Reportajes y fotografías del Antiguo Egipto

Última actualización: febrero 14, 2026
  • Viajeras como Lucie Duff Gordon, Amelia Edwards y Emma Andrews transformaron el turismo y el estudio del Antiguo Egipto con sus relatos y diarios.
  • El auge de los viajes organizados por el Nilo y el trabajo de sociedades como la EES impulsaron la arqueología y la conservación de los monumentos egipcios.
  • La introducción de la fotografía —del calotipo al colodión— revolucionó la documentación de templos, tumbas y paisajes del país de los faraones.
  • Exposiciones y proyectos actuales combinan objetos, imágenes históricas y nuevas tecnologías para ofrecer una visión más humana y completa de la civilización egipcia.

Reportajes y fotografías del Antiguo Egipto

El Antiguo Egipto no solo nos ha legado pirámides, templos colosales y momias envueltas en misterio; también ha inspirado, desde hace más de dos siglos, una forma muy particular de viajar, mirar y contar historias. Desde las primeras viajeras solitarias que remontaron el Nilo hasta los fotógrafos cargados con pesados trípodes, el país de los faraones se ha convertido en un escenario perfecto para reportajes, diarios de viaje y proyectos arqueológicos que mezclan ciencia, turismo y fascinación.

A lo largo del siglo XIX y buena parte del XX, escritoras, arqueólogos y pioneros de la fotografía cambiaron para siempre la manera de entender Egipto. Sus cartas, libros, negativos y placas de vidrio no solo documentaron templos y tumbas, también retrataron la vida cotidiana a orillas del Nilo, el auge del turismo organizado y el papel muchas veces silenciado de los trabajadores egipcios. Este viaje por los reportajes y fotografías del Antiguo Egipto recorre sus historias, las técnicas que utilizaron y el modo en que todo ello sigue influyendo en cómo vemos hoy esta civilización.

Mujeres viajeras que cambiaron la egiptología

Viajes y exploradoras en el Antiguo Egipto

En pleno siglo XIX, cuando viajar sola siendo mujer era casi una rareza, Lucie Duff Gordon decidió instalarse en Luxor para mejorar su salud. Enferma de tuberculosis y buscando un clima seco, terminó viviendo literalmente sobre el Templo de Luxor, en la llamada Maison de France, un edificio levantado sobre las ruinas del santuario. Desde allí escribía casi a diario a su familia en Londres, cartas que describían con un nivel de detalle poco habitual la política local, las costumbres religiosas, la vida en la orilla occidental del Nilo y su estrecha relación con los habitantes egipcios del entorno.

Aquellas misivas se convirtieron después en el libro “Cartas desde Egipto”, uno de los primeros grandes testimonios modernos sobre el país escrito por una mujer. A diferencia de las novelas románticas de la época, sus textos eran casi pequeños reportajes etnográficos: hablaban de las tensiones políticas, de la vida diaria en los zocos y de cómo se veía el templo desde su ventana, con los camellos, burros y perros llenando de ruido la calle. Su ejemplo —vivir sola, mezclarse con la población local y escribir sin tapujos— abrió la puerta a toda una generación de viajeras.

Una de las más influyentes por Duff Gordon fue Amelia Edwards, novelista británica que, tras leer las cartas de su predecesora, se lanzó a remontar el Nilo entre 1873 y 1874 junto a su compañera Lucy Renshaw. Lo hicieron en una dahabiya llamada Philae, una especie de casa flotante con la que recorrieron prácticamente todo el itinerario clásico: las pirámides de Guiza y Saqqara, el cementerio de Beni Hassan, los templos de Dendera y Luxor, las tumbas tebanas, Esna, Asuán y Abu Simbel. En aquel momento, casi ningún gran monumento estaba aún restaurado; muchos estaban semienterrados, cubiertos de arena o en un estado de conservación lamentable.

Durante su estancia en Luxor, Edwards quiso ver de cerca la antigua casa de Duff Gordon. Al descubrirla parcialmente derruida y con el templo tapado por montones de ladrillos, se quedó impactada por el abandono. Subió hasta la vieja habitación, se asomó a la misma ventana desde la que su compatriota miraba el Nilo, y escribió una de las frases más famosas de su diario: la vista, con su luz, colores y silencio cargado de historia, “amueblaba la habitación” y convertía la pobreza del lugar en algo grandioso.

Aquel sería el único viaje de Edwards a Egipto, pero de él salió uno de los libros de viajes más influyentes de la historia, “A Thousand Miles up the Nile”, publicado en 1877. La obra mezcla relato de viaje con una historia del país muy bien documentada, descripción de los principales yacimientos y una defensa apasionada de la necesidad de conservar los monumentos para el futuro. A diferencia de las guías de la época, no se limitaba a recomendar paradas; insistía en el cuidado de los sitios y denunciaba el expolio y la negligencia.

El libro de Edwards no solo convirtió las pirámides de Guiza, el Valle de los Reyes o Abu Simbel en paradas obligatorias para cualquiera que viajara a Egipto durante décadas, también tuvo una enorme repercusión en los círculos académicos. Su éxito la llevó a cofundar en 1882 la Egypt Exploration Society (EES), una institución creada para financiar excavaciones y documentar de forma sistemática los monumentos del país. A través de un sistema de suscripciones, sobre todo entre familias de clase media británica, la EES repartía cada año informes detallados con planos, listados de objetos, dibujos y descripciones de los trabajos en curso, documentos que aún hoy siguen siendo una referencia.

Turismo arqueológico y viajes organizados por el Nilo

Turismo arqueológico por el Nilo

Mientras Edwards recorría Egipto con su dahabiya, en Europa se estaba gestando otra revolución: la aparición de los viajes organizados. La agencia de Thomas Cook empezó a mediados del siglo XIX a ofrecer rutas con todo incluido por Europa, y pronto incorporó a su catálogo destinos cargados de pasado como Roma o Atenas. La idea era clara: si uno se dejaba un buen dinero en un viaje, debía volver no solo con recuerdos bonitos, sino también con conocimientos históricos y la sensación de haber apoyado, al menos de manera indirecta, las economías y patrimonios locales.

En 1869, con la inauguración del Canal de Suez, Thomas Cook dio el salto definitivo a Egipto. Comenzó a vender travesías por el Nilo con itinerarios muy similares al de Edwards, lo que democratizó el turismo arqueológico en el norte de África. Por primera vez, mujeres que querían viajar solas podían hacerlo bajo el paraguas de una compañía que les ofrecía cierta seguridad y logística: barcos, guías, escalas previstas, visitas a templos y tumbas… A finales de la década de 1880, Cook estaba trasladando a más de 5.000 personas al año por el Nilo, imponiendo de facto el ritmo de las visitas fluviales en todo el país.

Entre quienes se embarcaron en esa ola estuvieron la estadounidense Emma Andrews y su pareja, el millonario Theodore Davis. Llegaron en 1889 con una copia del libro de Edwards bajo el brazo y varios folletos de Cook, dispuestos a vivir su propia aventura egipcia. Rápidamente alquilaron una dahabiya privada, la acondicionaron para largas estancias y comenzaron a remontar y descender el Nilo todos los años: durante un cuarto de siglo hicieron la misma migración invernal, siguiendo casi al pie de la letra el itinerario descrito en “A Thousand Miles up the Nile”.

Andrews y Davis representan como pocos a los turistas-arqueólogos de finales del XIX: gente adinerada que combinaba vacaciones de lujo con una pasión sincera por la historia antigua. Compraron multitud de antigüedades, reunieron colecciones inmensas y, a partir de 1900, dieron un paso más: comenzaron a financiar e incluso dirigir personalmente excavaciones en el Valle de los Reyes. Entre 1900 y 1914, en un contexto de leyes que exigían entregar la mayor parte de los hallazgos al Museo de El Cairo pero permitían que los “duplicados” fueran al mecenas o al arqueólogo, respaldaron la apertura de entre 25 y 30 tumbas.

La campaña más célebre de Andrews y Davis fue la excavación de la tumba KV 46, perteneciente a Yuya y Tuya, padres de la reina Tiye y bisabuelos de Tutankamón. Descubierta en 1905, fue en su momento la tumba mejor conservada jamás encontrada en Egipto. El ajuar funerario se encontraba prácticamente intacto: ataúdes ricamente decorados, máscaras funerarias espectaculares, un carro completo y una gran cantidad de objetos que hoy se exhiben en el Museo de El Cairo. La impresión que causó este hallazgo fue enorme y sirvió, entre otras cosas, para disparar todavía más la fascinación internacional por el Valle de los Reyes.

Más allá de los objetos, el valor del trabajo de Emma Andrews reside en sus diarios de excavación. Día a día anotaba quién visitaba el yacimiento, qué se encontraba, cómo reaccionaban los trabajadores egipcios o qué decisiones tomaban ella y Davis. Incluía mapas, bocetos y comentarios sobre comerciantes de antigüedades, capataces, marineros y vecinos, es decir, sobre las personas que casi nunca aparecían en los informes oficiales firmados por hombres europeos. Muchos de esos cuadernos fueron utilizados por Davis en sus publicaciones sin reconocer la autoría de Andrews, un caso más del silenciamiento de las mujeres en la historia de la egiptología.

El nacimiento de la fotografía arqueológica en Egipto

Fotografía antigua de monumentos egipcios

Casi al mismo tiempo que se multiplicaban las crónicas de viaje, se producía otra revolución silenciosa: la aparición de la fotografía como herramienta científica y documental. Hasta entonces, la representación de templos, estatuas o relieves dependía del talento —y del tiempo disponible— de pintores en el Antiguo Egipto, dibujantes y grabadores. Desde el Renacimiento, muchos artistas habían recurrido a la cámara oscura para ayudarles a trazar perspectivas y proporciones, pero seguía siendo un trabajo interpretativo.

La invención de técnicas como el daguerrotipo o el calotipo a principios del siglo XIX, fruto de la combinación de avances en química y óptica, permitió fijar imágenes de la realidad con una precisión inédita. Nicephore Niépce experimentó con los primeros heliograbados; Daguerre consiguió imágenes nítidas sobre placas recubiertas de yoduro de plata, aunque con el problema de que se oscurecían con el tiempo; y William Henry Fox Talbot dio el gran salto con el negativo de papel, el calotipo, que permitía obtener múltiples copias de una misma escena.

Poco después, autores como Claude Félix Abel Niépce y Blanquart introdujeron el procedimiento de la albúmina, consistente en un papel recubierto de clara de huevo y nitrato de plata. El resultado era una imagen de gran definición, aunque exigía exposiciones muy largas, algo especialmente complejo bajo el sol inclemente del desierto egipcio. A partir de 1850, la técnica del colodión húmedo se convirtió en la preferida de muchos fotógrafos viajeros, porque facilitaba el revelado una vez concluido el viaje, mientras que las copias en “papel a la albúmina” se hicieron casi universales.

Durante un tiempo, fotografía, dibujo y grabado convivieron sin demasiados choques. De hecho, las primeras fotografías de objetos arqueológicos imitaban la puesta en escena del dibujo académico: composiciones muy cuidadas, sensación de volumen y una cierta teatralidad. Sin embargo, la entrada de la fotografía en los circuitos comerciales generó tensiones con grabadores y litógrafos, que veían amenazado su negocio. La polémica se fue apagando cuando, en la Exposición Universal de Londres de 1862, se premiaron varios trabajos fotográficos, entre ellos unas notables imágenes de Egipto firmadas por el francés Cammas.

Desde entonces, la fotografía se consolidó como una herramienta imprescindible para la arqueología: permitía registrar con objetividad el estado de un monumento, reproducirlo exactamente en publicaciones científicas y compartirlo con investigadores que jamás habían pisado Egipto. Frente al dibujo, susceptible de error o de retoque, la placa fotográfica se convirtió en una fuente de documentación fidedigna, eficaz y relativamente barata a medio plazo.

Pioneros de la cámara en el país de los faraones

Hacia 1850 surgió una auténtica generación de fotógrafos internacionales que, movidos por la curiosidad científica y por la demanda turística, recorrieron Egipto con sus aparatos. El llamado “viaje a Oriente” —Egipto y Tierra Santa— era casi una meta iniciática para artistas, intelectuales y viajeros románticos. La apertura del Canal de Suez en 1869 y la consolidación de los cruceros por el Nilo facilitaron la logística, y muchas ciudades egipcias comenzaron a llenarse de estudios fotográficos orientados al visitante, que ofrecían vistas de templos y retratos exóticos como recuerdo.

Estos fotógrafos tuvieron que lidiar con todo tipo de dificultades: calor extremo, polvo, transporte de equipos pesadísimos en mulos y camellos, productos químicos delicados, ayudantes poco disciplinados, tribus recelosas, bandidos y, en ocasiones, animales salvajes. Aun así, consiguieron dejarnos un legado extraordinario de calotipos, placas de colodión y copias a la albúmina que hoy nos permiten ver cómo eran los monumentos cuando aún estaban medio sumergidos en la arena o antes de las grandes restauraciones del siglo XX.

La exposición “Pioneros de la fotografía en Egipto (1857-1890)”, organizada en el Centro de Documentación de la Imagen de Santander (CDIS) con fondos de las colecciones Abeledo-Llabata y Santiago Entrena, reunió unas 40 imágenes originales de grandes nombres como Maxime Du Camp, Francis Frith, Antonio Beato, los hermanos Zangaki, Félix Bonfils, Abdullah Frères, Pascal Sebah, Luigi Fiorillo, G. Lekegian, Hippolyte Arnoux, Wilhelm Hammerschmidt, Henri Béchard, Frank Mason Good o G. Sarolides. Sus fotografías captan tanto la monumentalidad de los templos como el ambiente de las calles, los mercados y las orillas del río.

La muestra subrayaba hasta qué punto aquellas imágenes condensan una época “romántica” de la egiptología: caravanas posadas junto a colosos derruidos, arqueólogos europeos con traje y sombrero de copa sobre andamios improvisados, obreros egipcios anónimos excavando bajo un sol abrasador… A través de sus objetivos, Egipto se convirtió en un escenario de aventura para Occidente, pero también en un laboratorio visual en el que se experimentaba con encuadres, luces y técnicas.

Vida cotidiana, religión y poder en los reportajes sobre el Antiguo Egipto

Más allá de los templos fotografiados hasta la saciedad, muchos reportajes modernos sobre el Antiguo Egipto se han centrado en explicar cómo era la vida de quienes construyeron ese mundo. El país se asentó en la franja fértil del Nilo, dividido en Alto y Bajo Egipto, y aprovechó el desierto circundante como una muralla natural que dificultaba las invasiones. Hace unos 10.000 años, los primeros grupos humanos empezaron a instalarse en los márgenes del río, sacando partido de sus crecidas anuales, que dejaban una capa de limo ideal para la agricultura.

Con una capacidad de organización notable, Egipto se consolidó como el primer gran Estado territorial hacia el 3100 a. C., cuando el faraón Narmer logró unificar ambas regiones. A partir de ahí se sucedieron tres grandes etapas de esplendor —Imperio Antiguo, Medio y Nuevo—, marcadas por cambios políticos, religiosos y económicos. Buena parte de los textos divulgativos actuales, apoyados en hallazgos arqueológicos y en exposiciones como “Antiguo Egipto: Vida en el Nilo”, se esfuerzan en mostrar que tras los faraones y los dioses había una sociedad compleja y jerarquizada, con campesinos, artesanos, escribas y esclavos.

En la cúspide de la pirámide social se situaba el faraón, considerado un dios vivo, garante del orden cósmico y responsable último del bienestar del país, asociado con la diosa Maat. Por debajo, altos funcionarios y gobernadores administraban las provincias, llamadas nomos. Más abajo, campesinos y artesanos mantenían la economía, levantaban tumbas y templos, y producían los objetos de lujo que acompañarían a las élites en su viaje al más allá. Al final de la escala, los esclavos eran tratados como mercancía, comprados y vendidos sin reparos.

Durante el Imperio Antiguo —conocido como “la edad de las pirámides”— se consolidó el sistema político-religioso y se levantaron las grandes necrópolis reales de Guiza y Saqqara. Reportajes recientes insisten en que aquellas obras, lejos de ser producto de una mano de obra esclava desnutrida, implicaron una organización laboral compleja con equipos de obreros rotativos, bien alimentados y dotados de herramientas, ropas y asistencia médica básica. Las escenas de tumbas privadas muestran a estos hombres disfrutando de cacerías, banquetes y vida familiar, algo que los fotógrafos contemporáneos se esfuerzan por captar en detalle.

En el Imperio Medio, con la capital en Tebas, se produjo una evolución importante en las ideas religiosas: los faraones empezaron a ser vistos más como héroes humanos excepcionales que como divinidades intocables. Paralelamente, la escritura se generalizó como herramienta de administración, control y expresión literaria. Sobre papiro, los escribas fijaron ensayos, poemas y textos filosóficos como el famoso “Diálogo de un hombre cansado de la vida con su alma”, que algunos reportajes actuales recuperan como ejemplo temprano de reflexión existencial, junto a la leyenda de Sinuhe.

El Imperio Nuevo, por su parte, estuvo marcado por las campañas militares y la expansión territorial hacia el Levante. Faraones como Ramsés II extendieron sus dominios hasta la zona de la actual Siria, enfrentándose a pueblos como los hititas. Las fuentes escritas y las escenas en relieve que hoy se fotografían en templos como Abu Simbel o Karnak hablan de batallas, tratados, caravanas y tributos, componiendo un relato visual del poder imperial.

Arquitectura, momias y el viaje al más allá

Entre las imágenes más icónicas del Antiguo Egipto están, claro, las pirámides. Muchos artículos divulgativos y estudios arqueológicos recientes han desmontado la idea de que se construyeron mediante métodos casi sobrenaturales. Se sabe que cada nueva pirámide comenzaba a planearse en cuanto un faraón ascendía al trono, y que las aldeas debían aportar grupos de obreros organizados en cuadrillas de unas veinte personas. Un ejemplo clásico es la pirámide de Khufu en Guiza, levantada en poco más de dos décadas con millones de bloques de piedra que se transportaban sobre trineos de madera, arrastrados sobre arena humedecida para reducir la fricción.

La extracción y talla de materiales como el granito exigían técnicas ingeniosas: los canteros utilizaban martillos de dolerita para abrir grietas, introducían cuñas de madera y las empapaban en agua para que, al hincharse, reventaran la roca. Ídolos como Imhotep, arquitecto de la pirámide escalonada de Saqqara, son hoy figuras clave en exposiciones y reportajes, no solo como constructores, sino también como sabios versados en medicina y astronomía.

Pero si hay un tema que sigue fascinando al público es la vida después de la muerte. La religión egipcia se basaba en la convicción de que, tras el fallecimiento, el individuo continuaría existiendo en una versión idealizada de su vida terrenal. Para ello era imprescindible conservar el cuerpo, proveerlo de alimentos, vestidos, ajuar y textos rituales, y superar con éxito el juicio de Osiris, donde el corazón del difunto se pesaba frente a la pluma de la diosa Maat, y en la mitología junto a la diosa Isis.

Los reportajes fotográficos y documentales actuales se recrean en el proceso de momificación: lavado del cadáver, extracción de órganos internos, desecación durante cuarenta días con natrón (la “sal divina”) y posterior vendaje con capas de lino entre las que se insertaban amuletos. Las tumbas reales y aristocráticas se llenaban de muebles, joyas, vasijas, instrumentos musicales y herramientas, todo aquello que se consideraba necesario para una existencia cómoda más allá del umbral de la muerte.

En paralelo, la investigación moderna ha aportado nuevos enfoques sobre las momias, tanto desde el punto de vista científico como ético. Algunas instituciones, como el British Museum, han promovido el uso del término “restos momificados” en lugar de “momias” para subrayar el carácter humano de esos cuerpos, aunque muchos egiptólogos consideran innecesario el cambio terminológico y prefieren centrarse en el contexto cultural y el respeto en la exhibición. Escáneres digitales, análisis químicos de vasijas funerarias y estudios genéticos han permitido reconstruir olores, ungüentos y mezclas de resinas empleadas en el embalsamamiento, así como el origen geográfico de algunas materias primas, un corpus de saberes que se vincula a la tradición escrita y a la figura de Thot, protector de la escritura y la sabiduría.

Exposiciones recientes y nuevas miradas sobre Egipto

En las últimas décadas, numerosas exposiciones han tratado de acercar al gran público una visión más completa del Antiguo Egipto, combinando piezas originales, fotografías históricas y recursos digitales. Muestras como “Antiguo Egipto: Vida en el Nilo”, organizada en el Centro Cultural La Moneda con fondos de los Staatliche Museen zu Berlin, han presentado cientos de objetos —joyas, cerámicas, papiros, esculturas, estelas— junto a paneles explicativos y catálogos accesibles en línea.

Estas iniciativas suelen hacer hincapié en la vida cotidiana: cómo se organizaban los oficios, de qué manera se distribuía el trabajo en templos y necrópolis, qué comían los egipcios o cómo se divertían. También recuperan poemas de amor, textos morales y escenas de familia, recordando que, detrás de la imagen rígida de las estatuas, hubo personas que reían, se enamoraban o se quejaban de la burocracia.

En paralelo, proyectos como el Proyecto Djehuty en Luxor, las excavaciones en Saqqara o las misiones españolas y europeas en Sharuna han impulsado exposiciones que ponen en valor tanto los hallazgos como el papel de los equipos locales. Algunas muestras recientes han reivindicado abiertamente la figura de los trabajadores egipcios y de las mujeres —desde las reinas y sacerdotisas del pasado hasta las investigadoras actuales—, continuando así la línea iniciada, sin pretenderlo, por Duff Gordon, Edwards y Andrews con sus relatos y diarios.

La conmemoración del centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankamón ha multiplicado, además, los reportajes, novelas históricas, cómics y documentales sobre el joven faraón. Desde el relato clásico de Howard Carter hasta las interpretaciones más recientes, la figura de Tutankamón se ha convertido en un hilo conductor perfecto para explicar la arqueología del siglo XX, la relación a menudo desigual entre potencias occidentales y Egipto, y el papel de los grandes museos en la circulación de antigüedades; junto a todo ello, la leyenda de la maldición de Tutankamón ha alimentado buena parte del imaginario popular.

Todo este entramado de viajes, fotografías, excavaciones y exposiciones ha dado lugar a una imagen de Egipto que mezclamos a veces con clichés, pero que descansa sobre el trabajo —no siempre visible— de viajeras, fotógrafos, obreros, arqueólogos y conservadores. Las cartas de Lucie Duff Gordon desde su “palacio tebano”, las páginas de Amelia Edwards navegando por el Nilo, los diarios minuciosos de Emma Andrews, las placas de Du Camp o Frith y las vitrinas de los museos actuales forman, en conjunto, un enorme reportaje coral sobre el país del Nilo. Gracias a esa combinación de palabra escrita e imagen, hoy podemos acercarnos a una civilización de más de cinco milenios con una claridad y una cercanía que, para aquellos pioneros del XIX, habría sido casi inimaginable.

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