Tales de Mileto y su filosofía: vida, ideas y legado

Última actualización: marzo 23, 2026
  • Tales de Mileto inauguró la filosofía occidental al buscar un principio racional de la naturaleza, identificándolo con el agua como arjé.
  • Su pensamiento combina una cosmología física (Tierra flotando sobre el agua) con una visión animada del mundo, donde todo está lleno de alma o dioses.
  • Fue un referente en geometría y astronomía, con teoremas, mediciones y predicciones atribuidas que simbolizan el paso del mito al logos.
  • La Escuela de Mileto, con Anaximandro y Anaxímenes, continuó y criticó su monismo, consolidando la tradición presocrática sobre la physis.

Tales de Mileto y su filosofía

Hablar de Tales de Mileto es asomarse al momento en que el pensamiento griego dejó de explicar el mundo a golpe de mitos y empezó a tirar de argumentos y observación. Fue un personaje polifacético: político, ingeniero aficionado, matemático, astrónomo y, sobre todo, el pionero de esa forma de pensar que hoy llamamos filosofía.

Aunque su figura está envuelta en leyendas y noticias de segunda mano, los testimonios de autores como Aristóteles, Platón o Heródoto permiten reconstruir, al menos en parte, qué decía y por qué es tan importante. Lo que sí parece fuera de duda es que con Tales arrancó la búsqueda racional de un principio único de la naturaleza, el famoso arjé, que él identificó con el agua, y que su modo de razonar marcó un antes y un después en la historia intelectual de Occidente.

Breve biografía de Tales de Mileto

Biografía de Tales de Mileto

Las fuentes antiguas coinciden en que Tales nació y murió en la ciudad jonia de Mileto, en la costa occidental de Asia Menor, en una zona que hoy forma parte de la provincia turca de Aydin. Se le suele fechar alrededor del 624 a. C. y se piensa que falleció hacia el 546 a. C., con una edad cercana a los ochenta años, aunque otras tradiciones le atribuyen hasta noventa.

Autores como Diógenes Laercio señalan que sus padres se llamaban Examio (o Euxamias) y Cleobulina, y que su familia era de origen fenicio, descendiente incluso de Cadmo y Agenor según algunos relatos. Heródoto también apunta a ese posible origen fenicio, aunque la mayor parte de los historiadores contemporáneos lo consideran, en la práctica, un milesio de pleno derecho, tanto por su residencia como por su actividad pública y filosófica en la ciudad.

La biografía de Tales llega hasta nosotros mezclada con anécdotas, exageraciones y reconstrucciones tardías: no conservamos ningún escrito suyo con certeza y ni siquiera está claro que dejara obra redactada. Simplicio menciona un escrito titulado Astrología náutica, mientras que Diógenes Laercio habla de dos tratados, Sobre el solsticio y Sobre el equinoccio, y otros autores rematan el panorama diciendo directamente que no escribió nada o que todo se perdió.

Se cree que Tales viajó a Egipto y Babilonia, siguiendo la estela comercial y cultural de los jonios. En Egipto habría aprendido geometría práctica con los sacerdotes (muy interesados en medir tierras tras las crecidas del Nilo) y acumulado observaciones astronómicas. De los babilonios pudo heredar conocimientos sobre ciclos de eclipses y la astronomía en Mesopotamia, que después integró en su propia visión del cosmos.

Más allá del sabio teórico, las fuentes lo describen como un consejero político y técnico muy valorado. Heródoto y Diógenes Laercio cuentan que asesoró tanto a jonios como a lidios; se le atribuye, por ejemplo, la idea de desviar el curso del río Halys para que el ejército del rey Creso pudiera cruzarlo, una hazaña de ingeniería que el propio Heródoto mira con cierta sospecha, aunque admite que tampoco es del todo imposible.

Anécdotas famosas: del pozo al negocio de las aceitunas

Anécdotas de Tales de Mileto

Buena parte de la imagen popular de Tales procede de anécdotas que lo muestran como el prototipo de sabio distraído pero ingenioso. Platón, en el Teeteto, recoge el episodio de la esclava tracia que se burla de él cuando cae en un pozo por ir mirando las estrellas; la mujer se ríe porque Tales, deseoso de conocer lo que pasa en el cielo, ni siquiera se fija en lo que tiene justo a sus pies.

Aristóteles, por su parte, utiliza otra historia en la Política para responder a quienes acusaban a los filósofos de inútiles en asuntos prácticos. Según cuenta, Tales previó gracias a la astronomía una cosecha excepcional de aceitunas. En invierno alquiló a bajo precio todas las prensas de aceite de Mileto y Quíos; cuando llegó la temporada de recolección, la alta demanda le permitió subarrendarlas muy caras y hacerse rico en poco tiempo. Con este golpe maestro demostró que, si quisieran, los filósofos también podrían enriquecerse, aunque su interés va por otros derroteros.

Otra narración muy repetida es la predicción de un eclipse solar que ocurrió durante una batalla entre medos y lidios, en torno al 585 a. C. Heródoto sostiene que Tales avisó del año en que se produciría ese oscurecimiento. El fenómeno, al interrumpir un combate en pleno desarrollo, fue interpretado como señal divina y precipitó un acuerdo de paz. Investigaciones modernas indican que Tales no habría podido fijar la fecha exacta ni el lugar concreto del eclipse, pero sí es plausible que manejase ciclos babilónicos como el Saros para estimar el periodo aproximado de repetición.

Los cómicos y escritores posteriores convirtieron su nombre en sinónimo de sabio ingenioso. Aristófanes llega a llamar «un Tales» a uno de sus personajes más listos, y Platón lo cita en la República como ejemplo de hombre de conocimiento. Ese proceso de mitificación provocó que muchos descubrimientos, chistes y logros de otros acabaran atribuyéndosele simplemente porque encajaban con la imagen del sabio por excelencia.

Contexto: los presocráticos y el paso del mito al logos

Para entender de verdad el giro que suponen Tales y sus seguidores hay que situarlos en el marco de la filosofía presocrática y de la Escuela de Mileto. En el siglo VI a. C., Mileto era una ciudad portuaria rica y abierta al comercio, en contacto con culturas como la egipcia, la babilónica y otras ciudades griegas, lo que la convertía en un cruce de saberes y creencias.

Hasta entonces, los fenómenos naturales se explicaban sobre todo mediante relatos míticos y religiosos: dioses que desencadenan tormentas, divinidades fluviales que gobiernan los ríos, genealogías divinas que dan origen al mundo. Tales y los milesios empiezan a jugar otra liga: aceptan que el universo tiene un orden y que puede comprenderse mediante causas naturales, ideas generales y argumentos racionales, sin recurrir a intervenciones caprichosas de los dioses.

A estos primeros pensadores se les llama fisiólogos o filósofos de la naturaleza porque centran su atención en la physis, en la realidad natural en su conjunto, dejando en un segundo plano cuestiones éticas o políticas que serán centrales más tarde con Sócrates o Platón. Su gran obsesión es encontrar un principio común a todo lo existente y explicar cómo, a partir de ese fondo único, se genera la enorme diversidad de cosas que vemos.

La escuela de Mileto está formada principalmente por Tales, Anaximandro y Anaxímenes. Aristóteles considera a Tales el fundador de esta corriente; Anaximandro, su discípulo, introduce la noción de ápeiron (lo indefinido, ilimitado) como arjé, mientras que Anaxímenes propondrá el aire como sustancia básica. Los tres, pese a sus diferencias, comparten el intento de racionalizar la estructura del cosmos.

El arjé: el agua como principio de todas las cosas

La idea más famosa de Tales es la que Aristóteles resume en su Metafísica: el agua es el principio primero de todo lo que existe. En términos griegos, el agua sería el arjé, el origen y fundamento material del universo. No se trata solo de decir que hay mucha agua en el mundo, sino de afirmar que, en último término, todas las cosas proceden de ella, se sostienen en ella y vuelven a ella cuando se corrompen.

Aristóteles intenta reconstruir el razonamiento de Tales apoyándose en observaciones simples pero muy sugerentes. Por un lado, el alimento de los seres vivos es húmedo, y el propio calor vital parece depender de esa humedad. Por otro, las semillas de plantas y animales muestran naturaleza acuosa. Si todos los seres beben, crecen y se reproducen a partir de lo húmedo, es razonable concluir que el agua desempeña un papel fundamentalísimo en el surgimiento y mantenimiento de la vida.

Además, el agua es un elemento que en la experiencia cotidiana aparece en varios estados y admite transformaciones reversibles: líquida, sólida como el hielo, o gaseosa en forma de vapor. Esa ductilidad convierte al agua en una candidata ideal para «disfrazarse» de otras realidades, dando soporte a la idea de que, en el fondo, todo es una metamorfosis de lo mismo.

Ahora bien, no está claro que Tales identificara sin más el agua empírica que vemos con el agua-principio. Es muy posible que utilizara el nombre “agua” porque era el referente más accesible para sus contemporáneos, o porque estaba influido por tradiciones míticas que hacían de Océano y Tetis padres del mundo. Lo decisivo no es tanto el nombre concreto del elemento como el hecho de postular una única realidad subyacente que explique el origen, permanencia y cambio de las cosas.

Con esta apuesta, Tales participa de lleno en el gran problema clásico griego de lo uno y lo múltiple: ¿cómo puede haber unidad en la diversidad? Su respuesta es que hay un único principio material —el agua— del que proceden la pluralidad de formas. Aunque la explicación nos parezca ingenua frente a la ciencia actual, lo relevante es el salto intelectual: dejar de atribuir el origen del mundo a dioses antropomórficos y buscar en cambio una causa física general.

La Tierra que flota sobre el agua y la cosmología milesia

A la tesis del agua como arjé se suma la idea cosmológica de que la Tierra descansa sobre una masa de agua. Aristóteles, en Sobre el cielo, atribuye a Tales la imagen de la Tierra como una especie de leño o tabla que flota en un océano. Este modelo pretende explicar por qué nuestro planeta puede mantenerse en reposo sin necesidad de columnas o soportes imaginarios, un tema que preocupaba a los griegos.

Según este planteamiento, la masa terrestre permanece estable porque está rodeada de agua y se comporta como un objeto flotante. Aristóteles critica la explicación recordando que entonces habría que aclarar también por qué el agua que la sostiene no cae a su vez, pero lo cierto es que Tales está intentando resolver un problema físico con una analogía sencilla y no con un mito sobre titanes o pilares sobrenaturales.

Conectada con esta imagen está una de las hipótesis de Tales sobre los terremotos: si la Tierra flota, al agitarse el agua que la soporta, la superficie tiembla. Aristóteles y Séneca recogen esta explicación, que hoy obviamente no aceptamos, pero que introduce una idea clave: los fenómenos geológicos se podrían interpretar como efectos de causas naturales continuas, sin intervención de castigos divinos o caprichos celestiales.

El conjunto de su cosmología dibuja una Tierra más bien plana o en forma de disco sostenido por el agua y cubierto por una especie de semiesfera celeste. Dentro de ese marco sencillo, Tales observa ciclos como los solsticios, los equinoccios y las fases de los astros, e intenta relacionarlos con calendarios y con predicciones agrícolas y de navegación.

Alma, movimiento y «todo está lleno de dioses»

Otro aspecto llamativo del pensamiento de Tales es su concepción del alma como principio de movimiento. Aristóteles, en De anima, dice que Tales habría afirmado que la piedra imán (el magnetita) tiene alma porque mueve el hierro. Diógenes Laercio añade el caso del ámbar, que al frotarse atrae pequeños objetos. A partir de ahí se concluye que, para Tales, el alma es aquello que pone en marcha las cosas.

Desde esta óptica, elementos que solemos considerar inanimados estarían, de algún modo, vivos. Si algo es capaz de mover a otra cosa por sí mismo, debe poseer alma. Algunos testimonios antiguos sugieren incluso que Tales habría generalizado esta idea, sosteniendo que todas las cosas están llenas de dioses, lo que suele interpretarse como una forma temprana de hilozoísmo: la naturaleza entera está impregnada de vida o de algo divino.

Aquí se abren varias lecturas: hay quienes creen que el agua-principio y lo divino se identifican, como si el «dios» del que habla fuese ese sustrato material animado. Otros piensan que, más que dioses en sentido religioso, Tales se refería a una fuerza natural omnipresente, usando el lenguaje disponible en su tiempo. En cualquier caso, se trata de conjeturas posteriores, porque no tenemos un texto directo que aclare qué quería decir exactamente.

Lo que sí parece claro es que esta visión complica la etiqueta de «materialista» aplicada a Tales. Por un lado, defiende un principio material único; por otro, admite la existencia de almas y dioses mezclados con las cosas. No está reduciendo el mundo a materia inerte, sino que imagina una naturaleza viva, en la que el movimiento y la divinidad tienen un papel constante.

Tales como matemático y geómetra

A Tales se le atribuyen varios descubrimientos matemáticos fundamentales, muchos de ellos recogidos más tarde en los Elementos de Euclides. Aunque la autoría directa es discutida y podría tratarse de atribuciones retrospectivas, lo cierto es que ya en la Antigüedad circulaba la idea de que fue uno de los introductores de la geometría en el mundo griego.

Entre los resultados que se le asocian están proposiciones básicas como que el diámetro divide un círculo en dos partes iguales, que en un triángulo isósceles los ángulos de la base son iguales, o que los ángulos opuestos por el vértice al cortar dos rectas son iguales. También se le vincula con teoremas sobre la igualdad de triángulos y sobre el ángulo recto inscrito en un semicírculo.

Una leyenda muy conocida cuenta que Tales midió la altura de las pirámides egipcias comparando sombras. Habría observado el momento del día en que la sombra de su propio cuerpo era igual a su altura; en ese instante, la sombra de la pirámide tendría la misma longitud que su altura real. El recurso a triángulos semejantes y proporciones permite, con una sola medida horizontal, conocer la dimensión vertical sin subirse a la pirámide.

Se afirma también que desarrolló métodos geométricos para la navegación, por ejemplo para calcular la distancia de los barcos en alta mar mediante triángulos semejantes, o que elaboró parapegmas (tablas astronómicas) combinando observación de solsticios y otras regularidades celestes para uso práctico de marinos y agricultores.

En la tradición moderna se conocen como primer y segundo teorema de Tales dos resultados relacionados con triángulos y circunferencias: la obtención de triángulos semejantes al trazar una paralela a uno de los lados, y el hecho de que el ángulo inscrito en una semicircunferencia es recto. Aunque no hay pruebas concluyentes de que los formulase él, su nombre ha quedado pegado a estas propiedades esenciales de la geometría elemental.

Los teoremas de Tales y su aplicación

El llamado primer teorema de Tales afirma, en esencia, que si en un triángulo se traza una recta paralela a uno de sus lados, se obtiene un triángulo más pequeño que es semejante al original: mismos ángulos y lados proporcionales. Esta relación de semejanza permite calcular distancias o tamaños inaccesibles mediante simples proporciones.

El segundo teorema de Tales se formula habitualmente así: si se construye un triángulo usando como base el diámetro de una circunferencia, el ángulo opuesto a ese diámetro es siempre un ángulo recto (de 90 grados). Esta propiedad conecta de forma directa los triángulos rectángulos con las circunferencias y es uno de los pilares de la trigonometría y de muchos problemas prácticos de medida.

Otros enunciados atribuidos a Tales —como que los ángulos que se forman al cruzarse dos rectas son iguales dos a dos o que un círculo queda dividido en dos por cualquier diámetro— aparecen más tarde sistematizados por Euclides, pero la tradición antigua insiste en asociarlos a la actividad de Tales como pionero en el uso de razonamientos deductivos en geometría.

Aunque hoy se sospecha que estas atribuciones son, cuando menos, exageradas, sirven para mostrar cómo la figura de Tales fue convirtiéndose en símbolo de la razón geométrica. Incluso si él no enunció formalmente todos esos teoremas, su fama se alimentó del reconocimiento de que había llevado a Grecia un tipo de saber matemático aprendido, al menos en parte, de los egipcios.

La Escuela de Mileto o escuela jónica

Tales no fue un lobo solitario. A partir de su influencia se desarrolló lo que hoy se conoce como Escuela de Mileto o escuela jónica, considerada la primera gran corriente filosófica de la Grecia antigua. Sus principales representantes, además de Tales, son Anaximandro y Anaxímenes, que comparten la preocupación por el arjé pero proponen soluciones diferentes.

Anaximandro, discípulo directo de Tales, sostiene que el principio de todas las cosas no puede ser un elemento concreto como el agua, porque entonces sus contrarios se verían anulados. Por eso introduce la noción de ápeiron, algo indefinido, ilimitado e indeterminado del que surgen los distintos elementos (agua, tierra, aire, fuego) y en el que vuelven a disolverse. Este paso indica una profundización en la reflexión sobre el arjé, que ya no se identifica con una sustancia empírica concreta.

Anaxímenes, por su parte, propone como arjé el aire. Piensa que, mediante procesos de rarefacción y condensación, ese aire originario se transforma en fuego, agua, tierra y en todos los cuerpos particulares. Aquí aparece con claridad un esquema de transformaciones continuas, casi como un «grupo» intuitivo de cambios, que permite explicar la diversidad del mundo sin abandonar la unidad de fondo.

La Escuela de Mileto comparte así un monismo de fondo —todo procede de una única realidad básica— pero diverge en la identificación concreta de esa realidad. Tales, con su «todo es agua», inaugura un proceso de discusión interna que llevará a cuestionar el propio hecho de que el arjé pueda coincidir con una forma concreta de materia. Esa dinámica crítica es, precisamente, lo que da vida a la tradición filosófica.

Tales entre la ciencia y la filosofía

Un debate clásico entre historiadores del pensamiento gira en torno a cómo debemos entender la frase de Tales «todo es agua». ¿Es una especie de afirmación científica primitiva, parecida a decir que los organismos tienen un gran porcentaje de agua, o es, más bien, una tesis filosófica sobre el fundamento de lo real?

Muchos intérpretes actuales consideran que estamos ante una proposición de tipo filosófico-metafísico, solidaria de la idea de physis como totalidad. No es un enunciado de química o biología, sino un intento de reducir el conjunto de lo existente a un principio material único, formulado en el lenguaje y con los recursos conceptuales disponibles en su época.

Desde esta óptica, la grandeza de Tales no está tanto en la literalidad de su monismo (que será rápidamente criticado y reformulado por pensadores como Anaximandro) como en haber puesto en marcha una forma nueva de racionalidad. La unidad del mundo, presente ya en muchos mitos, se piensa ahora de otro modo: no como resultado de genealogías divinas o relatos épicos, sino a partir de relaciones necesarias, transformaciones mensurables y principios que cualquiera puede discutir y revisar.

Esta racionalidad emergente se apoya, además, en prácticas transindividuales como la geometría y el derecho, en las que las operaciones no dependen de un chamán o un poeta inspirado, sino de reglas y demostraciones compartidas. La idea de que el universo visible puede entenderse sin recurrir a soportes sobrenaturales —sin columnas que sujeten el cielo, sin dioses que caprichosamente muevan los astros— empieza a hacerse hueco con Tales y sus contemporáneos.

Su monismo acuoso será pronto cuestionado desde dentro, pero ese cuestionamiento no borra su valor; al contrario, muestra cómo el pensamiento filosófico avanza precisamente al detectar las limitaciones internas de sus propias construcciones y al exigir cada vez más rigor a las nociones que maneja.

Con todo este panorama, la figura de Tales de Mileto queda como la de un personaje fronterizo: último heredero de un mundo aún lleno de mitos y primer impulsor de una forma de pensar guiada por la razón, el método empírico y el gusto de buscar causas generales. Vivió en una Mileto cosmopolita, se interesó por la política, la ingeniería, la astronomía y la geometría, y sobre todo lanzó la pregunta por el principio del mundo de una manera que abriría camino a Anaximandro, Anaxímenes y a toda la tradición que llegará, siglos después, a Sócrates, Platón y Aristóteles. Que se equivocara al decir que todo es agua importa menos que el hecho —revolucionario para su tiempo— de atreverse a explicar el universo sin apelar a historias fantásticas, haciendo del amor a la sabiduría un proyecto colectivo que todavía seguimos explorando.

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