- El descubrimiento de El Forau de la Tuta revela una ciudad romana vascona con monumentales termas y mosaicos singulares.
- La joyería de la élite en Emerita Augusta refleja el estatus social y las creencias protectoras de la época.
- La evolución del poblamiento desde la era imperial hasta la Edad Media muestra una continuidad habitacional extraordinaria.

Cuando pensamos en el Imperio Romano, solemos imaginar grandes foros y gladiadores, pero la realidad es que aún quedan tesoros ocultos bajo tierra que nos dejan con la boca abierta. Desde ciudades enteras que habían pasado al olvido hasta piezas de joyería tan detalladas que parecen hechas ayer, la arqueología sigue dándonos sorpresas que cambian lo que creíamos saber sobre el pasado.
En este sentido, resulta fascinante analizar cómo la mezcla de culturas indígenas y la influencia romana creó un tejido social complejo, donde el lujo de un collar de oro o la monumentalidad de unas termas públicas no eran solo adornos, sino herramientas de poder y símbolos de identidad en una península vibrante y diversa.
El enigma de El Forau de la Tuta: Una ciudad que renace
En las tierras de Artieda, concretamente en Zaragoza, ha salido a la luz un yacimiento que es auténtica canela fina para los historiadores. El Forau de la Tuta no es un simple conjunto de ruinas, sino que se trata de un núcleo urbano de época imperial que obliga a redibujar los mapas del poblamiento en el Prepirineo occidental. Este sitio es clave para entender cómo se movían los vascones y cómo se asentó Roma en una zona tan liminal.
Aunque ya se habían mencionado algunas cosas en el siglo XVIII y en los años 60, no fue hasta 2018 cuando se puso mano al asunto de forma sistemática. El equipo interdisciplinar encontró desde cloacas hasta muros de opus caementicium, confirmando que estábamos ante una ciudad con todas las letras, extendiéndose por unas 4 hectáreas con un parcelario muy regular.
Lo que más llama la atención es su complejo termal. Allí se ha hallado un mosaico blanquinegro con un thiasos marino que es una joya absoluta por su estado de conservación. Imagina erotes montando hipocampos, delfines y peces, todo realizado con teselas blancas sobre un fondo negro, algo muy raro de ver en la península y que sitúa la obra entre finales del siglo I y principios del II d.C.
Desde el punto de vista tecnológico, el proyecto es un despliegue moderno. Han usado sensores multiespectrales y LiDAR para crear un gemelo digital del sitio, lo que permite estudiar la ciudad sin siquiera tocar la tierra en algunas zonas, facilitando una gestión del patrimonio que es, sencillamente, de vanguardia.
La huella de los vascones y la vida urbana
El Forau de la Tuta no era cualquier pueblo; era la ciuitas de una población vascona que hablaba aquitano-vascón. Su ubicación era estratégica, ya que estaba pegada a la vía que conectaba puntos clave como Iacca (Jaca) y Pompaelo (Pamplona). Se cree que fue fundada en tiempos de Augusto y que probablemente disfrutaron del ius Latii bajo el mando de Vespasiano.
A través de las inscripciones funerarias, podemos leer nombres como Agirnes o Hyahenis, que nos cuentan la historia de personas indígenas que aún no eran ciudadanos romanos. Sin embargo, con el paso del tiempo y la llegada de la época flavia, la población se latinizó, y para el siglo III ya vemos epitafios como el de Valeria Massa, donde el latín empieza a sonar más al latín vulgar que hablaban en la calle.
Curiosamente, la ciudad no murió del todo, sino que se transformó. Tras el declive romano en el siglo IV, el lugar volvió a ser habitado en la Alta Edad Media como una aldea campesina vinculada al reino pamplonés, demostrando que aquel rincón del río Aragón siempre fue un lugar codiciado para vivir.
El brillo de la apariencia: Joyería y estatus en Mérida

Si nos trasladamos a Emerita Augusta, la joyería se convierte en el libro donde se lee la jerarquía social. Un ejemplo clarísimo es Norbana Severa, una mujer de la élite del siglo III. En su tumba de plomo se encontró un ajuar que te deja sin aliento: anillos de oro que servían de sello, piezas con granates y gemas azules en forma de lágrima, y collares entrelazados llamados moline.
Pero no todo era presumir. Muchas joyas tenían un fin protector contra el mal. Por ejemplo, existen pendientes con amuletos que representan una mano y un falo para proteger al difunto en su viaje al más allá. También estaban los crotalia, pendientes tan pesados que llegaban a deformar los lóbulos de las orejas, pero que gritaban a todo el mundo que quien los llevaba tenía una fortuna inmensa.
Para los más pequeños, el oro también tenía su función. Plinio el Viejo ya decía que estos objetos prevenían venenos y maleficios. Los niños varones llevaban las bullae, unos colgantes en forma de gota, mientras que las niñas usaban medias lunas de plata para atraer la fertilidad y espantar el fascinum o mal de ojo.
Los materiales eran variadísimos: desde el lujo del ámbar y la esmeralda hasta la sencillez del bronce para las familias más humildes. Esta moda fue muy permeable, absorbiendo influencias de Egipto y transformándose según los botines de guerra que llegaban a la capital del Imperio, hasta que el cristianismo decidió poner freno a todo lo que oliera a cultos paganos.
La riqueza de estos hallazgos, desde la monumentalidad urbana en el Prepirineo hasta el detalle minucioso de un anillo con la inscripción «vt ere felix» (úsalo feliz), nos permite reconstruir la vida cotidiana de personas que, aunque separadas por siglos y kilómetros, compartían esa necesidad humana de distinguirse y protegerse a través del arte y la arquitectura.

