Obras artísticas que mantienen viva la memoria: del temblor al lienzo

Última actualización: octubre 6, 2025
  • Del sismo a la obra: arte, crónica y audiovisual sostienen la memoria social.
  • El tiempo y la nostalgia, ejes que atraviesan 20 obras clave de distintas épocas.
  • Dalí y su icono viajan y se reescriben: de Portlligat al MoMA y más allá.
  • La memoria pública se pinta en los muros y se forja en la espiral de Chirino.

obras artisticas que mantienen viva la memoria

La memoria colectiva se sostiene, una y otra vez, en las imágenes, los relatos y los objetos que elegimos conservar. El arte se convierte así en archivo vivo: un espacio donde las heridas, los aprendizajes y las luchas encuentran forma, voz y eco a través del tiempo.

Este recorrido reúne piezas y miradas muy distintas entre sí, pero profundamente conectadas por la voluntad de no olvidar. Desde sismos que marcaron a México hasta murales, novelas visuales y esculturas, pasando por grandes obras sobre el tiempo y la nostalgia, veremos cómo creadores de distintas épocas activan la memoria para pensar quiénes somos y qué queremos recordar.

Memorias que nacen de la tierra: los sismos de México

La experiencia sísmica de México convirtió el 19 de septiembre en un emblema doloroso y, a la vez, en una cita anual con la memoria. El terremoto de 1985 dejó una huella indeleble en la capital, con más de seis mil víctimas según cifras oficiales y estimaciones ciudadanas que multiplicaron esa cifra por decenas de miles. Treinta y dos años después, en 2017, la tierra volvió a quebrarse el mismo día, reforzando la conciencia de una fecha que ya no es solo un recordatorio del desastre, sino también de la capacidad de organización social.

A partir de esas fracturas surgió una constelación de obras que no se quedaron en narrar la tragedia. Literatura, documental, ficción televisiva y arte contemporáneo se unieron para pensar la fragilidad urbana, la desigualdad y, sobre todo, la dignidad de quienes se organizaron frente a la emergencia.

Desde nuestra propia altura — Tercerunquinto

El colectivo Tercerunquinto, integrado por Rolando Flores y Gabriel Cázares, convirtió ruinas y residuos urbanos en materia de pensamiento. En la exposición Desde nuestra propia altura (Proyectos Monclova, 2025), rescataron fragmentos reales de edificios colapsados en 1985 y 2017, así como restos de demoliciones posteriores, para recomponerlos en nuevas constelaciones espaciales.

De esa investigación surge, entre otras, la pieza “Efemérides”, hoy presente en la muestra Bajo el signo de Saturno del MUAC. La obra cruza las ruinas terrestres con cartografías del cielo: mapas estelares tal y como se configuraban en los días de los sismos. El gesto enlaza el temblor urbano con la intuición de un orden —o desorden— cósmico, y dialoga con la idea de un “terror cósmico” que subraya nuestra pequeñez ante lo inconmensurable.

El resultado es inquietante y profundamente poético: maderas, metales y mosaicos rotos conviven con un firmamento fechado. No se trata de explicar el destino, sino de reconocer que el desastre no solo se mide en toneladas de escombro, sino también en la desorientación existencial que deja tras de sí.

No sin nosotros — Carlos Monsiváis

El cronista Carlos Monsiváis condensó el pulso de una ciudad herida en No sin nosotros. Los días del terremoto 1985–2005 (2005). El libro reúne la mirada cercana a los meses inmediatos a la tragedia con un balance dos décadas después, cuando la sociedad civil dejó claro que podía organizarse al margen de las inercias gubernamentales.

El título se volvió consigna: “Nunca más un México sin nosotros”. Un lema que reconoce el papel protagónico de la ciudadanía en la reconstrucción y que transforma un libro de crónicas en documento de memoria y acción. En la fuente original se invitaba a localizar la obra con un enlace, signo de que este texto sigue vivo en la conversación pública.

No les pedimos un viaje a la luna — María del Carmen de Lara

En 1986, la cineasta María del Carmen de Lara llevó al documental lo que muchos intentaron invisibilizar: la voz de las costureras sobrevivientes al derrumbe de fábricas textiles. No les pedimos un viaje a la luna muestra cómo, tras el colapso y la pérdida de vidas, muchas trabajadoras debieron pelear también contra patrones que se negaban a pagar indemnizaciones justas.

La película, distinguida con el Ariel al mejor mediometraje documental, registró no solo el dolor, sino también la organización política y laboral de estas mujeres. Su restauración en 2025 en la Cineteca Nacional —con la presencia de la directora y algunas de las protagonistas— confirma una vigencia que incomoda a un país que todavía mira de reojo las deudas con su clase trabajadora. En su momento, el contenido se acompañó de piezas audiovisuales incrustadas, subrayando el carácter testimonial y difusor del proyecto.

Cada minuto cuenta — Prime Video

La ficción televisiva también reivindicó la memoria del 19 de septiembre. Producida por Prime Video, la serie Cada minuto cuenta (2022–2025) recrea las horas posteriores al sismo desde la mirada de ciudadanas y ciudadanos comunes: personal médico, periodistas, vecinas, vecinos y brigadistas improvisados que afrontan los derrumbes y la precariedad institucional.

La serie supuso un hito tecnológico en la región al apostar por pantallas de producción virtual. Esa innovación, sin embargo, estuvo al servicio de relatos íntimos donde la solidaridad emerge como motor de supervivencia. Con su temporada final aparecida en 2025 —en coincidencia con el 40 aniversario del terremoto de 1985— la producción subraya que la herida no pertenece solo al pasado. En la fuente original, este bloque venía acompañado de contenido incrustado que reforzaba el alcance popular del proyecto.

La memoria como reconstrucción

Entre ruinas, consignas y relatos audiovisuales, se articula una idea fuerza: la cultura es también un lugar para rehacerse. Los sismos de 1985 y 2017 removieron México en lo físico y en lo simbólico, y de ese movimiento emergieron piezas que se niegan a tolerar el olvido. En la pieza de origen, se enlazaban contenidos de servicio público —como el Simulacro Nacional 2025 y el funcionamiento de alertas móviles—, un recordatorio de que la memoria también se práctica.

arte y memoria en distintas obras

Nostalgia en la pintura: ecos de épocas y recuerdos

La nostalgia, tan presente en arte, música y literatura, funciona como vínculo emocional con recuerdos compartidos. Muchos creadores tiran de periodos concretos, referencias culturales y vivencias personales, dejando en la tela rastros que conectan con el espectador sin necesidad de palabras.

Un ejemplo contemporáneo desde Edimburgo nos regresa a días analógicos: tardes sin móvil, ratos con la familia, videojuegos de tubo y esa inercia de “matar el tiempo” con los nuestros. La artista estadounidense Jessica Brilli, por su parte, captura el imaginario de los años 50 con escenas y objetos que activan la memoria afectiva de toda una nación.

El Romanticismo —con figuras como J. M. W. Turner— miró al campo y al paisaje abundante como refugio idealizado previo a la industrialización. También la iconografía íntima de Salvador Dalí con su hermana Ana María, en cuadros como Muchacha en la ventana, construye un silencio contemplativo cargado de emoción ante el mar.

En México, Diego Rivera firmó el monumental Sueño de una tarde dominical en la Alameda, un fresco que retrata el paseo dominguero de la burguesía al tiempo que atiza a la historia con una mirada crítica. A su modo, Claude Monet tiñe de melancolía su Atardecer en Venecia, fruto de un viaje tardío y apasionado que dejó una serie de vistas enamoradas de la ciudad.

La ambivalencia nostálgica recorre El Ángelus de Jean-François Millet, con dos campesinos que interrumpen el trabajo para rezar mientras un claroscuro delicado nos transporta. Pintores actuales, asimismo, destilan fragmentos de vida cotidiana para provocar esa punzada de memoria en quienes miran. Y si Georges Seurat nos invita a un domingo de verano en La Grande Jatte, Vincent van Gogh condensa en Noche estrellada interpretaciones encontradas: anhelo trascendente para algunos, reflejo del shock para otros, con el cielo en espirales contrastando con la calma del pueblo.

En esa misma línea, los medios culturales suelen añadir llamadas a la comunidad —como suscripciones a boletines que recuerdan su política de privacidad—, señal de que estas lecturas aspiran a formar redes de memoria. Incluso se aclara en algún caso que la autoría del texto pertenece a miembros de comunidades de lectores de periódicos, integrando a la ciudadanía en el debate cultural.

El tiempo como tema: 10 obras clave para entender su huella

“Tempus fugit”, decían los latinos. El tiempo ha sido cíclico para los antiguos, lineal y finito para la Edad Media —que esperaba la segunda venida de Cristo—, demoledor en el Barroco con sus vanitas y constructor de la nostalgia romántica. Este eje mental y sensible atraviesa la historia del arte.

1) Mensario de San Isidoro de León (siglo XI)

En el Panteón Real se conserva un mensario románico de gran calidad que marca el año por tareas agrícolas. Enero recoge a Jano; febrero, a un anciano al fuego; abril, a un joven con flores; septiembre, a un vendimiador. Conviven así la temporalidad cristiana lineal con el tiempo cíclico heredado de la Antigüedad.

2) Saturno, de Peter Paul Rubens (1636)

La figura de Crono/Saturno —asociada por etimología popular al tiempo— devorando a sus hijos ha personificado ese avance que todo lo consume. Rubens pinta para la Torre de la Parada un titán anciano y musculoso, iluminado por una luz teatral que enfatiza la violencia de la escena.

3) In ictu oculi, de Valdés Leal (1672)

En pareja con Finis Gloriae Mundi, esta tela sintetiza el memento mori y la vanitas barroca. Un esqueleto coronando un globo terráqueo apaga la vela de la vida con su mano, guadaña en la otra. A sus pies, objetos que nos recuerdan que nada se lleva uno consigo.

4) La última gota (El alegre caballero), de Judith Leyster (1639)

Dos jóvenes beben y fuman cuando, tras uno de ellos, asoma la muerte: un esqueleto ilumina con una vela y eleva un reloj de arena. La advertencia es clara: el tiempo corre, también para quienes celebran.

5) Autorretratos de Rembrandt

A lo largo de unos cuarenta años, Rembrandt se retrata para registrar sus mudanzas vitales. Desde la risa insegura de 1628 hasta el rostro grave de 1669, seguimos la marca del tiempo en la propia carne del artista.

6) El tiempo ahumando una pintura, de William Hogarth (1732)

Hogarth satiriza la idea de que el tiempo mejora el arte. Un viejo con guadaña —personificación del tiempo— ahúma con su pipa un lienzo en el caballete. El humo ennegrece la obra: el paso del tiempo no embellece, gasta.

7) Las Parcas (Átropos), de Francisco de Goya (1820–23)

De cromatismo sombrío, la escena presenta a las tres Parcas decidiendo la duración de la vida, y a una cuarta figura de manos atadas que atrae la mirada. La alusión a Átropos —quien corta el hilo— es inequívoca.

8) El soñador (Ruinas de Oybin), de Caspar David Friedrich (1835)

El Romanticismo transformó el tiempo en belleza melancólica. Un hombre contempla un amanecer o atardecer entre ruinas góticas, idealizando la espiritualidad pasada, y elevando el pasado nacional a mito.

9) Naturaleza muerta con vela volcada, de Max Beckmann (1930)

Tres velas sobre una mesa, dos aún encendidas y una caída, y un espejo que duplica lo que arde. La composición cerrada transmite inquietud, una vanitas del siglo XX con lenguaje moderno.

10) La persistencia de la memoria, de Salvador Dalí (1931)

Los célebres relojes blandos —el “camembert del tiempo”, según Dalí— condensan su método paranoico-crítico. Relojes derivretidos, hormigas y un rostro central ambiguo rompen cualquier seguridad: realidad y sueño se mezclan y el tiempo pierde contorno.

Dalí y el viaje de un icono: del MoMA a Figueres

Pintada con solo 27 años, La persistencia de la memoria se convirtió, por su precisión técnica y su potencia simbólica, en una imagen global del siglo XX. El paisaje de Portlligat —rocas del Cabo de Creus y cielo mediterráneo— sostiene cuatro relojes: tres blandos y uno rígido boca abajo, cubierto de hormigas. Cada uno marca una hora distinta, y su disposición sugiere la relatividad del tiempo y la angustia humana por controlarlo. Late también en la pieza el viejo anhelo de permanencia e inmortalidad.

El óleo, de dimensiones reducidas (24 x 33 cm), salió de España en 1931 sin haberse expuesto públicamente. Fue mostrado en la galería Pierre Colle en París y adquirido por el galerista Julien Levy, que lo llevó a Estados Unidos. Allí circuló por distintos museos hasta ingresar en la colección del Museum of Modern Art (MoMA) en 1934, donado por Helen Lansdowne Resor —figura clave de la publicidad— por 400 dólares.

Su éxito popular fue tan imponente que se reprodujo sin descanso, incluso en escaparates y revistas, y dio pie a polémicas sobre el significado de la “textura blanda” del tiempo. En 2009, el MoMA concedió un préstamo extraordinario a Figueres: entre el 16 de enero y el 18 de marzo, la obra pudo contemplarse por primera vez en la ciudad natal de Dalí, en el Teatro-Museo Dalí.

Aquella presentación —con la voz del propio director del MoMA subrayando lo excepcional de la cesión— se acompañó de un proyecto educativo de la Fundació Gala–Salvador Dalí, con cuadernos pedagógicos, materiales audiovisuales, un DVD y un folleto que recuperaba el diseño de la exposición de 1931 en la Julien Levy Gallery. El museo de Figueres diseñó incluso una sala específica (“Cuant cau, cau”, núm. 22) para la ocasión, en diálogo con otro préstamo temporal, Metamorfosis de Narciso.

Una relectura en clave científica: La desintegración de la persistencia de la memoria

Décadas más tarde, Dalí volvió sobre el icono no para calcarlo, sino para repensarlo a la luz de su tiempo. La desintegración de la persistencia de la memoria no es una “segunda parte”, sino una obra nueva que integra el avance científico y el trauma bélico de la bomba atómica.

Se mantienen elementos reconocibles —los relojes maleables, la costa de Cadaqués—, pero la escena se fragmenta, aparecen misiles y un pez que introduce la pulsión de vida frente a la destrucción. Dalí vuelve a unir ciencia, arte y actualidad, expandiendo las posibilidades del Surrealismo para hablar del mundo con imágenes que descolocan.

Memoria histórica en el espacio público: el mural de Roc Blackblock

La memoria no solo se conserva en museos. En Les Masies de l’Espluga de Francolí (Conca de Barberà), un mural de Roc Blackblock recuerda a las Brigadas Internacionales. Forma parte del proyecto Murs de Bitàcola, una red de intervenciones con soporte digital (códigos QR) que convierten la ciudad en aula de historia.

La obra se vincula con el Espai de Memòria del albergue local y con un episodio preciso: el 25 de octubre de 1938, cuando los batallones voluntarios que lucharon por la República recibieron un primer acto de despedida. Aquel día, Juan Negrín —entonces presidente del Consejo de Ministros— pronunció un discurso ante los brigadistas, un momento captado por Robert Capa, Henry Buckley y otros fotoperiodistas.

El proyecto no solo preserva el pasado: invita a la ciudadanía a participar. En la cobertura del medio, se animaba a las lectoras y lectores a enviar fotografías y relatos a una dirección de correo, integrando a la comunidad en la construcción del archivo de memoria local.

Memoria de la forma: la espiral de Martín Chirino

La memoria también se activa cuando revisitamos a quienes forjaron las formas de nuestro presente. En palabras de Martín Chirino (1925–2019), la inspiración está en las herramientas humildes: la reja, el arado, aquello que “prolonga” la mano y enlaza al ser humano con la tierra.

Su escultura, heredera de las lecciones de Julio González, se entiende como “dibujo en el aire”, una continuidad espacial que invita a la mirada a salir del objeto. La espiral —viento, aliento, soplo creador— recorre su obra como una huella del origen, en sintonía con Bachelard cuando hablaba del viaje hacia el centro de la espiral y del “encierro en el exterior”.

En términos de imaginación material, sus piezas rompen con las dicotomías: son figuras de lo aéreo que remiten a la inmersión en aguas, a la serenidad de un horizonte o al vértigo del abismo. Tierra, máscara, rostro y sueño se pliegan en modulaciones que vuelven dúctil la rigidez del metal.

Chirino fue, además, un agente cultural clave: reimpulsó el Círculo de Bellas Artes de Madrid y promovió el CAAM en Las Palmas de Gran Canaria. En su centenario, una exposición celebra a quien se asumía “estoico”, y cuya espiral —como en la obra El viento, © Martín Chirino, VEGAP, Madrid, 2025— sigue soplando memoria para las nuevas generaciones.

El mosaico de obras y relatos aquí reunido demuestra que la memoria se mantiene viva cuando se multiplica en materiales, géneros y lugares. De las placas tectónicas a los lienzos, de los libros a los murales y de los relojes blandos a las espirales de hierro, el arte no solo recuerda: también reconstruye, interroga y acompaña. Y ahí, quizá, radica su fuerza duradera.

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