- El zoroastrismo nace como reforma de la antigua religión indoirania, centrado en Ahura Mazda y la lucha ética entre bien y mal.
- Sus textos sagrados, especialmente los Gāthā del Avesta, articulan un sistema con juicio individual, cielo, infierno y resurrección final.
- Fue religión imperial en Persia y pervive hoy en las comunidades parsis e iraníes, con ritos propios como el culto al fuego y las Torres del Silencio.
- Su influencia alcanza al judaísmo, cristianismo, islam y a buena parte de la cultura y la filosofía occidentales.
El zoroastrismo es una de las religiones más antiguas y decisivas para entender cómo pensamos hoy el bien, el mal, el cielo, el infierno o el juicio final. Aunque a mucha gente apenas le suene, sus ideas han dejado huella en el judaísmo, el cristianismo, el islam e incluso en la cultura popular moderna, desde la literatura hasta el cine.
Más allá de los tópicos, el zoroastrismo mezcla un origen muy remoto en las tribus indoiranias, una reforma profética radical encabezada por Zaratustra y una larga historia como religión de imperio en Persia. Todo ello ha dado lugar a un sistema complejo donde se cruzan monoteísmo, dualismo cósmico, ética personal estricta y ritos muy particulares, como las célebres Torres del Silencio.
Origen histórico del zoroastrismo y contexto indoiranio
El término «zoroastrismo» es relativamente moderno: aparece en el siglo XIX, aunque la tradición que designa es milenaria. En la Antigüedad se hablaba más bien de Mazdayasna («devoción a Mazda»), de donde viene «mazdeísmo», otra forma de referirse a esta religión centrada en Ahura Mazda.
En sus comienzos, el zoroastrismo fue una reforma profunda de las creencias de las tribus iranias que se asentaron entre los milenios II y I a. C. en la región de Turquestán y la meseta iraní. Estas poblaciones estaban emparentadas lingüística y culturalmente con los indoarios que, hacia el 1700 a. C., se instalaron en el norte de la India y desarrollaron el sánscrito y la religión védica.
De ese tronco común indoiranio proceden paralelos muy claros entre el zoroastrismo y el hinduismo védico: divinidades emparentadas (Mitra/Mithra), términos cognados como Ahura y Asura o el par daeva/deva, y un imaginario compartido de lucha entre luz y tinieblas. En la India védica, con el tiempo, los asura pasaron a verse como demonios, mientras que en Irán el término ahura se reservó para las divinidades «buenas».
En esa religión indoirania primitiva existía un panteón amplio con dioses celestes, solares y del fuego, ritos al aire libre, sacrificios de animales y el uso ritual de una bebida sagrada: soma para los indios, haoma para los iranios. Se ha propuesto que esta bebida se hacía con efedra u otras plantas con efectos psicoactivos, consumida tanto por dioses como por humanos para acercarse a una «inmortalidad provisional».
Las excavaciones de Viktor Sarianidi en la cultura bactro-margiana (2200‑1700 a. C.) muestran templos de fuego y preparación de haoma, además de amuletos con escenas de lucha entre serpientes y dragones, interpretados como una forma temprana del combate entre vida y muerte, luz y oscuridad, que más tarde el zoroastrismo desarrollará de forma sistemática.
Zaratustra: el profeta y su reforma religiosa
El fundador de la religión fue Zaratustra (Zoroastro en griego), un sacerdote y pensador iranio cuya fecha de vida sigue siendo muy debatida. Las propuestas van desde el segundo milenio a. C. hasta los siglos VII‑VI a. C., posiblemente contemporáneo de Ciro el Grande y Darío I. La tradición lo sitúa en la parte oriental del mundo iranio, en regiones hoy repartidas entre Irán, Afganistán y Asia Central.
Zaratustra nació en un entorno de religión politeísta, sacrificios sangrientos y uso intensivo de la planta haoma. Pertenecía a una familia de cierto rango (la rama Spitama), su padre Pourušaspa probablemente era sacerdote y el propio Zaratustra fue preparado desde niño para el culto, ordenándose sacerdote en torno a los quince años.
Hacia los treinta años, durante un festival primaveral junto a un río, Zaratustra vivió la visión que marcaría el giro radical de su vida. Un ser resplandeciente se le apareció: Vohu Manah («Buen Pensamiento»), que lo condujo ante Ahura Mazda y otras entidades luminosas, los Amesha Spenta. Allí recibió la revelación central: solo existe un Dios supremo, Ahura Mazda, que no necesita sacrificios de sangre, sino rectitud moral y devoción sincera.
Las palabras, plegarias y debates teológicos de Zaratustra se conservaron durante siglos por vía oral y más tarde se fijaron en las secciones más antiguas del Avesta, especialmente en los himnos llamados Gāthā. En ellos Zaratustra aparece como poeta, sacerdote y maestro que dialoga con Ahura Mazda, plantea dudas y busca aclarar la naturaleza del bien, del mal y del destino humano.
Su mensaje chocó de frente con los intereses de los antiguos sacerdotes (karpans y kawis), que veían peligrar su prestigio y sus ingresos derivados de los sacrificios. Zaratustra fue rechazado, amenazado e incluso forzado al exilio antes de lograr el apoyo clave del rey Vishtaspa, soberano de una región probablemente bactriana, cuya conversión -según la tradición, tras la curación milagrosa de su caballo favorito- permitió que la nueva fe se extendiera con rapidez.
Principios teológicos: monoteísmo, dualismo y libre elección
En el núcleo de la reforma de Zaratustra está la afirmación de que Ahura Mazda es el Dios supremo, eterno, no creado, fuente de toda bondad, sabiduría y verdad. Otras figuras divinas pasan a entenderse como emanaciones o aspectos de este Dios único, no como dioses independientes. De ahí que al zoroastrismo se le considere a veces la primera gran religión monoteísta, aunque mantenga rasgos henoteístas y un marcado dualismo.
Este dualismo se articula en torno a dos espíritus en oposición: Spenta Mainyu y Angra Mainyu. Spenta Mainyu es el «espíritu benéfico» asociado a Ahura Mazda, mientras que Angra Mainyu (Ahriman) personifica la destrucción, la mentira y la muerte. Los textos más antiguos describen a estos espíritus casi como «gemelos» que escogen caminos opuestos, preparando el escenario para un conflicto cósmico entre el bien y el mal.
Ahura Mazda se expresa además en seis grandes «emanaciones» santas, los Amesha Spenta («Inmortales Benéficos») que funcionan como algo parecido a arcángeles y a la vez como principios: Buen Pensamiento (Vohu Manah), Mejor Rectitud (Asha Vahishta), Dominio Deseable (Xshathra Vairya), Devoción/Buena Disposición (Spenta Armaiti), Integridad/Plenitud (Haurvatat) e Inmortalidad (Ameretat). Cada una de estas realidades se vincula también con ámbitos del mundo creado.
El elemento clave que atraviesa toda la doctrina es la libertad moral del ser humano. El zoroastrismo rechaza la predestinación: cada persona debe escoger, con sus pensamientos, palabras y actos, si se alinea con Asha (orden, verdad) o con Druj (engaño, desorden). De esa elección depende tanto la calidad de la vida presente como el destino del alma tras la muerte.
La ética práctica se condensa en la célebre fórmula: «buenos pensamientos, buenas palabras, buenas acciones». No se trata de un eslogan vacío, sino de un programa de vida: veracidad absoluta, fidelidad a las promesas, trabajo honrado, ayuda a los necesitados, respeto a todos los seres vivos y compromiso activo en la lucha contra la injusticia y la corrupción.
Cosmología, escatología y vida después de la muerte
En la visión zoroastrista, el mundo material es intrínsecamente bueno porque ha sido creado por Ahura Mazda. El problema del mal no se resuelve despreciando la materia, sino explicando la irrupción de Angra Mainyu como fuerza destructiva que intenta corromper la creación. El tiempo se concibe como una gran historia con principio y fin, en la que el bien acabará triunfando.
Cuando una persona muere, su alma (urvan) permanece tres días cerca del cuerpo, mientras se recitan oraciones y se protege la estancia con la presencia de un perro, en el ritual del sagdid («la mirada del perro»), que sirve tanto para ahuyentar malos espíritus como para verificar que el fallecimiento es real.
Pasados esos tres días, el alma se reúne con su fravashi (el espíritu superior o «yo celeste») y juntos emprenden el viaje al Puente Chinvat, que separa el mundo de los vivos de la otra vida. Allí dos perros guardianes reciben a las almas y se encuentran con Daena, figura femenina que encarna la propia conciencia del difunto: se muestra como doncella radiante al justo o como bruja aterradora al malvado.
El puente se hace ancho para quienes han vivido de acuerdo con Asha y se estrecha como el filo de una cuchilla para quienes se han dejado dominar por la mentira. Bajo la protección del ángel Srosh (Suroosh), el alma comparece ante Rashnu, el juez imparcial que pesa las buenas y malas acciones. El veredicto abre tres posibilidades: el paraíso (Casa de la Canción), el infierno (Casa de la Mentira) o una región intermedia (Hamistakan) para quienes están en equilibrio.
Tanto el cielo como el infierno se conciben en varios niveles de felicidad o sufrimiento, pero incluso el estado peor no es eterno. Al final de los tiempos aparecerá el Saoshyant («El que trae el bien»), figura mesiánica que encabezará la derrota definitiva de Angra Mainyu. Entonces llegará el Frashokereti, restauración última en la que los muertos resucitan, el mundo es purificado y todas las almas -incluso las que estuvieron en el infierno- se reconcilian con Ahura Mazda.
Textos sagrados y corpus doctrinal
La principal colección de escrituras zoroástricas es el Avesta, compilado y fijado por escrito muy tarde, especialmente durante el reinado de Sapor II (siglo IV d. C.) y revisado bajo Cosroes I en época sasánida. Antes, la transmisión había sido sobre todo oral, lo que explica la pérdida de buena parte del material antiguo tras las invasiones y persecuciones.
Dentro del Avesta, la sección más venerada son los Gāthā, 17 himnos en dialecto avéstico arcaico que la tradición atribuye al propio Zaratustra. Recogen plegarias, reflexiones y diálogos con Ahura Mazda, y constituyen el núcleo teológico de la religión: ahí aparecen con más claridad la centralidad de Ahura Mazda, la importancia del libre albedrío y las primeras alusiones al juicio y la vida futura.
Junto a los Gāthā encontramos el Yasna, liturgia principal recitada en las ceremonias con fuego, y el Vispered o Visperad, ampliación ritual del Yasna. El Vendidad (a veces incluido en el Avesta) funciona como código eclesiástico y de pureza ritual, mientras que otros textos como el Denkard y el Bundahishn -ya en persa medio- recopilan creencias, tradiciones legales y una cosmología detallada del origen y estructura del universo.
En la tradición parsí se mencionan también obras como el Yama (libro litúrgico), Vispered (liturgia menor), Vendidad como código sacerdotal, los Yashts (colección de himnos dedicados a distintas divinidades o yazatas), el Khordah Avesta (libro de oraciones breves) y compilaciones menos conocidas como Totemzhki o Vuktor, ligadas a tradiciones locales y exegéticas.
Los estudios modernos -desde Mary Boyce hasta numerosos iranistas- han subrayado que el zoroastrismo debe entenderse como una religión revelada muy temprana, que integra elementos de la antigua religión indoirania pero los reorganiza en una síntesis coherente en torno a Ahura Mazda, el conflicto ético universal y la promesa de restauración final.
Ritos, fuego sagrado y práctica religiosa
En el plano ritual, el zoroastrismo se caracteriza por la reverencia absoluta a los elementos naturales -sobre todo fuego, agua y tierra-, considerados creaciones puras de Ahura Mazda que hay que proteger de la contaminación. Por eso la pureza física y simbólica ocupa un lugar central en su sistema de normas.
El fuego tiene un papel privilegiado como símbolo visible de la luz y la presencia de Ahura Mazda. Los templos de fuego mantienen una llama que nunca debe apagarse, y las ceremonias del yasna se celebran frente a ese fuego, con oraciones recitadas en avéstico. No se adora el fuego en sí, sino que se lo contempla como manifestación de la energía divina y foco de concentración espiritual.
Los fieles rezan tradicionalmente varias veces al día orientados hacia una fuente de luz -una llama, el sol, una lámpara-, y se cubren la cabeza en señal de respeto. Muchos portan el kushti (cordón sagrado) y la sudreh (túnica interior) como recordatorio constante del compromiso con los «buenos pensamientos, buenas palabras y buenas acciones».
La preocupación por no contaminar los elementos explica las peculiares prácticas funerarias zoroastristas. Tierra y fuego no deben tocar los cuerpos en descomposición, de modo que tradicionalmente no se enterraban ni incineraban los cadáveres. En su lugar, se depositaban en «Torres del Silencio» (dakhmas), estructuras circulares elevadas en las que los cuerpos quedaban expuestos a los buitres y al sol; una vez limpia la carne, los huesos se recogían en osarios.
Hoy estas prácticas se han ido modificando por razones legales, sanitarias y de sensibilidad social, de manera que el enterramiento o la incineración se han hecho más comunes, aunque el ideal de no corromper los elementos sagrados sigue presente en la mentalidad zoroastrista. En lugares como Bombay/ Mumbai aún pervive el debate interno entre sectores ortodoxos que quieren mantener las Torres del Silencio y jóvenes que las consideran un rito insostenible en el contexto urbano moderno.
Preceptos éticos y valores fundamentales
Más allá de la liturgia, el zoroastrismo propone un código ético muy claro y, en bastantes aspectos, sorprendentemente moderno. Entre sus principios destacan la igualdad esencial de todos los seres humanos, sin distinción de sexo, raza o religión, el rechazo de la opresión y la crueldad hacia personas y animales, y un respeto especial por la naturaleza.
Muchos festivales zoroastristas se celebran en relación con los ciclos naturales: el año nuevo (Nowruz) en el equinoccio de primavera, fiestas del agua en verano, del fuego en invierno o del final de la cosecha en otoño. Esta dimensión «ecologista» -muy anterior al término- ve la creación como algo bueno que debe cuidarse mediante un trabajo responsable y un consumo moderado.
El ideal moral se plasma también en actitudes como la lealtad a la familia, la comunidad y el país, la importancia del esfuerzo personal y la caridad, el cumplimiento estricto de la palabra dada y la obligación de promover la justicia. Las buenas obras no son solo limosna, sino todo aquello que contribuye a aumentar el orden, la verdad y la vida frente a la mentira y la destrucción.
Una formulación muy citada de la ética zoroastrista resume los objetivos del creyente en tres acciones: «convertir a los enemigos en amigos, a los malvados en honestos y a los ignorantes en sabios». La idea de fondo es que cada persona puede y debe participar activamente en la victoria del bien, empezando por transformar su propio carácter y entorno inmediato.
Del mazdeísmo imperial a las comunidades parsis e iraníes
Tras expandirse entre las tribus iranias orientales, el zoroastrismo fue ganando peso político y religioso hasta convertirse en religión dominante en el Imperio aqueménida (Ciro II, Darío I y sucesores) entre los siglos VI y IV a. C. No hay unanimidad sobre si Ciro el Grande fue estrictamente zoroastrista, pero sí parece claro que compartía una visión fuerte de Ahura Mazda y una política de tolerancia religiosa.
Darío I y los aqueménidas invocan a Ahura Mazda en sus inscripciones y permiten la coexistencia de otros cultos, lo que favorece un clima en el que elementos zoroástricos se mezclan con deidades previas, como Mitra o Anahita. Esta fase explica que hablemos de «mazdeísmo» imperial más que de un zoroastrismo purista; la religión se va configurando en diálogo constante con el sustrato indoiranio.
Después de la conquista de Alejandro Magno y la época seléucida y parta, la documentación es escasa, pero se sabe que el zoroastrismo continuó vivo y que incluso tuvo presencia importante en regiones como Armenia o el norte de China, adonde llegó por la Ruta de la Seda. En China se han hallado restos de templos de fuego y se ha señalado la influencia zoroástrica en ciertos símbolos de luz del budismo.
El gran momento político de la religión llega con el Imperio sasánida (224‑651 d. C.), que hace del zoroastrismo religión oficial del Estado. Es en esta época cuando se codifican muchos textos, se consolida la jerarquía sacerdotal y surge también una corriente interna considerada herética: el zurvanismo, que coloca al Tiempo (Zurvan) por encima incluso de Ahura Mazda y Ahriman, generando un dualismo de corte más fatalista.
La irrupción del islam en el siglo VII cambia el panorama de forma irreversible. Con la conquista árabe y la caída de los sasánidas, los zoroastristas pasan a ser minoría. Inicialmente se les reconoce como «Gente del Libro» y se tolera su culto, pero con el tiempo aumentan la presión fiscal, las conversiones y las dificultades. Muchas comunidades emigran, especialmente hacia la India occidental.
Parsis e iraníes: comunidades y diferencias actuales
Los descendientes de los zoroastristas que huyeron de Irán y se establecieron en el estado indio de Guyarat son conocidos como parsis. Conservan su religión, adoptan el gujaratí como lengua principal e integran en sus ritos algunas costumbres hindúes, por ejemplo en las bodas. Durante siglos constituyeron una comunidad próspera dedicada al comercio, la administración y las profesiones liberales.
Por otro lado, los zoroastristas que permanecieron en Irán -hoy llamados iraníes– mantuvieron el uso de dialectos persas como el dari y conservaron rasgos rituales propios. Antiguamente, los musulmanes los llamaban gabars, un término despectivo que ha caído en desuso. En el siglo XIX algunos grupos de zoroastrianos iraníes emigraron también a la India, donde convivieron con los parsis, aunque se mantuvieron como comunidades diferenciadas.
Una diferencia clave entre ambos grupos está en la actitud hacia la conversión. En general, los parsis han sido muy reticentes a admitir conversos y suelen considerar zoroastrista solo a quien nace de padres zoroastristas, lo que ha contribuido al descenso demográfico. En cambio, muchos zoroastrianos iraníes y de la diáspora occidental son más abiertos a aceptar conversos, aunque en Irán a menudo lo hagan con discreción para evitar conflictos con las autoridades islámicas.
En las últimas décadas se observa un fenómeno llamativo: la revalorización del zoroastrismo entre algunos kurdos, especialmente jóvenes, que ven en él una religión ancestral vinculada a la identidad de su pueblo y una alternativa frente a versiones radicalizadas del islam. Se han documentado conversiones simbólicas y un renovado interés por Zaratustra en ciertos sectores del Kurdistán.
A pesar de su pequeño número (decenas de miles en India e Irán, y comunidades menores en Pakistán, Sri Lanka y la diáspora global), el zoroastrismo sigue siendo una tradición viva, con asociaciones repartidas por el mundo y debates muy vivos entre posturas conservadoras y reformistas sobre temas como la igualdad de género, los matrimonios mixtos o las formas de culto.
Influencia del zoroastrismo en el judaísmo, el cristianismo y el islam
Una de las razones por las que el zoroastrismo es tan importante para la historia de las religiones es su profunda interacción con el judaísmo durante la época persa, y, a través de él, con el cristianismo y el islam. Muchos estudiosos consideran que conceptos centrales de la escatología, angelología y demonología judías se desarrollan precisamente en contacto con el pensamiento iraniomazdeísta.
Entre las posibles influencias destacan las doctrinas de juicio individual tras la muerte, cielo e infierno, resurrección corporal y juicio final, así como la idea de un Mesías (Saoshyant / salvador), la batalla definitiva entre el bien y el mal, el triunfo del bien, la transformación final de la tierra y el destino eterno del alma. También se han señalado paralelos en la concepción de Satán/Ahriman, los ángeles, los demonios, los «libros celestes» donde se registran las acciones humanas y los milenios o eras del mundo.
Obras de referencia como The Jewish Encyclopedia (1906) ya subrayaban esas similitudes, y autores como Mary Boyce han insistido en que el zoroastrismo fue probablemente la primera religión en articular de forma coherente muchas de estas ideas que luego pasaron, con adaptaciones, al judaísmo postexílico, al cristianismo y al islam.
No todos los investigadores están de acuerdo con el grado de esta influencia. Algunos recuerdan que el zoroastrismo combina dualismo, politeísmo funcional y elementos casi panteístas, y que su teología no se ajusta al monoteísmo absoluto judío. Otros señalan que los textos bíblicos no mencionan de forma explícita doctrinas iranias. Aun así, muchos aceptan que la convivencia prolongada de judíos bajo dominio persa facilitó un trasvase de ideas religiosas.
También el islam incorporó y reelaboró temas zoroástricos. Además de considerar a los zoroastrianos «Gente del Libro», la tradición islámica retoma motivos como la fuerte angelología, la insistencia en el juicio final y la responsabilidad moral. Se han visto paralelos entre algunos arcángeles y los Amesha Spenta, entre ciertos ritos de oración y prácticas zoroastristas, y se ha discutido la huella mazdeísta en las narraciones coránicas sobre grupos como los sabeos.
Religiones emparentadas e influencia cultural amplia
El zoroastrismo no solo influyó en las religiones abrahámicas, sino también en corrientes propiamente iranias como el maniqueísmo. Mani, su fundador, tomó figuras zoroástricas como varios yazatas e integró un dualismo aún más radical entre luz y oscuridad. Algunos autores comparan la relación entre maniqueísmo y zoroastrismo con la del cristianismo respecto al judaísmo: una nueva religión que reinterpreta y reordena un legado anterior.
El trasfondo zoroastrista dejó también una marca profunda en las mitologías y culturas de pueblos del «Gran Irán» (Irán, Afganistán, partes de Asia Central y el Cáucaso). Incluso después de la islamización, muchos elementos siguieron vivos en fiestas populares (como Nowruz), relatos épicos y creencias locales. La gran epopeya nacional persa, el Shāhnāmeh de Ferdousí, integra numerosas historias y personajes de origen avéstico.
En Europa, Zaratustra fue visto durante siglos como un sabio oriental, maestro de astrología, magia y filosofía. Aparece, por ejemplo, en «La Escuela de Atenas» de Rafael, sosteniendo una esfera celeste, y su nombre se asocia a tratados alquímicos como el Clavis Artis. En la Ilustración, Voltaire escribió Zadig, protagonizada por un héroe persa zoroastrista, y se declaró fascinado por la cultura iraní.
En la música y la literatura modernas, la figura de Zaratustra ha inspirado obras tan diversas como «Así habló Zaratustra» de Nietzsche y el poema sinfónico homónimo de Richard Strauss, mundialmente conocido por su uso en «2001: Una odisea del espacio» de Kubrick. Aunque el Zaratustra de Nietzsche es un personaje literario que predica ideas muchas veces opuestas al zoroastrismo (rechazo del bien/mal tradicionales, ateísmo), el uso del nombre muestra el peso simbólico del profeta iranio en la imaginación occidental.
Incluso en la cultura popular reciente encontramos ecos zoroástricos: Freddie Mercury, nacido Farrokh Bulsara, procedía de una familia parsí y mostraba orgullo por esa herencia; en sagas como «Juego de Tronos» o «Star Wars» se han rastreado paralelos con la lucha cósmica luz‑oscuridad, la figura de un héroe que vence a la noche eterna o la idea de una Fuerza dual, todos ellos temas muy familiares para la teología mazdeísta.
Aunque hoy el zoroastrismo cuente con pocos seguidores, la combinación de monoteísmo con fuerte énfasis en la libertad moral, dualismo ético, esperanza en una restauración universal y respeto profundo por la naturaleza ha dejado una impronta desproporcionada respecto a su tamaño actual. Entender su origen y sus creencias no solo aclara la historia religiosa de Oriente Medio y Asia Central, sino que ayuda a reconocer cuánto de lo que consideramos «ideas occidentales» hunde en realidad sus raíces en la antigua Persia.

