero la tercera, recubierta de oro y que custodiaba el sarcófago real, conservaba aún sus sellos. Carter perforó un pequeño orificio, acercó una luz y, con lord Carnarvon y su hija Evelyn aguardando, fue el primero en contemplar el tesoro funerario del faraón niño. Aquella visión, difícil siquiera de describir, anticipaba una década de trabajo minucioso y más de cinco mil piezas catalogadas; el conjunto funerario de Tutankamón estaba prácticamente intacto.
El impacto fue inmediato. La exclusiva periodística, el magnetismo del ajuar dorado y el misterioso brillo que parece irradiar toda necrópolis faraónica convirtieron a Tutankamón en icono global. No tardó en surgir un relato paralelo, adictivo para el lector de la época: la sensación de que se había perturbado un descanso eterno y que una venganza desde el más allá había empezado a desplegarse.
Una racha de muertes y accidentes que avivó la leyenda

El episodio que disparó las alarmas se produjo apenas dos meses después de iniciarse los trabajos en la tumba: la muerte repentina de lord Carnarvon en El Cairo a los 56 años. La versión médica oficial habló de erisipela complicada que derivó en neumonía, probablemente tras infectarse la picadura de un mosquito que el aristócrata se habría cortado al afeitarse; con una salud ya frágil por un grave accidente de coche previo, el desenlace fue fatal. Para quienes buscaban señales, aquel suceso parecía encajar con la idea de una maldición en marcha.
Hubo más episodios que se sumaron al relato. Falleció el hermano de Carnarvon, Aubrey, ese mismo año; murió sir Archibald Douglas-Reid, el radiólogo que había examinado la momia; y el arqueólogo Arthur Mace, implicado en la apertura de la cámara funeraria, tampoco llegó a ver la tumba completamente vaciada. Con cada nombre, la sensación de “lista negra” crecía y el eco mediático se hacía más intenso en torno a la KV62 y su supuesto peligro.
El caso del magnate ferroviario estadounidense George Jay Gould sonó especialmente: fue a la tumba y poco después falleció de neumonía. También se citó a Philip Livingston Poe, que contrajo neumonía tras su visita aunque logró recuperarse. A finales de la década, en 1929, la muerte de Richard Bethell, secretario de Carter, se añadió a esa secuencia de hechos que parecía pedir una explicación sobrenatural. La concatenación de sucesos alimentaba la idea de una fuerza maligna desatada.
Incluso se incorporaron episodios tan pintorescos como lúgubres. Carter tenía un canario que, según se cuenta, fue devorado por una cobra —símbolo del poder faraónico— el mismo día en que se escalonaba el acceso subterráneo. Y, poco después, murió la perra de lord Carnarvon, Susie. Para rematar el ambiente, Carter regaló a su amigo sir Bruce Ingram unos objetos procedentes de la tumba, y la casa de este fue arrasada por un incendio; tras la reconstrucción, otro desastre, una inundación, volvió a golpear la propiedad. Todo ello ofrecía material perfecto para una narrativa de presagios.
La prensa, hambrienta de titulares, llegó a contabilizar entre nueve y más de veinte muertes atribuidas a la maldición, y algunos periódicos ingleses hablaron incluso de una treintena. Sin embargo, cuando se revisan los datos con lupa, el cuadro cambia: de las 58 personas que estuvieron presentes en la apertura de la tumba y del sarcófago, solo ocho fallecieron en los doce años siguientes. La proporción, vista con calma, no encaja con una sentencia implacable sino con las estadísticas esperables de salud en la época; es un contrapeso clave frente a la exageración sensacionalista.
Prensa, celebridades y el combustible del mito
El contexto mediático explica mucho. El hallazgo de Carter se convirtió en fenómeno mundial y los periódicos compitieron por contar cada detalle con un tono cada vez más dramático. Se publicaron historias de inscripciones terribles y advertencias contra quienes perturbaran tumbas selladas. La exclusiva que manejó un gran rotativo británico y la avalancha de crónicas de sociedad imprimieron un sello de espectáculo a un asunto que pedía sobre todo prudencia y método.
Figuras populares se sumaron a ese clima. Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes pero gran aficionado a lo espiritual, fue citado atribuyendo los hechos a una especie de fuerza elemental guardiana de la tumba. La novelista británica Marie Corelli recordó un texto de tradición árabe que advertía que la muerte caería sobre quien osara abrir una tumba real sellada. Esas intervenciones, por muy literarias que fueran, resultaron perfectas para engordar la mitología del faraón niño.
También corrió la hipótesis de objetos malditos, como el anillo maldito, depositados en las tumbas para eliminar a los profanadores; sin embargo, tanto egiptólogos como médicos la descartaron. Lo que sí sugirieron algunos especialistas fue que, en ocasiones, los antiguos egipcios dejaron fórmulas de advertencia —mal llamadas “maldiciones”— con el fin de disuadir a ladrones. Como medida de seguridad psicológica, la idea resulta verosímil; como explicación de una cadena mortal, se queda corta frente a los hechos comprobables.
De fondo, la egiptomanía de principios del siglo XX hizo el resto. El exotismo, el oro, las momias, las máscaras y las sombras de los pasadizos subterráneos formaron un cóctel irresistible para el lector occidental. Entre tanto, el equipo sobre el terreno tenía que proseguir con un trabajo lento y técnicamente exigente, mientras fuera del Valle de los Reyes la historia de la maldición ganaba vida propia, multiplicada por cada portada impactante.
¿Explicación sobrenatural o científica?
Howard Carter jamás dio pábulo a las supersticiones. Jóvenes reporteros y viejos curiosos le preguntaron una y mil veces, y su respuesta, firme, vino a decir que esas ideas carecían de sentido. Él mismo vivió 17 años desde el descubrimiento y falleció en Londres, a los 64, por enfermedad de Hodgkin: nada que ver con castigos invisibles, sino con el curso natural de la salud humana de su tiempo.
La ciencia, por su parte, ha planteado explicaciones plausibles para algunos de los fallecimientos, en particular el de lord Carnarvon. Una de las hipótesis con más eco apunta a hongos presentes en el interior de la tumba, concretamente especies del género Aspergillus —como A. niger, A. terreus o A. flavus— capaces de permanecer viables durante largos periodos. En un huésped con defensas mermadas, la inhalación de sus esporas podría desembocar en una infección grave; es una conjetura compatible con el historial médico de Carnarvon y con la evolución fulminante de su cuadro respiratorio.
En 2003, dos médicos expusieron en la revista The Lancet esa posibilidad sobre el papel, y trabajos divulgativos y académicos han seguido explorándola. El microbiólogo Raúl Rivas, por ejemplo, ha explicado cómo algunas esporas pueden mantenerse latentes durante siglos y, al encontrar condiciones favorables, provocar infecciones, incluso afecta a ojos y fosas nasales, como se describió en la enfermedad de Carnarvon. Dicho esto, otros análisis realizados más tarde no hallaron actividad fúngica peligrosa en las tumbas, por lo que afirmar un vínculo causal directo resulta, a día de hoy, imposible con rotundidad.
Más allá del caso de Carnarvon, está la cuestión de los números. Si una maldición actuara de forma inexorable, cabría esperar una mortalidad elevada entre quienes entraron en la KV62, y no fue así. Al contrario, decenas de personas visitaron y trabajaron en la tumba y la gran mayoría siguió con su vida. Un médico que trató a Carnarvon lo dijo con sentido común años después: en cualquier grupo numeroso, con el paso del tiempo, se registra inevitablemente un cierto porcentaje de fallecimientos. Es un recordatorio de que correlación no implica causalidad sobrenatural.
Con el tiempo, además, los protocolos arqueológicos se han profesionalizado. Hoy lo habitual es utilizar guantes, mascarillas y, si es necesario, indumentaria desechable, medidas que protegen tanto a las piezas como a los investigadores frente a mohos y partículas. La disciplina ha avanzado, y con ella se ha impuesto una mirada más fría que distingue entre peligros reales y fantasías atractivas.
El valor histórico de la KV62 frente a la superstición
La tumba de Tutankamón conserva un valor único que trasciende la anécdota de la maldición. Entre 1922 y los años siguientes, el equipo catalogó 5.397 objetos: mobiliario, joyas, armas ceremoniales, textiles, alimentos, amuletos y, por supuesto, la célebre máscara funeraria. Esa riqueza material permitió reconstruir con detalle aspectos cotidianos y rituales del Egipto faraónico que antes solo se intuían, proporcionando un mapa excepcional de la vida y la muerte en la corte del joven rey de la dinastía XVIII.
Aunque algunas puertas externas habían sido forzadas en la Antigüedad, el corazón del complejo funerario estaba sellado cuando Carter lo inspeccionó, y esa integridad es la que convirtió KV62 en un caso aparte. A lo largo de una década, los trabajos avanzaron con paciencia y método, iluminando un mundo que llevaba más de tres milenios bajo la arena. La magnitud del hallazgo explica por sí sola la onda expansiva cultural y la ola de egiptomanía que recorrió Occidente, sin necesidad de recurrir a hechizos ni maleficios.
La otra cara de la historia es que la “maldición” sirvió de pegamento narrativo para el gran público. Que algunos de los protagonistas vivieran infortunios en fechas próximas al descubrimiento alimentó una correlación que la prensa convirtió en causalidad, pese a que los datos globales no acompañaran. La propia biografía de Carter —que rechazó siempre las supersticiones y murió por causas ajenas a la tumba— se ha usado como argumento fuerte contra la lectura mágica de los hechos.
El tiempo ha asentado las piezas en su sitio. La leyenda permanece, porque tiene fuerza literaria y cinematográfica, y porque a todos nos atrae un buen misterio. Pero el consenso de egiptólogos, historiadores y médicos es claro: por un lado, hubo muertes y sucesos llamativos; por otro, hubo exageración, simplificación y un olvido selectivo de las cifras. Entre medias, hipótesis científicas razonables para algunos casos concretos —como la presencia de hongos—, aunque sin pruebas definitivas que permitan proclamar una causa única e inequívoca.
Lo que nos queda es la grandeza de un hallazgo que abrió una ventana única a la civilización egipcia y el recordatorio de que los mitos nacen a menudo del cruce entre azar, miedo y titulares, como muestran otros relatos de maldiciones. La tumba de Tutankamón sigue recibiendo visitantes, la momia descansa hoy en condiciones controladas y, lejos de maldiciones, lo que perdura es una historia de perseverancia arqueológica y de cómo la mirada crítica desmonta, sin perder su encanto, las fábulas más sugerentes.
