Qué se conmemora el Viernes Santo: sentido, historia y celebraciones

Última actualización: abril 9, 2026
  • El Viernes Santo recuerda la pasión, crucifixión, muerte y sepultura de Jesús, núcleo del Triduo Pascual cristiano.
  • Su fecha es móvil, ligada a la Pascua: el viernes anterior al domingo posterior a la primera luna llena de primavera.
  • Las iglesias histórica-cristianas lo viven con ayuno, silencio y liturgias específicas centradas en la adoración de la cruz.
  • Numerosos países lo reconocen como festivo civil, con procesiones, restricciones legales y tradiciones populares muy arraigadas.

Viernes Santo que se conmemora

El Viernes Santo es uno de esos días del calendario que, incluso para quien no pisa una iglesia en todo el año, resulta imposible pasar por alto. Las campanas en silencio, las procesiones en la calle, los comercios cerrados y el ambiente de recogimiento marcan una jornada que, desde hace siglos, gira en torno a un mismo hecho: la muerte de Jesús de Nazaret en la cruz.

Más allá de la tradición popular, este día reúne una enorme riqueza histórica, litúrgica y cultural. Lo que se conmemora el Viernes Santo, cómo se calcula su fecha, qué se hace en las iglesias y cómo se vive en distintos países y confesiones cristianas es mucho más amplio (y complejo) de lo que parece a primera vista. Vamos a desgranar todo ello con calma.

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Qué se conmemora exactamente el Viernes Santo

En el corazón del cristianismo, el Viernes Santo recuerda la pasión, crucifixión, muerte y sepultura de Jesús de Nazaret en el monte Calvario o Gólgota. Forma parte del llamado Triduo Pascual (Jueves Santo, Viernes Santo y la Vigilia Pascual del Sábado Santo), que es el centro de todo el año litúrgico cristiano, especialmente en la Iglesia católica y en las iglesias de tradición histórica, en el contexto de la Cuaresma.

Teológicamente, los cristianos ven este día como el momento en el que Cristo ofrece su vida «como sacrificio redentor» por la humanidad. Es el día del gran sufrimiento, pero también del amor llevado al extremo: Dios, según la fe cristiana, se deja juzgar, torturar y matar para abrir el camino de la salvación. De ahí que, aunque el ambiente sea sobrio y de luto, la liturgia esté cargada de una esperanza que se completará con la Resurrección en la Pascua.

Desde muy pronto, las comunidades cristianas comenzaron a recordar de forma anual estos acontecimientos. El centro no son las lágrimas ni el morbo de la muerte, sino la contemplación del amor y la obediencia de Jesús hasta el final, así como la invitación a la conversión personal mediante el ayuno, la oración y la penitencia.

Por eso, en muchas tradiciones se le llama también «Gran Viernes», «Viernes Grande» o incluso «Viernes Negro», subrayando su importancia única y el tono de dolor que lo acompaña.

Origen del nombre y terminología en distintos idiomas

El nombre «Viernes Santo» en español, francés (Vendredi saint), italiano (Venerdì santo) o portugués (Sexta-Feira Santa) es bastante directo: se trata del «viernes consagrado» a la pasión del Señor. Sin embargo, en otras lenguas la cosa tiene más matices históricos y curiosidades lingüísticas.

En inglés, el día se conoce como Good Friday. Ese «good» no significa tanto «bueno» en el sentido actual, sino «piadoso» o «santo», un uso antiguo de la palabra que sobrevive también en expresiones como the good book (para la Biblia). Hay quien piensa, por etimología popular, que vendría de God’s Friday (el viernes de Dios), del mismo modo que goodbye viene de God be with ye, aunque los filólogos suelen ver esa explicación como incorrecta.

En las lenguas germánicas, el matiz suele ir por el lado del dolor y el luto. En alemán se llama Karfreitag, donde kar remite al lamento, la pena y la aflicción; también se oye Stiller Freitag (Viernes silencioso) o Hoher Freitag (Viernes alto, o santo). En neerlandés se dice Goede Vrijdag, y en frisio Goedfreed.

En las lenguas escandinavas y en finés encontramos algo muy gráfico: se le llama «Viernes largo» (como en finés pitkäperjantai), reflejo de la sensación de jornada interminable de sufrimiento, igual que ocurría en el inglés antiguo (langa frigedæg).

En las lenguas de tradición ortodoxa y orientales, el énfasis suele caer en la grandeza de la fiesta. En griego, polaco, húngaro, rumano, bretón o armenio el equivalente suele ser «Gran Viernes» (Μεγάλη Παρασκευή, Wielki Piątek, Nagypéntek, Vinerea Mare, Gwener ar Groaz, Ավագ Ուրբաթ). En serbio se habla de Велики петак (Gran Viernes) o Страсни петак (Viernes de sufrimiento), y en búlgaro Велики петък o Разпети петък (Viernes Crucificado).

Algunas lenguas célticas subrayan directamente la pasión. En irlandés se dice Aoine an Chéasta, «viernes de la crucifixión», y en gaélico escocés DihAoine na Ceusta. En galés, Dydd Gwener y Groglith alude a un texto medieval sobre la cruz que se solía leer precisamente ese día. En árabe y maltés se utiliza la expresión «Gran Viernes» (الجمعة العظيمة, Il-Ġimgħa l-Kbira), y en malayalam se habla de «viernes triste».

Relato evangélico de lo que se recuerda el Viernes Santo

Todo lo que se celebra el Viernes Santo se basa en los relatos de la Pasión contenidos en los cuatro Evangelios. Cada uno aporta detalles, pero la trama común se puede resumir en varios momentos clave: arresto, juicios, condena, crucifixión, muerte y sepultura.

Tras la Última Cena del Jueves Santo, Jesús se retira a orar con algunos discípulos al Huerto de Getsemaní. Allí es detenido por soldados guiados por Judas Iscariote, que lo identifica con un beso a cambio de treinta monedas de plata. Es conducido primero a la casa de Anás y luego a la de Caifás, sumo sacerdote, donde el Sanedrín se reúne de noche para interrogarlo.

Los evangelios cuentan que se presentan testigos con declaraciones contradictorias contra Jesús, pero él apenas responde. Finalmente, el sumo sacerdote le exige, bajo juramento, que diga si es el Mesías, el Hijo de Dios. Jesús responde de forma solemne anunciando que el Hijo del Hombre será visto a la derecha del Poder y viniendo sobre las nubes, lo que se interpreta como una afirmación de su identidad divina. El Sanedrín lo declara reo de muerte por blasfemia. Mientras tanto, Pedro, en el patio, niega conocer a Jesús tres veces, tal y como este le había anunciado.

A primera hora de la mañana, las autoridades religiosas llevan a Jesús ante Poncio Pilato, el gobernador romano. Como los judíos no podían ejecutar legalmente una pena capital, intentan que Roma se haga cargo acusando a Jesús de subvertir la nación, impedir el pago de tributos al César y proclamarse rey. Pilato, tras interrogarlo, declara no encontrar culpa en él.

Al enterarse de que Jesús es galileo, Pilato se lo remite a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea, que se halla en Jerusalén por la Pascua. Herodes lo interroga, se burla de él y lo devuelve vestido con un manto de burla, pero tampoco dicta condena. De vuelta ante Pilato, éste propone azotar a Jesús y soltarlo, pero los sumos sacerdotes agitan a la multitud para pedir la liberación de Barrabás, preso por homicidio en una revuelta, y la crucifixión de Jesús.

La esposa de Pilato, según el Evangelio de Mateo, le envía un mensaje después de un sueño inquietante pidiéndole que no se meta con «ese justo». Pilato intenta excusarse públicamente, se lava las manos y declara estar libre de la sangre de Jesús. Sin embargo, cede ante la presión y lo entrega para ser crucificado, con un letrero de acusación que reza: «Jesús de Nazaret, Rey de los judíos».

Camino del lugar de la ejecución, llamado Gólgota o Calvario («lugar de la Calavera»), obligan a un hombre que pasaba por allí, Simón de Cirene, a ayudar a Jesús a cargar la cruz. Allí es clavado junto a dos malhechores. Los evangelios narran diversas palabras de Jesús desde la cruz, entre ellas el grito del salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» y su entrega final del espíritu al Padre.

Se relata que desde el mediodía hasta las tres de la tarde cayó una oscuridad sobre la tierra, se produjo un terremoto, se rasgó el velo del Templo y algunas tumbas se abrieron. Un centurión romano, impresionado por la forma en que muere Jesús, exclama: «Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Al caer la tarde, José de Arimatea, miembro respetado del Sanedrín pero discípulo secreto de Jesús, pide a Pilato el cuerpo. Pilato ordena comprobar la muerte; un soldado atraviesa el costado de Jesús con una lanza y brota sangre y agua, confirmando el fallecimiento. José, ayudado por Nicodemo, envuelve el cuerpo en una sábana de lino con una mezcla abundante de mirra y aloe, según las costumbres judías, y lo deposita en un sepulcro nuevo labrado en la roca, muy cerca del Calvario. Una gran piedra se hace rodar a la entrada. Todo se hace con prisa porque está a punto de comenzar el sábado (Shabbat), día de descanso en el que no se puede trabajar.

Viernes Santo dentro de la Semana Santa y el año litúrgico

La Semana Santa es, para los cristianos, el periodo más intenso de todo el calendario religioso. Arranca el Domingo de Ramos, conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén, sigue con los días centrales del Triduo Pascual (Jueves, Viernes y Sábado Santo) y culmina con el Domingo de Resurrección o de Pascua.

En esta secuencia, el Viernes Santo ocupa el lugar del día de la pasión y muerte. El Jueves se recuerda la Última Cena, el lavatorio de los pies y la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, mientras que el Sábado Santo es un día de silencio y espera junto al sepulcro. El Domingo de Pascua celebra la Resurrección como victoria definitiva sobre la muerte.

La tradición católica ve el Viernes Santo, junto con el Sábado Santo, como día de ayuno pascual. Los fieles se abstienen de carne y, en muchos casos, solo hacen una comida fuerte y dos ligeras. No se celebra la Misa en ese día ni en el Sábado Santo hasta la Vigilia Pascual, y la Eucaristía solo se distribuye con formas consagradas el Jueves Santo o se lleva a los enfermos.

En muchas familias y parroquias, esta jornada tiene también un peso afectivo muy marcado. Se acompaña espiritualmente a Jesús en su camino al Calvario, se reza el Vía Crucis, se meditan las «Siete Palabras» de Cristo en la cruz y se participa en procesiones que escenifican la pasión de forma muy visual.

En otras confesiones cristianas históricas (ortodoxos, anglicanos, luteranos, metodistas, reformados, etc.) el Viernes Santo se integra igualmente en un ciclo de varios días que va desde el Jueves Santo hasta la Vigilia de Pascua. El esquema de fondo es el mismo: caminar con Jesús desde la Cena hasta la Cruz y de la Cruz al sepulcro, esperando la Resurrección.

Cálculo de la fecha del Viernes Santo

Una de las peculiaridades del Viernes Santo es que no cae siempre en la misma fecha del calendario civil. Es lo que se llama una fiesta «móvil». Su determinación está ligada al cálculo de la Pascua, que a su vez se remonta a la antigua fiesta judía y al llamado computus cristiano.

El Concilio de Nicea (año 325) fijó el criterio básico: la Pascua cristiana se celebraría el domingo posterior a la primera luna llena de primavera, entendiendo la primavera a partir del equinoccio (21 de marzo en el calendario eclesiástico). El Viernes Santo, por tanto, queda dos días antes de esa fecha.

De esta forma, el Viernes Santo puede caer entre el 20 de marzo y el 23 de abril. El cálculo no se hace mirando directamente el cielo hoy día, sino mediante tablas astronómicas y reglas eclesiásticas heredadas de siglos de tradición. Las Iglesias de Oriente y de Occidente no usan exactamente el mismo método ni el mismo calendario (juliano frente a gregoriano), de ahí que su Viernes Santo no siempre coincida.

Muchos estudiosos han tratado de datar el primer Viernes Santo histórico. Una hipótesis bastante extendida lo sitúa en el 14 de Nisán del calendario judío, que equivaldría al 7 de abril del calendario romano. En el siglo XXI, esa coincidencia de fecha (7 de abril y Viernes Santo) se da, por ejemplo, en 2023, 2034 y 2045.

Celebración del Viernes Santo en la Iglesia católica

En la Iglesia católica de rito latino, el Viernes Santo es un día absolutamente singular desde el punto de vista litúrgico. No hay Misa, no suenan las campanas, el altar se queda desnudo y el tono del templo es sobrio y austero, con luces bajas y sin adornos. Es un día fuerte de ayuno y abstinencia.

La celebración central recibe el nombre de «Celebración de la Pasión del Señor» y suele tener lugar a media tarde, idealmente a las tres (la hora tradicional de la muerte de Cristo), aunque por motivos pastorales muchas parroquias la adelantan o retrasan algo. Este rito tiene tres grandes partes: Liturgia de la Palabra, Adoración de la Cruz y Sagrada Comunión.

Al inicio de la celebración, el sacerdote y los ministros entran en silencio. El celebrante y, a veces, otros presbíteros se postran rostro en tierra delante del altar, mientras el pueblo se arrodilla. Ese gesto, poco habitual, expresa el abatimiento del ser humano ante el misterio del pecado y al mismo tiempo la profunda compasión por los sufrimientos de Cristo.

La Liturgia de la Palabra comienza con dos lecturas: un pasaje del profeta Isaías sobre el Siervo sufriente y un fragmento de la Carta a los Hebreos que subraya a Jesús como Sumo Sacerdote compasivo. Entre medias se canta un salmo que suele ser «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». A continuación se proclama íntegramente la Pasión según san Juan, a menudo a varias voces: una para Jesús, otra para el narrador y una tercera para los demás personajes.

Tras la homilía, se reza la llamada Oración Universal solemne, mucho más extensa de lo habitual. Se ora sucesivamente por la Iglesia, el Papa, los obispos, presbíteros y diáconos, los fieles laicos, los catecúmenos, la unidad de los cristianos, el pueblo judío, los que no creen en Cristo, los que no creen en Dios, los gobernantes y todos los que sufren necesidades o tribulaciones.

Llega entonces la segunda gran parte: la Adoración de la Cruz. El sacerdote toma un crucifijo cubierto con un velo oscuro o rojo y, acompañado por acólitos con cirios, avanza lentamente desde el fondo del templo hasta el presbiterio. En tres etapas va descubriendo la cruz mientras canta «Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo», a lo que el pueblo responde «Venid a adorarlo». Una vez descubierta por completo, se coloca a la vista de todos.

Primero la besan el sacerdote y los ministros, y después los fieles se acercan, en silencio, para besarla o inclinarse ante ella. Durante este gesto se cantan himnos tradicionales como los Improperios, el Crux fidelis y el Pange lingua de la Pasión, piezas muy antiguas y de gran carga emocional. Es el momento cumbre de la veneración del Crucificado.

Terminada la adoración, se dispone nuevamente el altar con mantel y se trae del «monumento» del Jueves Santo la Eucaristía reservada. No hay consagración: se reparten únicamente las hostias ya consagradas el día anterior. Se reza el Padre Nuestro, se omite el rito de la paz y tras la comunión no se imparte la bendición final. El sacerdote y los ministros se retiran en silencio; la celebración quedará «completada» litúrgicamente en la Vigilia Pascual del Sábado por la noche.

A lo largo del día y en paralelo a esta gran celebración, en muchas parroquias se organizan otros actos: Vía Crucis, meditaciones de las Siete Palabras, retiros de silencio y largos ratos dedicados al sacramento de la confesión. Es también costumbre que la colecta de este día se destine al sostenimiento de los Santos Lugares de Tierra Santa, confiados a la Custodia franciscana.

Cómo viven el Viernes Santo las Iglesias ortodoxas y de rito bizantino

En las Iglesias ortodoxas y en las Iglesias católicas de rito bizantino, el Viernes Santo se conoce como «Santo y Gran Viernes» o sencillamente «Viernes Grande». La vivencia es extremadamente intensa, con una liturgia de una belleza sobria y cargada de simbolismo, y un ayuno mucho más estricto que en el Occidente católico.

En estas tradiciones, el recuerdo de la Pasión no se entiende como una simple conmemoración de algo pasado, sino como una verdadera participación del fiel en el sufrimiento y la victoria de Cristo. De hecho, su Viernes Santo arranca ya el jueves por la noche, con los Maitines de los Doce Evangelios, donde se leen fragmentos de los cuatro Evangelios que narran, uno tras otro, desde la Última Cena hasta la Crucifixión y el Entierro.

Durante este largo oficio, en muchas iglesias se dispone un gran candelabro con doce velas que se van apagando una a una tras cada lectura, sumiendo el templo en una oscuridad progresiva. Justo antes del sexto Evangelio, que cuenta cómo Jesús es clavado en la cruz, el sacerdote saca desde el santuario una gran cruz con un icono de Cristo crucificado y la coloca en el centro de la nave; se canta entonces el himno «Hoy el que colgó la tierra sobre las aguas está colgado en la cruz».

El Viernes por la mañana se celebran las llamadas Horas Reales, una ampliación solemne de las Horas litúrgicas (Prima, Tercia, Sexta, Nona y Típica), con salmos, lecturas del Antiguo y Nuevo Testamento e himnos dedicados a la Pasión. Se llaman «reales» porque antiguamente acudía el emperador con su corte, pero también en referencia a Cristo Rey.

Por la tarde se celebran las Vísperas del Descendimiento de la Cruz. Mientras se proclama el Evangelio de la muerte de Jesús, el sacerdote retira el icono de Cristo de la cruz, lo envuelve en un sudario y lo lleva al altar, mientras otro icono textil llamado epitaphios (que representa a Cristo yacente) se coloca en una tabla baja adornada con flores en el centro de la iglesia, símbolo del sepulcro.

El viernes por la noche tienen lugar los Maitines del Gran Sábado, conocidos en muchas partes como las Lamentaciones ante el Sepulcro. Alrededor del epitaphios, clero y fieles cantan una serie de estrofas poéticas (las Enkómia) intercaladas con los versículos del Salmo 118. Es uno de los momentos más queridos de la Semana Santa bizantina, con un clima profundamente emotivo pero siempre teñido de esperanza en la Resurrección.

En cuanto al ayuno, el Gran Viernes se observa como un «ayuno negro» o ayuno total: se espera que los fieles adultos capaces se abstengan de todo alimento y bebida hasta la noche, o incluso durante todo el día, salvo que la salud no lo permita. De este modo, el cuerpo se asocia muy concretamente al sufrimiento del Señor.

Otras confesiones cristianas: anglicanos, luteranos, metodistas, reformados y otros

Más allá del catolicismo y la ortodoxia, muchas iglesias de la Reforma también dan una importancia enorme al Viernes Santo, aunque sus formas litúrgicas y su teología tengan matices distintos. En casi todas, el eje es el mismo: contemplar la cruz de Cristo y su significado para la salvación.

En la Comunión Anglicana, el Libro de Oración Común original de 1662 no fijó un rito específico para el Viernes Santo, pero la práctica fue creando servicios propios como las meditaciones sobre las Siete Últimas Palabras, las «Tres Horas» (de mediodía a las 15:00) o adaptaciones de los ritos católicos pre-reforma con Vía Crucis incluido. Las revisiones modernas de los libros litúrgicos han reintroducido de forma explícita muchas de estas formas.

En el luteranismo histórico, durante siglos el Viernes Santo llegó a ser la fiesta central del año, e incluso se celebraba la Eucaristía con solemnidad especial y música de alta calidad. Obras como la «Pasión según San Mateo» de Johann Sebastian Bach nacen precisamente al calor de estos oficios. A partir del siglo XX se extendió la costumbre de no celebrar la Eucaristía ese día y desplazarla al Jueves Santo y a la Vigilia Pascual, subrayando el carácter de ayuno eucarístico del Viernes Santo.

Hoy en muchas iglesias luteranas se celebra un Oficio de Tinieblas con lectura de los relatos de la Pasión a la luz de las velas, que se van apagando, o un servicio centrado en el relato de la Pasión según San Juan. Se mantiene también la práctica del ayuno y de servicios de «Tres Horas» con predicaciones sobre las Siete Palabras.

Las iglesias metodistas suelen observar el Viernes Santo con ayuno voluntario y un servicio de adoración que medita las Siete Últimas Palabras de la Cruz. La liturgia puede durar de mediodía a media tarde o celebrarse como un oficio vespertino. En la Iglesia Metodista Unida, por ejemplo, el color litúrgico del día es el negro; el altar y la cruz se cubren con paños negros tras la Misa del Jueves Santo y se coloca una cruz desnuda de madera.

En las iglesias reformadas (presbiterianas, congregacionalistas y otras), el Viernes Santo se considera una de las «fiestas evangélicas» más importantes del año. Se celebra con cultos centrados en la lectura de la Pasión y, en muchos casos, se incorporan los Reproches Solemnes inspirados en el Salmo 78. No es raro que se ofrezcan servicios interdenominacionales donde participan varias comunidades protestantes juntas.

Otras tradiciones tienen costumbres muy específicas: por ejemplo, los moravos celebran el Viernes Santo con una «Fiesta del Amor» (una comida fraterna litúrgica) y suelen recibir la comunión el Jueves Santo. También es típico en las comunidades moravas limpiar las lápidas de sus cementerios ese día. Los Testigos de Jehová, por su parte, no siguen el calendario litúrgico tradicional, pero celebran cada año, el 14 de Nisán según su cómputo, la «Conmemoración» o «Memorial de la Muerte de Cristo», inspirada en la Última Cena.

Ayuno, penitencia y prácticas de piedad popular

Una constante en prácticamente todas las confesiones cristianas es que el Viernes Santo es día de penitencia y sobriedad. Cambia el grado de exigencia, pero la idea de fondo es la misma: asociar el propio cuerpo y estilo de vida al misterio de la cruz.

En el catolicismo, el ayuno consiste normalmente en hacer una comida completa y dos colaciones ligeras, además de la abstinencia de carne. En muchos lugares, la comida del Viernes Santo se basa en pescado, legumbres o platos sencillos. En otras tradiciones, especialmente en la ortodoxa, se sigue un ayuno mucho más riguroso, llegando a no ingerir alimento hasta la puesta de sol o durante todo el día.

Junto al ayuno, se multiplican las prácticas de piedad popular. El Vía Crucis, con sus catorce estaciones que recorren los pasos de Jesús hasta la cruz, es sin duda la más extendida. Puede rezarse dentro del templo o en la calle, y en algunos sitios se teatraliza con personas caracterizadas como Jesús, María, soldados romanos, etc.

También goza de mucha devoción la meditación de las «Siete Palabras» de Jesús en la cruz. Predicadores, teólogos o laicos preparados comentan cada una de esas frases, invitando a aplicar su significado a la vida actual. En muchos lugares se organizan retiros de silencio, vigilias de oración o lecturas continuadas de los relatos de la Pasión.

La música religiosa ocupa un lugar privilegiado: desde los himnos gregorianos tradicionales hasta obras de Bach, Pergolesi, o motetes polifónicos, pasando por saetas, cantos populares de Semana Santa o corales luteranos. En la liturgia católica se evitan, eso sí, las grandes piezas de órgano o los cantos excesivamente festivos; el tono ha de ser sobrio y orante.

En algunas regiones del mundo, ciertas formas de penitencia popular se vuelven muy visibles, como las autoflagelaciones o incluso recreaciones reales de la crucifixión, especialmente en partes de Filipinas. Aunque la Iglesia católica desaconseja e incluso condena este tipo de prácticas extremas por sus riesgos y por la comprensión a veces equivocada del sufrimiento, siguen produciéndose cada año como expresión de devoción radical.

El Viernes Santo como día festivo civil en el mundo

Aunque hablamos de una celebración religiosa, el Viernes Santo tiene también una dimensión social y legal considerable. En muchos países de tradición cristiana es un día festivo oficial, con cierre de oficinas públicas, bancos, colegios y una buena parte de los comercios.

En Europa, es fiesta pública en países como Alemania, España, Reino Unido, Portugal, Finlandia, Hungría, Suiza, los países escandinavos, Malta o Irlanda del Norte (con matices). En Alemania, además, es considerado un «día silencioso» (Stiller Feiertag): la ley restringe actividades como bailes, grandes eventos ruidosos o incluso el uso de maquinaria ruidosa en algunas regiones.

En América Latina, prácticamente todos los países de mayoría católica, como Brasil, México, Colombia, Chile, Perú, Ecuador, Venezuela o Costa Rica, reconocen el Viernes Santo como feriado nacional. Calle y templos se llenan de procesiones, representaciones de la Pasión y actos litúrgicos, y en muchos lugares es uno de los días del año con mayor práctica religiosa.

En el ámbito anglosajón, Australia, Nueva Zelanda, Canadá y buena parte del Caribe también tienen este día como festivo. En Estados Unidos no es fiesta federal, pero sí estatal en una docena de estados y territorios (entre ellos Florida, Nueva Jersey, Texas, Puerto Rico, Hawái, Luisiana o Carolina del Norte), y la mayoría de mercados bursátiles cierran igualmente. Algunas administraciones han llegado a renombrarlo eufemísticamente como «fiesta de primavera» para evitar referencias explícitas religiosas, lo que ha generado debates jurídicos y culturales.

En Asia, por ejemplo, Hong Kong mantiene el Viernes Santo como día festivo desde época colonial, y en Malasia se observa oficialmente en los estados de Sabah y Sarawak, donde hay una población cristiana importante. Singapur también lo reconoce como festivo nacional. En Filipinas, el ambiente es especialmente intenso: procesiones, Vía Crucis vivientes, el canto continuo del «Pasyón» (un largo poema sobre la vida y muerte de Jesús) y otras devociones marcan la jornada.

Hay también curiosidades legales y costumbristas. En Irlanda (República), hasta 2018 estuvo prohibida por ley la venta de alcohol el Viernes Santo, lo que obligaba a cerrar pubs y licorerías salvo contadas excepciones, algo que generaba debates entre el sector turístico y quienes defendían mantener el carácter de día de recogimiento. En el Reino Unido, durante siglos no hubo carreras de caballos en Viernes Santo; solo en fechas recientes se han organizado reuniones hípicas ese día.

En muchos lugares se conservan asimismo tradiciones culinarias concretas asociadas al Viernes Santo. En la región de Cebú y en otras partes de las islas Visayas (Filipinas), es típico comer binignit y biko como parte de una comida de ayuno. En países mediterráneos abundan platos de pescado, potajes de legumbres y dulces sencillos propios de Semana Santa.

Al final, más allá de las diferencias de calendario, ritos y costumbres, el Viernes Santo sigue siendo hoy una jornada en la que gran parte del mundo se detiene, aunque solo sea un poco, para mirar hacia la cruz. Para los creyentes, es la cita anual con el amor llevado hasta el extremo; para quienes no comparten la fe, sigue siendo una ocasión privilegiada para asomarse a uno de los relatos más influyentes de la historia, que ha marcado la cultura, el arte, el derecho y la sensibilidad ética de nuestra civilización.