- La perspectiva de género reconfigura la historia económica al cuestionar marcos, fuentes y narrativas tradicionales.
- Del XIX al XX, autoras y activistas documentaron trabajo, propiedad, educación y participación política de las mujeres.
- Investigaciones en empresa y finanzas muestran su papel como trabajadoras, inversoras, directivas y accionistas.
- De las pioneras a los Nobel y a los liderazgos globales, se consolida un relato más completo y empírico.
La relación entre mujeres, economía e historia es mucho más profunda de lo que a veces se cuenta. Durante siglos, las mujeres han trabajado, invertido, enseñado y teorizado, pero su presencia quedó a menudo en segundo plano en los grandes relatos. Hoy, con nuevas miradas y mucha investigación, ese panorama se ha ido rellenando con nombres, datos y argumentos que cambian el enfoque tradicional.
El interés por contar esa historia completa no es una moda reciente ni un capricho académico. Desde la historiografía social hasta la historia económica y empresarial, han surgido obras fundamentales, revisiones críticas y agendas de investigación que invitan a integrar el género como categoría analítica, cruzándola con clase, raza e instituciones. Y todo ello se ha hecho, además, en un contexto social que recuerda que callar no corrige injusticias ni ausencias, ni en la esfera pública ni en los manuales.
Marco y claves de análisis con perspectiva de género

Una de las aportaciones más influyentes para entender cómo integrar a las mujeres en la historia fue el planteamiento de Joan W. Scott sobre el género como categoría de análisis. Su tesis subrayó que el género es una construcción social imbricada en las relaciones de poder y que atraviesa instituciones, leyes, culturas y mercados. Con ello, se superaba la idea de “sumar mujeres” a un relato ya dado para, en su lugar, cuestionar las bases que las habían invisibilizado.
Desde esa óptica, se entiende por qué varias revisiones han descrito la relación entre historia económica y estudios de género como una especie de “matrimonio complicado”. Elise van Nederveen Meerkerk propuso una agenda más integrada, al denunciar que la historia económica tendió a trabajar con una supuesta neutralidad que borraba dinámicas de género, mientras que la historia de las mujeres se alejaba a veces de los grandes procesos económicos. Su solución: colaboración interdisciplinar y cruce de métodos.
En historia de la empresa, la autocrítica también ha sido fuerte. Se ha señalado el error de tratar a “las mujeres” como una simple variable, sin replantear los marcos que configuraron estructuras, mercados y prácticas desde perspectivas masculinas. Aportaciones recientes piden repensar narrativas, conceptos e instituciones, y no solo registrar casos excepcionales.
Todo esto ha tenido un correlato en la docencia. Se han difundido guías, buenas prácticas e innovaciones didácticas para enseñar historia económica con perspectiva de género, de modo que el aula deje de reproducir sesgos heredados y pase a incorporar fuentes, debates y autoras que antes brillaban por su ausencia.
Del XIX al arranque del XX: precursoras y debates que cambiaron el tono
El siglo XIX fue decisivo para que las mujeres pusieran voz propia a su experiencia económica y social. Varias autoras usaron la historia como herramienta crítica frente a su exclusión, insistiendo en que habían estado presentes y activas. Entre las pioneras, Margaret Fuller publicó en 1845 un texto clave que cuestionaba la relegación doméstica y criticaba las lecturas históricas que subordinaban a las mujeres; no era un tratado “científico” al uso, pero sí un paso enorme en la construcción de una mirada feminista.
De gran impacto fue también la crónica del movimiento sufragista estadounidense, recogida en varios volúmenes editados por Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Matilda Joslyn Gage e Ida Husted Harper. Aquellas compilaciones documentaron campañas, discursos y organizaciones, y reivindicaron a las mujeres como agentes políticos y sociales, llenando huecos que la historiografía dominante había dejado vacíos.
El socialismo decimonónico alimentó los debates del feminismo y del sufragismo. Friedrich Engels vinculó la cuestión de las mujeres a la lucha de clases, en una lectura influyente aunque parcial respecto a la autonomía de las reivindicaciones feministas. En ese mismo horizonte reformista, Beatrice Webb, figura del fabianismo y cofundadora de la LSE, denunció discriminaciones salariales y precariedad laboral, y reflexionó sobre cómo las consumidoras y amas de casa podían incidir en la organización económica cotidiana.
Ya en el tránsito hacia el siglo XX, el impulso militante y el afán divulgador se cruzaron con un deseo de sistematizar evidencias. El resultado fue una serie de obras que pusieron el foco en trabajo, industria, educación, propiedad e instituciones, abriendo una senda por la que luego circularían los estudios económicos con perspectiva de género.
Trabajo, industrialización y desarrollo: del taller al salario y de la subsistencia al mercado
Alice Clark, en su obra sobre el trabajo femenino en el siglo XVII, sostuvo que la industrialización separó hogar y empleo, deteriorando la posición económica de las mujeres y empujándolas al trabajo no pagado. Antes, vida y producción convivían; con la fábrica, muchas quedaron fuera de la “producción visible”, redefiniéndose el estatus dentro de la familia y del mercado.
Ivy Pinchbeck matizó ese cuadro al estudiar la Revolución Industrial británica: mostró que hubo también oportunidades nuevas, especialmente en el textil, y que la regulación y los debates sobre derechos laborales abrieron, con límites, ventanas de mejora. Su enfoque inauguró una historiografía más fina sobre condiciones, salarios y adaptación de las trabajadoras a los cambios productivos.
Ester Boserup dio un giro capital al análisis del desarrollo en países no industrializados. Demostró que, en muchas economías agrarias, las mujeres habían sido decisivas en la producción. La transición hacia cultivos comerciales y la modernización tecnológica tendieron a marginarlas, elevando el valor (y el salario) del trabajo masculino y desplazándolas a tareas peor pagadas o invisibles, con más dependencia económica.
Claudia Goldin reformuló el relato de la participación laboral femenina con evidencia de largo plazo para Estados Unidos. Su famosa “curva en U” describió una evolución no lineal en el empleo femenino, y sus trabajos sobre educación y normas sociales mostraron cómo el acceso a secundaria y universidad transformó carreras, familias y expectativas. También conceptualizó la “penalización por maternidad” como engranaje clave de la desigualdad salarial.
La historiadora Jane Humphries, por su parte, cuestionó los promedios que ocultan experiencias concretas y criticó la comodidad de leer la industrialización británica con agregados que minimizan el trabajo de mujeres y niños. Su propuesta: reconsiderar relatos, fuentes y categorías, y contar la industrialización también desde quienes la vivieron en peores condiciones.
Historia de la empresa, finanzas y mercados: del despacho a la acción accionarial
Desde la historia empresarial, se analizó cómo género y organización se forjaron a la vez. Angel Kwolek-Folland estudió oficinas corporativas entre 1870 y 1930 y mostró cómo normas e imaginarios de género condicionaron jerarquías, carreras y cultura corporativa en banca y seguros, cuando el “cuello blanco” empezó a feminizarse.
A finales de los noventa, las revistas académicas abrieron números monográficos sobre mujeres y negocios, amplificando un debate antes disperso. Se publicaron compilaciones de gran alcance temático y cronológico que reunieron investigación sobre propiedad, derecho, comercio, agricultura, trabajo industrial y gestión, desde la Edad Media tardía hasta el siglo XX.
En finanzas históricas, un volumen colectivo pionero puso el foco en accionistas, ahorradoras e inversoras, y en su relación con la contabilidad y la administración desde el siglo XVIII hasta mediados del XX. Nombres propios, redes de inversión, apetito por el riesgo y resultados de cartera entraron en diálogo con preguntas que hoy siguen vivas.
Las revisiones más recientes han sido tajantes: la narrativa dominante del negocio sigue dejando a las mujeres en los márgenes, salvo cuando un estudio adopta de verdad un enfoque inclusivo. De ahí la insistencia en pasar de “las mujeres” como categoría a replantear instituciones, cultura corporativa, conceptos y preguntas. El balance del último cuarto de siglo muestra avances notables y, al mismo tiempo, espacio para un cambio más radical.
Economistas y figuras que abrieron camino: divulgadoras, pensadoras y practicantes
En los albores de la economía política, Jane Marcet publicó “Conversaciones sobre Economía Política”, un libro que acercó conceptos complejos a un público amplio y animó a otras mujeres a adentrarse en el debate económico. Harriet Martineau llevó esa vocación divulgadora a su máxima expresión con sus “Ilustraciones de economía política”, al tiempo que defendía derechos civiles y cuestionaba instituciones desiguales.
Rosa Luxemburgo, figura del marxismo crítico, aportó una lectura propia sobre acumulación, crisis y el papel del dinero, y debatió con líderes de su tiempo sobre democracia y revolución. Su obra, escrita incluso en prisión, conserva vigencia para discutir tensiones entre mercado, instituciones y conflicto social.
En Estados Unidos, Edith Abbott destacó como sufragista, académica y funcionaria. Fue pionera en estadística aplicada y análisis social, participó en la gestación de la Seguridad Social y ocupó puestos de liderazgo poco accesibles para mujeres de su generación, en un cruce entre investigación, políticas públicas y reforma social.
Joan Robinson, una de las voces más potentes del siglo XX, revolucionó la microeconomía con la competencia imperfecta y contribuyó a debates macro sobre crecimiento y distribución. Aunque nunca recibió el Nobel, su legado estructuró agendas enteras de investigación y docencia en Cambridge y más allá.
La hispanista y economista Marjorie Grice-Hutchinson vinculó su vida académica a España, estudió a la Escuela de Salamanca y la tradición escolástica, y dejó un rastro duradero en la historia del pensamiento económico, con reconocimientos internacionales y una larga carrera universitaria.
También merece atención Mary Paley Marshall, entre las primeras estudiantes de Cambridge que, pese a examinarse, no pudo graduarse por ser mujer. Profesora, coautora de un manual clásico junto a Alfred Marshall y figura clave en la institucionalización de la economía en Bristol, encarna la perseverancia frente a barreras formales.
Si miramos al terreno financiero y empresarial, varias biografías rompen el tópico de pasividad. Abigail Adams gestionó inversiones en deuda pública temprana en contra de opiniones cercanas, multiplicando patrimonio; Victoria Woodhull cofundó con su hermana la primera correduría de Bolsa femenina en Wall Street; y Hetty Green, inversora legendaria, hizo fortuna con disciplina y paciencia, comprando valor en mínimos y vendiendo en la euforia.
Deirdre McCloskey, con su trabajo sobre retórica y persuasión en economía, abrió una línea que humaniza la disciplina, explicando cómo los argumentos y los valores operan en nuestras teorías. Y Christina Romer, al frente del Consejo de Asesores Económicos durante la Gran Recesión, ayudó a diseñar políticas contracíclicas en tiempos de crisis.
Premios Nobel y liderazgo global: influencia y toma de decisiones
Elinor Ostrom fue la primera mujer en recibir el Nobel de Economía por su análisis de los bienes comunes y la cooperación. Demostró que comunidades diversas pueden crear reglas eficaces para gestionar recursos sin depender exclusivamente de Estado o mercado, con un enfoque institucional y empírico de enorme impacto.
Esther Duflo, junto con Abhijit Banerjee y Michael Kremer, extendió el uso de ensayos de campo para evaluar políticas contra la pobreza, transformando la forma de priorizar intervenciones en educación, salud o microfinanzas. Su enfoque experimental redibujó el mapa de la economía del desarrollo.
Claudia Goldin coronó décadas de investigación histórica y empírica sobre mujeres y mercado laboral, desentrañando causas de la brecha salarial y de la penalización por maternidad, y mostrando cómo educación y normas han guiado decisiones vitales y trayectorias profesionales.
En el terreno institucional, Christine Lagarde ha sido la primera mujer al frente del FMI y del BCE, marcando una pauta de liderazgo y visibilidad en cúpulas económicas. En el FMI, Kristalina Georgieva continúa esa línea, y en la OMC, Ngozi Okonjo-Iweala dirige una institución clave del comercio global.
Janet Yellen rompió techos como presidenta de la Reserva Federal y como secretaria del Tesoro, Gita Gopinath abrió camino como economista jefe del FMI, y Pinelopi Koujianou (Goldberg) lideró la jefatura económica del Banco Mundial. En España, Margarita Delgado se convirtió en la primera subgobernadora del Banco de España, contribuyendo a la supervisión y estabilidad financiera.
Aportes desde España y desde la academia: monográficos, debates y docencia
Un monográfico de referencia coordinado desde España reunió investigaciones sobre la presencia de las mujeres en el pensamiento económico y en la práctica profesional. Elena Gallego Abaroa recuperó a Jane Marcet, Harriet Martineau, Millicent Garrett Fawcett y Harriet Taylor Mill, cuatro autoras decimonónicas vinculadas a la tradición clásica que defendieron progreso, educación y participación económica.
En ese mismo dossier, Miguel Ángel Galindo analizó las críticas de varias economistas a la ortodoxia neoclásica, reclamando formación, remuneración equitativa y divulgación; y conectó aportaciones tempranas sobre consumo con debates que luego popularizaría el keynesianismo.
José Luis Ramos Gorostiza revisó los diarios y cartas de Beatrice Webb y su viaje a la URSS estalinista para comprender su paso del fabianismo a una visión favorable de la planificación. Estrella Trincado dialogó con Rosa Luxemburgo sobre crisis y valor, destacando la importancia del dinero, el riesgo y el marco institucional en los ciclos.
Begoña Pérez Calle trazó la génesis y el alcance de la competencia imperfecta en la obra juvenil de Joan Robinson; María Teresa Méndez Picazo siguió el tránsito de la contabilidad doméstica a la profesionalización; y Luis Perdices de Blas examinó el lugar que el ilustrado Pablo de Olavide concedió a la mujer en educación y mercado de trabajo.
Otros trabajos del mismo conjunto estudiaron estructuras empresariales contemporáneas en España, la presencia de la mujer en la investigación económica, la evolución por grupos profesionales en la banca (2000-2008) y las capacidades emprendedoras, con propuestas de políticas públicas y de empresa orientadas a equidad y productividad.
Siglos XVI-XIX: negocios y finanzas bajo otra luz
Un congreso internacional centrado en los siglos XVI al XIX abrió un espacio de encuentro para reexaminar la participación femenina en negocios y finanzas. La premisa fue clara: su papel se minimizó durante demasiado tiempo, pese a su actividad en comercio, textil o crédito rural, y hoy contamos con pruebas documentales que lo corrigen.
El primer eje temático exploró la cultura escrita y la formación, tanto teórica como práctica. ¿Qué leían y dónde aprendían? Se analizaron manuales, escuelas, fábricas y formas de acceso al conocimiento, desmontando la idea de que solo se acercaron a textos morales o religiosos.
El segundo eje se ocupó de oficios y trabajos, incluidos aquellos compartidos con hombres, con sus alianzas y fricciones. Importó medir participación, estrategias de supervivencia y regulación, y cuestionar el molde del “modelo burgués” como patrón único de experiencia femenina.
El tercer eje puso el foco en la administración de bienes y en los conflictos para mantenerlos: deudas, pleitos y pactos familiares. Aunque la representación legal solía recaer en varones, los estudios revelan una presencia significativa de mujeres en la gestión y en la toma de decisiones domésticas y patrimoniales.
El cuarto eje abordó emprendimiento y gestión empresarial. Muchas iniciativas surgieron de la necesidad y de la búsqueda de ingresos en contextos cambiantes. Ahí emergen mujeres autónomas que aprovecharon ventanas legales y oportunidades de mercado, a veces bordeando normas, para sostener negocios propios y familiares.
Los resúmenes de ese encuentro evidencian dos cosas: que las fuentes sí recogen su presencia y que la supuesta dependencia legal total es una simplificación. A medida que se afinan las preguntas, la historia económica de la Edad Moderna y Contemporánea incorpora prácticas reales y decisiones tomadas por mujeres con agencia y cálculo.
En paralelo, la docencia universitaria y la divulgación han ido incorporando de manera más sistemática esta perspectiva, con capítulos, guías y experiencias de aula. El propósito es que la próxima generación estudie historia económica sin los vacíos de siempre y utilice marcos conceptuales que incluyan cuidados, trabajo no remunerado y la interacción entre normas sociales e instituciones, como muestran estudios sobre avances de la medicina bizantina.
También en el plano editorial y de revistas especializadas se ha ampliado el foco: monográficos, revisiones de literatura y evaluaciones por pares ciegos han ayudado a dar coherencia a un campo que, hace treinta años, parecía disperso. Hoy, el reto no es probar que “hay casos”, sino reescribir la arquitectura del relato.
Quedan desafíos, desde la medición del trabajo no remunerado hasta la identificación de sesgos en series históricas, pasando por la revisión de indicadores que presumen neutralidad. Pero la dirección de marcha es prometedora: más datos, mejores preguntas y narraciones que conectan lo micro con lo macro, y lo biográfico con lo institucional.
Si reunimos todo lo visto, la historia económica con enfoque de género ha pasado de preguntar “dónde estaban las mujeres” a explicar “cómo funcionó la economía con ellas dentro”, sus barreras y sus estrategias. Del XIX militante a los Nobel contemporáneos, de las oficinas del primer capitalismo a los consejos de política monetaria, el mapa se ha llenado de protagonistas, conceptos y pruebas. Y aunque no todo está dicho, ya nadie puede sostener que esta sea solo una nota a pie de página: es una parte esencial del argumento central sobre cómo crecen, cambian y se organizan nuestras sociedades.




