- El uso de joyas en Roma variaba según la clase social, empleando desde bronce para los humildes hasta oro y gemas preciosas para la élite.
- Piezas como la bulla infantil y los crotalia tenían funciones protectoras y simbólicas arraigadas en la superstición romana.
- Existen yacimientos y rincones menos transitados, como Ostia Antica o la Mirilla Aventina, que revelan la vida cotidiana y el urbanismo imperial.
Cuando pensamos en el esplendor de Roma, lo primero que nos viene a la cabeza son sus colosales monumentos y sus emperadores. Sin embargo, hay un mundo fascinante en los detalles más pequeños, como esas piezas de orfebrería que narran la vida, los miedos y la posición social de quienes caminaron por sus calles hace dos milenios. Desde la ostentación de la élite hasta los sencillos amuletos de los niños, la joyería era un lenguaje complejo que definía a la persona.
Pero la herencia romana no se limita a los objetos que podemos tocar en un museo; también se esconde en lugares poco transitados de la actual Roma y sus alrededores. Hay ciudades enteras que quedaron sepultadas por el tiempo y rincones secretos que nos permiten asomarnos a la cotidianidad de un imperio que, aunque poderoso, estaba hecho de personas con pasiones, supersticiones y un gusto muy marcado por la apariencia.
El brillo de la élite: Joyas y estatus en Emerita Augusta
En la antigua Mérida, conocida como Emerita Augusta, se han hallado tesoros que dejan boquiabiertos. Un ejemplo paradigmático es el ajuar de Norbana Severa, una mujer de la alta sociedad del siglo III d.C. Su tumba guardaba un deslumbrante conjunto de oro, incluyendo un anillo que servía de sello personal con grabados en negativo y piezas con granates y gemas azules en forma de lágrima.
No todo era lujo visual; muchas piezas tenían una carga simbólica. Los llamados moline eran collares entrelazados con hilos de oro y cuentas de pasta vítrea o perlas. También destacan los crotalia, pendientes que, debido a su peso y a las cuentas suspendidas, sonaban al caminar y podían llegar a deformar los lóbulos de las orejas de las mujeres más adineradas.
El uso del oro no siempre estuvo permitido para todos. Al principio, los emperadores controlaban quién podía lucir anillos de oro basándose en el privilegio social, aunque con el tiempo esta norma se relajó para incluir a cualquier ciudadano libre. En estas piezas se grababan desde figuras de Atenea hasta serpientes, que simbolizaban la eternidad y la fidelidad conyugal.
Amuletos y protección: El miedo al mal de ojo
Los romanos eran extremadamente supersticiosos y creían que ciertos objetos podían alejar las malas energías. Para los niños, era fundamental la bulla, una cápsula de metal (oro para los ricos, bronce o plata para otros) que contenía hierbas mágicas y se llevaba hasta la mayoría de edad para protegerse del fascinum o mal de ojo.
Además de la bulla, existían otros amuletos como el fascinus, que representaba un falo para liberar al portador de desgracias humanas y divinas. Curiosamente, esta tradición de protección ha perdurado en España a través de la higa, ese puño cerrado con el pulgar fuera que todavía se usa en algunas zonas para espantar a las meigas o malas vibraciones.
La maestría de la glíptica y el tallado de gemas
El arte de tallar piedras preciosas, conocido como glíptica, alcanzó niveles de sofisticación asombrosos. Los romanos dominaban tanto la técnica del intaglio (imágenes grabadas en hueco) como la del camafeo (relieves convexos). Utilizaban materiales como la calcedonia, el jaspe y la sardónice, esta última muy apreciada porque evitaba que la cera se pegara al sello.
Estas gemas no solo eran adornos; funcionaban como identificadores personales y sellos oficiales. El emperador Claudio, por ejemplo, permitió que se grabara su retrato en anillos de oro, lo que popularizó la moda de llevar la imagen del líder en el dedo. Con la llegada del cristianismo, el lujo excesivo fue censurado, y se empezaron a grabar motivos religiosos como palomas o peces en lugar de ídolos paganos.
Ostia Antica: Una ventana a la vida popular
Si queremos ver cómo vivía la gente común, debemos alejarnos un poco del centro de Roma y visitar Ostia Antica. A diferencia de Pompeya, esta ciudad quedó cubierta por sedimentos de lino y arena, lo que permitió una conservación increíble de su arquitectura urbana. Aquí el ladrillo es el protagonista, reflejando un carácter mucho más popular que el mármol de la capital.
En Ostia se pueden recorrer las insulae, que eran bloques de viviendas para las clases menos pudientes que llegaban a tener hasta cuatro plantas. También es fascinante visitar los thermopolium, que eran básicamente los bares de comida rápida de la época, donde todavía se pueden ver los mostradores de obra y los recipientes de cerámica.
Rincones secretos y tesoros ocultos en la capital
Roma es un museo al aire libre, pero tiene esquinas que pasan desapercibidas. La Mirilla Aventina es un ejemplo perfecto: un pequeño agujero en una puerta que encuadra la cúpula de San Pedro de una forma mágica. Por otro lado, el Quartiere Coppedè ofrece un viaje surrealista con su mezcla de estilos Art Nouveau y Barroco.
Para quienes prefieren lo subterráneo, la Basílica de San Clemente permite descender por capas temporales, desde una iglesia del siglo XII hasta una casa romana del siglo I. Asimismo, la Domus Aurea de Nerón sigue asombrando por sus frescos y la ambición arquitectónica que inspiró incluso a artistas del Renacimiento.
No podemos olvidar los espacios verdes como el Jardín de los Naranjos en el Aventino o la Villa Torlonia. En el ámbito culinario, el Mercado de Testaccio es el sitio ideal para probar platos auténticos como la trippa alla romana, lejos de las trampas para turistas que inundan el centro.
La riqueza de la Antigua Roma se manifiesta tanto en el minucioso trabajo de sus orfebres como en la planificación de sus ciudades y la mística de sus amuletos. Desde la rebeldía de las mujeres contra la Ley Oppia para recuperar su derecho a lucir joyas, hasta la serenidad de sus jardines ocultos, la Ciudad Eterna sigue revelando que su verdadera magia reside en la capacidad de unir el lujo más extremo con la sencillez de la vida cotidiana.
