- La mitología es el conjunto de relatos sagrados de una cultura y, a la vez, el estudio de esos mitos y su impacto social y religioso.
- Existen distintos tipos de mitos (etiológicos, históricos, psicológicos) que explican orígenes, elevan hechos pasados y simbolizan procesos interiores.
- Grandes tradiciones como la griega, nórdica, egipcia, azteca o vasca comparten estructuras básicas pero desarrollan universos simbólicos propios.
- Para las sociedades tradicionales importaba la verdad simbólica del mito, recreada en los ritos, más que la exactitud literal de cada versión.
La mitología lleva miles de años ayudándonos a entender quiénes somos, de dónde venimos y qué pintamos en este mundo. Antes de la ciencia moderna, la mejor forma de explicar un rayo, una sequía, el nacimiento, la muerte o un sueño inquietante era a través de relatos protagonizados por dioses, héroes, monstruos y fuerzas invisibles. Esos relatos, transmitidos de boca en boca y luego por escrito, no eran solo entretenimiento: marcaban normas morales, daban consuelo y reforzaban la identidad de cada pueblo.
Aunque hoy vivimos en una sociedad cada vez más racional y laica, los mitos siguen muy vivos en nuestra cultura cotidiana: en la literatura, el cine, los cómics, las series e incluso en la publicidad. Star Wars, El Señor de los Anillos o el universo de Lovecraft son buenos ejemplos de cómo seguimos creando auténticas mitologías contemporáneas. Entender qué es la mitología, cómo funciona y qué tipos de relatos la componen nos permite leer con otros ojos tanto las religiones antiguas como las historias que consumimos hoy.
Qué entendemos por mitología
En sentido general, la palabra mitología tiene un doble uso: por un lado, se refiere al conjunto organizado de mitos de una cultura o religión concreta (mitología griega, nórdica, azteca, vasca, etc.); por otro, nombra la disciplina que estudia esos relatos, su origen, su evolución y su impacto social, político y religioso.
El término procede del griego mythos (relato, historia, discurso cargado de acción) y logos (palabra, razonamiento, exposición). De ahí que pueda traducirse como “discurso sobre los mitos” o “tratado de los relatos sagrados”. Cuando hablamos de “la mitología griega”, normalmente nos referimos al corpus de historias sobre Zeus, Hera, Atenea, etc.; cuando hablamos de “mitología” como campo de estudio, entramos en el terreno de antropólogos, filólogos, historiadores de las religiones y filósofos.
Un mito, en este contexto, es una narración de carácter sagrado que una comunidad considera significativa para explicar aspectos fundamentales de la existencia: el origen del universo, la aparición del ser humano, el bien y el mal, el sufrimiento, la muerte, la otra vida, las costumbres y los ritos, o la naturaleza de los dioses. Esas historias no se contaban como fantasías gratuitas, sino como “cosas que sucedieron en un tiempo primordial” y que justifican el mundo tal y como es.
Los mitos antiguos suelen estar protagonizados por dioses, semidioses, héroes, seres sobrenaturales y ancestros legendarios. A través de sus hazañas, errores, castigos y recompensas, cada sociedad fijaba lo que consideraba aceptable o reprobable, lo que había que imitar y lo que convenía evitar. De hecho, muchas tradiciones religiosas actuales conservan un importante componente mítico en sus relatos fundacionales.
Además, la palabra mitología también se usa a menudo para nombrar universos de ficción tan ricos que funcionan casi como religiones inventadas: el legendarium de Tolkien, los Mitos de Cthulhu o la galaxia de Star Wars tienen panteones, cosmogonías, héroes arquetípicos y una historia sagrada propia.
Mitos, religión, magia y ciencia: fronteras difusas
Si miramos la historia de largo, comprobamos que mito, religión, magia y ciencia han convivido y se han mezclado constantemente. No son compartimentos estancos: la magia se ha colado en rituales religiosos; las religiones han incorporado prácticas mágicas; y la ciencia, en muchas épocas, se ha alimentado de intuiciones de magos y alquimistas, o se ha revestido de un aura casi sagrada.
En muchas culturas se comparte una estructura básica del cosmos: un mundo celeste, un mundo terrestre y un ámbito subterráneo o inferior. Sobre esa arquitectura simbólica se construyen cosmogonías (relatos del origen del cosmos), jerarquías de dioses, tiempos míticos, ritos y festividades. No se trata de productos improvisados: son sistemas que se van moldeando, reformulando y reemplazando con el paso de los siglos, en diálogo con cambios sociales, políticos y filosóficos.
El psiquiatra Carl Jung vio en los mitos la expresión de dinámicas profundas de la psique humana, que necesita estructurar la experiencia y dotarla de sentido ante un universo que parece caótico. Para él, las narraciones míticas encarnan arquetipos universales (el héroe, la madre, la sombra, el viejo sabio…) que afloran una y otra vez en culturas muy distintas. Joseph Campbell, siguiendo una línea parecida, defendió que la mitología es la base simbólica de toda civilización y de la conciencia individual.
En el mundo moderno, por mucho que la ciencia se haya erigido en gran herramienta para explicar la realidad material, cuando llegan las crisis profundas, las guerras, las pandemias o las catástrofes personales mucha gente vuelve la mirada a lo mágico, lo religioso o lo esotérico. A menudo, esos refugios son híbridos: mezclan mitos antiguos, supersticiones, elementos de religiones institucionales y creencias pseudocientíficas.
Tipos de mitos: etiológicos, históricos y psicológicos
Los investigadores suelen clasificar los mitos según su función principal. Una tipología muy influyente distingue entre mitos etiológicos, mitos históricos y mitos psicológicos, aunque en la práctica muchos relatos combinan rasgos de varios tipos.
Los mitos etiológicos (del griego aition, “causa, motivo”) buscan explicar por qué algo es como es o cómo surgió. Pueden aclarar el origen de un fenómeno natural, de una institución social, de un rito, de un nombre de lugar o incluso de las características de un animal. Por ejemplo, en el relato griego de Pandora se da una explicación mítica de por qué el mal y el sufrimiento entraron en el mundo.
También encajan aquí historias como la de Deméter y Perséfone en la mitología griega: cuando Perséfone es raptada por Hades y pasa parte del año en el inframundo, Deméter se sume en la tristeza y la tierra se vuelve estéril. Cuando madre e hija se reúnen, la naturaleza florece. El relato da sentido al ciclo de las estaciones, y además justifica el origen de la agricultura (Deméter enseña el cultivo a los humanos) y los ritos de veneración a la diosa.
Dentro de los mitos etiológicos también podríamos incluir muchas historias que explican por qué ciertos animales tienen rasgos singulares (un murciélago ciego, un pájaro con un canto determinado), por qué brillan determinadas constelaciones o por qué se iniciaron determinados rituales.
Los mitos históricos parten de un hecho del pasado —a veces real, a veces semilegendario— y lo elevan a la categoría de acontecimiento ejemplar. La batalla de Kurukshetra, tal como se narra en el Mahabharata indio, o el asedio de Troya en la Ilíada son buenos ejemplos: pueden tener un núcleo histórico, pero lo que importa en ellos es el contenido moral, religioso y simbólico, no la exactitud de los detalles.
En el Mahabharata, los hermanos Pándava encarnan valores, dilemas éticos y modelos de comportamiento, mientras que en la Bhagavad Gita el diálogo entre Arjuna y Krishna —en medio del campo de batalla— se convierte en una reflexión sobre el sentido de la vida y el deber. Que esas batallas hayan ocurrido tal cual es secundario frente al mensaje que transmiten.
Los mitos psicológicos, por su parte, relatan un viaje desde lo conocido hacia lo desconocido que simboliza un proceso interior. Jung y Campbell los interpretan como proyecciones de la necesidad humana de armonizar el mundo externo con la propia conciencia. Suelen girar en torno a un héroe o heroína que afronta pruebas, descubre su auténtica identidad o su destino y, al hacerlo, resuelve una crisis colectiva.
Uno de los ejemplos más célebres es el mito de Edipo. Al intentar escapar de la profecía que anuncia que matará a su padre y se casará con su madre, toma justamente las decisiones que lo llevan a cumplirla. La historia ilustra el poder ineludible del destino decretado por los dioses, al tiempo que transmite a la audiencia un recordatorio de los límites humanos y del sufrimiento que conlleva desafiar el orden cósmico.
En la época contemporánea, el esquema del “viaje del héroe” descrito por Campbell se reconoce fácilmente en sagas como Star Wars: un protagonista que vive en un entorno aparentemente banal descubre su origen extraordinario, responde a una llamada, atraviesa pruebas, desciende metafóricamente al inframundo, recibe ayuda sobrenatural y regresa transformado para restaurar el equilibrio.
Grandes mitologías del mundo: una mirada comparada
Cada cultura ha desarrollado su propia mitología, pero hay patrones y motivos que se repiten de forma sorprendente: dioses que mueren y resucitan, diluvios universales, héroes civilizadores, serpientes cósmicas, árboles del mundo y batallas finales. La frase bíblica de Eclesiastés, “no hay nada nuevo bajo el sol”, es especialmente cierta si miramos las religiones y mitos del planeta.
Mitología griega y romana
La mitología griega es quizá la más conocida en Occidente, en buena medida porque Roma la adoptó y adaptó, fusionándola con sus propios cultos. De ahí que hablemos muchas veces de mitología grecolatina o grecorromana. Los dioses griegos mantuvieron casi siempre sus rasgos básicos, pero cambiaron de nombre en latín: Zeus pasó a ser Júpiter, Hera se convirtió en Juno, Poseidón en Neptuno, etc.
Según esta tradición, los dioses más jóvenes, los olímpicos, derrotaron a los titanes primigenios y se repartieron el dominio del universo: Zeus, como señor del cielo y del rayo, se erigió en rey de dioses y hombres; Poseidón asumió el control de los mares y las tormentas marinas; Hades ocupó el inframundo y gobernó a los difuntos. En torno a ellos se organizaba una sociedad divina compleja, con dioses menores, ninfas, sátiros, musas y toda una fauna de criaturas extraordinarias.
Los héroes, muchas veces hijos de un dios y una mortal (o viceversa), desempeñaban un papel puente entre lo divino y lo humano. Heracles (Hércules en la versión romana) y sus doce trabajos, Perseo venciendo a Medusa, o Ulises (Odiseo) regresando a Ítaca tras la guerra de Troya son figuras paradigmáticas que encarnan fuerza, ingenio, resistencia y también defectos muy humanos.
Estos relatos se transmitieron primero gracias a aedos y rapsodas, poetas orales que cantaban epopeyas y genealogías divinas, y luego se fijaron por escrito en obras como la Ilíada, la Odisea o la Teogonía. Para los griegos antiguos, no eran “fantasías”: eran su religión, su forma de entender el mundo y de situarse en él.
Mitología nórdica o escandinava
La mitología de los pueblos germánicos del norte —lo que hoy asociamos a vikingos, islandeses y escandinavos medievales— se nos ha conservado gracias a las Eddas y otras compilaciones del siglo XIII, redactadas ya en un contexto de cristianización. Aun así, recogen una tradición oral muy antigua.
En este universo, el eje central es Yggdrasil, un árbol cósmico que sostiene y conecta nueve mundos: Asgard, morada de los dioses aesir; Midgard, hogar de los humanos rodeado por un océano inmenso; Jötunheim, reino de los gigantes; Helheim, mundo de los muertos que no caen en batalla; Muspelheim, territorio de fuego y caos; Niflheim, dominio de hielo y nieblas; Vanaheim, patria de los dioses vanir de la fertilidad; y otros reinos de elfos luminosos y oscuros.
El panteón nórdico se divide en dos grandes familias: los aesir, vinculados a la guerra y el poder (Odín, Thor, Frigg…), y los vanir, asociados a la fertilidad, la riqueza y la paz (Freyr, Freyja…). Según los mitos, ambas facciones estuvieron en guerra hasta que firmaron una paz que refleja probablemente tensiones sociales entre clanes y formas de vida distintas.
La idea de destino ineludible es clave en esta tradición. Los dioses mismos están condenados a morir en el Ragnarök, la gran batalla final contra gigantes y monstruos en la que el cosmos tal y como se conoce será destruido y renovado. Los guerreros que caen en combate, elegidos por las valquirias, son acogidos en el Valhalla para prepararse para ese enfrentamiento último.
Mitología egipcia
La religión del antiguo Egipto se desarrolló a lo largo de más de tres milenios, de modo que no existe una sola versión de sus mitos, sino múltiples variantes locales y cronológicas. Aun así, comparten una serie de elementos comunes, especialmente en lo que respecta a la creación y al más allá.
En muchas tradiciones egipcias, el mundo surge de las aguas primordiales, el Nun. De ese océano indiferenciado emerge un montículo inicial sobre el que aparece el dios creador, que puede ser Atum, Ra, Ptah, Jnum u otro, según la ciudad. A partir de ahí se genera una primera pareja divina (Shu, el aire, y Tefnut, la humedad), de la que nacerán Geb (la tierra) y Nut (el cielo), y de estos, Osiris, Isis, Seth y Neftis, que protagonizarán algunos de los relatos más influyentes.
El cosmos egipcio se organiza en tres dominios: el cielo, morada de los dioses y asociado a la diosa Nut; la tierra, donde viven los humanos y que se vincula al dios Geb; y el Duat, o más allá, el reino de los muertos regido por Osiris y otras divinidades funerarias como Anubis y Sokar.
Uno de los grandes mitos narra cómo Osiris, rey civilizador de Egipto, es asesinado y descuartizado por su hermano Seth. Isis, esposa de Osiris, recupera y recompone su cuerpo con la ayuda de Neftis y otros dioses, le devuelve la vida y concibe con él a Horus. Osiris queda como señor del reino de los muertos, mientras que Horus lucha contra Seth por el trono de Egipto y se convierte en rey legítimo. Los faraones se identificaban con Horus en vida y con Osiris tras su muerte.
Mitología azteca o mexica
En el valle de México, los aztecas desarrollaron una religión extremadamente compleja y ritualizada. Su mitología se entrelaza con la de otros pueblos mesoamericanos, con los que compartieron y adaptaron dioses como la serpiente emplumada, Quetzalcóatl.
El panteón azteca es politeísta, pero reconoce un principio supremo, Ometéotl, que encarna la dualidad y se desdobla en una vertiente masculina (Ometecuhtli) y otra femenina (Omecíhuatl). De esta divinidad dual nacen cuatro grandes dioses primigenios: Quetzalcóatl, asociado a la luz, el viento y la fertilidad; Tezcatlipoca, ligado a la oscuridad, la providencia y el destino; Huitzilopochtli, dios del sol y de la guerra; y Xipe Tótec, vinculado a la vida y la renovación.
Huitzilopochtli ocupa un lugar especialmente central, tanto en la fundación mítica de México-Tenochtitlán como en los rituales de sacrificio. Según el relato, guió a los aztecas en una larga migración hasta el lugar donde debían asentarse, señalado por la visión de un águila posada sobre un nopal. En su templo principal se ofrecían corazones y sangre de guerreros capturados para alimentar al sol y garantizar que siguiera saliendo cada día.
Para los aztecas, el mundo presente era el quinto de una serie de “soles” sucesivos. Cuatro mundos anteriores fueron destruidos por cataclismos asociados a la tierra, el viento, el fuego (relámpagos y lluvia ígnea) y el agua, cada uno bajo la égida de una deidad concreta (Tezcatlipoca, Quetzalcóatl, Tláloc y Chalchiuhtlicue). El quinto sol, Tonatiuh, rige la era actual, cuyo comienzo situaban simbólicamente en Teotihuacán.
Otras grandes tradiciones mitológicas
El mapa mundial de los mitos es vastísimo. Entre las muchas tradiciones dignas de mención, se encuentran:
- Mitología mesopotámica: sumerios, acadios, asirios y babilonios desarrollaron relatos fundamentales como la Epopeya de Gilgamesh o el mito de Atrahasis, origen remoto de la historia bíblica del Diluvio. Sus dioses —Enlil, Enki, Ishtar, Marduk…— estructuran uno de los panteones más antiguos conocidos.
- Mitología persa: ligada al zoroastrismo, con una fuerte tensión dual entre bien y mal, verdad y mentira, encarnada en Ahura Mazda y Angra Mainyu. Influyó poderosamente en concepciones posteriores sobre el demonio y el juicio final.
- Mitología celta: propia de galos, britanos, celtíberos y otros pueblos de Europa occidental, transmitida sobre todo a través de tradiciones irlandesas y galesas. Presenta dioses, héroes y seres feéricos muy vinculados al paisaje y al ciclo estacional.
- Mitología maya: recogida en textos como el Popol Vuh, relata múltiples intentos de los dioses por crear a la humanidad, desde figuras de barro y madera hasta hombres de maíz, el material que finalmente prospera.
- Mitología china: vinculada a las primeras dinastías históricas y repleta de héroes civilizadores como Fuxi, que enseña a los humanos a usar el fuego, pescar, cocinar, leer presagios y escribir, o diosas creadoras como Nuwa, que modela a los hombres.
- Mitología hindú: ligada al hinduismo y articulada en textos como el Mahabharata y el Ramayana, donde aparecen dioses como Vishnu, Shiva o Krishna y se desarrollan complejas reflexiones sobre el deber, la reencarnación y la liberación espiritual.
La mitología vasca: un universo propio
Dentro del mosaico europeo, la mitología vasca destaca por su fuerte anclaje en la tierra (Ama Lur) y por la presencia dominante de potencias femeninas ligadas al mundo subterráneo y a la naturaleza. No llega a articularse como una “gran religión” en el sentido clásico, pero configura una cosmovisión muy coherente que ha pervivido en cuentos, leyendas, toponimia y fiestas populares.
El esquema general vuelve a ser tripartito: un ámbito celeste, un mundo de la superficie y un territorio subterráneo. En el cielo se insinúa un dios remoto (Jaungoikoa) asociado a fenómenos atmosféricos, pero la figura verdaderamente central es Mari, espíritu femenino de la tierra y señora de cuevas y simas, que encarna un poder ambivalente: puede ayudar generosamente o castigar con dureza la mentira, la avaricia o la falta de solidaridad.
La Tierra tiene dos hijas principales: Eguzkia (el Sol) e Ilargia (la Luna). El sol es dueña de la vida diurna, mientras que la luna, luz de los muertos, preside la noche y los dominios subterráneos. Ambos astros “desaparecen” cada día en el horizonte para viajar por túneles ocultos bajo la corteza terrestre, vestigio de una concepción del mundo plano y perforado por pasadizos.
En esta visión, el día pertenece a los seres diurnos —humanos, animales, plantas— y la noche es el tiempo de los espíritus y criaturas que habitan la oscuridad. La frase popular “eguna egunezkoarentzat eta gaua gauezkoarentzat” (“el día para los del día y la noche para los de la noche”) marca esa frontera simbólica. También se conserva la idea clásica de los cuatro elementos (aire, agua, fuego y tierra) como bases de la existencia.
Los animales se clasifican según su carga positiva o negativa. Burros, abejas, gallos u ovejas suelen verse como beneficiosos, mientras que sapos, culebras, cuervos, buitres o moscas se asocian a lo dañino, aunque no existe un consenso absoluto. Muchos se incorporan a la protección de casas y campos (gallos en las veletas, garras de tejón como amuletos). Del mismo modo, ciertas plantas funcionan como barreras apotropaicas: cardos solares (eguzki loreak), fresnos, espinos, laureles, etc.
En el plano humano, la mentalidad tradicional distingue entre el propio grupo y los “otros”. Se contraponen los euskaldunak (vascoparlantes) a forasteros (kanpotarrak, arrotzak), y se marcan como diferentes a colectivos como gitanos, judíos, agotes o herejes. Esta lógica de “nosotros frente a los demás” es típica de muchas culturas y se refuerza mediante relatos míticos.
Los vascos también imaginan un tiempo anterior al actual en el que la tierra estaba habitada por gigantes de fuerza descomunal, custodios de saberes esenciales. Son los jentilak o mairuak, seres de talla enorme y poderes extraordinarios que conviven durante un periodo con los humanos, hasta que llega el momento de su desaparición. Una leyenda sitúa su ocaso en la sierra de Aralar, donde, avisados por un anciano jentil de la llegada de una nueva religión, se sepultan bajo un túmulo de piedras (el dolmen de Jentilarria).
El personaje de Olentzero suele presentarse como el último jentil, un carbonero que ha pasado a encarnar las fiestas de Navidad y a anunciar el nacimiento de Jesucristo (Kixmi), simbolizando el relevo entre la vieja mitología y el cristianismo. Bajo el nombre de mairuak se designa también a seres subterráneos asociados a túmulos donde se esconden tesoros fabulosos en pellejos o calderos.
Otros protagonistas importantes son los héroes civilizadores como San Martín, Martintxiki o Martiniko, que roban o arrancan a los seres primigenios conocimientos esenciales: el secreto del fuego, de la forja del hierro, de la molienda del trigo, de la agricultura o la ganadería. Con ello facilitan la adaptación de las nuevas comunidades humanas a su entorno.
Junto a ellos aparecen figuras históricas y legendarias —Roldán, el rey Salomón, Mateo-txistu, el cazador eterno, el “hombre de la luna”— cuyas hazañas se amplifican en clave mítica. Y el panteón se enriquece con arcángeles y santos cristianos (San Miguel, San Gabriel, San Elías, san Martín), que funcionan como nuevos referentes religiosos sobre un sustrato precristiano.
Abundan también los seres semihumanos, capaces de adoptar diversas formas y oscilar entre la ayuda y el daño: hombres lobo (gizotsoak), adivinos (aztiak) que manejan el destino, brujas (sorginak) y brujos (intxisuak). En general, comparten el rasgo de moverse en los márgenes entre lo humano, lo animal y lo espiritual.
La noche, los espíritus y los mundos subterráneos
La noche está personificada en Gauekoa, el genio de la oscuridad, vinculado a la luna y a luces nocturnas sobrenaturales como gauargia o argiduna. Gauekoa patrulla los caminos y castiga a quienes desafían sus normas con marcas, sustos o incluso desapariciones. Bajo su amparo se agrupa una amplia categoría de espíritus nocturnos llamados ireluak.
Estos ireluak pueden ser divinidades domésticas, subterráneas o acuáticas. En el entorno de la casa, se cree en pequeños genios trabajadores que se obtienen en alfileteros o recipientes especiales y que cumplen de forma incansable las órdenes recibidas. Reciben nombres como famileriak, galtzagorriak, prakagorriak o mamarroak. También se cuelan entidades menos peligrosas como Maidea o Saindi-Maindia, e incluso lamiak que acuden a devorar las sobras de la cena, todas ellas generosas con quien las trata bien.
En el lado maligno aparecen fuerzas que oprimen el sueño, provocan pesadillas o enfermedades. El agobio nocturno se conoce como aideko o bildur-aizea, y se atribuye a un genio llamado Inguma. Otros seres, los gaizkinak, manipulan la lana de las almohadas para originar dolencias o la muerte. Muchas experiencias de parálisis del sueño y malestares nocturnos se interpretan bajo estas figuras.
En el mundo subterráneo reina, como ya se ha dicho, Mari. Vive en cuevas llenas de riquezas, se desplaza envuelta en fuego o montada en escoba, carnero o carro tirado por caballos, y domina los fenómenos atmosféricos. Tiene mandamientos propios y oráculos, y se la ha venerado como figura clave de un culto naturista. Comparte protagonismo con su consorte Maju, Sugaar o Sugoi, señor de las lamias, y con sus hijos: Mikelats, de carácter maligno y cercano al diablo, y Atarrabi o Axular, más benévolo y opuesto a su hermano.
Entre los habitantes subterráneos destaca el herensugea, dragón o gran serpiente a veces de siete cabezas, que devora ganado y jóvenes y es derrotado por un herrero, por ángeles o por el arcángel San Miguel. Otros avatares de Mari adoptan formas animales cerca de cuevas y simas —buey rojo, ternera roja, vaca roja, caballo, buitre, carnero, oveja, cabrón, cerdo, perro— para atraer a desprevenidos hacia el interior de la tierra.
A esta galería se suman figuras como Mirokutana, perro espectral que asusta a los caminantes; maruak, hombres cavernícolas cornudos que raptan pastores; hombres lobo (gizotsoak) y animales de fuego (ireltsuak) con aspecto de asno, carnero, cerdo o pájaro flamígero. El cíclope Tartalo —equivalente vasco del Polifemo griego— completa el repertorio de monstruos antropófagos de un solo ojo.
El bosque lo custodia Basajaun o Anxoa, un gigante peludo protector de la fauna, los pastores y las labores como el pastoreo o el carboneo, a veces acompañado por su pareja Basandere. En el polo opuesto, el diablo (deabrua, etsaia, “el otro chico”) preside aquelarres o sabbats en cuevas y prados, rodeado de diablos menores (mikolak) y encargado de la educación de Mikelats.
Los procesos de brujería en el País Vasco durante los siglos XVI y XVII, con la Inquisición de por medio, han dejado una huella muy profunda. Las brujas (sorginak) y brujos (intxisuak) eran acusados de pactar con el diablo, provocar tormentas y desgracias, maldecir cosechas, causar enfermedades, secuestrar niños y celebrar misas negras. Detrás de estas persecuciones se mezcla la represión religiosa con un imaginario muy antiguo sobre mujeres y hombres que tratan con fuerzas ocultas.
Las aguas —ríos, lagos, mar— albergan su propio conjunto de seres: lamiak o laminak, mujeres de pies animales (ave o cabra) que se peinan con peines de oro cerca de los cursos de agua y construyen puentes; las itsas lamiak o sirenas marinas, más peligrosas, que provocan tormentas y naufragios; y otras figuras asociadas a remolinos y tempestades.
Númenes del cielo y el tiempo
El cielo y la atmósfera están gobernados por Odei, genio del trueno y la tormenta, que recuerda a figuras como Zeus, Júpiter o Thor. Tiene dos hijos gemelos de carácter opuesto: Aidegaixto, malvado, que controla vientos destructores, rayos, nieblas intensas y fenómenos dañinos; y Ortzi, bondadoso, vinculado al firmamento luminoso, al arco iris (ortzadar) y a la constelación de la Osa Mayor, conocida como Zazpi Izarrak o Ahuntza.
A su alrededor se mueven otros seres menores que representan vientos, neblinas, ventiscas y tempestades concretas: Aidea o Aidekoa, espíritu aéreo conectado con Inguma y otros genios domésticos; Eluaso, ventisca de nieve; Lausoa, neblina; Aizebiur, torbellino o ráfaga. El cazador Mateo-txistu recorre el cielo con su jauría, y el ulular del viento durante una tormenta se interpreta a veces como sus silbidos y ladridos.
La tempestad se personifica en Eate, capaz de desencadenar incendios, riadas y vendavales devastadores, mientras que Traganarru se asocia a trombas y tormentas marinas. En conjunto, este entramado de númenes atmosféricos refleja un profundo respeto —y miedo— hacia las fuerzas del tiempo que marcaban la vida agrícola y marinera.
Mito, rito, sociedad y verdad simbólica
En cualquier cultura, el mito y el rito van de la mano. El mito cuenta, el rito recrea. Un relato puede explicar de forma alegórica el origen del mundo, de un pueblo o de una costumbre; el rito, mediante fiestas cíclicas, representaciones, danzas o ceremonias, reactualiza ese tiempo primordial para que la comunidad mantenga vivo su vínculo con los ancestros y con lo sagrado.
Muchas narraciones tradicionales funcionan como instrumentos de socialización: se utilizan en rituales de iniciación para infundir respeto (o miedo), transmitir conocimientos reservados a los adultos y marcar la entrada del joven en una nueva etapa. Pruebas físicas, control emocional, operaciones corporales y revelación de secretos forman parte de ese proceso, tras el cual el iniciado “renace” con nuevas responsabilidades.
Un aspecto clave es que, para los antiguos, no importaba tanto la literalidad exacta de un mito como su significado. Podían coexistir varias versiones del nacimiento de una diosa como Hathor sin que nadie se empeñara en etiquetarlas como “falsas” o “verdaderas”. Lo que contaba era la verdad simbólica, la enseñanza moral o religiosa que contenían, no los detalles concretos.
Esto se aprecia bien en géneros como la literatura Naru mesopotámica, donde figuras históricas son trasladadas a contextos totalmente distintos para vehicular mensajes éticos o religiosos. El oyente, más que buscar una doctrina oficial, interpreta los valores expresados en los mitos desde su experiencia personal y dentro del sistema cultural compartido.
La diferencia entre un sermón religioso y una experiencia mítica es, en buena medida, que el sermón intenta fijar una interpretación, mientras que el mito deja margen para que cada cual reconozca su propio reflejo en las imágenes y personajes. Ese espacio de interpretación individual es una de las razones por las que los mitos antiguos siguen hablando con fuerza a las audiencias modernas.
Si miramos el conjunto, lo que llamamos mitología responde siempre a las mismas preguntas de fondo: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo?, ¿por qué estoy aquí?, ¿a dónde voy?. A través de dioses creadores que moldean el mundo con la palabra, de diluvios universales que purifican la tierra, de dioses que mueren y resucitan por su pueblo y de héroes que atraviesan infiernos personales, cada cultura ha tejido un gran tapiz simbólico que da sentido a la existencia, articula normas sociales y expresa los miedos y esperanzas más profundas del ser humano.



