- Descubrimiento de la urbe de El Forau de la Tuta en Artieda y sus excepcionales mosaicos marinos.
- Análisis de la joyería funeraria de la élite en Emerita Augusta y su valor simbólico.
- Importancia de la tecnología geomática y el modelado 3D en la recuperación del patrimonio antiguo.

Sumergirse en el mundo de la Antigua Roma es como abrir un cofre lleno de sorpresas donde cada pieza de cerámica o fragmento de muro cuenta una historia. No se trata solo de grandes monumentos conocidos por todo el mundo, sino de esos hallazgos fortuitos y excavaciones minuciosas que nos permiten reconstruir la vida cotidiana, el lujo y las creencias de personas que caminaron por estas tierras hace dos milenios.
Desde las profundidades de Zaragoza hasta los tesoros ocultos de Mérida, la arqueología moderna está rescatando vestigios que estaban condenados al olvido. Es fascinante ver cómo la unión de la tecnología de vanguardia y la pasión científica logra devolvernos la imagen de ciudades enteras que no figuraban en los mapas actuales, revelando una red de asentamientos mucho más compleja de lo que imaginábamos.
El misterio de El Forau de la Tuta en Artieda
En las cercanías de Artieda, concretamente en la Jacetania zaragozana, ha salido a la luz un yacimiento que ha dejado boquiabiertos a los expertos: El Forau de la Tuta. Este lugar no es un simple conjunto de ruinas, sino que se ha identificado como un núcleo urbano de época imperial que obliga a replantearse cómo estaba organizado el territorio en el Prepirineo occidental. Lo más curioso es que, aunque algunos clérigos y estudiosos ya hablaban de él en el siglo XVIII y mediados del XX, no fue hasta 2018 cuando se empezó a investigar de verdad.
La ciudad se asienta sobre una plataforma aluvial y cuenta con una extensión de al menos cuatro hectáreas. Lo que realmente impresiona es su trama urbana, con calles y cloacas dispuestas de forma ortogonal. Entre sus joyas arquitectónicas destaca un complejo termal monumental, donde se ha desenterrado un mosaico blanco y negro de más de 150 metros cuadrados. Esta pieza representa un thiasos marino, con erotes montando hipocampos, delfines y veneras, una rareza absoluta en la península ibérica por su técnica de bicromía invertida.
Para no perderse ni un detalle, el equipo de investigación ha utilizado herramientas flipantes como el análisis LiDAR, sensores multiespectrales y escáneres láser terrestres. Todo esto ha servido para crear un gemelo digital del sitio, permitiendo que la ciencia y el público puedan analizar la ciudad sin poner en riesgo los restos físicos. Gracias a esto, se ha podido datar el complejo de las termas entre finales del siglo I y principios del II d.C.
Una sociedad vascona bajo el ala de Roma
Lo que hace especial a El Forau de la Tuta es su componente humano. Todo apunta a que era el centro de una ciuitas de población vascona, hablando una lengua aquitano-vascona antes de la plena romanización. Al principio, sus habitantes eran considerados peregrinos, personas indígenas que aún no tenían la ciudadanía romana, aunque con el tiempo y los privilegios otorgados en la época de Vespasiano, acabaron integrándose totalmente en el sistema latino.
Las pruebas están en los epitafios encontrados en el lugar. Nombres como Agirnes o Ausagesius nos hablan de esa transición lingüística y cultural. Con el paso de los siglos, la ciudad entró en declive hacia el siglo IV, dando paso a un modelo de vida más rural basado en villas, como la de Rienda. Mucho más tarde, en la Alta Edad Media, el lugar volvió a ser habitado por campesinos, demostrando que este rincón de Artieda ha sido un punto estratégico de asentamiento durante milenios.
El brillo de la apariencia en Emerita Augusta

Cambiando de escenario y trasladándonos a Mérida, nos encontramos con el lujo más puro. El Consorcio de la Ciudad Monumental ha sacado a la luz una colección de ochenta piezas de joyería que narran la vida de la élite romana. Un ejemplo clarísimo es el caso de Norbana Severa, una mujer de la alta sociedad del siglo III d.C. que fue enterrada en un .
Entre sus pertenencias destacaba un anillo de oro que servía como sello personal y unos collares llamados moline, que eran hilos de oro entrelazados con perlas y piedras preciosas. También lucía una cadena de lazo con cuentas de vidrio verde. Este tipo de objetos no eran solo adornos; eran . De hecho, el uso del oro en los anillos estuvo restringido durante mucho tiempo a ciertos privilegios sociales antes de democratizarse entre los ciudadanos libres.
Amuletos, supersticiones y materiales preciosos
No todo era ostentación; había una carga espiritual muy fuerte en las joyas. Plinio el Viejo ya mencionaba que el oro en los niños servía para protegerlos contra venenos y maleficios. En Mérida se han hallado amuletos infantiles, como una luna de bronce para los niños más pobres o las bullae (colgantes en forma de gota) que los varones llevaban hasta la mayoría de edad. Las niñas, por su parte, solían usar medias lunas de plata para combatir el mal de ojo o el fascinum.
La variedad de materiales era sencillamente brutal: ámbar, azabache, esmeraldas, pastas vítreas y mármoles de colores traídos desde Oriente para decorar los suelos del foro. Algunas piezas tenían formas de serpiente, que representaban la , mientras que otros pendientes, los llamados crotalia, eran tan pesados que llegaban a deformar los lóbulos de las orejas de quien los portaba, pero indicaban que esa mujer era sumamente rica.
Tanto la reconstrucción de ciudades olvidadas en el Prepirineo como el análisis de los tesoros personales en Lusitania nos revelan un mundo donde la arquitectura monumental y el detalle minucioso de una joya se entrelazan para contarnos quiénes éramos. La combinación de permite que hoy podamos conocer la trayectoria de personas como Norbana Severa o la estructura de una ciudad sin nombre en Artieda, rescatando del polvo la sofisticación de una cultura que sigue dejándonos lecciones de arte y organización social.


